domingo, 19 de septiembre de 2010

(P. Kropotkin)

Traducción de León-Ignacio, digitalizada por J. de M.

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Indice

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Nuestras riquezas

1

La humanidad ha caminado gran trecho desde aquellas remotas edades

durante las cuales el hombre vivía de los azares de la caza y no dejaba a sus

hijos más herencia que un refugio bajo las penas, pobres instrumentos de sílex

y la naturaleza, contra la que tenían que luchar para seguir su mezquina

existencia.

Sin embargo, en ese confuso período de miles y miles de años, el género

humano acumuló inauditos tesoros. Roturó el suelo, desecó los pantanos, hizo

trochas en los bosques, abrió caminos; edificó, inventó, observó, pensó; creó

instrumentos complicados, arrancó sus secretos a la naturaleza, domó el vapor,

tanto que, al nacer, el hijo del hombre civilizado encuentra hoy a su servicio un

capital inmenso, acumulado por sus predecesores. Y ese capital le permite

obtener riquezas que superan a los ensueños de los orientales en sus cuentos

de Las mil y una noches.

Aún son más pasmosos los prodigios realizados en la industria. Con esos seres

inteligentes que se llaman máquinas modernas, cien hombres fabrican con qué

vestir a diez mil hombres durante dos años. En las minas de carbón bien

organizadas, cien hombres extraen cada año combustible para que se

calienten diez mil familias en un clima riguroso. Y si en la industria, en la

agricultura y en el conjunto de nuestra organización social sólo aprovecha a un

pequeñísimo número la labor de nuestros antepasados, no es menos cierto que

la humanidad entera podría gozar una existencia de riqueza y de lujo sin más

que con los siervos de hierro y de acero que posee. Somos ricos, muchísimo

más de lo que creemos. Ricos por lo que poseemos ya; aún más ricos por lo

que podemos conseguir con los instrumentos actuales; infinitamente más ricos

por lo que pudiéramos obtener de nuestro suelo, de nuestra ciencia y de

nuestra habilidad técnica, si se aplicasen a procurar el bienestar de todos.

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Somos ricos en las sociedades civilizadas. ¿Por qué hay, pues, esa miseria en

torno nuestro? ¿Por qué ese trabajo penoso y embrutecedor de las masas,

¿Por qué esa inseguridad del mañana (hasta para el trabajador mejor

retribuido) en medio de las riquezas heredadas del ayer y a pesar de los

poderosos medios de producción que darían a todos el bienestar a cambio de

algunas horas de trabajo cotidiano?

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Los socialistas lo han dicho y repetido hasta la saciedad. Porque todo lo

necesario para la producción ha sido acaparado por algunos en el transcurso

de esta larga historia de saqueos, guerras, ignorancia y opresión en que ha

vivido la humanidad antes de aprender a domar las fuerzas de la naturaleza.

Porque, amparándose en pretendidos derechos adquiridos en el pasado, hoy

se apropian dos tercios del producto del trabajo humano, dilapidándolos del

modo más insensato y escandaloso. Porque reduciendo a las masas al punto

de no tener con qué vivir un mes o una semana, no permiten al hombre trabajar

sino consintiendo en dejarse quitar la parte del león. Porque le impiden producir

lo que necesita y le fuerzan a producir, no lo necesario para los demás, sino lo

que más grandes beneficios promete al acaparador.

Contémplese un país, civilizado. Taláronse los bosques que antaño lo cubrían,

se desecaron los pantanos, se saneó el clima: ya es habitable. El suelo, que en

otros tiempos sólo producía groseras hierbas, suministra hoy ricas mieses. Las

rocas, suspensas sobre los valles del Mediodía, forman terrazas por donde

trepan las viñas de dorado fruto. Plantas silvestres que antes no daban sino un

fruto áspero o unas raíces no comestibles, han sido transformadas por

reiterados cultivos en sabrosas hortalizas, en árboles cargados de frutas

exquisitas. Millares, de caminos con base de piedra y férreos carriles surcan la

tierra, horadan las montañas; en los abruptos desfiladeros silba la locomotora.

Los ríos se han hecho navegables; las costas sondeadas y esmeradamente

reproducidas en mapas, son de fácil acceso; puertos artificiales,

trabajosamente construidos y resguardados contra los furores del océano, dan

refugio a los buques. Horádanse las rocas con pozos profundos; laberintos de

galerías subterráneas se extienden allí donde hay carbón que sacar o

minerales que recoger. En todos los puntos donde se entrecruzan caminos han

brotado y crecido ciudades, conteniendo todos los tesoros de la industria, de

las artes y de las ciencias.

Cada hectárea de suelo que labramos en Europa, ha sido regada con el sudor

de muchas razas; cada camino tiene una historia de servidumbre personal, de

trabajo sobrehumano, de sufrimientos del pueblo. Cada legua de vía férrea,

cada metro de túnel, han recibido su porción de sangre humana.

Los pozos de las minas conservan aún frescas las huellas hechas en la roca

por el brazo del barrenador. De uno a otro pilar pudieron señalarse las galerías

subterráneas por la tumba de un minero, arrebatado en la flor de la edad por la

explosión de grisú, el hundimiento o la inundación, y fácil es adivinar cuantas

lágrimas, privaciones y miserias sin nombre ha costado cada una de esas

tumbas a la familia que vivía con el exiguo salario del hombre enterrado bajo

los escombros.

Las ciudades; enlazadas entre sí con carriles de hierro y líneas de navegación,

son organismos que han vivido siglos. Cavad su suelo, y encontraréis hiladas

superpuestas de calles, casas, teatros, circos y edificios públicos. Profundizad

en su historia, y veréis cómo la civilización de la ciudad, su industria, su genio,

han crecido lentamente y madurado por el concurso de todos sus habitantes

antes de llegar a ser lo que son hoy.

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Y aun ahora, el valor de cada casa, de cada taller, de cada fábrica, de cada

almacén, sólo es producto de la labor acumulada de millones de trabajadores

sepultados bajo tierra, y no se mantiene sino por el esfuerzo de legiones de

hombres que habitan en ese punto del globo. ¿Qué sería de los docks de

Londres, o de los grandes bazares de París, si no estuvieran situados en esos

grandes centros del comercio internacional? ¿Qué sería de nuestras minas, de

nuestras fábricas, de nuestros astilleros y de nuestras vías férreas, sin el

cúmulo de mercaderías transportadas diariamente por mar y por tierra?

Millones de seres humanos han trabajado para crear esta civilización de la que

hoy nos gloriamos. Otros millones, diseminados por todos los ámbitos del

globo, trabajan para sostenerla. Sin ellos, no quedarían más que escombros de

ella dentro de cincuenta años.

Hasta el pensamiento, hasta la invención, son hechos colectivos, producto del

pasado y del presente. Millares de inventores han preparado el invento de cada

una de esas máquinas, en las cuales admira el hombre su genio. Miles de

escritores, poetas y sabios han trabajado para elaborar el saber, extinguir el

error y crear esa atmósfera de pensamiento científico, sin la cual no hubiera

podido aparecer ninguna de las maravillas de nuestro siglo. Pero esos millares

de filósofos, poetas, sabios e inventores, ¿no hablan sido también inspirados

por la labor de los siglos anteriores? ¿No fueron durante su vida alimentados y

sostenidos, así en lo físico como en lo moral por legiones de trabajadores y

artesanos de todas clases? ¿No adquirieron su fuerza impulsiva en lo que les

rodeaba?

Ciertamente, el genio de un Seguin, de un Mayer y de un Grove, han hecho

más por lanzar la industria a nuevas vías que todos los capitales del mundo.

Estos mismos genios son hijos de industria, igual que de la ciencia, porque ha

sido necesario que millares de máquinas de vapor transformasen, año tras año,

a la vista de todos, el calor en fuerza dinámica, y esta fuerza en sonido, en luz

y en electricidad, antes de que esas inteligencias geniales llegasen a proclamar

el origen mecánico y la unidad de las fuerzas físicas. Y si nosotros, los hijos del

siglo XIX, al fin hemos comprendido esta idea y hemos sabido aplicarla, es

también porque para ello estábamos preparados por la experiencia cotidiana.

También los pensadores del siglo pasado la habían entrevisto y enunciado,

pero quedó sin comprender, porque el siglo XVIII no había crecido como

nosotros, junto a la máquina de vapor.

Piénsese en las décadas que hubieran transcurrido aún en ignorancia de esa

ley que nos ha permitido revolucionar la industria moderna, si Watt no hubiese

encontrado en Soho trabajado hábiles para construir con metal sus planes

teóricos, perfeccionar todas sus partes, y aprisionándolo dentro de un

mecanismo completo hacer por fin el vapor más dócil que el caballo, más

manejable que el agua.

Cada máquina tiene la misma historia: larga historia de noches en blanco y de

miseria; de desilusiones y de alegrías, de mejoras parciales halladas por varias

generaciones de obreros desconocidos que venían a añadir al primitivo invento

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esas pequeñas nonadas sin las cuales permanecería estéril la idea más

fecunda. Aún más: cada nueva invención es una síntesis resultante de mil

inventos anteriores en el inmenso campo de la mecánica y de la industria.

Ciencia e industria, saber y aplicación, descubrimiento y realización práctica

que conduce a nuevas invenciones, trabajo o cerebral y trabajo manual, idea y

labor de los brazos, todo se enlaza. Cada descubrimiento, cada progreso, cada

aumento de la riqueza de la humanidad, tiene su origen en el conjunto del

trabajo manual y cerebral, pasado y presente. Entonces, ¿qué derecho asiste a

nadie para apropiarse la menor partícula de ese inmenso todo y decir:

Esto es

mío y no vuestro

?
 

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Pero sucedió que todo cuanto permite al hombre producir y acrecentar sus

fuerzas productivas fue acaparado por algunos.

El suelo, que precisamente saca su valor de las necesidades de una población

que crece sin cesar, pertenece hoy a minorías que pueden impedir e impiden al

pueblo el cultivarlo o le impiden el cultivarlo según las necesidades modernas.

Las minas, que representan el trabajo de muchas generaciones y su valor no

deriva sino de las necesidades de la industria y la densidad de la población,

pertenecen también a unos pocos, y esos pocos limitan la extracción del

carbón, o la prohiben en su totalidad si encuentran una colocación más

ventajosa para sus capitales.

También la maquinaria es propiedad sólo de algunos, y aun cuando tal o cual

máquina representa sin duda alguna los perfeccionamientos aportados por tres

generaciones de trabajadores, no por eso deja de pertenecer a algunos

patronos; y si los nietos del mismo inventor que construyó, cien años ha, la

primera máquina de hacer encajes se presentasen hoy en una manufactura de

Basilea o de Nottingham y reclamasen sus derechos, les gritarían:

¡Marchaos

de aquí; esta máquina no es vuestra!

Y si quisiesen tomar posesión de ella, les

fusilarían.

Los ferrocarriles, que no serían más que inútil hierro viejo sin la densa

población de Europa, sin su industria, su comercio y sus cambios, pertenecen a

algunos accionistas, ignorantes quizá de dónde se encuentran los caminos que

les dan rentas superiores a las de un rey de la Edad Media. Y si los hijos de los

que murieron a millares cavando las trincheras y abriendo los túneles se

reuniesen un día y fueran, andrajosos y hambrientos, a pedir pan a los

accionistas, encontrarían las bayonetas y la metralla para dispersarlos y

defender los

derechos adquiridos.

En virtud de esta organización monstruosa, cuando el hijo del trabajador entra

en la vida, no halla campo que cultivar, máquina que conducir ni mina que

acometer con el zapapico, si no cede a un amo la mayor parte de lo que él

produzca. Tiene que vender su fuerza para el trabajo por una ración mezquina

e insegura. Su padre y su abuelo trabajaron en desecar aquel campo, en

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edificar aquella fábrica, en perfeccionarla. Si él obtiene permiso para dedicarse

al cultivo de ese campo, es a condición de ceder la cuarta parte del producto a

su amo, y otra cuarta al gobierno y a los intermediarios. Y ese impuesto que le

sacan el Estado, el capitalista, el señor y el negociante, irá creciendo sin cesar.

Si se dedica a la industria, se le permitirá que trabaje a condición de no recibir

más que el tercio o la mitad del producto, siendo el resto para aquel a quien la

ley reconoce como propietario de la máquina.

Clamamos contra el barón feudal que no permitía al cultivador tocar la tierra, a

menos de entregarle el cuarto de la cosecha. Y el trabajador, con el nombre de

libre contratación, acepta obligaciones feudales, porque no encontraría

condiciones más aceptables en ninguna parte. Como todo es propiedad de

algún amo, tiene que ceder o morirse de hambre.

De tal estado de cosas resulta que toda nuestra producción es un

contrasentido. Al negocio no le conmueven las necesidades de la saciedad; su

único objetivo es aumentar los beneficios del negociante. De aquí las continuas

fluctuaciones de la industria, las crisis en estado crónico.

No pudiendo los obreros comprar con su salario las riquezas que producen, la

industria busca mercados fuera, entre los acaparadores de las demás naciones

Pero en todas partes encuentra competidores, puesto que la evolución de

todas las naciones se realiza en el mismo sentido. Y tienen que estallar guerras

por el derecho de ser dueños de los mercados. Guerras por las posesiones en

Oriente, por el imperio de los mares, para imponer derechos aduaneros y dictar

condiciones a sus vecinos, ¡guerras contra los que se sublevan! No cesa en

Europa el ruido del cañón; generaciones enteras son asesinadas; los Estados

europeos gastan en armamentos el tercio de sus presupuestos.

La educación también es privilegio de ínfimas minorías. ¿Puede hablarse de

educación cuando el hijo del obrero se ve obligado a la edad de trece años a

bajar a la mina o ayudar a su padre en las labores del campo?

Mientras que los radicales piden mayor extensión de las libertades políticas,

muy pronto advierten que el hálito de la libertad produce con rapidez el

levantamiento de los proletarios y entonces cambian de camisa, mudan de

opinión y retornan a las leyes excepcionales y al gobierno del sable. Un vasto

conjunto de tribunales, jueces, verdugos, polizontes y carceleros, es necesario

para mantener los privilegios. Este sistema suspende el desarrollo de los

sentimientos sociales. Cualquiera comprende que sin rectitud, sin respeto a sí

mismo, sin simpatía y apoyos mutuos, la especie tiene que degenerar. Pero

eso no les importa a las clases directoras, e inventan toda una ciencia

absolutamente falsa para probar lo contrario.

Se han dicho cosas muy bonitas acerca de la necesidad de compartir lo que se

posee con aquellos que no tienen nada. Pero cuando se le ocurre a cualquiera

poner en práctica este principio, en seguida se le advierte que todos esos

grandes sentimientos son buenos en los libros poéticos, pero no en la vida.

Mentir es envilecerse, rebajarse

, decimos nosotros, y toda la existencia

civilizada Se trueca en una inmensa mentira. ¡Y nos habituamos,

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acostumbrando a nuestros hijos a practicar como hipócritas una moralidad de

dos caras!

El simple hecho del acaparamiento extiende así sus consecuencias a la vida

social. A menos de perecer, las sociedades humanas vense obligadas a volver

a los principios fundamentales: siendo los medios de producción obra colectiva

de la humanidad, vuelven al poder de la colectividad humana. La apropiación

personal de ellos no es justa ni útil. Todo es de todos, puesto que todos lo

necesitan, puesto que todos han trabajado en la medida de sus fuerzas, y es

imposible determinar la parte que pudiera corresponder a cada uno en la actual

producción de las riquezas.

¡Todo es de todos! He aquí la inmensa maquinaria que el XIX ha creado; he

aquí millones de esclavos de hierro que llamamos máquinas que cepillan y

sierran, tejen e hilan para nosotros, que descomponen y recomponen la

primera materia y forjan las maravillas de nuestra época.

Nadie tiene derecho a apoderarse de una sola de esas máquinas y decir:

Es

mía; para usar de ella, me pagaréis un tributo por cada uno de vuestros

productos

. Como tampoco el señor de la Edad Media tenía derecho para decir

al labrador:

Esta colina, ese prado, son míos, y me pagaréis por cada gavilla de

trigo que cojáis, por cada montón de heno que forméis.

Basta de esas fórmulas ambiguas, tales como el

derecho al trabajo, o a cada

uno el producto íntegro de su trabajo

. Lo que nosotros proclamamos es el

derecho al bienestar, el bienestar para todos.

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El bienestar para todos

1

El bienestar para todos no es un sueño. Es posible, realizable, después de lo

que han hecho nuestros antepasados para hacer fecunda nuestra fuerza de

trabajo.

Sabemos que los productores, que apenas forman el tercio de los habitantes

en los países civilizados, producen ya lo suficiente para que exista cierto

bienestar en el hogar de cada familia. Sabemos, además, que si todos cuantos

derrochan hoy los frutos del trabajo ajeno se viesen obligados a ocupar sus

ocios en trabajos útiles, nuestra riqueza crecería en proporción múltiple del

número de brazos productores. Y en fin, sabemos que, en contra de la teoría

del pontífice de la ciencia burguesa (Malthus), el hombre acrecienta su fuerza

productiva con mucha más rapidez de lo que él mismo se multiplica. Cuanto

mayor número de hombres hay en un territorio, tanto más rápido es el progreso

de sus fuerzas productoras.

Hoy, a medida que se desarrolla la capacidad de producir, aumenta en una

proporción sorprendente el número de vagos e intermediarios. Al revés de lo

que se decía en otros tiempos entre socialistas, de que el capital llegaría a

reconcentrarse bien pronto en tan pequeño número de manos, que sólo sería

menester expropiar a algunos millonarios para entrar en posesión de las

riquezas comunes, cada vez es más considerable el número de los que viven a

costa del trabajo ajeno.

En Francia no hay diez productores directos por cada treinta habitantes. Toda

la riqueza agrícola del país es obra de menos de siete millones de hombres, y

en las dos grandes industrias de las minas y de los tejidos cuéntanse menos de

dos millones quinientos mil obreros. ¿Cuál es la cifra de los explotadores del

trabajo? En Inglaterra (sin Escocia e Irlanda), un millón treinta mil obreros,

hombres, mujeres y niños, fabrican todos los tejidos; un poco más de medio

millón explotan las minas, menos de medio millón labran la tierra, y los

estadísticos tienen que exagerar las cifras para obtener un máximum de ocho

millones de productores para veintiséis millones de habitantes. En realidad, son

de seis a siete millones de trabajadores quienes crean las riquezas enviadas a

las cuatro partes del mundo. ¿Y cuantos son los rentistas o los intermediarios

que añaden a sus rentas las que se adjudican haciendo pagar al consumidor

de cinco a veinte veces más de lo que han pagado al productor? Los que

detentan el capital reducen constantemente la producción, impidiendo producir.

No hablemos de esos toneles de ostras arrojados al mar para impedir que la

ostra llegue a ser un alimento de la plebe y deje de ser una golosina propia de

la gente acomodada; no hablemos de los mil y mil objetos de lujo tratados de

igual manera que las ostras. Recordemos tan sólo cómo se limita la producción

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de las cosas necesarias a todo el mundo. Ejércitos de mineros no desean más

que extraer todos los días carbón y enviarlo a quienes tiritan de frío. Pero con

frecuencia la tercera parte o dos tercios de eso ejércitos vense impedidos de

trabajar más de tres días por semana, para que se mantengan altos los

precios. Millares de tejedores no pueden manejar los telares, al paso que sus

mujeres y sus hijos no tienen sino harapos para cubrirse y las tres cuartas

partes de los europeos no cuentan con vestido que merezca tal nombre.

Centenares de altos hornos, miles de manufacturas permanecen regularmente

inactivos; otros no trabajan más que la mitad del tiempo, y en cada nación

civilizada hay siempre una población de unos dos millones de individuos que

piden trabajo y no lo encuentran.

Millones de hombres serían felices con transformar los espacios incultos o mal

cultivados en campos cubiertos de ricas mieses. Pero esos valientes obreros

tienen que seguir parados porque los poseedores de la tierra, de la mina, de la

fábrica, prefieren dedicar los capitales a préstamos a los turcos o egipcios, o en

acciones de oro de la Patagonia, que trabajen para ellos los fellahs egipcios,

los italianos emigrados del país de su nacimiento o los coolies chinos.

sta es la limitación consciente y directa de la producción. Pero hay también una

limitación indirecta e inconsciente, que consiste en gastar el trabajo humano en

objetos inútiles en absoluto, o destinados tan sólo a satisfacer la necia vanidad

de los ricos.

Baste citar los miles de millones gastados por Europa en armamento, sin más

fin que conquistar mercados para imponer la ley económica a los vecinos y

facilitar la explotación en el interior; los millones pagados cada año a los

funcionarios de todo fuste, cuya misión es mantener el derecho de las minorías

a gobernar la vida económica de la nación; los millones gastados en jueces,

cárceles, policías y todo ese embrollo que llaman justicia; en fin, los millones

empleados en propagar por medio de la prensa ideas nocivas y noticias falsas,

en provecho de los partidos, de los personajes políticos y de las compañías de

explotadores.

eer más en: http://bivir.uacj.mx/libroselectronicoslibres/Autores/PedroKropotkin/Kropotkin,%20Pedro%20-%20La%20conquista%20del%20pan.pdf

 

La agricultura.........................................121

La descentralización de las industrias...115

División del trabajo ..............................112

Consumo y producción .........................107

El asalaramiento colectivista .................97

Objecciones ...........................................87

El común acuerdo libre..........................75

El trabajo agradable ..............................70

Las necesidades de lujo .........................61

Vias y medios ........................................55

El vestido ...............................................53

El alojamiento ........................................47

Los víveres .............................................30

La expropiación......................................22

El Comunismo anarquista.......................15

El bienestar para todos.............................9

Nuestras riquezas.....................................3


Tags: La Conquista del Pan, Kropotkin, socialistas, capital, industria, agricultura, explotadores

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