Si dicen que allá en el Cielo
no hay gente pobre ni hay guerra
cómo podremos hacer
p’a que haya Cielo en la Tierra.
Tabaré Etcheverry
El pensamiento cristiano tiene desde sus mismos orígenes y según
nuestras definiciones contemporáneas, un contenido profundamente
revolucionario y socialista. Revolucionario en su carácter de propuesta
de cambios del status quo imperante, dentro de un marco de justicia social “todos los hombres son iguales a los ojos de dios”. Y socialista en el sentido del amor al prójimo, “querrás al prójimo como a ti mismo”, que manifiesta el sentido de la otredad, como lo calificaríamos hoy, y que es la base de la solidaridad y fraternidad entre los hombres.
La propia crucifixión de Jesús de Nazareth fue una consecuencia de su
acción política, confrontadora de los poderes establecidos, en aras de
una nueva forma de vivir el mundo y orientada hacia el pueblo. De ahí,
su identificación con los pobres “más fácil entrará un camello por el ojo de una aguja, que un rico en el reino de los cielos”.
Aún a través de unos Evangelios depurados a las conveniencias sociales
y políticas de la institución Iglesia, dos mil años después, la esencia
del mensaje transformador sigue incólume.
Los primeros
cristianos, “cristianos primitivos” como gusta calificarlos a cierta
manera conservadora de ver el mundo, aplicaron para todas sus
posesiones materiales una distribución “socialista” y ejercieron una
solidaridad y fraternidad que les permitió enfrentar unidos las
persecuciones.
De los innumerables ejemplos históricos dónde
los cristianos ejercieron estas acciones, podemos nombrar como
destacado a las Misiones Jesuitas Guaraníes, establecidas en el Siglo
XVII, en territorios de Paraguay, Argentina y Brasil. Allí la Compañía
de Jesús, en la realización de su tarea misionera de llevar a los
indígenas la palabra de dios, promovió y alentó sus costumbres
primigenias, estableciendo una organización social y una economía
colectivas, de absoluto éxito. De tal éxito que la producción de las
Misiones exportaba productos agrícolas y artesanales hacia el resto de
América a costos bajos y en cantidades importantes. Esta producción se
lograba con el trabajo de seis días a la semana, seis horas diarias, a
diferencia del régimen de 12 horas sin días libres que se empleaba en
las Encomiendas. El sistema de producción “socialista” permitía
excedentes para el incremento individual y colectivo de la calidad de
vida, y para los tributos a la Iglesia y al reino. Esta capacidad fue
uno de los factores que colaboraron con la destrucción violenta de las
Misiones, a partir de la presión a los reinos de España y Portugal de
los encomenderos de América, que veían en las misiones una competencia
que no podían enfrentar.
En el Siglo XIX, cuándo con la
incorporación de la máquina a la producción, florece el capitalismo
industrial, y aparece como un sub-producto de esta situación la nueva
clase social de obreros semi-esclavizados que viven en condiciones
marginales en las grandes ciudades donde se concentra la producción
fabril, nacen como respuesta los movimientos sociales y las
concepciones revolucionarias que enfrentan al despiadado sistema
imperante.
Junto a las nacientes propuestas de marxistas,
socialistas y anarquistas, en la última mitad del siglo XIX, aparece en
escena el pensamiento de Leon Tolstoi, a sumarse a las propuestas
transformadoras para una sociedad más justa e igualitaria. Conocido
sobre todo como uno de los grandes pilares de la literatura rusa del
Siglo XIX, su pensamiento revolucionario ha sido dejado de lado y hasta
escondido, primero por una nobleza rusa que lo consideraba un traidor,
por una Iglesia Católica Ortodoxa que llegó a excomulgarlo, por una
revolución bolchevique para la cual sus propuestas eran demasiado
“libertarias” y finalmente por un mundo occidental que prefiere verlo
como un literato y no como un filósofo revolucionario. Nacido en la más
alta aristocracia rusa, perteneciente a una de las familias nobles
emparentadas con la realeza zarista, el conde Tolstoi, en la medida que
tomaba conciencia de la injusticia de una sociedad zarista que trataba
a los pobres como siervos y cuya aristocracia era decadente, fue
progresivamente convirtiéndose en un defensor del derecho de los
individuos y un crítico agudo de toda estructura de poder que sirviera
para la dominación. Partiendo del precepto cristiano del amor al
prójimo, sus propuestas sociales tenían que ver con el compartir, vivir
y producir colectivo, y con la horizontalidad del poder entre los
hombres. Enemigo de la violencia, llegó a tener correspondencia con el
joven Gandhi, con el cual mantuvo asiduo contacto mientras éste
estudiaba en Sudáfrica, y constituyó una influencia importante en las
teorías de resistencia no violenta que más tarde el Mahatma
desarrollara y ejerciera hasta conseguir la independencia de la India.
Sus propuestas fueron reconocidas por grandes pensadores de la época y
algunos anarquistas llegaron a considerarlo un par (Kropotkin lo nombra
en su artículo sobre anarquismo para la Enciclopedia Británica de
1911).
Pensamiento revolucionario cristiano vs. Iglesia
El pensamiento revolucionario cristiano ha debido enfrentar no sólo los
poderes políticos establecidos, sino también un enemigo muy particular,
la propia Iglesia Católica (tanto la romana como la ortodoxa). Esta
Iglesia, que comienza a consolidarse en el Concilio de Nicea en el año
323, bajo la égida del Emperador Constantino, que proporciona los
parámetros sociales, culturales y éticos de la sociedad europea durante
toda la Edad Media y que a partir del Renacimiento, como consecuencia
de la secularización y mercantilización de la Cultura Occidental , debe
tratar de obtener para sí el poder social y político que le permitiera
sobrevivir, fue convirtiéndose, de portadora del mensaje cristiano, en
una institución social cuyos intereses particulares se fueron colocando
por delante de su ideología.
La Iglesia Católica es una
institución que ha sobrevivido durante casi dos mil años, posiblemente
junto al faraonato egipcio y al imperio chino, sea de las instituciones
sociales más longevas en el conjunto de civilizaciones desarrolladas
por los seres humanos. Uno de las características de las instituciones
sociales longevas es su cristalización (resistencia a los cambios).
Si unimos estos dos factores, una institución con gran resistencia a
los cambios sociales (a los cuales ha respondido sólo después de verse
conmocionada, ver como ejemplo la Reforma y Contrarreforma); y la
prioridad en los intereses de la propia institución (un ejemplo digno
de estudio es estudiar la historia de los concilios ecuménicos y ver
como sus decisiones responden a las situaciones y a las necesidades
particulares de la Iglesia y su rol en la sociedad en cada época, y
como el dogma cristiano de la Iglesia va conformándose de acuerdo a
esas necesidades: divinidad de Jesús en 451, existencia del espíritu
santo y divinidad de María en 553, etc.), nos encontramos como poco a
poco lo institucional fue alejándose de la esencia contestataria y
popular del mensaje de Jesús.
Los integrantes de la Iglesia
que tomaron el partido de la lucha social y la reivindicación de los
intereses de los más pobres, así como la intención de lograr cambios
profundos en la sociedad, han sido combatidos duramente por la
jerarquía eclesiástica en distintas épocas, jerarquía que ha ido
progresivamente transformándose en aliada y socia de los poderes
establecidos en aras de su supervivencia y la de la institución.
Durante la mitad del siglo XX, los cristianos revolucionarios debieron
realizar sus acciones de apoyo a los pobres y de cambios sociales desde
abajo, desde la acción cotidiana individual y corriendo siempre el
riesgo de la represión desde la propia jerarquía (no olvidemos que la
Iglesia Católica es una institución en algún sentido tan vertical como
el ejército). ¿Quién no ha conocido alguna vez el ejemplo de esos curas
de parroquia, resteados por su comunidad, con una vida de empeño y
sacrificio para el mejoramiento de las condiciones de vida de los
pobres, enfrentados a sus propios superiores en esa tarea?
En
1962, el Papa Juan XXIII, que había llegado al trono de Pedro en 1958,
convocó el Concilio Vaticano II, con los objetivos de promover el
desarrollo de la fe católica, lograr una renovación moral de la vida
cristiana y adaptar la disciplina eclesiástica a las necesidades y
métodos de los tiempos. La crisis de una doctrina católica que tenía
cada vez menos peso en una Sociedad Occidental que desde el
Renacimiento se había venido haciendo cada vez más secular,
materialista e individualista, llevaban a la Iglesia a intentar un
“aggiornamiento”, una puesta al día con la sociedad en la cual estaba
inmersa y de la cual fue una vez su espíritu rector, liderada en ese
momento por un hombre que entendía muy bien el problema.
Este
Concilio fue para la Iglesia “revolucionario”, intentó su regreso al
seno del pueblo, la apertura de los rituales y la búsqueda de las
propuestas originales del cristianismo. Las propuestas surgidas en sus
deliberaciones permitieron un “aflojamiento” institucional, que amparó
el surgimiento en su propio seno de corrientes renovadoras.
La teología de la Liberación
Esas corrientes renovadoras cristianas aparecen en la década de los
’60, un tiempo de profundas convulsiones en la sociedad occidental.
Movimientos estudiantiles y obreros, hippies, guerrillas y revolución
armada, guerra de Vietnam, Revolución Cubana. La Guerra Fría en su
punto más caliente.
Junto a otros movimientos sociales
transformadores, resurgen también los cristianos. Se dan a nivel
mundial, pero sin embargo es en América Latina dónde con más fuerza se
gesta un movimiento cristiano transformador. No es una casualidad, el
cristianismo llegó a América de la mano con la conquista española y
portuguesa. La cruz se alió a la espada para durante más de 400 años
devastar los territorios latinoamericanos. Genocidio, depredación y
misión católica se dieron la mano para formar la historia trágica de
nuestro continente mestizo. Y sin embargo, la transculturización
provocada por el cristianismo oficial generó una respuesta propia de
parte de nuestras culturas nacientes.
Desde Brasil, la vida,
obra y palabra señeras de Dom Hélder Camara, obispo de Olinda y Recife
(nombrado pocos días después del golpe militar) marcaron primeros pasos
de un camino de lucha por los humildes y contra los autoritarismos. Su
lucha contra la injusticia, la exclusión y la mentira lo llevó a
enfrentar no sólo los profundos problemas de su pueblo, sino a la
jerarquía eclesiástica y a la férrea dictadura militar de su país.
Decía: "Si le doy de comer a los pobres , me dicen que soy un santo. Pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre y están tan mal, me dicen que soy un comunista ."
En todo el continente el movimiento va tomando fuerza, y en 1968, en
Medellín, Colombia, se reúne la cuarta conferencia del CELAM (Consejo
Episcopal Latinoamericano) que agrupa a sacerdotes y laicos de todo el
continente. Las conclusiones de su deliberaciones reflejan un
compromiso central con los pobres y excluidos, y la búsqueda de una
lucha por la justicia social.
En algunos países dónde la
violencia era extrema en esos momentos, algunos de los representantes
del cristianismo toman las armas junto a las guerrillas. En Colombia,
Camilo Torres, luego de llegar a liderar un movimiento social
transformador, perseguido por la jerarquía de la iglesia y por la
derecha oligárquica que amenaza su vida, cuelga los hábitos y empuña
las armas junto al ELN, muriendo heroicamente en combate en febrero de
1966. No fue el único, una década después el sacerdote Gaspar García
Laviana cae peleando en la Revolución Nicaragüense. A pesar de que el
combate cristiano ha estado signado por la no violencia, estos ejemplos
muestran como la lucha por la justicia desde el punto de vista
cristiano no exceptúa el ejercicio de la violencia en algunos casos (no
olvidar que Jesús echó a latigazos a los mercaderes del templo).
En 1973 el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez Merino edita el libro Historia, política y salvación de una teología de liberación
, y a partir de allí el nombre de Teología de la Liberación es adoptado
para englobar estos movimientos cristianos. El mismo Gustavo Gutiérrez
explica que una teología de la liberación no es el desarrollo
conceptual de una teoría global, sino que sus conclusiones derivan de
una práctica y compromiso de trabajo por y con los
excluidos, de rechazo a la pobreza y la injusticia. A diferencia del
marxismo (y cercana en ese aspecto a las posturas libertarias) la
visión de la Teología de la Liberación no es una teoría de explicación,
parte de una visión ética del mundo. Los valores fundamentales
como el amor y el sentido de justicia, colocan a sus militantes en una
actitud que los lleva a desarrollar acciones sociales transformadoras,
y de esas propias acciones va decantando toda conceptualización
posterior.
La muerte temprana de Juan XXIII colocó al frente
de la Iglesia a Pablo VI. A pesar de considerarse un sucesor de la
tarea renovadora, Giovanni Battista Montini fue más moderado y
conservador y contuvo los movimientos más radicales dentro de la
Iglesia. Aunque para ser justos, también enfrentó a la extrema derecha
en su institución, representada por Monseñor Lefebvre y emitió una
encíclica, la Populorum progressio , reconociendo el subdesarrollo y la pobreza como problemas fundamentales de nuestro tiempo.
En 1978 a la muerte de Pablo VI, y luego del breve pontificado de 33
días de Juan Pablo I (cuya muerte repentina desató oscuras hipótesis),
es nombrado papa Juan Pablo II. Reconocido militante anticomunista en
su Polonia natal, experto en medios de comunicación e imagen –fue actor
en su juventud- este hombre logró en su extenso reinado (26 años)
generar la imagen del papa “bueno”, amante de los niños y los jóvenes.
Diplomático y viajero incansable (se le conoció como el Papa
Peregrino), logró que el Vaticano más que duplicara el número de países
con que mantiene relaciones diplomáticas, realizó acercamientos hacia
las otras religiones, se reunió con Gorbachov y Fidel Castro, emitió
catorce encílicas sobre los más variados temas, y al fin de su papado
se opuso frontalmente a la guerra de Irak.
Sin embargo, a
pesar de haber sido uno de los organizadores e impulsores del Concilio
Vaticano II, como máxima autoridad de la Iglesia impulsó el
resurgimiento en su seno de los movimientos ultraconservadores como el
Opus Dei, y desplegó toda su energía para acabar con la Teología de la
Liberación.
Comisionó a la Congregación de la Doctrina de la
Fe (la vieja Santa Inquisición) para estudiar la Teología de la
Liberación. Su prefecto o máxima autoridad era el entonces cardenal
Joseph Ratzinger (hoy papa Benedicto XVI). Esta autoridad eclesiástica
emitió dos estudios sobre la Teología de la Liberación , Libertatis Nuntius y Libertatis Conscientia,
que condenaron esta visión del mundo, declarándola opuesta a la visión
de la Iglesia Católica. La lectura de ambos documentos muestra
claramente como el análisis se realizó desde el punto de vista más
conservador y reaccionario de la institución. El principal apoyo de sus
conclusiones es que la Teología de la Liberación enfrenta los preceptos
de la Iglesia (no los del cristianismo), preceptos decantados a través
de un historia de defensa de los intereses de ésta. En ellos podemos
leer argumentos como éste: “Decir que Dios se hace historia, e
historia profana, es caer en un inmanentismo historicista, que tiende
injustificadamente a identificar el Reino de Dios y su devenir con el
movimiento de la liberación meramente humana, lo que está en oposición
con la fe de la Iglesia .”
El combate contra la
Teología de la Liberación por parte de la Iglesia no sólo se dio en el
orden teológico. Obispos y sacerdotes fueron perseguidos, trasladados,
silenciados con el peso de la autoridad.
Esta situación se
desarrolló en un contexto internacional de auge del neoliberalismo,
caída de la Unión Soviética , fin de la Guerra Fría , ascenso del poder
hegemónico de los Estados Unidos, cercamiento de las culturas
musulmanas y asiáticas y retroceso de todos los movimientos
progresistas en el planeta. Circunstancias que llevaron a Fukuyama (hoy
arrepentido) a proclamar el “fin de las ideologías” y el “fin de la
Historia ”.
El futuro está naciendo
Pero el ingreso al Siglo XXI está volcando las tornas, la resistencia
sobre todo de la cultura musulmana a la agresión de Occidente, el
ascenso de los movimientos sociales y la aparición en Latinoamérica de
gobiernos progresistas que estimulan la integración y la independencia
frente a la hegemonía norteamericana y europea, ha colocado nuevamente
en el tapete a la Teología de la Liberación como una forma más de
avanzar hacia la justicia social y la conformación de una nueva
sociedad.
A pesar que el ascenso al papado de Benedicto XVI
representa un paso más hacia la derecha conservadora de la Iglesia
Católica , y la represión interna hacia aquellos que intentan cambios
sociales continúa (un ejemplo es la condena a “un año de silencio” al
teólogo brasilero Leonardo Boff, y su posterior alejamiento de los
hábitos); sacerdotes y laicos cristianos están tomando cada vez con más
fuerza el partido de los humildes.
Para aquellos que creemos
imprescindible la creación de un nuevo mundo, que estamos empeñados en
lograrlo generando una alternativa nueva, nuestra, diferente,
la referencia al cristianismo revolucionario, motorizado por el amor al
prójimo, es ineludible. El pensamiento, los hechos, vidas y acciones de
aquellos que han sacrificado esfuerzos y vida en generar cambios hacia
un mundo mejor desde la visión cristiana, constituyen elementos
indispensables para nuestra comprensión y el forjamiento de un futuro
mejor.
miguelguaglianone@gmail.com