jueves, 26 de agosto de 2010

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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del textoPartir el texto en columnasVer como pdf 25-08-2010

 




En los países del Sur, las mujeres son lasprincipales productoras de comida, las encargadas de trabajar latierra, mantener las semillas, recolectar los frutos, conseguir agua,etc. Entre un 60 y un 80% de la producción de alimentos en estospaíses recae en las mujeres, un 50% a nivel mundial. Estas son lasprincipales productoras de cultivos básicos como el arroz, el trigoy el maíz, que alimentan a las poblaciones más empobrecidas del Surglobal. Pero, a pesar de su papel clave en la agricultura y en laalimentación, ellas son, junto a los niños y niñas, las másafectadas por el hambre.

Las mujeres campesinas se han responsabilizado,durante siglos, de las tareas domésticas, del cuidado de laspersonas, de la alimentación de sus familias, del cultivo para elautoconsumo y la comercialización de algunos excedentes de sushuertas. Han cargado con el trabajo reproductivo, productivo ycomunitario, y ocupado una esfera privada e invisible. En cambio, lasprincipales transacciones económicas agrícolas han estado,tradicionalmente, llevadas a cabo por los hombres en las ferias, conla compra y venta de animales, la comercialización de grandescantidades de cereales… ocupando la esfera pública campesina.

Esta división de roles asigna a las mujeres elcuidado de la casa, de la salud, de la educación y de sus familias yotorga a los hombres el manejo de la tierra y de la maquinaria, endefinitiva de la técnica, y mantiene intactos los papeles asignadoscomo masculinos y femeninos que durante siglos, y aún hoy, perduranen nuestras sociedades.

Sin embargo, en muchas regiones del Sur global, enAmérica Latina, África subsahariana y sur de Asia, existe unanotable feminización del trabajo agrícola asalariado. Entre 1994 y2000, las mujeres ocuparon un 83% de los nuevos empleos en el sectorde la exportación agrícola no tradicional. Pero esta dinámica vaacompañada de una marcada división de género: en las plantacioneslas mujeres realizan las tareas no cualificadas, como la recogida yel empaquetado, mientras que los hombres llevan a cabo la cosecha yla plantación.

Esta incorporación de la mujer al ámbito laboralremunerado implica una doble carga de trabajo para las mujeres,quienes siguen llevando a cabo el cuidado de sus familiares a la vezque trabajan para obtener ingresos, mayoritariamente, en empleosprecarios. Estas cuentan con unas condiciones laborales peores quelas de sus compañeros recibiendo una remuneración económicainferior por las mismas tareas y teniendo que trabajar más tiempopara percibir los mismos ingresos.

Otra dificultad es el acceso a la tierra. En variospaíses del Sur, las leyes les prohíben este derecho. Y, en aquellosdonde legalmente lo tienen, las tradiciones y las prácticas lesimpiden disponer de ellas. Pero, este problema no sólo se da en elSur global. En Europa, muchas campesinas no tienen reconocidos susderechos, ya que, a pesar de trabajar en las explotaciones, igual quesus compañeros, la titularidad de la finca, el pago de la SeguridadSocial, etc. lo tienen habitualmente los hombres. En consecuencia,las mujeres, llegada la hora de la jubilación, no cuentan conpensión alguna, no tienen derechos a ayudas, cuotas, etc.

El hundimiento del campo en los países del Sur y laintensificación de la migración hacia las ciudades ha provocado unproceso de descampesinización. Las mujeres son un componenteesencial de estos flujos migratorios, nacionales e internacionales,que provocan la desarticulación y el abandono de las familias, de latierra y de los procesos de producción, a la vez que aumentan lacarga familiar y comunitaria de las mujeres que se quedan. En Europa,Estados Unidos, Canadá… las migrantes acaban asumiendo trabajosque años atrás realizaban las mujeres autóctonas, reproduciendouna espiral de opresión, carga e invisibilización de los cuidados yexternalizando sus costes sociales y económicos a las comunidades deorigen de las mujeres migrantes.

La incapacidad para resolver la actual crisis de loscuidados en los países occidentales, fruto de la incorporaciónmasiva de las mujeres al mercado laboral, el envejecimiento de lapoblación y la nula respuesta por parte del Estado a estasnecesidades conlleva la importación masiva de mano de obra femeninade los países del Sur global, destinada al trabajo doméstico y decuidado remunerado.

Frente a este modelo agrícola neoliberal, intensivo einsostenible, que se ha demostrado totalmente incapaz de satisfacerlas necesidades alimentarias de las personas y el respeto a lanaturaleza, y que es especialmente virulento con las mujeres, seplantea el paradigma alternativo de la soberanía alimentaria. Setrata de recuperar nuestro derecho a decidir sobre qué, cómo ydónde se produce aquello que comemos; que la tierra, el agua, lassemillas estén en manos de las y los campesinos; de combatir elmonopolio a lo largo de la cadena agroalimentaria.

Y es necesario que esta soberanía alimentaria seaprofundamente feminista e internacionalista, ya que su consecuciónsólo será posible a partir de la plena igualdad entre hombres ymujeres y el libre acceso a los medios de producción, distribucióny consumo de alimentos, así como a partir de la solidaridad entrelos pueblos, lejos de las proclamas chovinistas de “primero lonuestro”.

Hay que reivindicar el papel de las campesinas en laproducción agrícola y alimentaria y reconocer el papel de lasmujeres de maíz, aquellas que trabajan la tierra. Hacer visible loinvisible. Y promover alianzas entre mujeres rurales y urbanas, delNorte y del Sur. Globalizar las resistencias… en femenino.

Esther Vivas es coautora de ‘Del campo al plato’(Icaria, 2009).

Fuente: http://blogs.publico.es/dominiopublico/2321/mujeres-de-maiz/



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Tags: mujeres, maíz, hambre, agricultura

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