Con el nombre de proletariado perdura el esclavo. Ricardo Mella Cea. Cuando se comparte dinero... queda la mitad del dinero. Cuando se comparte comida.... queda la mitad de la comida; Cuando se comparte conocimiento ....queda el doble. Telesur....
OEA= oligarquías explotadoras antihumanistas ¿Por qué Hugo Chávez es Líder en Venezuela? ¿Un premio Rey de España de Periodismo, 2002, otorgado por un jurado integrado por la agencia Efe y la Agencia de Cooperación, a un vídeo manipulado por una televisión opositora venezolana? Si en Venezuela hay dictadores, esos son los líderes golpistas de la oposición y los dueños de los medios de desinformación privados, no menos dictadores privados que esos líderes. ¿Por qué no mostraban imágenes de la gente, chavistas, tendidos en Puente Llaguno para protegerse de los disparos de una manifestación de gente desarmada? Ver Vídeo se lo aclarará todo y comprenderá que la prensa capitalista, escrita y hablada, le miente sobre Venezuela a diario. Sí, le ponen los cuernos intelectualmente a lectores, televidentes y radioyentes. Claro que muchos prefieren ser cornudos por interés, como en tantos matrimonios
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Este libro fue escrito cuando el poderío de la burocracia soviética parecía inquebrantable y su autoridad indiscutible. El peligro del fascismo alemán atraía naturalmente la simpatía de los medios democráticos de Europa y de América hacia los soviets. Generales ingleses, franceses y checoslovacos participaban en las maniobras del Ejército Rojo y cantaban loas a oficiales, soldados y técnica. Estas alabanzas eran perfectamente merecidas. El nombre de los generales Iakir y Uborevich, comandantes de las divisiones militares de Ucrania y de la Rusia Blanca, era citado con respeto en las páginas de la prensa mundial. En el mariscal Tujachevski se veía, con toda razón, al futuro generalísimo. En esos momentos, numerosos periodistas extranjeros de "Izquierda" y no solamente del tipo de Duranty, sino también algunos perfectamente conscientes, escribían extasiados sobre la nueva Constitución soviética como "la más democrática del mundo".
Si este libro hubiera visto la luz inmediatamente después de ser escrito, muchas de sus conclusiones hubieran parecido paradójicas o, lo que es peor, dictadas por una pasión personal. Pero algunos, "azares" de la suerte del autor hicieron que apareciera en diversos países con un retraso considerable. Mientras tanto se desarrolló la serie de procesos de Moscú que sacudieron al mundo entero. Toda la vieja guardia bolchevique fue sometida al exterminio físico, fusilados los organizadores del partido, los participantes en la Revolución de Octubre, los edificadores del Estado soviético, los dirigentes de la industria, los héroes de la guerra civil, los mejores generales del Ejército Rojo, entre ellos Tujachevski, Iakir y Uborevich, de los que hablamos antes. En cada una de las diversas repúblicas de la Unión Soviética, en cada provincia, en cada región, la depuración fue sangrienta, no menos feroz que en Moscú, aunque más anónima. La preparación de las elecciones "más democráticas del mundo" va acompañada de fusilamientos en masa que barren de la tierra a la generación de la revolución. En realidad nos encontramos en vísperas de uno de esos plebiscitos cuyo secreto conocen tan bien Hitler y Goebbels. Si Stalin tiene el 100% de los votos o "solamente" el 98'5%, no depende de la población, sino de las prescripciones dadas desde arriba a los agentes locales de la dictadura bonapartista. El futuro Reichstag de Moscú tendrá como misión, podemos predecirlo desde ahora, coronar el poder personal de Stalin bajo el nombre de presidente plenipotenciario, de jefe vitalicio, de cónsul inamovible o -¿quién sabe?- de emperador. En cualquier caso, los "amigos" extranjeros, demasiado celosos, que han cantado himnos a la "Constitución" estalinista, corren el peligro de caer en una difícil situación. Les manifestamos de antemano nuestra compasión.
El exterminio de la generación revolucionaria y la depuración implacable entre la juventud, atestigua la tensión terrible de las contradicciones entre la burocracia y el pueblo. En el presente libro hemos tratado de proporcionar un análisis social y político de esta contradicción antes de que apareciera tan violentamente a la luz pública. Las conclusiones que, hace más de un año, hubieran parecido paradójicas, se exhiben hoy ante los ojos de la humanidad en toda su trágica realidad.
Algunos de los "amigos" oficiales, cuyo celo es pagado en rublos de buena ley y en divisas de otros países, tuvieron la imprudencia de reprochar al autor que su libro ayudaba al fascismo. ¡Cómo si las represiones sangrientas y las bribonadas judiciales no hubieran sido conocidas sin eso! Identificar la Revolución de Octubre y los pueblos de la URSS con la casta dirigente, es traicionar los intereses de los trabajadores y ayudar a la reacción. El que realmente quiera servir la causa de la emancipación de la humanidad, debe tener el valor de mirar la verdad de frente, por amarga que ésta sea. Este libro no dice sobre la Unión Soviética más que la verdad. Está impregnado de un espíritu de hostilidad implacable hacia la nueva casta de opresores y de explotadores. Por eso, sirve a los verdaderos intereses de los trabajadores y a la causa del socialismo.
El autor cuenta firmemente con la simpatía de los lectores reflexivos y sinceros de los países latinoamericanos.
El mundo burgués fingió en un principio que no observaba los éxitos económicos del régimen de los soviets, es decir, la prueba experimental de la viabilidad de los métodos socialistas. Ante el ritmo, sin precedente en la historia, de su desarrollo industrial, los sabios economistas al servicio del capital tratan aún con frecuencia de guardar un profundo silencio, o se limitan a invocar "la explotación excesiva de los campesinos". Dejan escapar, de este modo, una excelente oportunidad para explicarnos por qué la explotación de los campesinos en China, en el Japón o en la India, por ejemplo, jamás ha provocado un desarrollo industrial que pueda compararse, siquiera de lejos, con el de la URSS.
Sin embargo, los hechos cumplen su objetivo. Las librerías de los países civilizados están invadidas por estudios consagrados a la URSS. Esto no tiene nada de asombroso: fenómenos semejantes no se producen con frecuencia. La literatura dictada por un odio ciego ocupa en esta producción un sitio cada vez menos importante; por el contrario, gran parte de las obras recientes está impregnada de una simpatía creciente, cuando no de admiración. Hay que felicitarse de la abundancia de obras pro soviéticas como de un índice de lo que ha mejorado la reputación del Estado recién llegado. Por lo demás, es infinitamente más loable idealizar a la URSS que idealizar a la Italia fascista. Pero el lector buscaría vanamente en las páginas de estos libros una apreciación científica de lo que en realidad sucede en el país de la Revolución de Octubre.
Las obras de los "amigos de la URSS" se clasifican en tres categorías. El periodismo de los diletantes, el género descriptivo, el reportaje de "izquierdas" -más o menos- proporciona el mayor número de libros y de artículos. A su lado se colocan, aunque con mayores pretensiones, las obras del "comunismo" humanitario, lírico y pacifista. El tercer lugar lo ocupan las esquematizaciones económicas al viejo estilo alemán del socialismo de cátedra. Louis Fisher y Duranty son suficientemente conocidos como los representantes del primer tipo de autores. El difunto Barbusse y Romain Rolland son los que mejor representan la categoría de los "amigos humanitarios": no es, por cierto, una casualidad que antes de llegar a Stalin, el uno haya escrito una Vida de Jesús, y el otro una Vida de Ghandi. En fin, el socialismo conservador y pedante ha encontrado en la infatigable pareja fabiana de los Webb sus representantes más autorizados.
Lo que une a estas tres categorías tan diferentes es su adoración de los hechos consumados y su inclinación hacia las generalizaciones tranquilizadoras. Todos estos autores no tienen la fuerza de rebelarse en contra de su propio capitalismo, lo que los inclina a apoyarse sobre una revolución extranjera, por lo demás, apaciguada. Antes de la Revolución de Octubre y muchos años después, ninguno de estos hombres, ninguno de sus padres espirituales se preguntaba seriamente por qué caminos podría llegar a este mundo el socialismo. Por esto mismo les es tan fácil aceptar como socialismo lo que sucede en la URSS. Esto les confiere un aspecto de hombres de progreso que están con su época, y también cierta firmeza moral, sin comprometerlos a nada. Su literatura contemplativa y optimista, nada destructiva, que coloca todos los errores en el pasado, ejerce sobre los nervios del lector una influencia tranquilizadora que les asegura un buen recibimiento. Así se forma insensiblemente una escuela Internacional que podemos llamar la del bolchevismo para uso de la burguesía ilustrada o, en un sentido más estrecho, la del socialismo para turistas radicales.
No tratamos de polemizar con las producciones de este género, pues no ofrecen ocasiones serias para la polémica. Los problemas terminan para donde en realidad comienzan. El objeto del presente estudio es dar una justa apreciación de la realidad para comprenderla mejor. No nos detendremos ante los días ya transcurridos más que en la medida en que esto nos ayude a comprender el día de mañana. Nuestra exposición será crítica; todo el que se inclina ante los hechos consumados es incapaz de preparar el porvenir.
El desarrollo económico y cultural de la URSS ha pasado ya por varias fases sin alcanzar todavía -está muy lejos de ello- el equilibrio interno. Si se recuerda que la tarea del socialismo es la de crear una sociedad sin clases, fundada en la solidaridad y la satisfacción armoniosa de todas las necesidades, no existe aún, en este sentido fundamental, el menor socialismo en la URSS. Es cierto que las contradicciones de la sociedad soviética difieren profundamente, por su naturaleza, de las del capitalismo, pero no son menos ásperas. Se expresan por la desigualdad material y cultural, por la represión, por la formación de grupos políticos, por la lucha de las fracciones del partido. El régimen policíaco ahoga y deforma la lucha política sin eliminarla. Las ideas puestas en el índex ejercen a cada paso su influencia sobre la política del Gobierno al que fecundan o contrarían. En estas condiciones, el análisis del desarrollo de la URSS no puede separarse un solo instante de las ideas y de los eslóganes bajo los cuales se desarrolla en aquel país una lucha política sofocada, pero apasionada. La historia se mezcla aquí con la política viva.
Los filisteos bien pensantes de "Izquierda" repiten gustosos que hay que observar la mayor circunspección para criticar a la URSS con el objeto de no perjudicar la edificación del socialismo. Nosotros no creemos que el Estado soviético sea tan frágil. Sus enemigos están mucho mejor enterados de lo que pasa en ella que sus amigos verdaderos, los obreros de todos los países. Los estados mayores de los Estados imperialistas llevan una cuenta precisa del activo y del pasivo de la URSS, que no se basa únicamente en los informes publicados. Los enemigos pueden, por desgracia, aprovechar las debilidades del Estado obrero, pero no podrían, en ningún caso, aprovechar la crítica de las tendencias de este Estado que ellos mismos consideran como positivas. La hostilidad de la mayor parte de los "amigos" oficiales de la URSS hacia la crítica, disimula, en realidad, la ansiosa fragilidad de sus propias simpatías más que la fragilidad de la URSS misma. Alejemos, pues, con serenidad estas advertencias y estos temores. Los hechos deciden, no las ilusiones. Queremos mostrar un rostro, no una máscara.
El partido bolchevique preparó y alcanzó la victoria de Octubre. Construyó el Estado soviético, dándole un sólido esqueleto. La degeneración del partido fue la causa y la consecuencia de la burocratización del Estado. Es importante mostrar, al menos brevemente, cómo pasaron las cosas.
El régimen interior del partido bolchevique está caracterizado por los méritos del centralismo democrático. La reunión de estas dos nociones no implica ninguna contradicción. El partido velaba para que sus fronteras fuesen siempre estrictamente delimitadas, pero trataba de que todos los que franqueaban esas fronteras tuvieran realmente el derecho de determinar la orientación de su política. La libertad de crítica y la lucha de las ideas formaban el contenido intangible de la democracia del partido. La doctrina actual que proclama la incompatibilidad del bolchevismo con la existencia de fracciones está en desacuerdo con los hechos. Es un mito de la decadencia. La historia del bolchevismo es en realidad la de la lucha de las fracciones. ¿Y cómo un organismo que se propone cambiar el mundo y reúne bajo sus banderas a negadores, rebeldes y combatientes temerarios, podría vivir y crecer sin conflictos ideológicos, sin agrupaciones, sin formaciones fraccionales temporales? La clarividencia de la dirección del partido logró muchas veces atenuar y abreviar las luchas fraccionales, pero no pudo hacer más. El Comité Central se apoyaba en esta base efervescente y de ahí sacaba la audacia para decidir y ordenar. La justeza manifiesta de sus opiniones en todas las etapas críticas le confería una alta autoridad, precioso capital moral del centralismo.
El régimen del partido bolchevique, sobre todo antes de la toma del poder, era, pues, el antípoda del de la Internacional Comunista actual con sus "jefes" nombrados jerárquicamente, sus virajes hechos sobre pedido, sus oficinas incontroladas, su desdén por la base, su servilismo hacia el Kremlin. En los primeros años que siguieron a la toma del poder, cuando el partido comenzaba a cubrirse con el orín burocrático, cualquier bolchevique, y Stalin como cualquier otro hubiera tratado de infame calumniador al que hubiese proyectado sobre la pantalla la imagen del partido tal como debía ser diez o quince años después.
Lenin y sus colaboradores tuvieron invariablemente como primer cuidado el de preservar a las filas del partido bolchevique de las taras del poder. Sin embargo, la estrecha conexión, y algunas veces la fusión, de los órganos del partido y del Estado, provocaron desde los primeros años un perjuicio cierto a la libertad y la elasticidad del régimen interior del partido. La democracia se estrechaba a medida que crecían las dificultades. El partido quiso y esperaba conservar en el cuadro de los soviets la libertad de las luchas políticas. La guerra civil trajo una seria consecuencia: los partidos de oposición fueron suprimidos unos después de otros. Los jefes del bolchevismo veían en estas medidas, en contradicción evidente con el espíritu de la democracia soviética, necesidades episódicas de la defensa y no decisiones de principio.
El rápido crecimiento del partido gobernante, ante la novedad y la inmensidad de las labores, engendraba inevitablemente divergencias de opinión. Las corrientes de oposición, subyacentes en el país, ejercían de diversos modos su presión sobre el único partido legal, agravando la aspereza de las luchas fraccionases. Hacia el fin de la guerra civil esta lucha revistió formas tan vivas que amenazó quebrantar el poder. En marzo de 1921, durante la sublevación de Kronstadt, que arrastró a no pocos bolcheviques, el X Congreso del partido se vio obligado a recurrir a la prohibición de las fracciones, es decir, a aplicar el régimen político del Estado a la vida interior del partido dirigente. La prohibición de las fracciones, repitámoslo, se concebía como una medida excepcional destinada a desaparecer con la primera mejoría real de la situación. Por lo demás, el Comité Central se mostraba extremadamente circunspecto en la aplicación de la nueva ley y cuidaba, sobre todo, de no ahogar la vida interior del partido.
Pero, lo que primitivamente no había sido más que un tributo pagado por necesidad a circunstancias penosas, fue muy del agrado de la burocracia que consideraba la vida interior del partido desde el punto de vista de la comodidad de los gobernantes. En 1922, durante una mejoría momentánea de su salud, Lenin se atemorizó con el crecimiento amenazador de la burocracia y preparó una ofensiva en contra de la fracción de Stalin, que había llegado a ser el pivote del aparato del partido antes de apoderarse del Estado. El segundo ataque de su enfermedad, y después la muerte, no le permitieron medir sus fuerzas con las de la reacción.
Todos los esfuerzos de Stalin, con quien estaban en ese momento Zinóviev y Kámenev, tendieron, desde entonces, a liberar el aparato del partido del control de sus miembros. En esta lucha por la "estabilidad" del Comité Central, Stalin fue más consecuente y más firme que sus aliados pues no lo desviaban los problemas internacionales de los que jamás se había ocupado. La mentalidad pequeño burguesa de la nueva capa dirigente era la suya. Creía profundamente que la construcción del socialismo era de orden nacional y administrativo; consideraba a la Internacional Comunista como un mal necesario al que había que aprovechar, en la medida de lo posible, con fines de política exterior. El partido sólo significaba a sus ojos la base obediente de las oficinas.
Al mismo tiempo que la teoría del socialismo en un sólo país, se formuló otra para uso de la burocracia según la cual, para el bolchevismo, el Comité Central lo es todo, el partido, nada. En todo caso, esta segunda teoría fue realizada con más éxito que la primera. Aprovechando la muerte de Lenin, la burocracia comenzó la campaña de reclutamiento llamada de la "promoción de Lenin". Las puertas del partido, hasta entonces bien vigiladas, se abrieron de par en par a todo el mundo: los obreros, los empleados, los funcionarios, entraron en masa. Políticamente, se trataba de absorber la vanguardia revolucionaria en un material humano desprovisto de experiencia y personalidad pero acostumbrado, en cambio, a obedecer a los jefes. Este proyecto se logró. Al liberar a la burocracia del control de la vanguardia proletaria, la "promoción de Lenin" dio un golpe mortal al partido de Lenin. Las oficinas habían conquistado la independencia que les era necesaria. El centralismo democrático cedió su lugar al centralismo burocrático. Los servicios del partido fueron totalmente renovados, de arriba a abajo; la obediencia fue la principal virtud del bolchevique. Bajo la bandera de la lucha contra la Oposición, los revolucionarios fueron reemplazados por funcionarios. La historia del partido bolchevique se transformó en la de su propia degeneración.
El significado político de la lucha se oscureció mucho por el hecho de que los dirigentes de las tres tendencias, la derecha, el centro y la izquierda, pertenecían a un solo estado mayor, el del Kremlin, el Buró Político: los espíritus superficiales creían en rivalidades personales, en la lucha por la "sucesión" de Lenin. Pero bajo una dictadura de hierro, los antagonismos sociales no podían manifestarse al principio más que a través de las instituciones del partido gobernante, Muchos termidorianos salieron antiguamente del partido jacobino del que Bonaparte mismo fue miembro; y entre los antiguos jacobinos, el Primer Cónsul, más tarde Emperador de los Franceses, encontró sus más fieles servidores. Los tiempos cambian y los jacobinos, comprendiendo a los del siglo XX, cambian junto con el tiempo.
Del Buró Político del tiempo de Lenin no quedó más que Stalin; dos de sus miembros, Zinóviev y Kámenev, que durante largos años de emigración fueron los colaboradores más íntimos de Lenin, purgan, en el momento en que escribo, una pena de diez años de reclusión por un crimen que no han cometido; otros tres, Rizhkov, Bujarin y Tomski, están completamente alejados del poder, aunque se haya recompensado su renuncia concediéndoles funciones de segundo orden; en fin, el autor de estas líneas, está desterrado. La viuda de Lenin, Krupskaia, es considerada como sospechosa, pues no ha podido, a pesar de sus esfuerzos, adaptarse al Termidor.
Los miembros actuales del Buró Político han ocupado en la historia del partido bolchevique puestos secundarios. Si alguien hubiera profetizado su elevación, durante los primeros años de la revolución, se hubiesen quedado estupefactos, sin la menor falsa modestia. La regla según la cual el Buró Político siempre tiene razón, y nadie, en todo caso, puede tener razón en contra de él, es aplicada con más rigor que nunca. Por lo demás, el Buró Político mismo no podría tener razón en contra de Stalin, quien, como nunca puede engañarse, tampoco puede, en consecuencia, tener razón en contra de sí mismo.
El regreso del partido a la democracia fue en su tiempo la más obstinada y la más desesperada de las reivindicaciones de todos los grupos de oposición. La plataforma de la Oposición de Izquierda en 1927 exigía la introducción de un artículo en el Código Penal que "castigara como un crimen grave contra el Estado toda persecución directa o indirecta de un obrero a causa de críticas que hubiera formulado...". Más tarde se encontró en el Código Penal un artículo que podía aplicarse a la Oposición.
De la democracia del partido no quedan más que recuerdos en la memoria de la vieja generación. Con ella se ha evaporado la democracia de los soviets, de los sindicatos, de las cooperativas, de las organizaciones deportivas y culturales. La jerarquía de los secretarios domina sobre todo y sobre todos. El régimen había adquirido un carácter totalitario antes de que Alemania inventara la palabra. "Con ayuda de los métodos desmoralizadores que transforman a los comunistas pensantes en autómatas, que matan la voluntad, el carácter, la dignidad humana -escribía Rakovski en 1928-, la pandilla gobernante ha sabido transformarse en una oligarquía inamovible e inviolable que ha sustituido a la clase y al partido". Después de que estas líneas indignadas fueran escritas, la degeneración ha hecho inmensos progresos. La GPU ha llegado a ser el factor decisivo en la vida interior del partido. Si en marzo de 1936 Mólotov podía felicitarse ante un periodista francés de que el partido gobernante ya no tuviera luchas fraccionases, se debía únicamente a que ahora las divergencias de opiniones son reglamentadas por la intervención mecánica de la policía política. El viejo partido bolchevique ha muerto y ninguna fuerza será capaz de resucitarlo.
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Paralelamente a la degeneración política del partido, se acentuaba la corrupción de una burocracia que escapa a todo control. Aplicada al alto funcionario privilegiado, la palabra sovbur -burgués soviético- entró en el vocabulario obrero. Con la NEP, las tendencias burguesas disfrutaron de un terreno más favorable. En marzo de 1922 Lenin puso en guardia al XI Congreso del partido contra la corrupción de los medios dirigentes. "Más de una vez ha sucedido en la historia -decía- que el vencedor haya adoptado la civilización del vencido, si ésta era superior. La cultura de la burguesía y de la burocracia rusas era miserable, sin duda. Pero, ¡ay!, las nuevas capas dirigentes les son aún inferiores. Cuatro mil setecientos comunistas responsables dirigen en Moscú la máquina gubernamental. ¿Quién dirige y quién es dirigido? Dudo mucho que pueda decirse que son los comunistas quienes dirigen...". Lenin no volvió a tomar la palabra en el congreso del partido. Pero todo su pensamiento, durante los últimos meses de su vida, se dirigió a la necesidad de prevenir y de armar a los obreros contra la opresión, la arbitrariedad y la corrupción burocráticas. Sin embargo, no había podido observar más que los primeros síntomas del mal.
Christian Rakovski, ex presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo de Ucrania, más tarde embajador de los soviets en Londres y París, hallándose deportado, envió a sus amigos en 1928 un corto estudio sobre la burocracia del que ya hemos tomado algunas líneas, pues sigue siendo lo mejor que sobre el asunto se ha escrito. "En el espíritu de Lenin y en todos nuestros espíritus -escribe Rakovski- el objeto de la dirección del partido era preservar al partido y a la clase obrera de la acción disolvente de los privilegios, de las ventajas y de los favores propios del poder -de preservarlos de toda aproximación a los restos de la antigua nobleza y de la antigua pequeña burguesía, de la influencia desmoralizadora de la NEP, de la seducción de las costumbres burguesas y de su ideología-. (...) Hay que decir en voz alta, franca y claramente, que los burós del partido no han cumplido esta tarea, que han dado pruebas de una incapacidad completa en su doble papel de educación y de preservación, que han quebrado, que han faltado a su deber ".
Es cierto que Rakovski, deshecho por la represión burocrática, renegó más tarde de sus críticas. Pero cuando el septuagenario Galileo fue obligado en los potros de la Santa Inquisición a abjurar del sistema de Copérnico, esto no impidió que la tierra girase. No creemos en la abjuración del sexagenario Rakovski, pues más de una vez ha analizado implacablemente esta clase de abjuraciones. Pero su crítica política ha encontrado en los hechos objetivos una base mucho más segura que en la firmeza subjetiva de su autor.
La conquista del poder no modifica solamente la actitud del proletariado hacia las otras clases; cambia, también, su estructura interior. El ejercicio del poder se transforma en la especialidad de un grupo social determinado, que tiende a resolver su propio "problema social" con tanta más impaciencia cuanto más alta cree su misión. "En el Estado proletario, en donde la acumulación capitalista no se permite a los miembros del partido dirigente, la diferenciación es por lo pronto funcional; más tarde, será social. No digo que llegue a ser una diferenciación de clase, digo que es social"... Rakovski explica: "La posición social del comunista que tiene a su disposición un coche, una buena habitación, vacaciones regulares y que recibe el máximo del fijado por el partido, difiere de la del comunista que trabajando en las minas de hulla gana de 50 a 60 rublos al mes".
Enumerando las causas de la degeneración de los jacobinos en el poder, el enriquecimiento, los abastecimientos del Estado, etc., Rakovski cita una curiosa observación de Babeuf sobre el papel desempeñado en esta evolución por las mujeres de la nobleza, muy codiciadas por los jacobinos. "¿Qué hacéis -exclama Babeuf- cobardes plebeyos? ¿Os acarician hoy? ¡Mañana os degollarán!". El censo de las esposas de los dirigentes de la URSS daría un cuadro análogo. Sosnovski, conocido periodista soviético, indicaba el papel del "factor auto-harén", en la formación de la burocracia. Es cierto que, junto con Rakovski, Sosnovski se ha arrepentido y ha regresado de Siberia. Las costumbres de la burocracia no han mejorado con ello. Por el contrario, el arrepentimiento de un Sosnovski prueba el progreso de la desmoralización.
Los viejos artículos de Sosnovski, que pasaban manuscritos de mano en mano, contienen justamente inolvidables episodios de la vida de los nuevos dirigentes, mostrando hasta qué punto los vencedores han asimilado las costumbres de los vencidos. Para no remontarnos a los años pasados -Sosnovski en 1934 trocó definitivamente su fusta por una lira-, limitémonos a ejemplos recientes, tomados de la prensa soviética, escogiendo no solamente los "abusos" sino los hechos ordinarios oficialmente admitidos por la opinión pública.
El director de una fábrica moscovita, comunista conocido, se felicita en Pravda del desarrollo cultural de su empresa. Un mecánico le telefonea: "¿Ordena usted que detenga las máquinas o espero?... Le respondo -dice- espera un momento"... El mecánico le habla con deferencia, el director lo tutea. Y este diálogo indigno, imposible en un país capitalista civilizado, es relatado por el mismo director como un hecho corriente. La redacción no puso objeciones pues no observó nada; los lectores no protestan pues ya están habituados. Tampoco nos asombremos: en las audiencias solemnes del Kremlin, los "jefes" y los comisarios del pueblo tutean a sus subordinados, directores de fábricas, presidentes de koljoses, contramaestres y obreros invitados para ser condecorados. ¿Cómo no recordar que una de las consignas revolucionarias más populares bajo el antiguo régimen exigía el fin del tuteo de los subordinados por los jefes?
Asombrosos por su despreocupación señorial, los diálogos de los dirigentes del Kremlin con el "pueblo" comprueban sin error posible que, a pesar de la Revolución de Octubre, de la nacionalización de los medios de producción, de la colectivización y de la "liquidación de los kulaks como clase", las relaciones entre los hombres y la cima de la pirámide soviética, lejos de elevarse hasta el socialismo, no alcanzan aún, en muchos aspectos, el nivel del capitalismo cultivado. Se ha dado un enorme paso atrás en este importante dominio, durante los últimos años; el Termidor soviético que ha concedido una independencia completa a una burocracia poco cultivada, sustraída a todo control, mientras ordena el silencio y la obediencia de las masas, es indiscutiblemente la causa de la resurrección de la vieja barbarie rusa.
No pensamos oponer a la abstracción dictadura, la abstracción democracia para pesar sus cualidades respectivas en la balanza de la razón pura. Todo es relativo en este mundo en donde lo único permanente es el cambio. La dictadura del partido bolchevique fue en la historia uno de los instrumentos más poderosos del progreso. Pero aquí, según el poeta, Vernuft wird Unsinn, Wohltat-Plage . La prohibición de los partidos de oposición produjo la de las fracciones; la prohibición de las fracciones llevó a prohibir el pensar de otra manera que el jefe infalible. El monolitismo policíaco del partido tuvo por consecuencia la impunidad burocrática que, a su vez, se transformó en la causa de todas las variantes de la desmoralización y de la corrupción.
LAS CAUSAS DEL TERMIDOR
Hemos definido al Termidor soviético como la victoria de la burocracia sobre las masas. Hemos tratado de mostrar las condiciones históricas de esta victoria. La vanguardia revolucionaria del proletariado fue absorbida en parte por los servicios del Estado y poco a poco desmoralizada, en parte fue destruida en la guerra civil; y en parte, fue eliminada y aplastada. Las masas fatigadas y desengañadas sólo sentían indiferencia por lo que pasaba en los medios dirigentes. Estas condiciones, por importantes que sean, no bastan de ninguna manera para explicarnos cómo la burocracia logró elevarse por encima de la sociedad y tomar en sus manos, por largo tiempo, los destinos de ésta; su propia voluntad hubiera sido en to do caso insuficiente para ello; la formación de una nueva capa dirigente debe tener causas sociales más profundas.
El cansancio de las masas y la desmoralización de los cuadros contribuyeron también en el siglo XVIII a la victoria de los termidorianos sobre los jacobinos. Pero bajo estos fenómenos, en realidad temporales, se realizaba un proceso orgánico más profundo. Los jacobinos estaban apoyados por las capas inferiores de la pequeña burguesía, alzadas por la poderosa corriente, y como la revolución del siglo XVIII respondía al desarrollo de las fuerzas productivas, no podía menos que llevar al fin y al cabo a la gran burguesía al poder. Termidor no fue más que una de las etapas de esta evolución inevitable. ¿Qué necesidad social expresa el Termidor soviético?
Ya hemos tratado en un capítulo anterior de dar una explicación previa del triunfo del gendarme. Nos es forzoso continuar aquí el análisis de las condiciones del paso del capitalismo al socialismo y del papel que en él desempeña el Estado. Confrontemos una vez más la previsión teórica y la realidad: "Aún es necesario imponerse a la burguesía -escribía Lenin en 1917, hablando del periodo que debía seguir a la conquista del poder-, pero el órgano de la imposición ya es la mayoría de la población y no la minoría como siempre había sido hasta ahora (...). En este sentido, el Estado comienza a agonizar". ¿Cómo se expresa esta agonía? Desde luego, en que, en lugar de "Instituciones especiales pertenecientes a la minoría privilegiada" (funcionarios privilegiados, mando del ejército permanente), la mayoría puede "desempeñar las funciones de coerción". Lenin formula más adelante una tesis indiscutible bajo una forma axiomática. "A medida que las funciones del poder son las del pueblo entero, este poder es menos necesario. La abolición de la propiedad privada de los medios de producción elimina la labor principal del Estado formado por la historia: la defensa de los privilegios de la minoría contra la inmensa mayoría".
Según Lenin, la agonía del Estado comienza inmediatamente después de la expropiación de los expropiadores, es decir, antes de que el nuevo régimen haya podido abordar sus tareas económicas y culturales. Cada éxito en el cumplimiento de estas tareas significa una nueva etapa de la reabsorción del Estado en la sociedad socialista. El grado de esta reabsorción es el mejor índice de la profundidad y de la eficacia de la edificación socialista. Se puede formular un teorema sociológico de este género: La imposición ejercida por las masas en el Estado obrero, está en proporción directa con las fuerzas tendentes a la explotación o a la restauración capitalista, y en proporción inversa a la solidaridad social y a la devoción común hacia el nuevo régimen. La burocracia -en otras palabras, "los funcionarios privilegiados y el mando del ejército permanente" responde a una variedad particular de la imposición que las masas no pueden o no quieren aplicar y que se ejerce así, o de otra manera, sobre ellas.
Si los soviets democráticos hubiesen conservado hasta ese día su fuerza y su independencia, en tanto que permanecían obligados a recurrir a la coerción en la misma medida que durante los primeros años, este hecho hubiese bastado para inquietarnos seriamente. ¿Cuál no será nuestra inquietud ante una situación en la que los soviets de las masas han abandonado definitivamente la escena cediendo sus funciones coercitivas a Stalin, Yagoda y compañía? ¡Y qué funciones coercitivas! Preguntémonos para comenzar, cuál es la causa social de esta vitalidad testaruda del Estado, y sobre todo, su "gendarmización". La importancia de este problema es evidente por sí mismo: según la respuesta que le demos, deberemos revisar radicalmente nuestras ideas tradicionales sobre la sociedad socialista en general, o rechazar, también radicalmente, las apreciaciones oficiales sobre la URSS.
Tomemos de un número reciente de un periódico de Moscú la característica estereotipado del régimen soviético actual, una de esas características que se repiten de día en día y que los escolares aprenden de memoria. "Las clases parasitarias de los capitalistas, de los propietarios territoriales y de los campesinos ricos se han liquidado para siempre en la URSS, terminando para siempre, de este modo, con la explotación del hombre por el hombre. Toda la economía nacional es socialista y el creciente movimiento Stajanov prepara las condiciones del paso del socialismo al comunismo" (Pravda, 4 de abril de 1936). La prensa mundial de la Internacional Comunista no dice otra cosa, como de costumbre. Pero si se ha terminado "para siempre" con la explotación, si el país ha entrado realmente en la vía del socialismo, es decir, en la fase inferior del comunismo que conduce a la fase superior, no le queda a la sociedad más que arrojar, por fin, la camisa de fuerza del Estado. En lugar de esto -apenas es creíble- el Estado soviético toma un aspecto burocrático y totalitario.
Se puede observar la misma contradicción fatal, evocando la suerte del partido. El problema se plantea, más o menos, así: ¿Por qué, en 1917-21, cuando las viejas clases dominantes aún resistían con las armas en la mano, cuando los imperialistas del mundo entero las sostenían efectivamente, cuando los kulaks armados saboteaban la defensa y el abastecimiento del país, en el partido se podían discutir libremente, sin temor, todos los problemas más graves de la política? ¿Por qué, en la actualidad, después de la intervención, de la derrota de las clases explotadoras, los éxitos indiscutibles de la industrialización, la colectivización de la gran mayoría de los campesinos, no se puede admitir la menor crítica a los dirigentes inamovibles? ¿Por qué el bolchevique que, de acuerdo con los estatutos del partido, tratara de reclamar la convocatoria de un congreso, sería inmediatamente excluido? Todo ciudadano que emitiera públicamente dudas sobre la infalibilidad de Stalin sería tratado, inmediatamente, casi como el participante en un complot terrorista. ¿De dónde viene esta monstruosa, esta intolerable potencia de la represión del aparato policíaco?
La teoría no es una letra de cambio que se pueda cobrar en cualquier momento. Si comete errores, es conveniente revisarla o llenar sus lagunas. Descubramos las verdaderas fuerzas sociales que han hecho nacer la contradicción entre la realidad soviética y el marxismo tradicional. En todo caso, no es posible errar en medio de las tinieblas; repitiendo las frases rituales, probablemente útiles para el prestigio de los jefes pero que abofetean a la realidad vivida. Lo veremos en este momento, gracias a un ejemplo convincente.
El presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo declaraba en enero de 1936 al Ejecutivo que "la economía nacional se ha hecho socialista (aplausos). Desde este aspecto (?) hemos resuelto el problema de la liquidación de las clases (aplausos)". El pasado aún nos deja, sin embargo, "elementos vitalmente hostiles", desechos de las clases antiguamente dominantes. Se encuentran, además, entre los trabajadores de los koljoses, entre los funcionarios del Estado, a veces entre los mismos obreros, "minúsculos especuladores", "dilapidadores de los bienes del Estado y de los koljoses", "divulgadores de chismes antisoviéticos", etc., etc. De ahí la necesidad de consolidar más la dictadura. Al contrario de lo que esperaba Engels, el Estado obrero, en vez de "adormecerse", debe estar cada vez más alerta.
El cuadro descrito por el jefe del Estado soviético sería de lo más tranquilizador si no encerrase una contradicción mortal. El socialismo se ha instalado definitivamente en el país; "desde este punto de vista" las clases han sido anonadadas (si lo han sido desde este punto de vista, también lo deben haber sido desde todos los otros). Indudablemente que la armonía social es perturbada, aquí y allá, por las escorias y los restos del pasado; sin embargo, no es posible pensar que gentes dispersas, privadas de poder y de propiedad puedan destruir la sociedad sin clases con la ayuda de "minúsculos especuladores" (ni siquiera son especuladores a secas). Como vemos, parece que todo marcha de la mejor manera posible. Pero, en ese caso, lo repetimos una vez más, ¿qué objeto tiene la dictadura de bronce de la burocracia?
Los soñadores reaccionarios desaparecen poco a poco, tenemos que creerlo. Los soviets archidemocráticos bastarían perfectamente para dar cuenta de los "minúsculos especuladores" y de los "chismosos". "No somos utópicos -replicaba Lenin en 1917 a los teóricos burgueses y reformistas del Estado burocrático-, no discutimos absolutamente la posibilidad y la inevitabilidad de los excesos cometidos por individuos, así como la necesidad de reprimir esos excesos... Pero no es necesario, para este fin, un aparato especial de represión; para ello bastará el pueblo armado, con la misma facilidad con que una multitud civilizada separa a dos hombres que se golpean o impide que se insulte a una mujer". Estas palabras parecen haber sido destinadas a refutar las consideraciones de uno de los sucesores de Lenin. Se estudia a Lenin en las escuelas de la URSS, pero no, evidentemente, en el Consejo de Comisarios del Pueblo. En caso contrario sería inexplicable que un Mólotov empleara, sin reflexionar, los argumentos contra los que Lenin dirigía su arma acerada. ¡Flagrante contradicci&o
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