Esta vegetación se prolonga aguas abajo, hacia Alcántara y en el primer tramo del río por tierras portuguesas, a su paso por la región de Alentejo. A medida que el Tajo se acerca a su desembocadura, pasando por áreas cada vez más pobladas, el nivel de conservación de la flora ribereña va disminuyendo. La excepción se sitúa en la Reserva Natural del Estuario del Tajo, que preserva ecosistemas de zonas húmedas de gran interés ecológico.
Las garzas tienen en las riberas del Tajo una de las más importantes poblaciones de la Península Ibérica. Utilizan sus carrizales y espadañas como dormideros y lugares de nidificación, así como las copas de algunos árboles de ribera, caso del sauce, el chopo y el olmo.
Especialmente significativas son sus colonias de garcillas bueyeras, las más numerosas de España, y de garceta común, que se concentran en las inmediaciones de Malpica de Tajo y del embalse de Azután, ambos enclaves pertenecientes a la provincia de Toledo.
El martinete también se refugia en la cuenca española y portuguesa del río, junto con el avetoro, el avetorillo y la garza imperial. Menos destacadas son las poblaciones de garcilla cangrejera y garza real, que aparecen muy localizadas en la provincia de Toledo.
La cigüeña blanca y la cigüeña negra —especie, esta última, de la que apenas habitan unas 350 parejas reproductoras en España— también nidifican en su cuenca. Algunos de los afluentes y subafluentes del río (el Tiétar, el Alberche o el Cofio) reúnen interesantes colonias de cigüeña negra, junto con el propio Tajo, principalmente en las áreas protegidas del Parque Nacional de Monfragüe (Cáceres).
Con respecto a las zancudas de gran tamaño, se han contabilizado alrededor de 20.000 ejemplares de grulla común en la cuenca del Tajo, con los embalses cacereños de Valdecañas y Alcántara como hábitats principales. El estuario del Tajo, por su parte, llega a albergar unos 6.000 flamencos.[31]
Anátidas como el ánade real, la focha común o la polla de agua completan el capítulo de aves acuáticas que habitan en las riberas y embalses del río.
A ellas se unen rapaces y aves de rapiña como el elanio azul, el buitre leonado, el alimoche, el águila real, el águila culebrera, el águila perdicera, el águila calzada, el águila pescadora, el halcón peregrino, el búho real, el cárabo, la lechuza o el cernícalo primilla, que utilizan los taludes rocosos del Tajo como hábitat, así como su vegetación circundante.
El embalse de Valdecañas y el Parque Nacional de Monfragüe dan cobijo al águila imperial ibérica, considerada una de las siete aves más amenazadas del mundo.[32] Monfragüe, además, integra la mayor colonia de Europa Occidental de buitre negro —especialmente visibles en el paraje conocido como Salto del Gitano, farallón rocoso cortado a pico sobre el mismo río—,[33] junto con otras áreas próximas a su enclave.[34] Se estima que, en todo el mundo, viven unas 1.600 parejas reproductoras de esta última especie avícola.
Entre las aves de pequeño tamaño, destacan el pájaro carpintero, la oropéndola, la curruca, el ruiseñor común, el abejaruco y el martín pescador.
Entre los mamíferos que habitan en el entorno del Tajo, destaca especialmente el lince ibérico. Este felino, considerado el más amenazado del planeta, con una población mundial de poco más de 200 ejemplares, se localiza en algunas áreas del Parque Nacional de Monfragüe, así como en la zona fronteriza entre España y Portugal.
El lobo ibérico, en el pasado muy abundante en las zonas de influencia del río, visita ocasionalmente sus riberas, procedente de parajes próximos, caso de la Sierra de San Pedro, en la provincia de Badajoz.
La nutria, el mamífero de hábitat acuático más representativo de la fauna ibérica, aparece en los afluentes menos contaminados del río, como el Alberche y el Tiétar. Pero también en el propio Tajo, a la altura de Aranjuez (Madrid), en los carrizales y sotos de sus riberas.
Además de estas tres especies, el río sirve de corredor biológico a diferentes poblaciones de gato montés, musgaño, rata de agua, turón e, incluso, visón americano, especie exógena introducida involuntariamente en la Península Ibérica desde ciertas granjas peleteras.
El capítulo de los mamíferos se completa con el zorro, el jabalí, el venado o el tejón, que se refugian preferentemente en el Parque Natural del Alto Tajo. A ellos se añaden el conejo, la musaraña, el erizo y la garduña.
En cuanto a la herpetofauna, la cuenca del río integra especies reptiles como el lagarto ocelado, la culebra de escalera, la víbora hocicuda y la salamanquesa, además del lagarto verdinegro, si bien, este último, con una presencia testimonial.
La rana común, la rana patilarga o ibérica, el gallipato y el tritón ibérico son los anfibios más característicos.
En referencia a la fauna piscícola, la cuenca del Tajo integra 14 de los 23 endemismos ibéricos. Los más representativos son la trucha y el barbo, que aparecen en el curso alto, y el lucio y la boga, principalmente en los tramos medios y bajos.[35]
Peces migradores, antaño muy numerosos, han desaparecido del tramo español del río, como consecuencia de la construcción, en la segunda mitad del siglo XX, de distintas presas a lo largo de su curso. Es el caso del sábalo y de la lamprea de río, especie, esta última, que tiene en el tramo portugués su único hábitat de la Península Ibérica.[36]
En cambio, sí que se encuentran poblaciones de anguilas en la parte española, concretamente en Extremadura. Se trata de grupos que han quedado aislados tras el levantamiento de la presa de Cedillo.[37]
No existen datos rigurosos acerca del nivel de contaminación del Tajo y sus afluentes. La Confederación Hidrográfica del Tajo, organismo que regula el tramo español del río, reconoce que no dispone de información de impacto ambiental sobre el 95,11% de las aguas superficiales. Sólo ha podido evaluar la calidad del 2,17% de las mismas, de acuerdo con los parámetros definidos por la directiva europa del Marco del Agua, que fija un plazo de cumplimiento hasta el año 2015.
Tampoco abunda la información sobre la calidad de las aguas subterráneas, si bien la propia Confederación estima que el 80% presenta problemas de contaminación por nitratos. Los acuíferos más degradados se sitúan en Castilla-La Mancha, con niveles superiores a los 100 mg/l en Ocaña (Toledo), en el valle del Tiétar y en la comarca de La Alcarria (Guadalajara); así como en el eje Madrid-Talavera de la Reina (Toledo), donde se superan los 50 mg/l.
En cambio, sí hay constancia de que varios tramos no cumplen con los objetivos marcados por el propio Plan Hidrológico del Tajo, que se circunscribe a la cuenca española. No son aptas para uso prepotable las aguas del Alberche, a la altura de Talavera de la Reina; del embalse de Cazalegas, formado por este último río; del Alagón, en la provincia de Cáceres; del Algodor, en la de Toledo; y del Henares, a su paso por el embalse de Beleña (Guadalajara).
Los principales focos contaminantes de la cuenca son los siguientes:
Además de su relevancia geográfica, el Tajo posee una gran importancia histórica, fruto de su vinculación con Toledo y Lisboa, dos de las ciudades de mayor peso y recorrido histórico de la Península Ibérica. La primera fue levantada sobre una colina de unos 100 m de altitud, alrededor del meandro conocido como Torno del Tajo, que la preservaba de posibles ataques e incursiones.[40]
Similar función defensiva se observa en la desaparecida ciudad visigótica de Recópolis, que mandó construir el rey Leovigildo en el año 578. Su localización, en lo alto de un cerro, rodeada por el río, emula el modelo geoestratégico de Toledo. Se encuentra en el término municipal de Zorita de los Canes (Guadalajara).
La relación de la ciudad de Lisboa con el Tajo no es tanto defensiva como socioeconómica. Situada en la margen derecha de su estuario, a los pies de un puerto natural de grandes dimensiones, el río contribuyó a su florecimiento comercial, cultural y urbanístico, convirtiéndola en uno de los núcleos de referencia del Atlántico Norte.
A partir de la Baja Edad Media, la desembocadura del Tajo articuló una intensa actividad comercial entre la Europa del Norte y el Mediterráneo. Desde el Renacimiento, fue el principal nudo de comunicaciones del Imperio portugués, que se extendía por América, África y Asia.
La ubicación del Tajo en la zona central de la Península Ibérica ha destacado al río como objetivo prioritario en la red de comunicaciones de España y Portugal. Prueba de ello son las grandes obras de infraestructura construidas sobre su curso, desde tiempos de la dominación romana.
Por su antigüedad e interés arquitectónico, cabe citar los dos puentes de Alcántara, de origen romano, en la ciudad de Toledo y en la población cacereña del mismo nombre.
Durante la Reconquista, el río jugó un papel trascendental, al marcar una de las referencias geográficas de las que se servían los reinos cristianos en su avance sobre Al-Andalus. La conquista de Toledo en 1085 permitió a la Corona de Castilla adelantar su frontera y proseguir con su expansión meridional.[41]
En el siglo XV, el río comenzó a desempeñar una función recreativa para la monarquía española. La construcción de una residencia real en Aranjuez, a instancias de los Reyes Católicos, convirtió al Tajo en un destino frecuentado por reyes y cortesanos.
Felipe II erigió sobre el primitivo edificio un palacio y, en el siglo XVIII, se levantaron los famosos Jardines de Aranjuez, alrededor de los cuales se extendieron diferentes canales artificiales, arrebatados a su caudal. El río era un lugar de paseo y esparcimiento, como dan cuenta las falúas reales (embarcaciones de recreo), que en la actualidad se conservan en la Casa de Marinos del municipio madrileño.[42]
A finales del siglo XVI, Felipe II ordenó la realización de diferentes proyectos para hacer navegable el Tajo.[43] Los planes se abandonaron, dadas las dificultades de ejecución, si bien la idea volvió a surgir en el siglo XVIII, en plena Ilustración, pero nuevamente todo quedó sobre el papel.[44]
El Tajo también ha sido un tema recurrente en la pintura y literatura. El Greco (1541-1614) plasmó su curso en diferentes lienzos sobre el paisaje de Toledo y el poeta renacentista Garcilaso de la Vega (1501 o 1503–1536) le dedicó algunos de sus poemas.[45] Es el caso del siguiente fragmento:
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