Ramón Rocha Monroy*
Precisamente por ello, a nadie debería extrañarle que tenga enemigos enconados, pero probablemente los más corrosivos sean los comentaristas irónicos que se limitan a menear la cabeza y a sonreír, mientras sus miradas de perdonavidas no dejan lugar a dudas: ¿Qué querían, si no es profesional? ¿Esperaban algo de un indio? Ser gobernante no es lo mismo que ser sindicalista…
La mayor acusación que se le hace es la de haber dividido el país, cuando habría que reflexionar si no estuvo dividido todo el tiempo y mucho más con los desastrosos resultados de la aplicación de políticas neoliberales en Bolivia. No nos cansaremos de repetir que el neoliberalismo es un arca de Noé que limita la salvación a los funcionarios y trabajadores funcionales al modelo, pero no se digna dar solución a los problemas de las mayorías. Por eso sus resultados más visibles son la concentración del ingreso en pocas manos y la extensión de la extrema pobreza en el resto de la población. Este último extremo es como un lago de aguas negras que a los clasemedieros ya nos está llegando al cuello.
Como dice el corrido mexicano, Evo "no es monedita de oro pa' carles bien a todos". ¡Imposible caerles bien a las transnacionales que hoy pagan mayores impuestos a los hidrocarburos o a los latifundistas que evitan una solución estructural al problema de la tierra! Tanto más imposible ser del agrado de los viejos operadores políticos que agotaron las más increíbles coaliciones y maniobras en cuarto siglo de democracia pactada.
Un síntoma penoso de las derivaciones del odio lo sentimos a diario en las calles: antes la gente se insultaba con palabrotas familiares y hasta cordiales, como infeliz, desgraciado, chambón, cojudo e incluso hijo de tu señorita madre. Hoy se repite la palabra indio en todas sus desinencias. En la óptica de algunos citadinos, indio ya es cualquiera que muestre la vasta gama de la piel morena.
Detrás de las políticas del gobierno, que llevan el signo del viejo nacionalismo revolucionario de 1952, hay un escenario de aguda lucha de intereses de clase: para el movimiento indígena y campesino, la lucha pasa por la tenencia de la tierra, entendida ésta como suelo, aire, agua y subsuelo, lo cual implica automáticamente la defensa de los recursos naturales, entre ellos, el agua, el gas, los bosques, los minerales… La tenencia de la tierra es la madre de todas las batallas.
Pero detrás de las críticas de los citadinos, a ratos se esconde pura y simplemente el odio y el desprecio racial. De boca para afuera se acepta que seamos un país de k'aras y t'aras, pero íntimamente la unión de ambos segmentos raciales suena más difícil que juntar el aceite con el agua.
Quizá el enfrentamiento no hubiera tenido la virulencia de estos días si no se convocaba a la Constituyente, pero ese es tema de otro comentario.
*publicado en Bolpress


Seamos creativos en economía. Imaginemos que usamos las ideas de David Ricardo, Adam Smith y Karl Marx sobre el valor de un producto. Si tal objeto ha necesitado 10 días y 5 trabajadores para producirlo, la jornada laboral ha sido de 8 horas, en total 400 horas, 80 por trabajador, (Cada hora equivaldrá a 5 euros, bolivarés, dólares). Deben sumarse el capital fijo, el coste de los materiales, de la energía.Imaginemos que ese coste son 200 monedas, cualquiera de las anteriores. Pues bien el objeto final deberá valer: 400X5=2000+ 200= 2200. Cada obrero cobraría 400 monedas a los diez días. El producto final vale 2200 monedas, según Marx. Pues bien, ese producto podría venderse por un 50% más de su valor en horas de trabajo. Ese 50% iría al estado, administración, para que realizase inversiones, para pagas de jubilación, mantener un adecuado sistema educativo y sanitario, etc. la durabilidad objetiva del objeto también deberá tenerse en cuenta a la hora de elegir su precio.












Libertad para los cinco, no para el terrorista Posada Carriles, ni demás vampiros hambrientos de plusvalía