Lunes, 05 de mayo de 2008

 

América Latina y geopolítica mundial

Por: Felipe Gil Chamizo
Fecha de publicación: 14/12/07








Desde la segunda mitad del siglo XX, el principio rector de las relaciones humanas es la transnacionalidad: el proceso de producción y reproducción transnacional de la dominación del capital y la desnacionalización de la subordinación del capitalismo contemporáneo. La tendencia universal del capital a erigir totalidades o sistemas sociales regidos por poderes económicos, políticos y espirituales transnacionales.

La llamada globalización neoliberal no es otra cosa que la aspiración y la tendencia universalizadora del capital, hermoseada por un nutrido arsenal de categorías, teorías y concepciones como: Fin de la Historia, postmodernismo, sociedad postindustrial, era tecnotrónica, y otras, que pretendieron avalar lo que debería ser el “Reino Burgués de los próximos mil años”: La globalización neoliberal se constituyó en la más reciente expresión apologética del sistema burgués. Su función social es la de velar con un manto ideológico la esencia real de la última forma de dominación y explotación del capitalismo.

Los agoreros del capitalismo neoliberal disertaron sobre una supuesta nueva sociedad que avanza hacia un paradigma económico distinto. Un segmento relevante de la ciencia social se plegó al llamado pensamiento único: una “teología de mercado” que se plasmó en inmaculadas páginas de sacrosantos textos teológicos. Exégesis de adoradores y cultores de ídolos, que trocaron sus dioses por los mercaderes, la ostia con el dinero y el templo por la bolsa.

Bajo las banderas neoliberales, el capital transnacional  intentó someter a todos y a casi todo. Un desafortunado totalitarismo de mercado se impuso a la opinión pública mundial. El “Dios Mercado” se convirtió en el logos, el principio y el fin, el orden de todos los órdenes. La consigna neoliberal “todo el poder al mercado” fue invocada y avalada por Tirios y Troyanos: conservadores y socialcristianos, socialdemócratas, modernos y postmodernos, oportunistas, renegados y, hasta por alguno que otro socialista light. Los maléficos e ineficientes Estados del mundo subdesarrollado fueron privatizados, debilitados, desnacionalizados y confinados a purgar sus pecados en el peor de los círculos del infierno de Dante, lo que permitió al capital erigir verdaderos poderes económicos y políticos transnacionales.

La idea de hacer “Tábula Rasa” prosperó en un sector de la izquierda  avergonzada y confundida con los reveses todavía frescos de distintas experiencias revolucionarias. Agobiada por sucesivas derrotas, extenuada por los errores de dogmatismo y sectarismo de su tradición, obnubilada con  las tesis de la imposibilidad de transformaciones revolucionarias, en una búsqueda en ocasiones angustiante se refugió y sofocó sus aspiraciones de cambio en interminables análisis sobre gobiernos e instituciones locales o se persignó ante el “fetichismo del mercado”. La hegemonía del capital transitó de forma avasalladora a una dominación transnacional, con no pocos intentos de hegemonía global, mientras una porción relevante del mundo del trabajo desistió de la tradición internacionalista y se parapetó tras todo tipo de “posibilismos”, “localismos” y “nacionalismo”, que en no pocas ocasiones se convirtieron en administradores locales del poderío transnacional del capital.

Los delirios de los 90 relegaron --para muchos-- las teorías sobre las crisis del capitalismo y los cambios sociales al irreversible pasado burgués o al baúl, de la historia, junto a las entonces llamadas “arcaicas concepciones marxistas”, pasadas de moda. Fracasadas y profanadas en el este de Europa y, según los astrólogos neoliberales, “indefectiblemente moribundas como expresiones políticas en el resto del planeta”. Hoy renace el marxismo y el socialismo como ave fénix, cuando ya es un lugar común la alusión a la crisis del capitalismo. Crisis económica para unos, del modelo neoliberal para otros o del sistema capitalista para terceros. Los distintos enfoques y las múltiples aproximaciones metodológicas, ideológicas y políticas se construyen desde las más diversas perspectivas y esbozan pronósticos disímiles sobre el devenir del mundo en el siglo XXI.

La irrupción de la crisis de México (1994) y el Efecto Tequila se mostraron como simples incidentes de la marcha azteca hacia el “Primer Mundo” y al “Edén Neoliberal”. El inicio de la crisis asiática (1997), seguida de la Rusa (1998) y la de Brasil (1998) estremecieron la economía mundial. Una etapa de ajustes transnacionales en la que emergen y comienzan a desplegarse con cierta nitidez las contradicciones entre los centros de poder económico y político mundial, donde las llamadas “guerras étnicas”, “religiosas”, en última instancia imperialistas casi todas, complejizan el panorama internacional desde el África, olvidada y preterida, hasta la culta y civilizada Europa.

La euforia de los 90 se trocó en las angustias de los inicios del siglo XXI: el mundo del capital volvía a padecer las crisis, ahora con un marcado carácter transnacional y una evidente tendencia global. Desde entonces el tema devino en un aspecto esencial del pensamiento y la práctica económica y política contemporánea. El término fue reivindicado, resucitado, y reincorporado al léxico de economistas y sociólogos, periodistas y filósofos, políticos y tecnócratas. Comenzaron a circular textos hasta entonces inconcebibles, en los que los zares de las finanzas como Claus Schawb, Claude Smadja y George Soros manifiestan sus preocupaciones respecto al sistema. Se publicaron títulos como “La Crisis Global” de Soros, mientras algunos halcones de la derecha norteamericana editaron trabajos como: “Turbo Capitalismo” de Edward Luttwak  o “Cuando las corporaciones gobiernan el mundo” y “El mundo Postcorporaciones: la vida después del capitalismo” de David Korten. Obras donde se realizan críticas desde el sistema a los excesos de un capitalismo global insostenible.

  La humanidad transita senderos inconmensurables hacia nuevos paradigmas científicos en un marasmo de profundos dilemas entre ciencia, ética y justicia social. Los éxitos en comunicación e informática, biotecnología, ciencia aeroespacial y genética, muestran la disponibilidad de recursos tecnológicos susceptibles de superar dolencias sociales estructurales o suprimir la existencia humana sobre la faz de la tierra. La aurora del siglo XXI evidencia con toda nitidez el desafío vital de los límites ecológicos que enfrenta la especie humana. El capitalismo transnacional agotó el modo burgués de relacionar la sociedad y la naturaleza: el sistema burgués devino en un tejido social ecocida, en el estadío de la especie humana donde la naturaleza se destruye a sí misma.

No es posible conciliar los valores y patrones de acumulación de una sociedad mercadocéntrica, con una relación humana sostenible con la naturaleza. No hay propuesta social alternativa al capitalismo si no supone nuevas relaciones entre sistema social y ecosistema. Es vital para la especie humana producir una ruptura con el mercadocentrismo e iniciar el tránsito hacia un paradigma humanocentrista, donde el hombre es la esencia, el principio y el fin del patrón de producción y reproducción social.             

 El capitalismo transnacional muestra un esquema de reproducción social ya insostenible, que evidencia una concentración de la riqueza y un  crecimiento exponencial de la exclusión que se expresan en la existencia de más de 1300 millones de pobres en el mundo, de los que el 60% son mujeres. Sólo en América Latina y el Caribe hay más de 213 millones de excluidos, de los que 53 millones viven en la pobreza crítica. Las noticias refieren de forma sistemática las secuelas de la injusta redistribución de la riqueza creada por la especie humana: acciones terroristas, catástrofes ambientales, amenazas de pandemias (como el sida y la gripe aviar), guerras energéticas, étnicas, entre otras. De particular relevancia son las crisis del calentamiento global, energéticas, alimentarias y del agua, que bajo el patrón económico burgués se agravarán y, combinadas e interactuando entre sí, se trocarán en variables que en breve multiplicarán las crisis sociales y los conflictos entre los más diversos sectores en pos de controlar la energía, saciar la sed y mitigar el hambre en el planeta[1].

El surgimiento simultáneo y la interacción combinada de crisis económicas y financieras, energéticas, alimentarias, de materias primas, por el agua y ecológicas; la eventualidad de una recesión en el ciclo económico transnacional o la variable de varios de estos eventos combinados  desencadenarán inevitablemente graves conflictos que pudieran evolucionar hacia serias confrontaciones políticas, militares y sociales en los más diversos puntos de la geopolítica mundial. Conflictos que las instituciones y los organismos multilaterales, debilitados de forma deliberada por los capitales transnacionales y los centros de poder mundial en las últimas décadas, desacreditados, parcializados y con una imagen erosionada frente a la Comunidad Internacional, difícilmente tendrán la capacidad de servir de espacio de diálogo, contención y solución a problemas y conflagraciones de alcance global.    

Los Estados Unidos, el mayor Imperio de la historia humana y el sistema burgués están atrapados en contradicciones de todo tipo, que impiden su intento de sostenerse como un poder omnímodo sobre el resto de los pueblos del Mundo. Cuando un Imperio y un sistema social no pueden hacer sostenible la producción y la reproducción de su dominación, avanza hacia el principio del fin de su hegemonía. Al Imperio norteamericano sólo le queda recurrir a la fuerza bruta, lo que explica la disposición de algunos halcones norteamericanos a usar las llamadas “armas atómicas tácticas” para sostener su poder mundial, con lo que podrían generar graves conflictos políticos y militares, pero ya no conseguirán dominar el mundo actual, con las complejidades y la diversidad que lo integra. El orden social vigente y la actual correlación de fuerzas son insostenibles, su declive agudizará de forma inevitable las más diversas contradicciones entre los centros de poder mundial, entre los poderes transnacionales y las élites burguesas locales, así como entre las oligarquías y nuestros pueblos. Las diferencias se agravarán hasta romper el precario consenso geopolítico trasnacional vigente.

De continuar la hegemonía de las tendencias actuales, en el mediano plazo la gobernabilidad del mundo pudiera debatirse entre el caos y el orden, un conflicto existencial que podría colocar la humanidad al borde del abismo, sin una alternativa al esquema dominante. Los sentimientos a favor del cambio se extenderán por el mundo como el fuego en la pradera seca. En la medida en que los intereses imperiales atentan contra la existencia misma de la humanidad, poco a poco ese sentimiento se traducirá en más organización, conciencia e ideología antiimperialista. Cada una de sus nuevas acciones políticas, económicas y militares, en lo sucesivo desarrollarán la resistencia y la alianza antiimperialista más amplia y profunda de toda la historia universal. Que sin lugar a dudas pudiera abrir los cauces a las ideas revolucionarias y humanistas.

Una implosión o una derrota internacional del Imperio norteamericano, liberaría al Mundo de la mayor fuerza de explotación y opresión humana. Pero Estados Unidos podría sostenerse como una potencia todavía con muchos recursos económicos y militares, con una cultura y un espíritu de dominación que en lugar de buscar una convivencia armónica con nuestros pueblos, los llevaría a refugiarse con toda su fuerza en América Latina y el Caribe, para intentar imponer la hegemonía y la explotación más atroz de toda la historia americana.

 Para lo más avanzado del pensamiento contemporáneo no se pone en dudas el proceso de agudización de la crisis del capitalismo, lo que se debate es la naturaleza y los alcances de la misma. ¿Cómo influirá en las mutaciones geopolíticas globales que tienen lugar en el mundo? ¿Se podrá preservar la especie humana? ¿Bajo qué patrones y valores sociales es posible preservar la humanidad? ¿Hasta dónde los malabares financieros macroeconómicos del sistema y sus instituciones continuarán posponiendo o neutralizando los efectos más complicados de la crisis? ¿Cuál será la actitud de los centros de poder frente a la crisis y como dirimirán las luchas por sus intereses irreconciliables? ¿Será con el chantaje de la crisis con lo que se pretenderá erigir los nuevos instrumentos e instituciones para garantizar la hegemonía económica y política mundial? ¿Se abrirán espacios para el surgimiento y consolidación de nuevos procesos de cambios sociales? ¿Contribuirá a la unidad y la integración del mundo del trabajo, de los países latinoamericanos y caribeños o a una mayor balcanización de los pueblos?

EL IDEAL BOLIVARIANO

América Latina y el Caribe avanzan hacia una encrucijada histórica vital para el futuro de la región. Nunca antes en la historia latinoamericana enfrentamos con tanta urgencia los peligros y desafíos que supone el dilema de la asimilación y la recolonización o la creación liberadora de una totalidad bolivariana latinoamericana y caribeña. ¿Bajo qué formas ideológicas y organizativas se podrá gestar la unidad, el movimiento de la diversidad de filosofías y concepciones del mundo, la pluralidad de etnias y grupos sociales, de credos e ideales, culturas y tradiciones, de intereses económicos, políticos y sociales para erigir una comunidad de naciones de Nuestra América? ¿Cuál será el cemento ideológico y patriótico, unitario, solidario y justiciero que tributará los ideales y las nociones para el cambio?

Uno de los problemas vitales de cualquier proceso de cambios sociales es su expresión ideológica: el sistema de intereses y valores políticos, económicos, éticos, estéticos, culturales y sociales que defiende y representa un movimiento u organización de la sociedad. Es la manifestación más nítida de la maduración alcanzada por determinados grupos sociales, generaciones, naciones y regiones en la plasmación de sus intereses y aspiraciones, ideales y sueños, en la organización y concientización del pueblo entorno a objetivos trascendentales. Se constituye en la elaboración racional de los anhelos, sentimientos y voluntades. Sin ideología no hay Revolución, ni reforma o transformación relevante de un tejido social. La ideología es el alfa y el omega de una gesta transformadora: el faro que ilumina el rumbo, la traza que delinea los límites y alcances del proceso, los valores y pilares sobre los que se erigen las plataformas políticas, se expresan aspiraciones e intereses, se cultiva la conciencia de los pueblos y se engendran sus últimas y nuevas formas organizativas para parir los cambios.

    El ideal bolivariano surge como expresión de las contradicciones económicas, políticas y sociales de su época, una búsqueda en el terreno de la espiritualidad, que inicialmente manifestó en formas todavía incipientes el deber ser, los sueños y anhelos de los hombres y mujeres de las sociedades del llamado “Nuevo Mundo”. Sus conceptos esenciales surgen y se desarrollan después como una cosmovisión que comporta una postura que combina la solución a los problemas de la latinoamericanidad y un aporte esencial al equilibrio de la geopolítica mundial, que se combinan con una concepción militar, criterios económicos, éticos y estéticos que se engendraron y reelaboraron desde las mismas entrañas de las luchas por la liberación del Imperio español hasta nuestros días.

    El “nudo gordiano”, el meollo del ideal bolivariano, lo que le otorga vigencia hasta nuestros días es su concepción sobre el “deber ser” de América Latina y su papel en “el equilibrio del mundo”. El pensamiento y la práctica libertaria de Simón Bolívar forjaron principios medulares para América Latina y el Caribe. El Libertador fundó una práctica política y una matriz de pensamiento que no concibe a latinoamericanos y caribeños como un racimo de naciones débiles, aisladas, dependientes, enfrentadas entre sí, sino como un todo integrado bajo banderas solidarias, patrióticas y de justicia social. Una postura que se constituye en el principio ordenador,  la sustancia del ideal de la nueva Latinoamérica.

    La idea de la independencia nació de forma indisolublemente ligada a la noción de una salida conjunta para todos los latinoamericanos[2]. José Carlos Mariátegui explica con claridad el origen de esta comunidad de intereses[3] y subraya que: “La generación libertadora sintió intensamente la unidad sudamericana. Opuso a España un frente único continental. Sus caudillos obedecieron no un ideal nacionalista, sino un ideal americanista. Esta actitud correspondía a una necesidad histórica. Además, no podía haber nacionalismo donde no había aún nacionalidades. La revolución no era un movimiento de las poblaciones indígenas. Era un movimiento de las poblaciones criollas, en las cuales los reflejos de la Revolución Francesa habían generado un humor revolucionario”[4]. 

    El ideal bolivariano brotó como respuesta a la opresión del imperio español, expresión de una gran diversidad de intereses y reivindicaciones económicas, políticas y sociales que integraban el entramado social del llamado “Nuevo Mundo”. Un amasijo de ideales y nociones que los padres de la patria americana supieron combinar y articular de forma magistral, para generar la masa crítica que gestó la primera independencia. José Martí explica que los problemas de la primera experiencia de unión americana se suscitan cuando: “(&hellipGui?o los redentores bibliógenos no entendieron que la revolución que triunfó con el alma de la tierra, desatada a la voz del Salvador, con el alma de la tierra había de gobernar, y no contra ella ni sin ella, entró a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas importadas que han venido retardando, por su falta de realidad local, el gobierno lógico. El continente descoyuntado durante tres siglos por un mando que negaba el derecho del hombre al ejercicio de su razón, entró, desatendiendo o desoyendo a los ignorantes que lo habían ayudado a redimirse, en un gobierno que tenía por base la razón; la razón de todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de unos sobre la razón campestre de otros.  El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu”[5]. Y sentenció: “Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores (&hellipGui?o[6].    

    Las formas primarias del ideal bolivariano brotaron desde el núcleo filosófico liberal, el pensamiento predominante de la época. Pero ya desde las primeras décadas del siglo XIX convivió con una gran diversidad de filosofías y credos políticos. Es de la mayor relevancia subrayar que ya en una etapa tan temprana como la primera mitad del siglo XIX, se evidencias las dificultades para avanzar el ideal bolivariano desde las concepciones del pensamiento liberal[7], que se consideraban muy modernas para Europa y los Estados Unidos, pero no se ajustaban a las realidades latinoamericanas. La incompatibilidad conceptual y práctica entre ideal bolivariano y liberalismo, brotó de las entrañas de las primeras repúblicas independientes. Mientras el núcleo conceptual bolivariano se plantea erigir pueblos independientes y unidos bajo banderas solidarias, el liberalismo apunta a desmembrar, desarticular  y recolonizar a las nacientes repúblicas latinoamericanas[8].

       El bolivarianismo desde sus orígenes evidenció un claro matiz antimperialista y revolucionario. En su devenir, el ideal bolivariano se desarrolló y consolidó a lo largo de siglos en una lucha vital contra el colonialismo español, contra el monroísmo y las más diversas expresiones de las políticas imperialistas de los Estados Unidos. En esa confrontación es donde el bolivarianismo se convierte en una postura frente a toda dominación imperial y adquiere profundas raíces antimperialistas y libertarias, democráticas y de justicia social.

  Después de los reveses de la primera independencia, el ideal bolivariano fue abandonado por muchos y traicionado por otros. Al decir de Mariátegui “(&hellipGui?o las generaciones siguientes no continuaron por la misma vía. Emancipadas de España, las antiguas colonias quedaron bajo las necesidades de un trabajo de formación nacional. El ideal americanista, superior a la realidad contingente, fue abandonado. La revolución de la independencia había sido un gran acto romántico; sus conductores y animadores, hombres de excepción. (&hellipGui?o. Pleitos absurdos y guerras criminales desgarraron la unidad de la América Indo-Española. Acontecía, al mismo tiempo, que unos pueblos se desarrollaban con más seguridad y velocidad que otros. Los más próximos a Europa fueron fecundados por sus inmigraciones. Se beneficiaron de un mayor contacto con civilización occidental. Los países hispano-americanos empezaron así a diferenciarse”[9].

  Sin embargo, a lo largo de la historia, figuras relevantes de la política y la cultura trataron de relanzar el ideal bolivariano. Por más de 200 años el ideario bolivariano se retomó, fue remozado y reinventado, complementado y adecuado a los nuevos tiempos por patriotas, visionarios y soñadores de cada época en una batalla sin tregua contra todo imperialismo o “anexionismo”, frente a todas las expresiones del colonialismo o “seudo-nacionalismos”. Una tradición que se nutrió con lo mejor del pensamiento y la práctica liberadora, revolucionaria y avanzó desde el liberalismo, transitando por el pensamiento revolucionario democrático y socialista hasta arribar al marxismo. Que tiene importantes expresiones en pensadores y héroes como José Abreu de Lima, Ezequiel Zamora, San Martín, José Martí, Morazán,  Augusto Cesar Sandino, José Carlos Mariátegui y Fidel Castro, entre otros.

Desde la segunda mitad del siglo XIX, frente al agotamiento del liberalismo y la influencia de nuevas concepciones filosóficas, el ideal bolivariano se desdobló en dos afluentes, dos corrientes que de forma permanente interactuaron y se enriquecieron entre si: la revolucionaria democrática y la socialista[10].

La influencia de Bolívar y su gesta liberadora tuvieron un gran impacto entre los patriotas cubanos, muchos venezolanos contribuyeron a las luchas por la independencia de Cuba, las ideas bolivarianas ya impactaban de forma relevante el territorio insular de la Isla de Cuba[11]. José Martí viajó a Caracas entre el 20 de enero y el 28 de julio del 1881, visita donde uno de sus objetivos más relevantes fue tomar contacto con el legado bolivariano. Durante su corta, pero fecunda estancia Martí profundizó su conocimiento sobre las ideas bolivarianas, que desarrollo y universalizó hasta el final de su existencia. Para Martí, Bolívar aportó “las ideas madres de América”. En su criterio, el Libertador “(&hellipGui?o fue el genio previsor que proclamó que la salvación de nuestra América está en la acción una y compacta de sus repúblicas, en cuanto a sus relaciones con el mundo y al sentido y conjunto de su porvenir (&hellipGui?o[12].

El pensamiento y la obra de José Martí son las expresiones más acabadas del pensamiento bolivariano en la segunda mitad del siglo XIX. Martí desarrolló como pocos el bolivarianismo en sus más diversas  manifestaciones, así como los más complejos criterios que debían prevalecer en la unión de las nacientes repúblicas latinoamericanas, su papel en el equilibrio del mundo y la naturaleza de sus relaciones con los Estados Unidos. Un aspecto esencial fue su mayor elaboración y maduración de las ideas antimperialistas ya esbozadas por Bolívar, en una etapa todavía muy embrionaria para el Imperio norteamericano. Martí comprende con claridad las debilidades de las nacientes repúblicas y la necesidad de la organización revolucionaria para cohesionar nuestros pueblos, superar los valores caudillistas y conducir nuestras naciones en pos del ideal bolivariano.

En la primera mitad del siglo XX se agotó la posibilidad de desarrollar el pensamiento y la práctica de la corriente bolivariana de inspiración revolucionario-democrática. Más de 150 años después del inicio de las gestas bolivarianas, el capitalismo profundizó la pobreza y la exclusión, la  fragmentación y el encono entre nuestras naciones. El poder del capital quebrantó nuestras nacientes repúblicas, para plegarlas bajo las garras imperiales, cual vírgenes vestales deshonradas y enarbolando de forma impúdica  las inmaculadas y sacrosantas banderas de Bolívar y Martí para avalar un status quo antibolivariano. Nunca se profanó de forma más lacerante nuestros valores en nombre de la libertad y la democracia.

El marxista Mariátegui considera que entre los aspectos que inciden en el fracaso de las primeras experiencias bolivarianas: “aparece como una causa específica de dispersión la insignificancia de vínculos económicos hispano-americanos. Entre estos países no existe casi comercio, no existe casi intercambio. Todos ellos son, más o menos, productores de materias primas y de géneros alimenticios que envían a Europa y Estados Unidos, de donde reciben en cambio, máquinas manufacturas, etc. Todos tienen  una economía parecida, un tráfico análogo. Son países agrícolas. Comercian, por tanto, con países industriales. Entre los pueblos hispanoamericanos no hay cooperación; algunas veces, por el contrario, hay concurrencia. No se necesitan, no se complementan, no se buscan unos a otros. Funcionan económicamente como colonias de la industria y la finanza europeas y norteamericana”[13].

Años más tarde al analizar la situación de América Latina bajo el sistema burgués, Fidel Castro señala: “(&hellipGui?o… la verdad de nuestra impotencia, la verdad de nuestra infelicidad, es que siendo iguales en todo hemos vivido alejados, hemos vivido separados, hemos vivido al margen de lo que pudo habernos hecho grandes, de lo que pudo habernos protegido de la impotencia, hemos vivido al margen de lo que fueron los sueños de nuestros libertadores, a los cuales hemos levantado estatuas, dedicado millares de ramos de flores, millares tal vez de discursos, pero a los cuales no hemos seguido en la esencia más pura de su pensamiento (&hellipGui?o Hay personas que si se presentaran hoy ante nosotros, desde bolívar hasta Martí, desde San Martín hasta Artigas (&hellipGui?o y si los ojos de los próceres de las libertades de América Latina nos observaran, verían cómo nos encontramos todavía y se preguntarán, si ésta es la América que ellos soñaron, grande y unida (&hellipGui?o y no el racimo de pueblos divididos y débiles que somos hoy”[14].

Desde la segunda mitad del siglo XX concluyó cualquier opción de avanzar el legado bolivariano desde los valores del sistema burgués y emergió con mayor urgencia la tarea de relanzar esa tradición de fundadores y creadores, esas nociones ideales y latinoamericanista de bolivarianos desde los valores socialistas y democráticos, revolucionarios y patrióticos, antimperialistas y ecológicos para que América Latina y el Caribe unidos bajo banderas solidarias y de justicia social,  honren su deber con la salvación y el equilibrio del mundo contemporáneo.       

BOLIVARIANISMO Y SOCIALISMO

Uno de los aspectos muy debatidos en nuestro tiempo es la relación entre bolivarianismo, socialismo y marxismo. Al respecto se escribieron decenas de libros y artículos donde una parte relevante de los autores reducen el análisis a las frases de Marx sobre Bolívar o a las expresiones de algunos bolivarianos sobre el socialismo. Un planteamiento del problema que es unilateral, reduccionista y ahistórico, que casi siempre conduce a contraponer bolivarianismo, marxismo y socialismo o a transitar hacia formas espurias de relacionar matrices de pensamiento difíciles de hacer confluir, después de separarlas de manera artificial. En este punto es esencial preguntarse: ¿Cuál es y en qué consiste el problema esencial de la relación entre marxismo, socialismo y bolivarianismo?

El problema de la relación entre bolivarianismo, socialismo y marxismo sólo puede ser comprendido desde una perspectiva dialéctica e historicista. No se trata simplemente de la relación entre dos personalidades históricas, sino entre tres tradiciones, tres corrientes universales de pensamiento que surgieron en diversas coyunturas históricas, se desarrollaron por numerosos pensadores y todavía hoy tienen vigencia frente a los retos que enfrenta la humanidad.   Cualquier intento de reducir la relación entre socialismo, marxismo y bolivarianismo a la relación personal entre Marx y Bolívar, supone ignorar la historia, el esfuerzo y la obra de numerosos hombres ilustres, así como los avatares de nuestras luchas, que en su devenir curaron desgarraduras y superaron las  incomprensiones muchas veces generadas por el  tiempo y las distancias.

Bolivarianismo, socialismo y marxismo transitaron por muy diversas etapas a lo largo de los últimos dos siglos, en los que se contrapusieron, se enriquecieron y confluyeron para hoy constituirse en una matriz desde donde podría erigirse la nueva forja de la latinoamericanidad. La realidad es que la propia historia del pensamiento latinoamericano solucionó el problema de la relación dialéctica entre ideal bolivariano, socialismo y marxismo. En sus propios orígenes, el ideal bolivariano convivió con el pensamiento socialista. Algunos analistas señalan que Simón Rodríguez, ya mostraba una gran inclinación hacia las ideas socialistas vigentes en su época. Pero el socialismo de inspiración bolivariano surgió desde los propios seguidores de El Libertador. En sus inicios la corriente socialista transitó por la obra de José Abreu de Lima[15] y muchos otros, que se movieron entre diversas expresiones socialistas desde sus valores bolivarianos. Bolivarianismo y socialismo convivieron e interactuaron entre sí, desde los orígenes, en el mismo proceso donde se forjaron las luchas por la independencia de Nuestra América.

Más tarde el bolivarianismo devino marxista en Mariátegui, donde el marxismo socialista sobrevino bolivariano. Mariátegui asumió de forma creadora la relación entre marxismo y bolivarianismo, su socialismo combina de forma dialéctica el alfa bolivariano con el omega marxista sin contradicciones insalvables. Es socialista latinoamericano porque no renuncia a la tradición bolivariana, es marxista en la medida en que comprende la forma en que se imbrican la autoctonía bolivariana con la universalidad marxista.

La América española, señala Mariátegui, se presenta prácticamente fraccionada, escindida, balcanizada. Sin embargo, su unidad no es una utopía, no es una abstracción. Los hombres que hacen la historia hispano-americana no son diversos. Entre el criollo del Perú y el criollo argentino no existe diferencia sensible. El argentino es más optimista, más afirmativo que el peruano, pero uno y otro son irreligiosos y sensuales. Hay entre uno y otro diferencias de matiz más que de color”[16]. Y añade: “la identidad del hombre hispano-americano encuentra una expresión en la vida intelectual. Las mismas ideas, los mismos sentimientos circulan por toda la América indo-española. Toda fuerte personalidad intelectual influye en la cultura continental. Sarmiento, Martí, Montalvo, no pertenecen exclusivamente a sus respectivas patrias, pertenecen a Hispano-América. (&hellipGui?o[17].

    Concluye el peruano que: “nuestro tiempo, finalmente, ha creado una comunicación más viva y más extensa: la que ha establecido entre las juventudes hispano-americanas la emoción revolucionaria. Más bien espiritual que intelectual, esta comunicación recuerda la que concertó la generación de la independencia. Ahora como entonces, la emoción revolucionaria da unidad a la América indo-española. Los intereses burgueses son concurrentes o rivales; los intereses de las masas no. Con la Revolución mexicana, con  su suerte, con su ideario, con sus hombres, se sienten solidarios todos los hombres nuevos de América. Los brindis pacatos de la diplomacia no unirán a estos pueblos. Los unirán, en el porvenir, los votos históricos de las muchedumbres”[18].

    La obra y el pensamiento político de Fidel Castro combinan de forma creadora los valores bolivarianos, socialistas y marxistas. Desde los primeros años de la Revolución cubana y hasta nuestros días, la idea de la unidad de los latinoamericanos es uno de los aspectos medulares del pensamiento y la práctica política del estadista cubano.

    En el año 1959 señaló: “(&hellipGui?o un sueño que tengo en mi corazón y creo que lo tienen todos los hombres de la América Latina, sería ver un día a la América Latina enteramente unida, que sea una sola fuerza, porque tenemos la misma raza, el mismo idioma, los mismos sentimientos.  Eso quizás sea una utopía, pero ése es mi pensamiento y es el pensamiento de muchos hombres de América.  Fueron sueños de los libertadores y se le hicieron muchas estatuas a Bolívar y muy poco caso a sus ideas[19].

          En el mismo año, unos meses más tarde Fidel Castro señala: “la América nuestra tiene un destino propio, un rol propio; la América nuestra con sus características geográficas, espirituales, materiales, con la idiosincrasia y el carácter de su pueblo, solo puede seguir un camino enteramente propio (&hellipGui?o Difícil será la tarea de encontrar el camino propio en medio de las opiniones más disímiles, en medio de las ideas más contrapuestas. Pero hay algo que puede significar ese camino por encima de todas las disparidades de criterio, y es que los latinoamericanos busquemos aquellas cosas que son comunes a todos, aquellos intereses que son comunes a todos, y en pos de esa aspiración, unamos a todos los sectores de cada nación y a todas las naciones de América Latina, para lograr lo que deseamos”[20].

   El socialismo latinoamericano no puede ser otro que un socialismo bolivariano. Tendrá que nutrirse de las raíces patrióticas, democrático revolucionarias, socialistas y marxistas, así como de lo mejor y más avanzado del pensamiento y la cultura universal. Solo desde un socialismo de raíz bolivariana, América Latina tendrá una respuesta coherente e integral a los nuevos desafíos geopolíticos. Pero las urgencias y los retos son de tal magnitud que es imposible esperar a que todos sean socialistas para producir la confluencia de esfuerzos que permita avanzar hacia el ideal bolivariano. No hay salida nacional o nacionalista ante los retos que se avecinan, frente a la crisis del neoliberalismo y las inevitables transformaciones en la correlación mundial de fuerzas. Fabular con un socialismo de lo local, es deambular por los predios alternativos a Adam Smith y David Ricardo. No hay  alternativa sostenible frente al capitalismo contemporáneo sin gestar al menos un espacio transnacional revolucionario[21].

Bolívar convocó a la unidad de nuestros pueblos, pero los retrasos de hoy imponen la consigna de la integración. La idea de la integración es hija de la fragmentación, las debilidades y divisiones en que nos sumieron el colonialismo y el capitalismo. La integración sólo tiene sentido si constituye un transito en dirección a la realización del ideal bolivariano. Sólo es viable si su fin último es erigir una “masa critica” de pueblos sostenibles frente a los poderes transnacionales.

Los valores solidarios y de justicia social deben ser esenciales en los espacios de integración bolivariana, pero hay que cuidar que la integración no quede atrapada en el asistencialismo o se limite a ser refugio para formas próximas pasadas de los capitales latinoamericanos en su batalla contra el capitalismo transnacional. La pequeña, la mediana empresa y las ruinas del capital nacional latinoamericano, como tendencia no tienen salida dentro de las reglas impuestas por el sistema burgués vigente. La dominación del capital transnacional los destruye de forma despiadada. Su única salida es subordinarse a la hegemonía de los valores sociales del ideal bolivariano.

No hay espacio para un proyecto bajo la égida del mercado, que no contribuya a debilitar y fragmentar nuestras naciones. Sólo es posible erigir una totalidad bolivariana desde la hegemonía de lo social. Un proceso donde se instaure la producción y reproducción de la hegemonía de lo público sobre lo privado, de lo social sobre lo colectivo y lo individual. No puede ser de otra manera que un haz de pueblos, cuyos estados soberanos y revolucionarios trabajen en pos de movilizar y combinar los imprescindibles recursos económicos y humanos e imponga nuevas relaciones entre la sociedad y la naturaleza bajo patrones de justicia social. Es medular al bolivarianismo contemporáneo gestar y utilizar los recursos espirituales y materiales necesarios bajo criterios geopolíticos y de justicia social, para generar una capacidad de reproducción económica y una incidencia universal relevante.

No habrá unidad latinoamericana, ni bolivarianismo  sostenible sin ruptura financiera y monetaria, económica y política con los centros de poder mundial. La esencia del sistema burgués transnacional es su sistema financiero mundial, el orden económico y político burgués vigente. El bolivarianismo contemporáneo debería comenzar a erigir las bases para la desconexión, a construir los pilares, las estructuras e instituciones endógenas que le permitan ganar en mayor soberanía regional, fortalecer la integración latinoamericana y caribeña, así como avanzar en alianzas mundiales que permitan incidir en el fortalecimiento de la multipolaridad mundial.       

La tarea de los patriotas y bolivarianos, los revolucionarios y socialistas es organizar y concientizar nuestros pueblos en todos los ámbitos y espacios posibles: locales, nacionales, transnacionales o mundiales, económicos, políticos y sociales. En esa perspectiva es inevitable avanzar en una gran alianza “con todos y para el bien de todos”. Hay que convocar, disuadir y hacer conciencia entre los distintos sectores económicos, políticos y sociales latinoamericanos que no tienen salida en la lógica neoliberal y son la gran mayoría de nuestros pueblos. Es preciso organizar, forjar alianzas, articular a hombres, mujeres, ancianos, jóvenes y niños, obreros y campesinos, estudiantes y maestros, empresarios y profesionales, sectores de clase media y militares, intelectuales y académico para comenzar a parir los cambios desde las banderas bolivarianas.

La Humanidad enfrenta desafíos cruciales: problemas mundiales requieren soluciones globales. La construcción de una totalidad bolivariana no es posible sin enfrentar los desafíos que enfrenta el planeta, sin viabilidad para la humanidad no existe opción bolivariana. La esencia y el reto más relevante del bolivarianismo hoy es combinar su batalla histórica por la unidad latinoamericana y caribeña con la lucha por la humanidad. Si hoy no somos capaces de ofrecer soluciones a las injusticias que padecen nuestros pueblos, mañana tampoco tendremos la fuerza moral, ni la capacidad necesaria para luchar por la salvación de la especie humana.

[1] El analista norteamericano Lester Brown, presidente del Instituto de Políticas para la Tierra de Washington, quien publicó el libro: “Plan B-2 para salvar un planeta estresado y una civilización en peligro”, señala que el modelo económico occidental sustentado en energías fósiles, automóviles y productos desechables no es viable. Brown explica que si sólo China e India siguen sus avances económicos de mercado, sus miles de millones de habitantes en el 2031 consumirían el equivalente a dos tercios de la producción actual de cereales y más del doble de la de papel, un ritmo que haría fenecer los bosques del planeta”.

[2] En su obra Cesar Rengifo constata que: “(&hellipGui?o para los próceres precursores de la guerra independentista, la idea de la lucha no se planteaba en términos locales sino de continentalidad: Miranda, Nariño, Madariaga, Gual, José María España, la concebían de esa manera y no de otra. Al concepto de unidad agregaban la conciencia lúcida de que sólo fuertemente vinculados política y militarmente, podrían estos pueblos vencer al entonces poderoso Imperio español y hacerle frente a las alianzas que en el campo internacional mantenía éste. Miranda soñaba recorriendo el mundo como romero de la libertad, con una Colombeia, nombre con que designaba a la futura gran nación que anhelaba se extendiera desde Méjico hasta el Cabo de Hornos. En todas sus negociaciones políticas con los gobernantes de Estados Unidos, Inglaterra, Rusia, Francia, etc; habla como americano y en nombre de todos los pueblos de este continente. Cuando Gual  y España inician su movimiento, los anima el mismo ideal y es ese el que alienta las estrofas de la canción americana, himno fundamental del movimiento que dirigían y cuya primera parte tendía a acentuar el carácter continental de la sublevación que preparaban”[2]. Cesar Rengifo, “Ensayística y Poesía”,  T

Tags: Latina, geopolítica, mundial, poderes, rector, dominación, neoliberal

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