LA OBRA DE LA CIVILIZACIÓN
La vida civilizada consiste principalmente en suplantar
a la Naturaleza con todo género de artificios. A la esponta-
neidad de los movimientos, de los impulsos y de las acciones
sustituye la reglamentación y la disciplina educativa, que
viene a ser una verdadera domesticación sistemática. Asi,
civilizar es lo mismo que ahogar en germen toda libertad,
toda inclinación; todo impulso natural. El hombre civilizado
piensa y obra cronométricamente y a la medida impuesta
por los educadores en la niñez. La diafanidad del pensa-
miento, la sencilla pureza de los afectos, la franca pureza
de los actos, son cosas vitandas. Hasta respecto de las ener-
gías orgánicas se ha hecho del hombre un muñeco. ¿Para
qué necesitamos de la fuerza física? Abundan los bonitos
juguetes que matan. Gracias a ellos se ha podido formular
una grave sentencia: el revólver ha igualado a todos los
ciudadanos.
De acuerdo con el ideal civilizador, lo esencial es hacer
hombres poderosos por su inteligencia y poderosos por su
disciplina; poderosos por sus medios defensivos y ofensivos.
La Naturaleza nos los entrega torpes e indisciplinados y,
además, del todo indefensos e inofensivos. La civilización
los transforma. Su obra es maravillosa.
Mas hétenos aquí que los civilizadores se sienten un poco
avergonzados de su talla y de su fuerza. La igualdad ante
el revólver no les place. Siempre hay un arma más fuerte
en manos de un hombre más decidido. El atletismo se hace
moda. Y hasta la frase: hacer un buen bruto, tórnase elegante.
No hay temor, sin embargo, de una vuelta a la naturaleza.
El contrasentido de la civilización no se confiesa. Se insiste
en el artificio Gimnasia de salón, gimnasia sueca, gimnasia
de circo; ejércitos de exploradores, regimientos de pequeños
soldados bandadas de fornidos jugadores; todos los deportes
de la fuerza se ponen a contribución a fin de obtener buenos
y poderosos puños. Por supuesto, todo muy reglamentado,
absolutamente rítmico, estrechamente disciplinado. Nada de
movimientos fuera de tiempo y de compás. Nada de ejercitar
la energía sin cuentagotas. Nada de libertad y de esponta-
neidad en la acción. ¿Qué seria de la educación física sin la
batuta del director de orquesta?
Hace días publicaba cierta ilustración francesa un
hermoso grabado en el que se veía a un grupo de señoritas
alemanas en las ridiculas posturas gimnásticas, todas a
una verificaban los mas extraños movimientos. Planchas,
piruetas, cabriolas, de todo se hacia acompasadamente v a
la voz de mando.
Pensamos en seguida que aquellas señoritas se hacían
mucho más vigorosas y sanas y serían también más felices
corriendo libremente por la pradera, persiguiéndose en la
grave frondosidad del bosque, brincando por peñas y riscos
o bañándose en el sol sobre la cálida arena de la playa.
Pensamos en seguida que los pulcros jayanes que pierden
su tiempo en los salones de esgrima, en los juegos de pelota,
en las carreras de caballos, en los deportes náuticos, estarían
mucho mejor correteando por playas, bosques y praderas
tras las lindas mozas de rosados colores que Invitan a besos;
estarían mejor trepando a los árboles para alcanzar a sus
adoradas los ricos frutos de la pródiga naturaleza; estarían
mucho mejor en plena libertad de acción y pasión. El
muñeco mecánico no es de ningún modo preferible al hombre
natural.
No es sin embargo, éste el peor aspecto del contrasentido
en que incurre la civilización. Allá se las hayan los pudientes
con su mal gusto por los artificios gimnásticos.
El lado peor, irritante e insoportable de tal contrasentido
es que se entregue la juventud dorada al ejercido físico
improductivo, mientras se obliga a la masa proletaria a un
exceso de trabajo agotador para que la holganza privilegiada
pueda continuar sus estériles y enervantes devaneos.
Trabajar unos hasta extenuarse, y que otros, para divertirse,
le pongan ridiculamente a mover brazos y piernas y tronco
sin finalidad ni provecho, es el colmo del absurdo civilizado.
¿Se quiere al hombre vigoroso y sano? El trabajo libre,
compartido por hombres libres e iguales, seria el más bello
de los deportes y el más sano de los ejercicios. No hay
igualdad comparable a la que se adquiere en plena Naturaleza.
No hay vigor más firme que el que se obtiene en el
ejercicio de una obra cualquiera, espontáneamente adoptado
a su objeto. No hay salud más duradera que la que se gana
en el desarrollo armónico de una vida que a si mismo se
ordena, trabajando o gozando, según place en cada momento.
La libertad y la espontaneidad en el desenvolvimiento de las
aptitudes del hombre, constituyen la sólida base de su salud
y de su dicha.
La civilización podrá conseguir que los alfeñiques de la
burocracia y de la burguesía lleguen a ser capaces de tirar
de un carro mejor que cualquier bestia, pero no logrará
hacer de ellos hombres sanos y dichosos. La salud será en
esas gentes una cosa sobrepuesta; la dicha, una mueca de
hastio.
Y, entretanto, los poderosos músculos del campesino y
el obrero, pese a la bárbara carga del trabajo esclavo,
seguirán desarrollándose y seleccionándose al par que se
educan por la inteligencia y por el creciente dominio de la
técnica, hasta que, por una inevitable reacción de la Naturaleza,
el hombre que trabaja voltee de un soberano revés
al hombre que se complace en la caricatura del trabajo.
Los contrasentidos de la civilización durarán lo que dure
la inconsecuencia de las multitudes. Parécenos que los tiempos
actuales, no obstante la recrudescencia de todas las
barbaries históricas, están gritando que la inconsciencia
acaba.
Por pequeña que sea la minoría de los capacitados para
la revolución, es una minoría temible.
(«ACCIÓN LIBERTARIA», núm. 11. Madrid 1 de agosto 1913.)
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