Jueves, 03 de julio de 2008
Carta del Gran Jefe Seathl al Presidente de Estados Unidos



En el año 1854 el jefe indio Noah Sealth respondió de una forma muy especial a la propuesta del presidente Franklin Pierce para crear una reserva india y acabar con los enfrentamientos entre indios y blancos. Suponía el despojo de las tierras indias. En el año 1855 se firmó el tratado de Point Elliot, con el que se consumaba el despojo de las tierras a los nativos indios. Noah Sealth, con su respuesta al presidente, creó el primer manifiesto en defensa del medio ambiente y la naturaleza que ha perdurado en el tiempo. El jefe indio murió el 7 de junio de 1866 a la edad de 80 años. Su memoria ha quedado en el tiempo y sus palabras continúan vigentes.

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El Gran Jefe de Washington nos hace saber que quiere comprar nuestras tierras.
También nos manda palabras de amistad y buenos deseos. Es muy amable de su parte, ya que sabemos que no necesita nuestra amistad a cambio.

Pero tendremos en cuenta vuestra oferta, pues sabemos que si no lo hacemos el hombre blanco puede venir con sus armas y coger la tierra.

Sobre la palabra del Gran Jefe Seathl, el Gran Jefe de Washington puede estar seguro, tanto como nuestros hermanos blancos pueden estar seguros del retorno de las estaciones.
Mis palabras son como las estrellas, nunca se ocultan.

¿Cómo se puede comprar o vender el cielo, el calor de la tierra?
La idea nos resulta extraña.
No poseemos la frescura del aire o el brillo del agua. ¿Cómo podéis comprárnoslo a nosotros?
Lo decidiremos a su tiempo.

Cada pedazo de ésta tierra es sagrado para mi gente. Cada reluciente aguja de pino. Cada orilla arenosa.
Cada niebla en los oscuros bosques. Cada claro y cada insecto que zumba es sagrado en el recuerdo y la experiencia de mi gente.
Sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de ser.
Para él un fragmento de tierra es igual a cualquier otro, porque es un extraño que llega por la noche y coge de la tierra todo lo que necesita.
La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando la ha conquistado, sigue adelante.
Deja las tumbas de sus padres atrás, y no le importa.
Arrebata la tierra a sus hijos. No le importa.
Las tumbas de sus padres y los derechos de sus hijos quedan olvidados.
Su apetito devorará la tierra, dejando sólo un desierto.

La visión de vuestras ciudades hace daño a los ojos del piel roja. Pero tal vez sea porque nosotros somos salvajes y no comprendemos.
No hay un lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco.
No hay un lugar donde escuchar las hojas en primavera, o el susurro de las alas de los insectos.
Pero tal vez porque soy un salvaje y no entiendo, el estruendo sólo parece insultar los oídos.
¿Y qué queda en la vida, si un hombre no puede escuchar el hermoso grito del chotacabras o las discusiones de las ranas en la charca por la noche?
El indio prefiere el suave sonido del viento surcando la faz del lago, y el olor del viento mismo, limpio tras una lluvia de mediodía.
O perfumado por un pino piñonero.

El aire es precioso para el piel roja.
Porque todas las cosas comparten un mismo aliento, las bestias, los árboles, el hombre.
El hombre blanco no parece darse cuenta del aire que respira. Como un hombre que lleva días moribundo, ya no percibe el hedor.
Si decido aceptar, sólo pondré una condición. El hombre blanco debe tratar a las bestias de la tierra como a hermanos suyos.
Soy un salvaje, y ésa es la única manera que entiendo.
He visto mil búfalos pudriéndose en las praderas, dejados por el hombre blanco, que les disparó desde un tren al pasar.
Soy un salvaje y no puedo entender cómo el caballo de hierro que echa humo puede ser más importante que el búfalo, que matamos sólo para sobrevivir.
¿Qué es el hombre sin las bestias?
Si todas las bestias desaparecieran, los hombres morirían de una gran soledad de espíritu, porque lo que les ocurra a las bestias, le ocurre también al hombre.
Todas las cosas están conectadas. Lo que le pase a la tierra, le pasará a los hijos de la tierra.

Nuestros hijos han visto a sus padres humillados en la derrota. Nuestros guerreros han sentido verguenza.
Y después de la derrota, pasan sus días sin hacer nada, y contaminan sus cuerpos con comidas dulces y bebidas fuertes.
Importa poco donde pasemos el resto de nuestros días: no son muchos.
Unas pocas horas, unos cuantos inviernos, y ninguno de los hijos de las grandes tribus que una vez vivieron en ésta tierra, o vagaron en pequeños grupos por los bosques, quedarán ya para llorar sobre las tumbas de un pueblo que una vez fué tan poderoso y esperanzado como el vuestro.

Una cosa sabemos, que el hombre blanco tal vez descubra un día.
Nuestro Dios es el mismo Dios.
Puede que ahora penséis que podéis poseerlo, igual que deseáis poseer nuestra tierra. Pero no podéis.
Es el Dios de los hombres. Y su compasión es igual para el piel roja que para el hombre blanco.
Esta tierra es preciosa para él. Y hacer daño a la tierra es amontonar desprecio sobre su creador.

Los blancos, también, desaparecerán. Quizás antes que otras tribus.
Seguid contaminando vuestra cama, y una noche moriréis asfixiados en vuestros propios desperdicios.
Cuando los búfalos son masacrados, todos los caballos salvajes domesticados, los rincones más secretos del bosque llenos del olor de muchos hombres, y la vista de las ricas montañas oculta por mujeres habladoras, ¿dónde está la espesura? desaparecida. ¿Dónde está el águila? Desaparecida.
Y qué significa decir adiós a la agilidad y la caza? El fin de la vida y el comienzo de la superviviencia.

Tal vez podríamos comprender, si supiéramos cuáles son los sueños del hombre blanco, cuáles las esperanzas que describe a sus propios hijos, en la larga noche invernal.
Qué visiones graba en sus mentes, para que deseen un mañana.
Pero somos salvajes. Los sueños del hombre blanco están ocultos para nosostros.
Y como están ocultos, seguiremos nuestro propio camino.
Si accedemos, será para poder estar en la reserva que nos habéis prometido. Allí tal vez podamos vivir los cortos días que nos quedan, a nuestro modo.

Cuando el último piel roja haya desaparecido para siempre, y su recuerdo sea la sombra de la nube que pasa sobre la pradera, éstas orillas y bosques todavía albergarán los espíritus de nuestra gente. Porque aman ésta tierra, como el recién nacido el latido del corazón de su madre.

Si os vendemos nuestra tierra, amadla como la hemos amado. Cuidádla como nosotros lo hemos hecho.
Retened en la mente el recuerdo de la tierra, tal y como es cuando la ocupéis.
Y con toda vuestra fuerza, con todo vuestro poder, y con todo vuestro corazón, conservadla para vuestros hijos.
Y amadla como Dios nos ama a todos.
Incluso el hombre blanco no puede escapar al destino común.


Tags: Seathl, ambiente, nativos, salvajes, padres, sagrado, derechos

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