lunes, 07 de julio de 2008

EDUCACIÓN LIBERTARIA

POR LOS BARBAROS

Maravíllame el aturdido despertar de una porción de

inteligencias jóvenes a las ideas nuevas. Y digo nuevas,

sometldo un tanto a los serviles modismos de una pobre

literatura que se hincha con palabras y se nutre de vaciedades.

Nuevas no lo son. Cualquier postura que se tome se

acomoda bien a ésta o aquella filosofía del tiempo viejo.

Quitad las formas y las influencias de la época, y lo hallaréis

todo, mejor o peor definido, en la sabiduría vulgar y en la

'sabiduría de casta. Cuestiones de método, injerto de ciencia

desenvuelta en raquíticos arbustos de especulación naciente,

refinamientos de la nerviosidad contemporánea, es cuanto de

novedad puede ofrecerse al incauto lector que busca en el

libro orientaciones sanas para su cerebro. Lo mismo en el

periodo sociológico, que el político y el teológico, se debata

un asunto primordial, un problema único, pero amplísimo,

que abarca la existencia individual y la existencia de la

humanidad entera: el derecho al desenvolvimiento integral.

En cada tiempo, los términos del problema afectan una

forma diferente; pero la incógnita permanece irreductible-

mente lo mismo. Y es que, procediendo los hombres por

tanteos, a la hora actual todavía no se sabe si hemos dado

con la ecuación que, ligando por sus verdaderas relaciones

los términos verdaderos de la cuestión, nos ha de facilitar

el hallazgo inmediato del valor real de la incógnita.

 

La anulación del individuo se llama un día fe, después

ciudadanía; el trabajo se organiza un tiempo en la esclavitud,

en la servidumbre luego, en el salariado finalmente. Y

al nacer de las teorías redentoras implica siempre las mismas

pretensiones; ya se llame libre examen, ya igualdad ante la

ley o bien emancipación del esclavo y supresión de la servi-

dumbre, para venir a parar, como último término, en la

libertad total de manifestación y de acción y en la igualdad

económica y social. En suma: grados diferentes de una misma

 

 

aspiración que se resume en lo que hemos llamado el derecho

de desenvolvimiento integral de la personalidad como productor

y como hombre.

En nuestros días, cuando el pensamiento ha formulado

los mayores atrevimientos, hallada, según creemos,

la ecuación definitiva del problema, las inteligencias se han lanzado

resueltamente por el sendero de las sorpresas intelectuales.

Empiezan las singularidades, las posturas airosas, los gestas

bellos, y en la infecundidad de un diletantismo personalisimo,

se consuma la obra extraordinaria del levantamiento de una

Babel a la mayor gloria de los egoísmos individuales. En el

despertar de la juventud sólo hay por el momento una cosa

buena, noble, pura: la bondad del propósito. Pero a partir

de esta bondad, cada uno mira para si mismo y con mayor

intensidad hacia el exterior de oropeles y plumajes que

hacia dentro, donde radica el entero y positivo valor de la

personalidad. La multitud queda sacrificada cuando no

sumida en el desprecio olímpico de los escogidos: puesta en

cruz antes, puesta en cruz ahora, puesta en cruz siempre.

Así como tuvo Proudhon y tuvo Marx sus satélites, asi -

como los astros brillantes de la escuela filosófica alemana

hicieron su obra de proselitismo v dividieron las inteligencias

en tantas cuantas legiones requerían sus distingos sutiles;

así también nuestra juventud, nuestros apóstoles, nuestros

novísimos precursores hanse dividido hasta lo infinito,

sumidos en la beatitud contemplativa de unas cuantas tesis

hermosas, chocantes a veces, a veces crueles y antihumanas.

Marx y Bakunln, Stírner y Nietzsche, Spencer y Guyau,

todos los que han puesto en la labor especulativa un poco

de arte o un poco de ciencia, todos los que han dado una

nota vibrante, tienen a su devoción entusiastas partidarios

cuya visualidad es apta solamente a través de un cristal

único de coloración invariable.

Y allá van los preconizadores, jóvenes y viejos, atrope-

lladamente tras un mundo nuevo, una sociedad libre,

mientras su mentalidad se extravia en el angosto cauce del

dogma y de la secta, mientras su neurósica afectividad se

diluye en una egoística moralidad infecunda, muerta. No

hay liberación allí donde el exclusivismo de una tesis seca

las fuentes de la verdad amplia, grande y generosa. No hay

liberación allí donde sólo repercute armoniosamente un

ritmo único. No hay liberación ni mental ni moral. Hay

reproducción, bajo nuevas formas, de las viejas preocupacio-

nes y de las viejas inmoralidades.

La propaganda marcha asi envuelta en todo género de

errores y particularismos. Quien sólo para mientes en las

necesidades materiales; quien canta monótonamente las

 

 

excelencias de una vida que hasta ahora no merece la pena

de ser vivida; quien se enajena en la contemplación arrobadora

de la belleza harto lejana en medio de las miserias y

de los horrores del momentó; quien se encarama a las alturas

de la superhombría y mira con desdén olímpico la pequeñez

de los microbios, que trabajan como lobos y sudan sangre

para que todo esto que vivimos no se derrumbe; quien, en

fín, después de recorrer toda la escala del humanismo senti-

mental, va a encenagarse en la charca del más bestial

egoismo elevado a la categoría de Suprema ley de los hombres.

Entretanto, los supervivientes de la esclavitud

y la servidumbre, los mismos jornaleros del surco, del taller y

de la fabricar, la masa ignorante y grosera que dicen algunos,allá

se debate y revuelve rabiosa contra, todas las fatalidades

ambientes que la aniquilan. Sojuzgados, sometidos,

materialmente anulados como hombres por falta de lo que gozan

hasta las bestias, ¿qué gran obra no es la de los obreros. qué

sin sutilezas filosóficas o artisticas está transformando el

mundo en el fragor de las luchas comtemporaneas?

La chispa, la luz, estará allí en la mentalidad de los precursores;

la acción está aquí en el impulso irresistible de los bárbaros.

¿Hay dualismo? Si existe búsquese su origen en la seque-

dad y el particularismo de los intelectuales, palabreja inven-

tada en mal hora para acusar la existencia de una causa

más, cuando es preciso que no quede sobre toda la tierra

ni un solo muro,ni un solo valladar, ni una divisoria, ni un

amojonamiento.

Preconizamos una sociedad nueva a nombre de ideales

amplísimos de emancipación integral. ¿Nos hemos emanci-

pado nosotros mismos moral e intelectualmente? Mostramos

a cada paso nuestros exclusivismos hasta el punto de que

mientras abajo — permítaseme este lenguaje clásico de los

tiempos heroicos de la sensiblería democrática y socialista —

que mientras abajo, digo, se bate el cobre todos los días,

arriba, entre los que alardean, quedamente o en alta voz,

de una superioridad harto dudosa, se bate... la tontuna teo-

rizante, se hace alarde de. fatuidades intelectuales necias y

se libra la batalla de los mezquinos personalismos y de los

rencorcillos mal encubiertos.

Se me dirá que entre la multitud grosera e ignorante,

que asi entre los campesinos extenuados por un trabajo

aplastante, como entre los obreros industriales embrutecidos

por la fábrica, cuando no por la taberna, también la pasión

hace estragos y el raquitismo de miras y la envidia y el en-

cono esterilizan la fuerza necesaria a la emancipación per-

sonal y a la emancipación colectiva. Mas cuando esa fuerza

es sacudida por cualquier circunstancia, la legión de esclavos

sobrepónese a todas las minucias; y entonces es menester

entonar himnos a la bravura, al espíritu grande de solidaridad,

a los arrestos heroicos de los bárbaros. Hablad de

aquel mágico erguirse del proletariado barcelonés, hablad

del obrero de La Coruña, de Badajoz, de La Línea, de Se-

villa v de tantas ciudades que hicieron en pocas horas por

el advenimiento de la revolución más que las innumerables

y largas tiradas de artículos y de discursos de los intelectuales.

Salid de España: Holanda, Italia, Norte América, la

República Argentina, ¿no han presentado en linea de batalla

enormes masas conscientes de trabajadores solídarios en la

más amplia y generosa labor humana?

Es menester aniquilar el prurito teorizante, dar garrote

vil a todos los exclusivismos: al dogma, al espíritu sectario.

¿Autoliberación se ha dicho? Pues es preciso desembarazare

de los prejuicios de escuela, de los errores de método, de los

vicios de estudio. Todo es verdad fuera de cualquier particu-

larismo doctrinal. Exáltese cuanto se quiera la personalidad,

que contra el encogimiento cobarde del individuo sometido

a todas las brutalidades de la fuerza que le anula, grande,

formidable es necesario que sea la reacción provocada. Cán-

tese con fuerte y vigorosa voz la vida, la vida digna de ser

vivida que contra el moribundo aliento de una humanidad

sojuzgada, famélica y enferma, enérgica, decisiva ha de ser

la pócima que le retorne a las esplendideces de la existencia

sana alegre y satisfecha. Ríndase a la belleza, el arte, el tri-

buto de los más puros entusiasmos, que contra la fealdad

espantosa de una sociedad que se arrastra en todas las pes-

tilencias y suciedades de la bestialidad, ha de ser necesaria-

mente poderoso el reactivo. Llevemos tan allá como quepa

en los espacios de nuestra mentalidad la supremacía del

hombre, su propio yo como eje de toda la existencia; que

habituados a la vida servil, somos incapaces de comprender

que todo se deriva de nosotros mismos y que el más hermoso

ideal de todos los ideales es aquel que formulamos al afirmar

que la labor de los siglos y de las generaciones no es para

el hombre más que uno: el de superarse a sí mismo. Vayamos

tras el hombre nuevo, trepemos animosos por los abruptos

riscos; que la fe, sin embargo, no nos ciegue hasta el punto

de olvidar que no hay un término para el desenvolvimiento

humano; que el ideal se aleja tanto más cuanto más a él

nos aproximamos; que la cima, en fin, es inaccesible. Pero

abramos de par en par las puertas de nuestro entendimiento,

reuniendo en una amplia síntesis el contenido de la aspiración

suprema, de la cual no son más que elementos componentes

todas esas parciales doctrinas que parecen dividir a

las falanges que preconizan una sociedad libre. El desarrollo

integral de la personalidad, el anarquismo sin prejuicios, sin

particularismos, tal es la expresión genérica, universal, posi-

tiva de tantas y tantas al parecer divergentes tesis de nues-

tros jóvenes, de nuestros precursores y de nuestros propa-

gandistas.

Cuando esto se haya hecho habrá comenzado la autoliberación,

cuya necesidad viene impuesta por el desarrollo de las ideas

y las exigencias de la lucha. Pero no habrá hecho

más que comenzar. Faltará todavía que nadie se encierre en

su torre de marfil, que nadie pretenda quedarse en las cumbres

del saber, engreído que se desvanece con los zahumerios

de su propia soberbia. Antes que seres pensantes, antes que

artistas, somos animales de carne y hueso que necesitamos

nutrirnos, llenar el estómago, cumplir todas las funciones

fisiológicas, acallar la bestia para que el hombre surja. Es

menester mirar a las multitudes que mal comen y mal visten,

que lo ignoran todo porque de todo carecen, que arrastran

una existencia más miserable que la de los brutos; y mirarlas,

no por caridad ni por humanidad sino porque tienen el

mismísimo derecho, a su total desenvolvimiento que el más

pulcro, el más sabio, el más esteta de los intelectuales, de los

escogidos; porque la emancipación, para ser real y efectiva,

ha de ser universal, que en medio de un rebaño de hombres

nadie podría gloriarse de gozar libertad, bienestar y paz.

Si no hubiere intima comprensión entre todos los que de

un modo o de otro sufren las consecuencias de los anacro-

nismos sociales; si se hiciere de los ideales modernos regalo

exquisito de los entendimientos superiores y se dejara a la

masa ignorante — que no lo es más que en los términos de

una petulancia sabia inaguantable —; si se dejara a los

bárbaros abandonados a su estultez y a su miseria, ni la eman-

cipación llegaría jamás para los humanos, ni sería, en último

término, para los que la fian a su propio esfuerzo

y a su propio valer, más que un espejismo que, al cabo, les llevaría

a la negación y a la degradación de si mismos.

Por los bárbaros ha de ser el lema de los preconizadores

de una sociedad nueva. Pan, mucho pan para los estómagos

vacíos; abrigo confortable y abundante para los ateridos de

frío, para los desnudos; vivienda amplia, bien oreada, con

mucha luz y alegría para los que se acurrucan en sombríos

tugurios; y venga luego, o mejor al propio tiempo, ciencia,

mucha ciencia; arte, mucho arte; venga la vida gozada inten-

samente en todas sus modalidades; venga la obra persona-

lisima de trepar por los abrupto? riscos; venga el caminar

sin tregua tras el más allá jamás logrado. Cada uno

de nosotros no vale más que su vecino por misero que sea. No vale

una buena pluma, una bella palabra más que un golpe de

 

martillo que forja el hierro, que labra la piedra, que abre

la mina; no vale más que la cuerda por donde el pocero se

descuelga para limpiar las basuras comunes. No debería ser

menester que tal se dijera a las alturas sociológicas a que

hemos llegado y de que muchos se envanecen; pero lo es, sin

duda ninguna, porque todavía estamos en las mantillas de

una liberación muy voceada, pero incumplida.

Es necesaria esta liberación para todos los preconizadores

de una sociedad libre. No hagamos, por ello, capillas; no

levantemos muros divisorios. La anarquía es la aspiración

a la integralldad de todos los desenvolvimientos. Trabajemos,

pues, en bloque por la emancipación de todos los hombres,

emancipación económica, emancipación intelectual,

emancipación artística y moral.

La pobre presunción de un puñado de hombres que haya

podido concebir con alguna amplitud este porvenir hermoso

y grande, humanamente justo, vale bien poco. Son los bár-

baros lo


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