Lunes, 09 de marzo de 2009
 Por: Julio Herrera 

Desde el comienzo de la era cristiana hasta nuestros días tal vez no ha habido un personaje político más controversial que Fidel Castro. Ciertamente han habido en la historia de la humanidad numerosas personalidades trascendentales, determinantes del curso de la historia mundial: cuestionados como Carlos Marx, repudiados como Adolf Hitler, caudillos exaltados como Bolívar, José Martí, Benito Juárez, José de San Martín, entre otros, pero ninguno tan polémicamente polarizante como Fidel Castro. Satanizado hasta la histeria por unos, admirado hasta la veneración por otros, según el grado de alineación o de conciencia social que respectivamente tengan, la realidad es que Castro no es el “opresor de su pueblo”, como lo pintan los bajos fondos de la Gran Prensa, patrocinados por la lucrativa industria de difamación del imperio. Y es que es ya mundialmente consabido que los déspotas pro-imperialistas, infiltrados en las páginas de la historia por las alcantarillas de la propaganda servil, para su indulgencia en la posteridad, han tenido siempre la bajeza de deshonrar la historia y sus héroes, revisando y corrigiendo a su antojo y conveniencia las páginas de las epopeyas históricas, pero sin jamás lograr honrar los despotismos ni sus sicarios. La canonización de los genocidas es la pasión del imperio y sus secuaces y es la misión de sus esbirros de la Gran Prensa, -auténticas armas de desinformación masiva,- mientras que los grandes rebeldes populares son para ellos grandes criminales. Es por eso que Fidel Castro, como todas las personalidades trascendentales de la historia, requiere de la perspectiva del tiempo para ser comprendido, lo cual es utópico en ésta época de indignidad y de vileza en que el servilismo ante el imperio y la incomprensión de la gleba alienada no ama ni respeta a los hombres de principios sino a los hombres de ambiciones. Las conciencias de rumiantes de los McDogmas del paradigma capitalista, mercantilizadas y envilecidas, veneran solo el éxito financiero de los magnates, no el mérito moral de algunos caudillos populares como Fidel. La virulenta castrofobia engendrada por el imperio por medio de la Gran Prensa servil, es superada solo por la yanquilatría predominante en el planeta como una religión. Porque lo cierto es que Castro, aunque tuvo durante su gobierno la fama y la fuerza de un dictador, se negó siempre a serlo, digan lo que digan esos grandes empresarios de la difamación y la desinformación, las falsimedia y los autodenominados “disidentes” cubanos, tránsfugas desvergonzados que sólo son desertores de su patria, esos crápulas que al declararse “exiliados por la libertad” deshonran el exilio, puesto que siendo incapaces de defender el derecho de autodeterminación de su patria se empeñan en combatirla coaligándose con el enemigo de ella Sinceramente, ¿Cómo llamar “antidemocrático” un gobierno donde la educación y la salud son gratuitas, y que a pesar del infame bloqueo yanqui dispone de más médicos por habitante que cualquier otro país del hemisferio, y que además ha alcanzado un índice de mortalidad infantil muy inferior al de los países desarrollados, con un presupuesto infinitamente menor al de cualquiera de éstos? ¿Cómo, sin faltar a la verdad, puede acusarse de “opresor de su pueblo” a quien ha realizado la hazaña, casi el milagro, de multiplicar los panes y los peces en las mesas populares, embargadas y confiscadas por los monarcas de la santa sede imperialista en Washington? ¿Cómo calificar de “dictador” a ese artífice de la grandeza moral de la resistencia cubana que, de ésa isla que era solo un feudo yanqui, hizo una fortaleza de titanes y que es hoy la última catacumba de rebeldes al imperio? ¿Qué hubiera sido del pueblo cubano, en el oscurantismo ideológico de la moderna inquisición neoliberal, sin la antorcha de su líder, lo bastante luminosa como para alumbrar muchos siglos de historia, y en la cual vienen a encender las suyas las almas solidarias y antiimperialistas del mundo? Origen de la castrofobia El gran delito de Fidel Castro no ha sido, -como generalmente se cree,- haber establecido un gobierno de ideales socialistas en un hemisferio donde el imperio solo tolera gobiernos de intereses capitalistas. No. Lo prueba esto el hecho que el imperio yanqui mantiene relaciones diplomáticas y comerciales más o menos cordiales con países socialistas como China, Vietnam, e incluso con Corea del Norte. El gran delito de Castro ha sido de negarse a ser una ramera más en el harem de mandatarios en Washington, un perro de caza más en la gran jauría del Pentágono, es decir un “aliado” más de la pandilla vandalista y apocalíptica del imperio yanqui. De allí proviene la soberbia de la aristocracia imperial, exasperada hasta la epilepsia por un hombre íntegro, erguido en medio de ese rebaño mundial de genuflexos que buscan en la “paz” un refugio contra la dignidad, y en el “orden establecido,” es decir en la sumisión, una disculpa para su cobardía, un pretexto para su servilismo. Y es que el gesto viril de permanecer erecto es un acto subversivo, y peor aún, intolerable por ser ejemplar, en un mundo vil, doblegado ante sus amos. En consecuencia, es observando en la manipulada y deshonrada historia de los pueblos esa incesante auto-divinización de los déspotas, que se hace inevitable sentir un justificado desprecio por los tiranos, las religiones… y los dioses. Por eso, -aún a riesgo de convertirme en el Salman Rushdie del fundamentalismo imperialista yanqui,- me atrevo a opinar que no es exagerado afirmar que Castro ha sido superior a Cristo, aunque por este “sacrilegio” me linchen las almas convencionales, fanáticas de nuestra bien llamada "democracia judeo-cristiana occidental", que se persignan a la sola evocación del nombre de Fidel Castro. Veamos por qué opino así: 1- Cristo, con su utópico evangelio de “justicia y equidad,” predicaba a los pueblos: "Dad al César lo que es del César", pero jamás dijo a los césares "Dad al pueblo lo que es del pueblo", como sí lo ha hecho Castro durante medio siglo. 2- El ideal cristiano de “Amaos los unos a los otros”, es una ingenua utopía y es, además de absurdo, obsoleto, ante la ley del más fuerte impuesta como una condena inapelable por el despiadado sistema capitalista. En contraste, el ideal socialista de Castro no es ni “anacrónico” ni “arcaico,” como afirman los contrarrevolucionarios, antes bien, es prematuro, ante los atavismos y paradigmas actuales del neoliberalismo; 3- Cristo predicó el perdón y la humildad como único medio de “salvación de las almas”; en contraste, Castro proclama la dignidad, la solidaridad y el humanismo socialista como único medio de liberación de los pueblos; 4- Cristo predicó la resignación, es decir la sumisión, Castro enseña la rebelión, es decir la justicia revolucionaria, como el más honorable medio de liberación de los oprimidos, pues no hay que olvidar que es a causa de la humildad y la resignación cristiana que los oprimidos del mundo han sido tradicionalmente presa fácil de los tiranos y explotadores. 5- Cristo enseñó a los hombres a ser siervos arrodillados; a “poner la otra mejilla” ante los bofetones de los agresores; Castro enseñó al mundo a ser hombres inflexibles en sus principios de solidaridad y dignidad humanas. 6- Cristo, con su abyecta mansedumbre de cordero de holocausto ante el imperio romano mereció su corona de espinas; mientras que Fidel merece su corona de laureles, puesto que ante su firmeza monolítica el águila yanqui ha mellado sus garras y la muerte su guadaña. 7- Cristo soportó el peso ignominioso de su cruz como un mártir; Castro lleva el peso desmesurado pero honroso de su revolución social como un héroe; 8- Por su funesta y vil humildad ante el imperio romano Cristo mereció su crucifixión; por su estoico coraje ante el imperio yanqui Castro merece la inmortalidad. ¡No se puede ignorar que en medio siglo de Revolución Castro ha abofeteado, con su tenaz dignidad, a 11 presidentes yanquis que sucesivamente, pero en vano, se han ensañado implacables contra la insobornable integridad de su conciencia! ¡Y más aún: es tan grande su estoicismo, tanta su honra y tan alta su dignidad, que de seguro, tras su muerte, Castro llegará hasta el mitológico cielo, pero no para rendir cuentas al Todopoderoso, sino para pedirle cuentas por las crueles iniquidades e ignominias que “el Todopoderoso” toleró al imperio perpetrar contra su pueblo! Y sueñan despiertos los sonámbulos anticastristas y contra-revolucionarios del mundo que con la muerte de Castro morirá también el castrismo. ¡Vano ensueño! Eso equivale a creer que tras la muerte del Papa morirá también el cristianismo! ¡NO! ¡Tras la muerte de Castro el cristianismo vil y estéril de hoy será desplazado y tarde o temprano sustituido por el castrismo, es decir, el socialismo fecundo de mañana! ¡No se entierra al labrador con su cosecha! ¡El imperialismo morirá de la cosecha mundial del ideal castrista! ¡Esa será la revancha y la gloria póstuma de Castro! ¡Gloria pura, porque no será compartida ni contaminada por la caravana mundial de mandatarios lacayos del imperio que, -excepto Chávez, Correa y Evo-, hoy se disputan el célebre puesto dejado vacante por Mónica Lewinsky! Por eso, así como el sueño libertador de Bolívar logró hacer de cinco países la Gran Colombia, el destino inexorable tiene reservado al ideal castrista la gloria de establecer en los cinco continentes el humanismo socialista, es decir el humanismo globalizado, ¡el auténtico Nuevo Orden Mundial! ¡Y la epopeya castrista de hoy será cantada en los siglos venideros como una Marsellesa mundial, inspirada en los acordes de la actual marcha triunfal del glorioso pueblo cubano hacia su soberanía y su emancipación antiimperialista! ¡Gloria a ti, compañero comandante! ¡La historia te absolverá… y te glorificará! Andrés Deza Leyva [email protected]

Tags: Cristo, Castro, sicarios, conciencia, imperio, Prensa, páginas

Publicado por blasapisguncuevas @ 0:27  | Fidel y el Che
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