Domingo, 19 de septiembre de 2010

F. ENGELS

?II

?Entretanto, junto a la filosof?a francesa del siglo XVIII, y tras ella, hab?a surgido la moderna filosof?a alemana, a la que vino a poner remate Hegel. El principal m?rito de esta filosof?a es la restituci?n de la dial?ctica, como forma suprema del pensamiento. Los antiguos fil?sofos griegos eran todos dial?cticos innatos, espont?neos, y la cabeza m?s universal de todos ellos, Arist?teles, hab?a llegado ya a estudiar las formas m?s substanciales del pensar dial?ctico. En cambio, la nueva filosof?a, a?n teniendo alg?n que otro brillante mantenedor de la dial?ctica (como, por ejemplo, Descartes y Spinoza), hab?a ido cayendo cada vez m?s, influida principalmente por los ingleses, en la llamada manera metaf?sica de pensar, que tambi?n domin? casi totalmente entre los franceses del siglo XVIII, a lo menos en sus obras especialmente filos?ficas. Fuera del campo estrictamente filos?fico, tambi?n ellos hab?an creado obras maestras de dial?ctica; como testimonio de ello basta citar "El sobrino de Rameau", de Diderot, y el "Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres" de Rousseau. Resumiremos aqu?, concisamente, los rasgos m?s esenciales de ambos m?todos discursivos.

Cuando nos paramos a pensar sobre la naturaleza, sobre la historia humana, o sobre nuestra propia actividad espiritual, nos encontramos de primera intenci?n con la imagen de una trama infinita de concatenaciones y mutuas influencias, en la que nada permanece en lo que era, ni c?mo y d?nde era, sino que todo se mueve y cambia, nace y perece. Vemos, pues, ante todo, la imagen de conjunto, en la que los detalles pasan todav?a mas o menos a segundo plano; nos fijamos m?s en el movimiento, en las transiciones, en la concatenaci?n, que en lo que se mueve, cambia y se concatena. Esta concepci?n del mundo, primitiva, ingenua, pero esencialmente justa, es la de los antiguos fil?sofos griegos, y aparece expresada claramente por vez primera en Her?clito: todo es y no es, pues todo fluye, todo se halla sujeto a un proceso constante de transformaci?n, de incesante nacimiento y caducidad. Pero esta concepci?n, por exactamente que refleje el car?cter general del cuadro que nos ofrecen los fen?menos, no basta para explicar los elementos aislados que forman ese cuadro total; sin conocerlos, la imagen general no adquirir? tampoco un sentido claro. Para penetrar en estos detalles tenemos que desgajarlos de su entronque hist?rico o natural e investigarlos por separado, cada uno de por s?, en su car?cter, causas y efectos especiales, etc. Tal es la misi?n primordial de las ciencias naturales y de la historia, ramas de investigaci?n que los griegos cl?sicos situaban, por razones muy justificadas, en un plano puramente secundario, pues primeramente deb?an dedicarse a acumular los materiales cient?ficos necesarios. Mientras no se re?ne una cierta cantidad de materiales naturales e hist?ricos, no puede acometerse el examen cr?tico, la comparaci?n y, congruentemente, la divisi?n en clases, ?rdenes y especies. Por eso, los rudimentos de las ciencias naturales exactas no fueron desarrollados hasta llegar a los griegos del per?odo alejandrino[42], y m?s tarde, en la Edad Media, por los ?rabes; la aut?ntica ciencia de la naturaleza s?lo data de la segunda mitad del siglo XV, y, a partir de entonces, no ha hecho m?s que progresar constantemente con ritmo acelerado. El an?lisis de la naturaleza en sus diferentes partes, la clasificaci?n de los diversos procesos y objetos naturales en determinadas categor?as, la investigaci?n interna de los cuerpos org?nicos seg?n su diversa estructura anat?mica, fueron otras tantas condiciones fundamentales a que obedecieron los progresos gigantescos realizados durante los ?ltimos cuatrocientos a?os en el conocimiento cient?fico de la naturaleza. Pero este m?todo de investigaci?n nos ha legado, a la par, el h?bito de enfocar las cosas y los procesos de la naturaleza aisladamente, sustra?dos a la concatenaci?n del gran todo; por tanto, no en su din?mica, sino enfocados est?ticamente; no como substancialmente variables, sino como consistencias fijas; no en su vida, sino en su muerte. Por eso este m?todo de observaci?n, al transplantarse, con Bacon y Locke, de las ciencias naturales a la filosof?a, provoc? la estrechez espec?fica caracter?stica de estos ?ltimos siglos: el m?todo metaf?sico de pensamiento.

Para el metaf?sico, las cosas y sus im?genes en el pensamiento, los conceptos, son objetos de investigaci?n aislados, fijos, r?gidos, enfocados uno tras otro, cada cual de por s?, como algo dado y perenne. Piensa s?lo en ant?tesis sin mediatividad posible; para ?l, una de dos: s?, s?; no, no; porque lo que va m?s all? de esto, de mal procede[?????]. Para ?l, una cosa existe o no existe; un objeto no puede ser al mismo tiempo lo que es y otro distinto. Lo positivo y lo negativo se excluyen en absoluto. La causa y el efecto revisten asimismo a sus ojos, la forma de una r?gida ant?tesis. A primera vista, este m?todo discursivo nos parece extraordinariamente razonable, porque es el del llamado sentido com?n. Pero el mismo sentido com?n, personaje muy respetable de puertas adentro, entre las cuatro paredes de su casa, vive peripecias verdaderamente maravillosas en cuanto se aventura por los anchos campos de la investigaci?n; y el m?todo metaf?sico de pensar, por muy justificado y hasta por necesario que sea en muchas zonas del pensamiento, m?s o menos extensas seg?n la naturaleza del objeto de que se trate, tropieza siempre, tarde o temprano, con una barrera franqueada, la cual se torna en un m?todo unilateral, limitado, abstracto, y se pierde en insolubles contradicciones, pues, absorbido por los objetos concretos, no alcanza a ver su concatenaci?n; preocupado con su existencia, no para mientes en su g?nesis ni en su caducidad; concentrado en su estatismo, no advierte su din?mica; obsesionado por los ?rboles, no alcanza a ver el bosque. En la realidad de cada d?a sabemos, por ejemplo, y podemos decir con toda certeza si un animal existe o no; pero, investigando la cosa con m?s detenci?n, nos damos cuenta de que a veces el problema se complica considerablemente, como lo saben muy bien los juristas, que tanto y tan en vano se han atormentado por descubrir un l?mite racional a partir del cual deba la muerte del ni?o en el claustro materno considerarse como un asesinato; ni es f?cil tampoco determinar con fijeza el momento de la muerte, toda vez que la fisiolog?a ha demostrado que la muerte no es un fen?meno repentino, instant?neo, sino un proceso muy largo. Del mismo modo, todo ser org?nico es, en todo instante, ?l mismo y otro; en todo instante va asimilando materias absorbidas del exterior y eliminando otras de su seno; en todo instante, en su organismo mueren unas c?lulas y nacen otras; y, en el transcurso de un per?odo m?s o menos largo, la materia de que est? formado se renueva totalmente, y nuevos ?tomos de materia vienen a ocupar el lugar de los antiguos, por donde todo ser org?nico es, al mismo tiempo, el que es y otro distinto. Asimismo, nos encontramos, observando las cosas detenidamente, con que los dos polos de una ant?tesis, el positivo y el negativo, son tan inseparables como antit?ticos el uno del otro y que, pese a todo su antagonismo, se penetran rec?procamente; y vemos que la causa y el efecto son representaciones que s?lo rigen como tales en su aplicaci?n al caso concreto, pero, que, examinando el caso concreto en su concatenaci?n con la imagen total del Universo, se juntan y se diluyen en la idea de una trama universal de acciones y reacciones, en que las causas y los efectos cambian constantemente de sitio y en que lo que ahora o aqu? es efecto, adquiere luego o all? car?cter de causa y viceversa.

Ninguno de estos fen?menos y m?todos discursivos encaja en el cuadro de las especulaciones metaf?sicas. En cambio, para la dial?ctica, que enfoca las cosas y sus im?genes conceptuales substancialmente en sus conexiones, en su concatenaci?n, en su din?mica, en su proceso de g?nesis y caducidad, fen?menos como los expuestos no son m?s que otras tantas confirmaciones de su modo genuino de proceder. La naturaleza es la piedra de toque de la dial?ctica, y las modernas ciencias naturales nos brindan para esta prueba un acervo de datos extraordinariamente copiosos y enriquecidos con cada d?a que pasa, demostrando con ello que la naturaleza se mueve, en ?ltima instancia, por los cauces dial?cticos y no por los carriles metaf?sicos, que no se mueve en la eterna monoton?a de un ciclo constantemente repetido, sino que recorre una verdadera historia. Aqu? hay que citar en primer t?rmino a Darwin, quien, con su prueba de que toda la naturaleza org?nica existente, plantas y animales, y entre ellos, como es l?gico, el hombre, es producto de un proceso de desarrollo que dura millones de a?os, ha asestado a la concepci?n metaf?sica de la naturaleza el m?s rudo golpe. Pero, hasta hoy, los naturalistas que han sabido pensar dial?cticamente pueden contarse con los dedos, y este conflicto entre los resultados descubiertos y el m?todo discursivo tradicional pone al desnudo la ilimitada confusi?n que reina hoy en las ciencias naturales te?ricas y que constituye la desesperaci?n de maestros y disc?pulos, de autores y lectores.

S?lo siguiendo la senda dial?ctica, no perdiendo jam?s de vista las innumerables acciones y reacciones generales del devenir y del perecer, de los cambios de avance y de retroceso, llegamos a una concepci?n exacta del Universo, de su desarrollo y del desarrollo de la humanidad, as? como de la imagen proyectada por ese desarrollo en las cabezas de los hombres. Y ?ste fue, en efecto, el sentido en que empez? a trabajar, desde el primer momento, la moderna filosof?a alemana. Kant comenz? su carrera de fil?sofo disolviendo el sistema solar estable de Newton y su duraci?n eterna -despu?s de recibido el famoso primer impulso- en un proceso hist?rico: en el nacimiento del Sol y de todos los planetas a partir de una masa nebulosa en rotaci?n. De aqu?, dedujo ya la conclusi?n de que este origen implicaba tambi?n, necesariamente, la muerte futura del sistema solar. Medio siglo despu?s, su teor?a fue confirmada matem?ticamente por Laplace, y, al cabo de otro medio siglo, el espectroscopio ha venido a demostrar la existencia en el espacio de esas masas ?gneas de gas, en diferente grado de condensaci?n.

La filosof?a alemana moderna encontr? su remate en el sistema de Hegel, en el que por vez primera -y ?se es su gran m?rito- se concibe todo el mundo de la naturaleza, de la historia y del esp?ritu como un proceso, es decir, en constante movimiento, cambio, transformaci?n y desarrollo y se intenta adem?s poner de relieve la ?ntima conexi?n que preside este proceso de movimiento y desarrollo. Contemplada desde este punto de vista, la historia de la humanidad no aparec?a ya como un caos ?rido de violencias absurdas, igualmente condenables todas ante el fuero de la raz?n filos?fica hoy ya madura, y buenas para ser olvidadas cuanto antes, sino como el proceso de desarrollo de la propia humanidad, que al pensamiento incumb?a ahora seguir en sus etapas graduales y a trav?s de todos los extrav?os, y demostrar la existencia de leyes internas que gu?an todo aquello que a primera vista pudiera creerse obra del ciego azar.

No importa que el sistema de Hegel no resolviese el problema que se planteaba. Su m?rito, que sent? ?poca, consisti? en haberlo planteado. Porque se trata de un problema que ning?n hombre solo puede resolver. Y aunque Hegel era, con Saint-Simon, la cabeza m?s universal de su tiempo, su horizonte hall?base circunscrito, en primer lugar, por la limitaci?n inevitable de sus propios conocimientos, y, en segundo lugar, por los conocimientos y concepciones de su ?poca, limitados tambi?n en extensi?n y profundidad. A esto hay que a?adir una tercera circunstancia, Hegel era idealista; es decir, que para ?l las ideas de su cabeza no eran im?genes m?s o menos abstractas de los objetos y fen?menos de la realidad, sino que estas cosas y su desarrollo se le antojaban, por el contrario, proyecciones realizadas de la ?Idea?, que ya exist?a no se sabe c?mo, antes de que existiese el mundo. As?, todo quedaba cabeza abajo, y se volv?a completamente del rev?s la concatenaci?n real del Universo. Y por exactas y a?n geniales que fuesen no pocas de las conexiones concretas concebidas por Hegel, era inevitable, por las razones a que acabamos de aludir, que muchos de sus detalles tuviesen un car?cter ama?ado artificioso, construido; falso, en una palabra. El sistema de Hegel fue un aborto gigantesco, pero el ?ltimo de su g?nero. En efecto, segu?a adoleciendo de una contradicci?n ?ntima incurable; pues, mientras de una parte arrancaba como supuesto esencial de la concepci?n hist?rica, seg?n la cual la historia humana es un proceso de desarrollo que no puede, por su naturaleza, encontrar remate intelectual en el descubrimiento de eso que llaman verdad absoluta, de la otra se nos presenta precisamente como suma y compendio de esa verdad absoluta. Un sistema universal y definitivamente plasmado del conocimiento de la naturaleza y de la historia, es incompatible con las leyes fundamentales del pensamiento dial?ctico; lo cual no excluye, sino que, lejos de ello, implica que el conocimiento sistem?tico del mundo exterior en su totalidad pueda progresar gigantescamente de generaci?n en generaci?n.

La conciencia de la total inversi?n en que incurr?a el idealismo alem?n, llev? necesariamente al materialismo; pero, advi?rtase bien, no a aquel materialismo puramente metaf?sico y exclusivamente mec?nico del siglo XVIII. En oposici?n a la simple repulsa, ingenuamente revolucionaria, de toda la historia anterior, el materialismo moderno ve en la historia el proceso de desarrollo de la humanidad, cuyas leyes din?micas es misi?n suya descubrir. Contrariamente a la idea de la naturaleza que imperaba en los franceses del siglo XVIII, al igual que en Hegel, y en la que ?sta se conceb?a como un todo permanente e invariable, que se mov?a dentro de ciclos cortos, con cuerpos celestes eternos, tal y como se los representaba Newton, y con especies invariables de seres org?nicos, como ense?ara Linneo, el materialismo moderno resume y compendia los nuevos progresos de las ciencias naturales, seg?n los cuales la naturaleza tiene tambi?n su historia en el tiempo, y los mundos, as? como las especies org?nicas que en condiciones propicias los habitan, nacen y mueren, y los ciclos, en el grado en que son admisibles, revisten dimensiones infinitamente m?s grandiosas. Tanto en uno como en otro caso, el materialismo moderno es substancialmente dial?ctico y no necesita ya de una filosof?a que se halla por encima de las dem?s ciencias. Desde el momento en que cada ciencia tiene que rendir cuentas de la posici?n que ocupa en el cuadro universal de las cosas y del conocimiento de ?stas, no hay ya margen para una ciencia especialmente consagrada a estudiar las concatenaciones universales. Todo lo que queda en pie de la anterior filosof?a, con existencia propia, es la teor?a del pensar y de sus leyes: la l?gica formal y la dial?ctica. Lo dem?s se disuelve en la ciencia positiva de la naturaleza y de la historia.

Sin embargo, mientras que esta revoluci?n en la concepci?n de la naturaleza s?lo hab?a podido imponerse en la medida en que la investigaci?n suministraba a la ciencia los materiales positivos correspondientes, hac?a ya mucho tiempo que se hab?an revelado ciertos hechos hist?ricos que imprimieron un viraje decisivo al modo de enfocar la historia. En 1831, estalla en Lyon la primera insurrecci?n obrera, y de 1838 a 1842 alcanza su apogeo el primer movimiento obrero nacional: el de los cartistas ingleses. La lucha de clases entre el proletariado y la burgues?a pas? a ocupar el primer plano de la historia de los pa?ses europeos m?s avanzados, al mismo ritmo con que se desarrollaba en ellos, por una parte, la gran industria, y por otra, la dominaci?n pol?tica reci?n conquistada de la burgues?a. Los hechos ven?an a dar un ment?s cada vez m?s rotundo a las doctrinas econ?micas burguesas de la identidad de intereses entre el capital y el trabajo y de la armon?a universal y el bienestar general de las naciones, como fruto de la libre concurrencia. No hab?a manera de pasar por alto estos hechos, ni era tampoco posible ignorar el socialismo franc?s e ingl?s, expresi?n te?rica suya, por muy imperfecta que fuese. Pero la vieja concepci?n idealista de la historia, que a?n no hab?a sido desplazada, no conoc?a luchas de clases basadas en intereses materiales, ni conoc?a intereses materiales de ning?n g?nero; para ella, la producci?n, al igual que todas las relaciones econ?micas, s?lo exist?a accesoriamente, como un elemento secundario dentro de la ?historia cultural?.

Los nuevos hechos obligaron a someter toda la historia anterior a nuevas investigaciones, entonces se vio que, con excepci?n del estado primitivo, toda la historia anterior hab?a sido la historia de las luchas de clases, y que estas clases sociales pugnantes entre s? eran en todas las ?pocas fruto de las relaciones de producci?n y de cambio, es decir, de las relaciones econ?micas de su ?poca: que la estructura econ?mica de la sociedad en cada ?poca de la historia constituye, por tanto, la base real cuyas propiedades explican en ?ltima instancia, toda la superestructura integrada por las instituciones jur?dicas y pol?ticas, as? como por la ideolog?a religiosa, filos?fica, etc., de cada per?odo hist?rico. Hegel hab?a liberado a la concepci?n de la historia de la metaf?sica, la hab?a hecho dial?ctica; pero su interpretaci?n de la historia era esencialmente idealista. Ahora, el idealismo quedaba desahuciado de su ?ltimo reducto, de la concepci?n de la historia, sustituy?ndolo una concepci?n materialista de la historia, con lo que se abr?a el camino para explicar la conciencia del hombre por su existencia, y no ?sta por su conciencia, que hasta entonces era lo tradicional.

De este modo el socialismo no aparec?a ya como el descubrimiento casual de tal o cual intelecto de genio, sino como el producto necesario de la lucha entre dos clases formadas hist?ricamente: el proletariado y la burgues?a. Su misi?n ya no era elaborar un sistema lo m?s perfecto posible de sociedad, sino investigar el proceso hist?rico econ?mico del que forzosamente ten?an que brotar estas clases y su conflicto, descubriendo los medios para la soluci?n de ?ste en la situaci?n econ?mica as? creada. Pero el socialismo tradicional era incompatible con esta nueva concepci?n materialista de la historia, ni m?s ni menos que la concepci?n de la naturaleza del materialismo franc?s no pod?a avenirse con la dial?ctica y las nuevas ciencias naturales. En efecto, el socialismo anterior criticaba el modo capitalista de producci?n existente y sus consecuencias, pero no acertaba a explicarlo, ni pod?a, por tanto, destruirlo ideol?gicamente, no se le alcanzaba m?s que repudiarlo, lisa y llanamente, como malo. Cuanto m?s violentamente clamaba contra la explotaci?n de la clase obrera, inseparable de este modo de producci?n, menos estaba en condiciones de indicar claramente en qu? consist?a y c?mo nac?a esta explotaci?n. Mas de lo que se trataba era, por una parte, exponer ese modo capitalista de producci?n en sus conexiones hist?ricas y como necesario para una determinada ?poca de la historia, demostrando con ello tambi?n la necesidad de su ca?da, y, por otra parte, poner al desnudo su car?cter interno, oculto todav?a. Este se puso de manifiesto con el descubrimiento de la plusval?a. Descubrimiento que vino a revelar que el r?gimen capitalista de producci?n y la explotaci?n del obrero, que de ?l se deriva, ten?an por forma fundamental la apropiaci?n de trabajo no retribuido; que el capitalista, aun cuando compra la fuerza de trabajo de su obrero por todo su valor, por todo el valor que representa como mercanc?a en el mercado, saca siempre de ella m?s valor que lo que le paga y que esta plusval?a es, en ?ltima instancia, la suma de valor de donde proviene la masa cada vez mayor del capital acumulada en manos de las clases poseedoras. El proceso de la producci?n capitalista y el de la producci?n de capital quedaban explicados.

Estos dos grandes descubrimientos: la concepci?n materialista de la historia y la revelaci?n del secreto de la producci?n capitalista, mediante la plusval?a, se los debemos a Marx. Gracias a ellos, el socialismo se convierte en una ciencia, que s?lo nos queda por desarrollar en todos sus detalles y concatenaciones.

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Notas

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[?????] Biblia. Evangelio de Mateo, cap. 5, verso 37. (N. de la Edit.)

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[42] Tr?tase del per?odo comprendido entre el siglo III a. de n. e. y el siglo VII de n. e., que debe su denominaci?n a la ciudad egipcia de Alejandr?a (a orillas del Mediterr?neo), uno de los centros m?s importantes de las relaciones econ?micas internacionales de aquella ?poca. En el per?odo alejandrino adquirieron gran desarrollo varias ciencias: las matem?ticas, la mec?nica (Euclides y Arqu?medes), la geograf?a, la astronom?a, la anatom?a, la fisiolog?a, etc.

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Contin?a en el siguiente enlace, tercer cap?tulo: http://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/dsusc/3.htm


Tags: socialismo utópico, socialismo científico, Robert Owen, Saint-Simón, Fourier, Engels, clásicos

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