Viernes, 01 de octubre de 2010

DIOS Y EL ESTADO


DEICIDIO Y DISIDENCIA
La figura de Mijail Bakunin se distingue inmediatamente contra
el fondo de acontecimientos y h?roes revolucionarios del siglo
pasado: personaje monumentalmente exc?ntrico, intoxicado
por los ambientes rom?nticos que frecuent? en su juventud,
movido por apetitos vitales desmesurados, seducido por la sensualidad
que es propia a la acci?n, arrebatado por la ebriedad
que se experimenta en las conjuras y revueltas, su historia es
tambi?n la de las persecuciones, expulsiones y encarcelamientos
sufridos por los fundadores de la I Internacional. La personalidad
?magn?tica? de Bakunin atrajo a sus filas a revolucionarios
de los cuatro puntos cardinales de Europa, a los que arrastr? al
borde del v?rtigo, hacia el umbral en que una sociedad se
rearticula tomando como modelo a sus ant?podas. Era un hombre
que sab?a ganarse el coraz?n de su gente. Tambi?n era infatigable:
polemizaba con monarcas y reformistas de una punta a
otra del continente, organizaba conspiraciones, fundaba grupos
de afinidad, y a?n le quedaba tiempo para mantener una correspondencia
m?ltiple y para redactar panfletos y proclamas tan
virulentos como certeros. El revolucionario ruso s?lo se hallaba
a gusto entre energ?as desatadas y entre gente decidida. Max
Nettlau lo abarc? en una frase acertada: Bakunin se hab?a transformado
en una Internacional ?l mismo. Fernando Savater dir?a
m?s tarde que fue el mayor espect?culo del siglo XIX. En efecto,
su biograf?a fue legendaria mucho antes de su muerte.
Sobre su vida, quiz?s importe mencionar que emigr? de la
Rusia absolutista en 1840, que lleg? a Alemania contagiado del
?mal de la filosof?a?, en especial de Rousseau y Hegel, que se
transform? en el ?esp?ritu? de las revoluciones de 1848, que
aunque por doce a?os sufri? en Rusia el largo v?a crucis del
encarcelamiento sobrevivi? a esa experiencia intacto (?el hielo
siberiano preserv? la carne del mamut ruso?, dir?a George
Woodcock), que regres? al continente europeo con el ?nimo de
darlo vuelta como a un guante, que su nihilismo rom?ntico se
troca en los a?os de madurez en la filosof?a pol?tica del anar6
/ MIJAIL BAKUNIN
quismo, que a ?l adeuda no s?lo sus intuiciones te?ricas fundamentales
y una teor?a de la organizaci?n sino tambi?n una pasi?n
obsesiva: la pasi?n por la libertad absoluta.
Bakunin llev? una vida desordenada. Su vida fue una incesante
aventura, plena de golpes de suerte, sinsabores varios, conspiraciones
resonantes y reveses tragic?micos, todo ello consecuencia
de una disposici?n inmediata para la vida libre y sin ataduras. En
verdad, casi todas las biograf?as revolucionarias del siglo pasado
estaban sujetas a los complejos avatares pol?ticos del momento
tanto como a las intermitentes intrusiones policiales. De cualquier
modo, Bakunin carec?a por completo de la paciencia necesaria
como para perseverar en una actividad de cabo a rabo. En palabras
de Alexander Herzen, Bakunin ?hab?a nacido bajo la influencia
de un cometa?. As? como iniciaba tareas que otros deb?an continuar
pues ?l mismo ya se encontraba en otros dominios de la acci?n,
tambi?n sol?a planificar y comenzar libros kilom?tricos que
jam?s finalizaba, o bien redactaba pr?logos y consideraciones filos?ficas
que se bifurcaban hacia otros temas y asuntos pol?ticos
acuciantes. Dios y el Estado es uno de sus frutos intermitentes.
El desorden activo que dio contorno a su vida tambi?n determin?
las caracter?sticas de su obra, signada por una correspondencia
monumental, por parrafadas inconclusas, sugerencias
largu?simas a congresos revolucionarios y libros a medio escribir
recuperados postmortem del desorden de su escritorio. Toda
su obra es asistem?tica, y casi se podr?a decir que su escritorio
era una encrucijada postal revolucionaria. El saldo hubiera quedado
indeciso de no ser porque Bakunin ?descubri? un hecho
fundamental, tanto como se puede decir que Marx devel? el secreto
de la plusval?a o Freud el enigma del inconsciente: toda su
obra ?y sus energ?as vitales? centraron su atenci?n en la cuesti?n
del poder, en la cual cifr? la clave de la desdicha humana.
Bakunin desarroll? una teor?a pol?tica que se adecuaba
d?ctilmente a las energ?as populares que eran desencadenadas en
las revoluciones. 1789 era para ?l una cifra tan renombrada como
subvalorada: el emblema del ?pecado original? de la pol?tica moderna,
el inicio del moderno linaje de la autoorganizaci?n, correspondencia
material para las capacidades autocreativas del ser
humano. En este sentido, Bakunin nunca dej? de ser un ilustrado
radical convencido de que los hombres y sus sociedades deb?an
inventarse a s? mismos, y que para ello s?lo era necesaria una
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dosis m?xima de libertad. Aun m?s: a Bakunin no le era ajeno un
intenso aprecio hist?rico por las rebeliones campesinas ?las
Jacqueries, la Pugatchevina rusa? e incluso por las ansias criminales
del lumpenproletariado urbano, en las que percib?a un contrapeso
a la opresi?n estatal, de la cual eran ?a su vez? consecuencia.
El hecho de que Bakunin proviniera de Rusia, regi?n
gobernada autocr?ticamente, le facilit? el odio por toda autoridad.
Pues aunque los estados desp?ticos no sean equivalentes a
los democr?ticos, no por ello dejaban de ser isom?rficos. Los desplazamientos
err?ticos de los habitantes, sus pasiones insondables
y sus decisiones caprichosas son para la mentalidad estatalista
insoportables, o cuanto menos, sospechosos. De faraones a presidentes,
una misma voz advierte a la poblaci?n que la disidencia y
la protesta p?blica han de orientarse por un cauce establecido y
que la desobediencia radical es un lujo que la autoridad no tolera.
Bakunin sosten?a que el Estado no s?lo es inaceptable porque
regula y garantiza la desigualdad econ?mica y pol?tica; adem?s,
como suced?neo moderno del principio jer?rquico divino, humilla
y empeque?ece al hombre. Del orden estatal ?nicamente
emergen criaturas tortuosas o torturadas, contrahechas a imagen
y semejanza de su regulador. Por eso mismo, Bakunin enfatiz? la
importancia de los lazos sociales espont?neos y rec?procos, posibles
articuladores de una suerte de hermandad no forzada cuya
horma de posibilidad resid?a en la asunci?n de que la libertad ?y
no s?lo la opresi?n? era germen de relaci?n social.
Si bien fue un hombre a la vanguardia de su ?poca, Bakunin
tambi?n fue medianamente positivista en cuestiones del conocimiento.
No obstante, se hallan en Dios y el Estado una desconfianza
pionera ante la figura del cient?fico y de sus castas gremiales,
de las cuales recelaba sus ambiciones tecnocr?ticas.
Instintivamente, Bakunin se neg? a tratar a las personas vivas
como abstracciones estad?sticas o conejos de laboratorios sociales,
prefiriendo el crisol de la vida activa y sus antinomias. Para
?l, era la unidad entre ciencia y vida colectiva lo que pod?a eludir
la autonomizaci?n de las pr?cticas institucionales de los cient?ficos.
En una carta de Bakunin a la condesa Salias de Tournemir
leemos: ?Que mis amigos construyan, yo no tengo m?s sed que
la destrucci?n, porque estoy convencido de que construir con
unos materiales podridos sobre una carro?a es trabajo perdido
y de que tan s?lo a partir de una gran destrucci?n pueden apare8
/ MIJAIL BAKUNIN
cer de nuevo elementos vivientes, y junto con ellos, elementos
nuevos?. En la met?fora biol?gica que subyace a estas palabras
podemos diferenciar la destrucci?n renovadora de la mera depredaci?n
aniquiladora: el arte de reinventar una sociedad o bien
a uno mismo adeuda su potencia y posibilidad a la amalgama
espont?nea de artes sociales vitales y al desmontaje de las antiguas
y perimidas formas de sociabilidad. Lo nuevo emerge de
los materiales de desecho y deshechos.
La cuesti?n religiosa obsesion? a los anarquistas. Por un lado,
la ontolog?a anarquista centrada en la autocreaci?n del ser no
pod?a aceptar la hip?tesis divina; por otra parte, sociol?gica e
hist?ricamente, el rol de la Iglesia cristiana en la ignorantizaci?n
de la humanidad y el control de la autoridad eclesi?stica sobre la
conciencia eran datos pol?ticos de peso. Los anarcoindividualistas
?creadores morales de s? mismos? eran los m?ximos recusadores.
Ya Stirner les daba toda una cobertura te?rica al respecto, a lo
que se sumaron a principios de siglo las provocaciones en materia
de libertad sexual y moral por parte de ?mile Armand. Antes
de ellos, Bakunin hab?a advertido las consecuencias pol?ticas
derivadas de la continuidad entre el principio de jerarqu?a divina
y el estatal. Tanta fue la fobia antieclesi?stica que lleg? a ser
habitual el ?bautismo anarquista?, a saber, el cambio de nombre
a fin de rechazar el santoral o bien la elecci?n de un apodo o
nombre de guerra para fundar huellas de una nueva sociedad.
Sin embargo, no han faltado intentos de vincular el cristianismo
con el anarquismo. As?, Tolstoi percib?a en la fe sencilla y en la
organizaci?n comunitarista de los primeros cristianos un modelo
de anarqu?a deseable; Dorothy Day, una suerte de ?santa?
anarquista de origen cat?lico-irland?s difundi? en los Estados
Unidos una versi?n obrerista y libertaria del cristianismo a trav?s
del peri?dico The Catholic Worker; y ya en nuestra ?poca
Jacques Ellul, pensador de la t?cnica y cristiano asumido, cre?a
encontrar en las comunidades religiosas posteriores a la Reforma
el eslab?n perdido entre la fe y la anarqu?a.
Tampoco el combate de Bakunin contra la ?supercher?a ontol?gica?
supone a Dios un mero dato cuya sustancia es ?fantasm?tica?.
En tanto la hip?tesis divina se difunde con eficacia simb?lica,
existe y justifica la jerarqu?a terrestre. La emancipaci?n de
toda tutela exige impugnar a los hom?nimos modernos de la jerarqu?a
celestial, pues la figura de Dios emblematiza a la autoridad
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en estado puro. Quiz? lo que se agitaba en el alma eslav?fila de
Bakunin era un antite?smo visceral m?s que un cientificismo ateo,
un humanismo radical ante una imagen terrible y vengativa de
Dios antes que una ateolog?a. As? se comprenden mejor las continuas
reivindicaciones de Satan?s y de Eva, las a?oranzas del paganismo
o del tolerante polite?smo griego. Bakunin renegaba de las
teolog?as religiosa y estatal que suponen al hombre esencialmente
malo y peligroso. En ?ltima instancia, cre?a que esa ?locura colectiva?
llamada religi?n hab?a sido consecuencia de ?una gran sed
del coraz?n y una insuficiente confianza en la humanidad?.
Durante las dos d?cadas que siguen a 1848, se encarn? en el
nombre de Mijail Bakunin el fantasma del comunismo que atemoriz?
al mundo burgu?s. A las autoridades, Bakunin les parec?a
una suerte de Danton que preconizaba un firmamento inconcebible
a la vez que promov?a agitaciones sociales destinadas a
apurar la llegada del nuevo mundo. Cuando muri?, hac?a poco
tiempo que la Comuna de Par?s hab?a sido literalmente aplastada
y todo el horizonte estaba impregnado de republicanismo
burgu?s. Quiz? Bakunin no alcanz? a darse cuenta del todo de la
bola de nieve que hab?a impulsado y que alcanzar?a una magnitud
amenazante para la cultura burguesa una d?cada m?s tarde
y culminar?a su rodada en 1936, durante la Revoluci?n Espa?ola.
Alexandrina Bauler, quien conoci? a Bakunin en sus ?ltimos
a?os, recuerda haberse impresionado por la devoci?n afectuosa
de sus compa?eros, ?semejante a la que en el pasado debi? existir
entre los grandes maestros de la pintura y sus alumnos?. S?lo
un Blanqui o un Garibaldi generaron esa especie de seguimiento
por un hombre al que se admiraba por su devoci?n a la causa de
la libertad absoluta. Habr?a que esperar a la relaci?n entre Breton
y los surrealistas para presenciar algo semejante. De hecho, en
Bakunin se pueden encontrar antecedentes de la idea de amor
loco surrealista. Poco antes de morir, Bakunin describ?a a Eliseo
Reclus el papel que ?l mismo y sus compa?eros hab?an jugado
en la gran obra del siglo XIX: ?Nuestro trabajo no se perder?
?nada se pierde en este mundo?: las gotas de agua, aun siendo
invisibles, logran formar el oc?ano?. A Bakunin debemos la acu?aci?n
pol?tica de una de las ?ltimas im?genes deslumbrantes de
la libertad humana, oce?nica e inabarcable.
Christian Ferrer
DIOS Y EL ESTADO / 11
EL PRINCIPIO DE AUTORIDAD
?Qui?nes tienen raz?n, los idealistas o los materialistas? Una
vez planteada as? la cuesti?n, vacilar se hace imposible. Sin duda
alguna los idealistas se enga?an y s?lo los materialistas tienen
raz?n. S?, los hechos est?n antes que las ideas; el ideal, como
dijo Proudhon, no es m?s que una flor de la cual son ra?ces las
condiciones materiales de existencia. Toda la historia intelectual
y moral, pol?tica y social de la humanidad es un reflejo de su
historia econ?mica.
Todas las ramas de la ciencia moderna, concienzuda y seria,
convergen a la proclamaci?n de esa grande, de esa fundamental y
decisiva verdad: el mundo social, el mundo puramente humano,
la humanidad, en una palabra, no es otra cosa que el desenvolvimiento
?ltimo y supremo ?para nosotros al menos y relativamente
a nuestro planeta?, la manifestaci?n m?s alta de la animalidad.
Pero como todo desenvolvimiento implica necesariamente una negaci?n,
la de la base o del punto de partida, la humanidad es al
mismo tiempo y esencialmente una negaci?n, la negaci?n reflexiva
y progresiva de la animalidad en los hombres; y es precisamente
esa negaci?n tan racional como natural, y que no es racional
m?s que porque es natural, a la vez hist?rica y l?gica, fatal como
lo son los desenvolvimientos y las realizaciones de todas las leyes
naturales en el mundo, la que constituye y crea el ideal, el mundo
de las convicciones intelectuales y morales, las ideas.
Nuestros primeros antepasados, nuestros Adanes y nuestras
Evas, fueron, si no gorilas, al menos primos muy pr?ximos al
gorila, omn?voros, animales inteligentes y feroces, dotados, en
un grado infinitamente m?s grande que los animales de todas las
otras especies, de dos facultades preciosas; la facultad de pensar
y la facultad, la necesidad de rebelarse.
Estas dos facultades, combinando su acci?n progresiva en la
historia, representan propiamente el ?factor?, el aspecto, la potencia
negativa en el desenvolvimiento positivo de la animalidad
humana, y crean por consiguiente todo lo que constituye la humanidad
en los hombres.
12 / MIJAIL BAKUNIN
La Biblia, que es un libro muy interesante y a veces muy profundo
cuando se lo considera como una de las m?s antiguas
manifestaciones de la sabidur?a y de la fantas?a humanas que
han llegado hasta nosotros, expresa esta verdad de una manera
muy ingenua en su mito del pecado original. Jehov?, que de todos
los buenos dioses que han sido adorados por los hombres es
ciertamente el m?s envidioso, el m?s vanidoso, el m?s feroz, el
m?s injusto, el m?s sanguinario, el m?s d?spota y el m?s enemigo
de la dignidad y de la libertad humanas, que cre? a Ad?n y a
Eva por no s? qu? capricho (sin duda para enga?ar su hast?o,
que deb?a de ser terrible en su eternamente ego?sta soledad, o
para procurarse nuevos esclavos), hab?a puesto generosamente
a su disposici?n toda la Tierra, con todos sus frutos y todos los
animales, y no hab?a puesto a ese goce completo m?s que un
l?mite. Les hab?a prohibido expresamente que tocaran los frutos
del ?rbol de la ciencia. Quer?a que el hombre, privado de toda
conciencia de s? mismo, permaneciese un eterno animal, siempre
de cuatro patas ante el dios eterno, su creador y su amo. Pero he
aqu? que llega Satan?s, el eterno rebelde, el primer librepensador
y el emancipador de los mundos. Averg?enza al hombre de
su ignorancia y de su obediencia animales; lo emancipa e imprime
sobre su frente el sello de la libertad y de la humanidad,
impuls?ndolo a desobedecer y a comer del fruto de la ciencia.
Se sabe lo dem?s. El buen dios, cuya ciencia innata constituye
una de las facultades divinas, habr?a debido advertir lo que suceder?a;
sin embargo, se enfureci? terrible y rid?culamente: maldijo
a Satan?s, al hombre y al mundo creados por ?l, hiri?ndose,
por decirlo as?, en su propia creaci?n, como hacen los ni?os
cuando se encolerizan; y no contento con alcanzar a nuestros
antepasados en el presente, los maldijo en todas las generaciones
del porvenir, inocentes del crimen cometido por aqu?llos.
Nuestros te?logos cat?licos y protestantes hallan que eso es muy
profundo y muy justo, precisamente porque es monstruosamente
inicuo y absurdo. Luego, record?ndose que no era s?lo un dios
de venganza y de c?lera, sino un dios de amor, despu?s de haber
atormentado la existencia de algunos millares de pobres seres
humanos y de haberlos condenado a un infierno eterno, tuvo
piedad del resto y para salvarlo, para reconciliar su amor eterno
y divino con su c?lera eterna y divina siempre ?vida de v?ctimas
y de sangre, envi? al mundo, como una v?ctima expiatoria, a su
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hijo ?nico a fin de que fuese muerto por los hombres. Eso se
llama el misterio de la redenci?n, base de todas las religiones
cristianas. ?Y si el divino salvador hubiese salvado siquiera al
mundo humano! Pero no; en el para?so prometido por Cristo, se
sabe, puesto que es anunciado formalmente, no habr? m?s que
muy pocos elegidos. El resto, la inmensa mayor?a de las generaciones
presentes y del porvenir, arder? eternamente en el infierno.
En tanto, para consolarnos, dios, siempre justo, siempre
bueno, entrega la Tierra al gobierno de los Napole?n III, de los
Guillermo I, de los Fernando de Austria y de los Alejandro de
todas las Rusias.
Tales son los cuentos absurdos que se divulgan y tales son las
doctrinas monstruosas que se ense?an en pleno siglo XIX, en todas
las escuelas populares de Europa, por orden expresa de los
gobiernos. ?A eso se llama civilizar a los pueblos! ?No es evidente
que todos esos gobiernos son los envenenadores sistem?ticos,
los embrutecedores interesados de las masas populares?
Me he dejado arrastrar lejos de mi asunto, por la c?lera que
se apodera de m? siempre que pienso en los innobles y criminales
medios que se emplean para conservar las naciones en una esclavitud
eterna, a fin de poder esquilmarlas mejor, sin duda alguna.
?Qu? significan los cr?menes de todos los Tropmann del mundo,
en presencia de ese crimen de lesa humanidad que se comete
diariamente, en pleno d?a, en toda la superficie del mundo civilizado,
por aquellos mismos que se atreven a llamarse tutores y
padres de pueblos? Vuelvo al mito del pecado original.
Dios dio raz?n a Satan?s y reconoci? que el diablo no hab?a
enga?ado a Ad?n y a Eva prometi?ndolos la ciencia y la libertad,
como recompensa del acto de desobediencia que les hab?a
inducido a cometer; porque tan pronto como hubieron comido
del fruto prohibido, dios se dijo a s? mismo (v?ase la Biblia):
?He aqu? que el hombre se ha convertido en uno de nosotros,
sabe del bien y del mal; impid?mosle, pues, comer del fruto de la
vida eterna, a fin de que no se haga inmortal como nosotros?.
Dejemos ahora a un lado la parte fabulesca de este mito y
consideremos su sentido verdadero. El sentido es muy claro. El
hombre se ha emancipado, se ha separado de la animalidad y se
ha constituido como hombre; ha comenzado su historia y su
desenvolvimiento propiamente humano por un acto de desobediencia
y de ciencia, es decir por la rebeld?a y por el pensamiento.
14 / MIJAIL BAKUNIN
Tres elementos o, si quer?is, tres principios fundamentales,
constituyen las condiciones esenciales de todo desenvolvimiento
humano, tanto colectivo como individual, en la historia: 1? la
animalidad humana; 2? el pensamiento; y 3? la rebeld?a. A la
primera corresponde propiamente la econom?a social y privada;
a la segunda, la ciencia y a la tercera, la libertad.
Los idealistas de todas las escuelas, arist?cratas y burgueses,
te?logos y metaf?sicos, pol?ticos y moralistas, religiosos, fil?sofos
o poetas ?sin olvidar los economistas liberales, adoradores
desenfrenados de lo ideal, como se sabe?, se ofenden mucho cuando
se les dice que el hombre, con toda su inteligencia magn?fica,
sus ideas sublimes y sus aspiraciones infinitas, no es, como todo
lo que existe en el mundo, m?s que materia, m?s que un producto
de esa vil materia.
Podr?amos responderles que la materia de que hablan los materialistas
?materia espont?nea y eternamente m?vil, activa, productiva;
materia qu?mica u org?nicamente determinada, y manifestada
por las propiedades o las fuerzas mec?nicas, f?sicas, animales
o inteligentes que le son inherentes por fuerza? no tiene
nada en com?n con la vil materia de los idealistas. Esta ?ltima,
producto de su falsa abstracci?n, es efectivamente un ser est?pido,
inanimado, inm?vil, incapaz de producir la menor de las
cosas, un caput mortum, una rastrera imaginaci?n opuesta a esa
bella imaginaci?n que llaman dios, ser supremo ante el que la
materia, la materia de ellos, despojada por ellos mismos de todo
lo que constituye la naturaleza real, representa necesariamente
el supremo Nada. Han quitado a la materia la inteligencia, la
vida, todas las cualidades determinantes, las relaciones activas o
las fuerzas, el movimiento mismo sin el cual la materia no ser?a
siquiera pesada, no dej?ndole m?s que la imponderabilidad y la
inmovilidad absoluta en el espacio; han atribuido todas esas fuerzas,
propiedades y manifestaciones naturales, al ser imaginario
creado por su fantas?a abstractiva; despu?s, tergiversando los
papeles, han llamado a ese producto de su imaginaci?n, a ese
fantasma, a ese dios que es la Nada: ?Ser supremo?, y, por consiguiente,
han declarado que el ser real, la materia, el mundo, es
la Nada. Despu?s de eso vienen a decirnos gravemente que esa
materia es incapaz de producir nada, ni aun de ponerse en movimiento
por s? misma, y que por consiguiente ha debido ser creada
por dios.
DIOS Y EL ESTADO / 15
En otro escrito* he puesto al desnudo los absurdos verdaderamente
repulsivos a que se es llevado fatalmente por esa imaginaci?n
de un dios, sea personal, sea creador y ordenador de
los mundos; sea impersonal y considerado como una especie de
alma divina difundida en todo el universo, del que constituir?a el
principio eterno; o bien como idea indefinida y divina, siempre
presente y activa en el mundo y manifestada siempre por la totalidad
de seres materiales y finitos. Aqu? me limitar? a hacer resaltar
un solo punto.
Se concibe perfectamente el desenvolvimiento sucesivo del
mundo material, tanto como de la vida org?nica, animal, y de la
inteligencia hist?ricamente progresiva, individual y social, del
hombre en ese mundo. Es un movimiento en absoluto natural de
lo simple a lo compuesto, de abajo a arriba o de lo inferior a lo
superior; un movimiento conforme a todas nuestras experiencias
diarias, y por consiguiente conforme tambi?n a nuestra l?gica
natural, a las propias leyes de nuestro esp?ritu que, no conform?ndose
nunca y no pudiendo desarrollarse m?s que con la
ayuda de esas mismas experiencias, no es, por decirlo as?, m?s
que la reproducci?n mental, cerebral, o su resumen reflexivo.
El sistema de los idealistas nos presenta completamente lo
contrario. Es el trastorno absoluto de todas las experiencias humanas
y de ese buen sentido universal y com?n que es condici?n
esencial de toda entente humana y que, elev?ndose de esa verdad
tan simple y tan un?nimemente reconocida de que dos veces dos
hacen cuatro, hasta las consideraciones cient?ficas m?s sublimes
y m?s complicadas, no admitiendo por otra parte nunca nada
que no sea severamente confirmado por la experiencia o por la
observaci?n de las cosas o de los hechos, constituye la ?nica
base seria de los conocimientos humanos.
En lugar de seguir la v?a natural de abajo a arriba, de lo inferior
a lo superior, y de lo relativamente simple a lo m?s complicado;
en lugar de acompa?ar prudente, racionalmente, el movimiento
progresivo y real del mundo llamado inorg?nico al mundo
org?nico, vegetal, despu?s animal, y despu?s especialmente
* Se refiere a las Consideraciones filos?ficas sobre el fantasma divino, sobre
el mundo real y sobre el hombre, publicado en castellano con el t?tulo
Consideraciones filos?ficas juntamente con otros trabajos del autor (Editorial
La Protesta, Buenos Aires, 1926). [N. de la E.]
16 / MIJAIL BAKUNIN
humano; de la materia qu?mica o del ser qu?mico a la materia
viva o al ser vivo, y del ser vivo al ser pensante, los idealistas,
obsesionados, cegados e impulsados por el fantasma divino que
han heredado de la teolog?a, toman el camino absolutamente
contrario. Proceden de arriba a abajo, de lo superior a lo inferior,
de lo complicado a lo simple. Comienzan por dios, sea como
persona, sea como sustancia o idea divina, y el primer paso que
dan es una terrible voltereta de las alturas sublimes del eterno
ideal al fango del mundo material; de la perfecci?n absoluta a la
imperfecci?n absoluta; del pensamiento al Ser, o m?s bien del
Ser Supremo a la Nada. Cu?ndo, c?mo y por qu? el ser divino,
eterno, infinito, lo Perfecto absoluto, probablemente hastiado
de s? mismo, se ha decidido al salto mortale desesperado; he ah?
lo que ning?n idealista, ni te?logo, ni metaf?sico, ni poeta ha
sabido comprender jam?s ?l mismo ni explicar a los profanos.
Todas las religiones pasadas y presentes y todos los sistemas de
filosof?a trascendentes ruedan sobre ese ?nico o inicuo1 misterio.
Santos hombres, legisladores inspirados, profetas, mes?as,
buscaron en ?l la vida y no hallaron m?s que la tortura y la
muerte. Como la esfinge antigua, los ha devorado, porque no
han sabido explicarlo. Grandes fil?sofos, desde Her?clito y Plat?n
hasta Descartes, Spinoza, Leibniz, Kant, Fichte, Schelling y Hegel,
sin hablar de los fil?sofos hind?es, han escrito montones de vol?menes
y han creado sistemas tan ingeniosos como sublimes, en
los cuales dijeron de paso muchas bellas y grandes cosas y descubrieron
verdades inmortales, pero han dejado ese misterio,
objeto principal de sus investigaciones trascendentes, tan insondable
como lo hab?a sido antes de ellos. Pero puesto que los
esfuerzos gigantes ?como de los m?s admirables genios que el
mundo conoce y que durante treinta siglos al menos, han emprendido
siempre de nuevo ese trabajo de S?sifo? no han culminado
sino en la mayor incomprensi?n a?n de ese misterio, ?podremos
esperar que nos ser? descubierto hoy por las especulaciones
rutinarias de alg?n disc?pulo pedante de una metaf?-
1 Lo llamo ?inicuo?, porque, como creo haberlo demostrado en mis
Consideraciones filos?ficas a que hice menci?n, este misterio ha sido y
contin?a siendo todav?a la consagraci?n de todos los horrores que se han
cometido y que se cometen en el mundo humano; y lo llamo ??nico?
porque todos los otros absurdos teol?gicos y metaf?sicos que embrutecen
el esp?ritu de los hombres no son m?s que sus consecuencias necesarias.
DIOS Y EL ESTADO / 17
sica artificiosamente recalentada, y eso en una ?poca en que todos
los esp?ritus vivientes y serios se han desviado de esa ciencia
explicable, surgida de una transacci?n, hist?ricamente explicable
sin duda, entre la irracionalidad de la fe y la sana raz?n
cient?fica?
Es evidente que este terrible misterio es inexplicable, es decir
que es absurdo, porque lo absurdo es lo ?nico que no se puede
explicar. Es evidente que el que tiene necesidad de ?l para su
dicha, para su vida, debe renunciar a su raz?n y, volviendo si
puede a la fe ingenua, ciega, est?pida, repetir con Tertuliano y
con todos los creyentes sinceros, estas palabras que resumen la
quintaesencia misma de la teolog?a: Credo quia absurdum. Entonces
toda discusi?n cesa, y no queda m?s que la estupidez triunfante
de la fe. Pero entonces se promueve tambi?n otra cuesti?n:
?C?mo puede nacer en un hombre inteligente e instruido la necesidad
de creer en ese misterio?
Que la creencia en un dios creador, ordenador y juez, amo,
maldiciente, salvador y bienhechor del mundo se haya conservado
en el pueblo, y sobre todo en las poblaciones rurales, mucho
m?s a?n que en el proletariado de las ciudades, nada m?s
natural. El pueblo, desgraciadamente, es todav?a muy ignorante;
y es mantenido en su ignorancia por los esfuerzos sistem?ticos
de todos los gobiernos, que consideran esa ignorancia, no
sin raz?n, como una de las condiciones m?s esenciales de su propia
potencia. Aplastado por su trabajo cotidiano, privado de
ocio, de comercio intelectual, de lectura, en fin, de casi todos los
medios y de una buena parte de los estimulantes que desarrollan
la reflexi?n en los hombres, el pueblo acepta muy a menudo sin
cr?tica y en conjunto las tradiciones religiosas que, envolvi?ndolo
desde su nacimiento en todas las circunstancias de su vida, y
artificialmente mantenidas en su seno por una multitud de
envenenadores oficiales de toda especie, sacerdotes y laicos, se
transforman en ?l en una suerte de h?bito mental y moral, demasiado
a menudo m?s poderoso que su buen sentido natural.
Hay otra raz?n que explica y que legitima en cierto modo las
creencias absurdas del pueblo. Es la situaci?n miserable a que se
encuentra fatalmente condenado por la organizaci?n econ?mica
de la sociedad en los pa?ses m?s civilizados de Europa, reducido,
intelectual y moralmente tanto como en su condici?n material,
al m?nimo de una existencia humana, encerrado en su vida como
18 / MIJAIL BAKUNIN
un prisionero en su prisi?n, sin horizontes, sin salida, sin porvenir
mismo, si se cree a los economistas, el pueblo deber?a tener el
alma singularmente estrecha y el instinto achatado de los burgueses
para no experimentar la necesidad de salir de ese estado;
pero para eso no hay m?s que tres medios, dos de ellos ilusorios
y el tercero real. Los dos primeros son el burdel y la iglesia, el
libertinaje del cuerpo y el libertinaje del alma; el tercero es la
revoluci?n social. De donde concluyo que esta ?ltima ?nicamente,
mucho m?s al menos que todas las propagandas te?ricas de
los librepensadores, ser? capaz de destruir hasta los mismos rastros
de las creencias religiosas y de los h?bitos de desarreglo en
el pueblo, creencias y h?bitos que est?n m?s ?ntimamente ligados
de lo que se piensa; y que, sustituyendo los goces a la vez
ilusorios y brutales de ese libertinaje corporal y espiritual, por
los goces tan delicados como reales de la humanidad plenamente
realizada en cada uno de nosotros y en todos, la revoluci?n
social ?nicamente tendr? el poder de cerrar al mismo tiempo
todos los burdeles y todas las iglesias.
Hasta entonces, el pueblo, tomado en masa, creer?, y si no
tiene raz?n para creer, tendr? al menos el derecho.
Hay una categor?a de gentes que, si no cree, debe al menos
aparentar que cree. Son todos los atormentadores, todos los opresores
y todos los explotadores de la humanidad. Sacerdotes, monarcas,
hombres de Estado, hombres de guerra, financistas p?blicos
y privados, funcionarios de todas las especies, polic?as,
carceleros y verdugos, monopolizadores, capitalistas, empresarios
y propietarios, abogados, economistas, pol?ticos de todos
los colores, hasta el ?ltimo comerciante, todos repetir?n al un?sono
estas palabras de Voltaire:
Si dios no existiese habr?a que inventarlo.
Porque, comprender?is, es preciso una religi?n para el pueblo.
Eso es la v?lvula de seguridad.
Existe, en fin, una categor?a bastante numerosa de almas honestas,
pero d?biles, que, demasiado inteligentes para tomar en
serio los dogmas cristianos, los rechazan en detalle, pero no tienen
ni el valor, ni la fuerza, ni la resoluci?n necesarios para rechazarlos
totalmente. Dejan a vuestra cr?tica todos los absurdos
particulares de la religi?n, se burlan de todos los milagros, pero
DIOS Y EL ESTADO / 19
se aferran con desesperaci?n al absurdo principal, fuente de todos
los dem?s, al milagro que explica y leg?tima todos los otros
milagros: a la existencia de dios. Su dios no es el ser vigoroso y
potente, el dios brutalmente positivo de la teolog?a. Es un ser
nebuloso, di?fano, ilusorio, de tal modo ilusorio que cuando se
cree palparle se transforma en Nada; es un milagro, un fuego
fatuo que ni calienta ni ilumina. Y sin embargo sostienen y creen
que si desapareciese, desaparecer?a todo con ?l. Son almas inciertas,
enfermizas, desorientadas en la civilizaci?n actual, que no
pertenecen ni al presente ni al porvenir, p?lidos fantasmas eternamente
suspendidos entre el cielo y la tierra, y que ocupan entre
la pol?tica burguesa y el socialismo del proletariado absolutamente
la misma posici?n. No se sienten con fuerza ni para
pensar hasta el fin, ni para querer, ni para resolver, y pierden su
tiempo y su labor esforz?ndose siempre por conciliar lo inconciliable.
En la vida p?blica se llaman socialistas burgueses.
Ninguna discusi?n con ellos ni contra ellos es posible. Est?n
demasiado enfermos.
Pero hay un peque?o n?mero de hombres ilustres, de los cuales
nadie se atrever? a hablar sin respeto, y de los cuales nadie
pensar? en poner en duda ni la salud vigorosa, ni la fuerza de
esp?ritu, ni la buena fe. Baste citar los nombres de Mazzini, de
Michelet, de Quinet, de John Stuart Mill2. Almas generosas y
fuertes, grandes corazones, grandes esp?ritus, grandes escritores
y, el primero, resucitador heroico y revolucionario de una gran
naci?n, son todos ap?stoles del idealismo y los adversarios apasionados
del materialismo, y por consiguiente tambi?n del socialismo,
en filosof?a como en pol?tica.
Es con ellos con quienes hay que discutir esta cuesti?n.
Comprobemos primero que ninguno de los hombres ilustres
que acabo de mencionar, ni ning?n otro pensador idealista un
poco importante de nuestros d?as, se ha ocupado propiamente
de la parte l?gica de esta cuesti?n. Ninguno ha tratado de resolver
filos?ficamente la posibilidad del salto mortale divino de las
2 Stuart Mill es quiz?s el ?nico de quien es permitido poner en duda el
idealismo serio, y eso por dos razones: la primera es que si no es absolutamente
el disc?pulo, es un admirador apasionado, un adherente de la filosof?a
positiva de Comte, filosof?a que, a pesar de sus reticencias numerosas, es
realmente atea; la segunda es que Stuart Mill es ingl?s, y en Inglaterra
proclamarse ateo es ponerse al margen de la sociedad, aun hoy mismo.

Leer m?s en: http://www.quijotelibros.com.ar/anarres/Dios_y_el_estado.pdf

?


Tags: Dios y el Estado, Bakunin, Marx, Freud, animal, esclavitud, materialistas

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