Mi?rcoles, 27 de abril de 2011
Washington embarrancado

Tom Dispatch

Traducido del ingl?s para Rebeli?n por Germ?n Leyens

Introducci?n del editor de Tom Dispatch

?Las potencias imperiales se protegen de los riesgos. El ejemplo reciente m?s impresionante es Egipto. Mientras el Pent?gono inyectaba dinero en las fuerzas armadas egipcias (aproximadamente 40.000 millones de d?lares desde 1979), gracias a WikiLeaks sabemos que el gobierno entregaba montos mucho m?s peque?os (millones, no miles de millones) a diversas ?organizaciones financiadas por el gobierno de EE.UU.? con ciertas relaciones con el Congreso o con los partidos dem?crata y republicano. Parte de ese dinero, a su vez, se invert?a en ?campa?as de construcci?n de la democracia? orientadas a ense?ar a j?venes activistas egipcios c?mo organizar un movimiento contra su gobernante autocr?tico, c?mo hacer mejor uso de las redes sociales, etc.

En otras palabras, en Egipto (y en otros sitios de Medio Oriente) Washington financiaba tanto a los aut?cratas como a los j?venes activistas que se les opon?an y quienes jugaron un papel crucial en Egipto en el movimiento de la Plaza Tahrir que derroc? al presidente Hosni Mubarak. Como dijo al New York Times uno de los activistas: ?Aunque apreciamos el entrenamiento que recibimos a trav?s de las ONG patrocinadas por el gobierno de EE.UU., y nos ayudaron en nuestras luchas,?somos conscientes de que el mismo gobierno tambi?n entren? al servicio de investigaci?n de seguridad del Estado, responsable del acoso y encarcelamiento de muchos de nosotros?.

Mientras tanto, gracias a otros documentos del Departamento de Estado publicados recientemente por WikiLeaks, sabemos que, por lo menos en un pa?s de Medio Oriente donde Washington no apoy? con entusiasmo al aut?crata local ?Siria? el Departamento de Estado canaliz? cantidades importantes de dinero hacia el ?financiamiento secreto de? grupos pol?ticos opositores y proyectos relacionados, incluido un canal de televisi?n satelital que transmite programaci?n antigubernamental al el pa?s?. Preparaba, en otras palabras, una nueva elite para un futuro ?cambio de r?gimen?.

Es una especie de grotesca iron?a que una parte significativa del alto comando militar egipcio haya estado a finales de enero en Virginia del Norte, asistiendo a una reuni?n anual del Comit? de Cooperaci?n Militar Egipto-EE.UU., cuando se arm? la grande en la Plaza Tahrir, gracias a esos activistas egipcios, algunos entrenados con dinero de Washington. La creaci?n o apoyo de?elites, como escriben Alfred McCoy y Brett Reilly, siempre ha sido crucial en el manejo de los imperios globales. E incluso las elites clientes es uno de los temas a los que pocas veces se dedica mucha atenci?n, a pesar de que Gran Breta?a, por ejemplo, gobern? durante interminables d?cadas el Raj Indio con eficiencia impresionante, aunque opresora, con una cantidad sorprendentemente peque?a de personal de Inglaterra. ?De qu? otra manera, despu?s de todo, pod?a seguir existiendo un imperio global? Y sin embargo, a medida que decrece la fuerza y la influencia de la gran potencia, esas apuestas ?como la que Washington hizo en Egipto? comienzan a salir mal, desde un punto de vista imperial. Si McCoy, colaborador regular de TomDispatch y autor reciente de Policing America?s Empire, y Reilly tienen raz?n, el toque de Washington cuando se trata de mantener en l?nea a elites locales puede ciertamente haberse embarrancado. Tom

Washington embarrancado

Un imperio de aut?cratas, arist?cratas y matones uniformados comienza a tambalearse

Alfred W. McCoy y Brett Reilly

En uno de los accidentes afortunados de la historia, la yuxtaposici?n de dos eventos extraordinarios ha puesto al desnudo la arquitectura del poder global de EE.UU. En noviembre pasado, WikiLeaks salpic? retazos de cables de embajadas de EE.UU., cargados de comentarios abusivos sobre dirigentes nacionales de Argentina a Zimbabue, en las primeras planas de peri?dicos de todo el mundo. Entonces, solo unas pocas semanas m?s tarde, Medio Oriente hizo erupci?n en manifestaciones por la democracia contra los dirigentes autocr?ticos de la regi?n, muchos de ellos estrechos aliados de EE.UU. cuyos puntos vulnerables se hab?an detallado convenientemente en esos mismos cables diplom?ticos.

Repentinamente, se pudieron ver los fundamentos del orden mundial de EE.UU. basados significativamente en dirigentes nacionales que sirven a Washington como leales ?elites subordinadas? que son, en realidad, una abigarrada colecci?n de aut?cratas, arist?cratas y matones uniformados. Tambi?n qued? a la vista la l?gica m?s amplia de decisiones de pol?tica exterior estadounidense durante el ?ltimo medio siglo que de otra manera era inexplicable.

?Por qu? la CIA iba a arriesgarse a controversias en 1956, en el cl?max de la Guerra Fr?a, derrocando a un l?der tan aceptado como Sukarno en Indonesia o alentando el asesinato del aut?crata cat?lico Ngo Dinh Diem en Saig?n en 1963? La respuesta?-gracias a WikiLeaks y a la ?primavera ?rabes? queda ahora mucho m?s clara? es que ambos eran subordinados elegidos por Washington hasta que el uno y el otro se convirtieron en insubordinados y descartables.

?Por qu?, medio siglo despu?s, traicion? Washington sus supuestos principios democr?ticos respaldando al presidente egipcio Hosni Mubarak contra millones de manifestantes y luego, cuando flaque?, utiliz? su influencia para reemplazarlo, por lo menos inicialmente, por su jefe de inteligencia Omar Suleiman, un sujeto bien conocido por dirigir las c?maras de tortura de El Cairo (y prest?rselas a Washington)? De nuevo, la respuesta es: porque ambos fueron subordinados fiables que hab?an servido durante mucho tiempo los intereses de Washington en ese crucial Estado ?rabe.

En todo Gran Medio Oriente, desde T?nez y Egipto a Bahr?in y Yemen, las protestas democr?ticas amenazan con barrer a elites subordinadas cruciales para el despliegue del poder estadounidense. Por supuesto todos los imperios modernos se han basado en testaferros fiables para convertir su poder global en control local ?y para la mayor?a, en cuanto esas elites comenzaban a agitarse, a ser impertinentes y fijar sus propias intenciones, lleg? tambi?n el momento en el que qued? claro que el colapso imperial era una de las posibilidades.

Si las ?revoluciones de terciopelo? que se extendieron por la Europa Oriental de 1989 dieron el toque de despedida al imperio sovi?tico, las ?revoluciones de jazm?n? que se propagan por Medio Oriente podr?an marcar el principio del fin del poder global estadounidense.

Los militares son puestos a cargo

Para comprender la importancia de las elites locales, hay que volver a los primeros d?as de la Guerra Fr?a cuando una Casa Blanca desesperada buscaba algo, cualquier cosa, que pudiera detener la propagaci?n aparentemente imparable de lo que Washington ve?a como un sentimiento antiestadounidense y pro comunista. En diciembre de 1954, el Consejo Nacional de Seguridad (NSC) se reuni? en la Casa Blanca para elaborar una estrategia que pudiera amansar a las poderosas fuerzas nacionalistas de cambio que crec?an en el globo.

En toda Asia y ?frica, una media docena de imperios europeos que hab?an garantizado el orden global durante m?s de un siglo daban paso a 100 nuevas naciones, muchas ?desde el punto de vista de Washington? susceptibles de ?subversi?n comunista?. En Latinoam?rica hab?a atisbos de oposici?n izquierdista a la creciente pobreza urbana y a la carencia de tierras en el campo.

Despu?s de un an?lisis de las ?amenazas? que enfrentaban a EE.UU. en Latinoam?rica, el influyente secretario del Tesoro, George Humphrey, inform? a sus colegas del NSC que deber?an de ?dejar de hablar tanto de democracia? y??apoyar dictaduras derechistas si sus pol?ticas eran pro estadounidenses?. En ese momento, en un destello de visi?n estrat?gica, Dwight Eisenhower interrumpi? para se?alar que lo que Humphrey estaba diciendo, era en realidad: ?Est? bien si son nuestros hijueputas?.

Fue una ocasi?n memorable, porque el presidente de EE.UU. acababa de articular con total claridad el sistema de dominaci?n global que Washington implementar?a durante los 50 a?os siguientes, dejando de lado los principios democr?ticos a favor de una dura realpolitik de respaldo a cualquier dirigente fiable dispuesto a apoyar a EE.UU. construyendo as? una red mundial de dirigentes nacionales (y a menudo nacionalistas) que pusieran, en un santiam?n, las necesidades de Washington por encima de las de sus?pa?ses.

Durante toda la Guerra Fr?a, EE.UU. favoreci? a aut?cratas militares en Latinoam?rica, arist?cratas en todo Medio Oriente y una mezcla de dem?cratas y dictadores en Asia. En 1958 los?golpes militares en Tailandia e Iraq concentraron repentinamente la atenci?n en los militares del Tercer Mundo como fuerzas que hab?a que considerar. Entonces el gobierno de Eisenhower decidi? llevar a dirigentes militares extranjeros a EE.UU. para darles m?s ?capacitaci?n? con el fin de facilitar ??el manejo? de las fuerzas de cambio liberadas por el desarrollo? de esas naciones emergentes. Desde entonces, Washington canaliz? ayuda militar hacia el cultivo de las fuerzas armadas de aliados y potenciales aliados en todo el mundo, mientras utilizaba ?misiones de entrenamiento? para crear v?nculos cruciales entre los militares de EE.UU. y los cuerpos de oficiales de un pa?s tras otro, -o, donde las elites subordinadas no parec?an serlo suficientemente, para ayudar a identificar dirigentes alternativos.

Cuando los presidentes civiles se insubordinaban entraba en acci?n la CIA promoviendo golpes que llevaron al poder a sucesores militares confiables ?reemplazando al primer ministro iran? Mohamad Mossadeq, quien trat? de nacionalizar el petr?leo de su pa?s, por el general Fazlollah Zahedi (y luego el joven Shah) en 1953; al presidente Sukarno por el general Suharto en Indonesia durante la d?cada siguiente; y, claro est?, al presidente Salvador Allende por el general Pinochet en Chile en 1973, por nombrar solo tres de los casos correspondientes.

En los primeros a?os del Siglo XXI, la confianza de Washington en los militares de sus Estados clientes no dej? de aumentar. EE.UU., por ejemplo, prodig? 1.300 millones de d?lares de?ayuda al a?o a los militares de Egipto, pero invirti? solo 250 millones de d?lares al a?o en el desarrollo econ?mico del pa?s. Como resultado, cuando los manifestaciones estremecieron al r?gimen en El Cairo en enero pasado, como inform? el New York Times, dio su resultado la inversi?n de treinta a?os cuando los generales estadounidenses? y agentes de inteligencia llamaron sin bombo ni platillos? a los amigos con los que se hab?an entrenado?, incitando exitosamente a que el ej?rcito apoyara una ?transici?n pac?fica? hacia, claro est?, un r?gimen militar.

En otros sitios de Medio Oriente, Washington ha seguido, desde los a?os cincuenta, la preferencia imperial brit?nica por arist?cratas ?rabes privilegiando a aliados que incluyeron al shah (Ir?n), sultanes ( Abu Dabi, Om?n), emires (Bahr?in, Kuwait, Qatar, Dubai), y reyes (Arabia Saud?, Jordania, Marruecos). Por toda esa vasta y vol?til regi?n desde Marruecos a Ir?n, Washington cortej? a esos reg?menes mon?rquicos con alianzas militares, sistemas de armas estadounidenses, apoyo de la CIA a la seguridad local, un refugio seguro estadounidense para su capital y favores especiales para sus elites, incluido el acceso a instituciones educativas en EE.UU. o escuelas en el exterior del Departamento de Defensa para sus hijos.

En 2005, la secretaria de Estado Condoleezza Rice resumi? este historial como sigue: ?Durante 60 a?os, EE.UU. busc? la estabilidad a costa de la democracia? en Medio Oriente, y no logramos ni lo uno ni lo otro.?

C?mo sol?a funcionar

EE.UU. no es de ninguna manera el primer poder hegem?nico que bas? su poder global en la telara?a de v?nculos personales con dirigentes locales. En los Siglos XVIII y XIX, Gran Breta?a pudo imperar sobre las olas (como EE.UU. despu?s domin? los cielos), pero cuando lleg? a tierra necesit? aliados locales, como por ejemplo?imperios del pasado, que pudieran servir de intermediarios en el control de sociedades complejas y vol?tiles. De otra manera, ?c?mo podr?a una peque?a naci?n insular de solo 40 millones con un ej?rcito de solo 99.000 hombres gobernar un imperio global de unos 400 millones, casi un cuarto de toda la humanidad?

Desde 1850 a 1950, Gran Breta?a control? sus colonias mediante una serie extraordinaria de aliados locales ?desde los jefes de las islas Fiji a los sultanes malayos, maharaj?s indios y emires africanos. Simult?neamente, mediante elites subordinadas, Gran Breta?a rein? sobre un ?imperio informal? que inclu?a emperadores (de Pek?n a Estambul), reyes (de Bangkok a El Cairo) y presidentes (de Buenos Aires a Caracas). En su cl?max en 1880, el imperio informal de Gran Breta?a en Latinoam?rica, Medio Oriente y China era mayor en poblaci?n que sus posesiones coloniales formales en India y ?frica. Todo su imperio global, que cubr?a casi la mitad de la humanidad, se bas? en esos finos v?nculos de cooperaci?n con elites locales leales.

Despu?s de cuatro siglos de incesante expansi?n imperial, sin embargo, los cinco principales imperios europeos en ultramar fueron repentinamente borrados del globo en un cuarto de siglo de descolonizaci?n. Entre 1947 y 1974 los imperios belga, brit?nico, holand?s, franc?s y portugu?s desaparecieron r?pidamente de Asia y ?frica, cediendo el paso a cien nuevas naciones, m?s de la mitad de los actuales Estados soberanos. Al buscar una explicaci?n de este repentino y arrollador cambio, la mayor?a de los eruditos est?n de acuerdo con el historiador imperial brit?nico Ronald Robinson, quien genialmente argument? que ?cuando a los gobernantes coloniales se les acabaron los colaboracionistas ind?genas?, su poder comenz? a palidecer.

Durante la Guerra Fr?a, que coincidi? con esta era de r?pida descolonizaci?n, las dos superpotencias del mundo volvieron a los mismos m?todos utilizando regularmente sus agencias de espionaje para manipular a los dirigentes de los Estados recientemente independizados. El KGB de la Uni?n Sovi?tica y sus sustitutos como el Stasi de Alemania Oriental y Securitate en Rumania impusieron la conformidad pol?tica en los 14 Estados sat?lites sovi?ticos en Europa Oriental y desafiaron a EE.UU. en la busca de aliados leales en el Tercer Mundo. Simult?neamente, la CIA control? las lealtades de presidentes, aut?cratas y dictadores en cuatro continentes, utilizando golpes, sobornos y penetraci?n clandestina para controlar y, cuando fue necesario, eliminar a dirigentes fastidiosos.

En una era de sentimiento nacionalista, sin embargo, la lealtad de las elites locales result? ser un asunto complejo. Muchas eran impulsadas por lealtades conflictivas y a menudo profundos sentimientos de nacionalismo, lo que significaba que hab?a que controlarlas muy de cerca. Tan cr?ticas eran esas elites subordinadas, y tan problem?ticas eran sus repetidas insubordinaciones, que la CIA lanz? repetidamente arriesgadas operaciones clandestinas para controlarlas, provocando algunas de las grandes crisis de la Guerra Fr?a.

Ante el aumento de su sistema de control global en una era de independencia posterior a la Segunda Guerra Mundial,?Washington no pudo seguir trabajando simplemente con testaferros o marionetas, sino con aliados que ?aunque desde posiciones m?s d?biles? todav?a trataban de maximizar lo que consideraban?los intereses de sus naciones (as? como los suyos propios). Incluso en la cima del poder global estadounidense en los a?os cincuenta, cuando su dominaci?n era casi indiscutible, Washington se vio obligado a duras negociaciones con Raymond Magsaysay en las Filipinas, el aut?crata sudcoreano Syngman Rhee y Ngo Dinh Diem de Vietnam del Sur.

En Corea del Sur durante los a?os sesenta, por ejemplo, el general Park Chung Hee, entonces presidente, negoci? despliegues de tropas a Vietnam por miles de millones de d?lares de EE.UU. para el desarrollo, que ayudaron a activar el ?milagro? econ?mico del pa?s. Al hacerlo, Washington pag? la cuenta, pero consigui? lo que m?s quer?a: 50.000 de esos duros soldados coreanos como ayudantes pagados para su impopular guerra de Vietnam.

El mundo despu?s de la Guerra Fr?a

Despu?s de que cay? el Muro de Berl?n en 1989, al terminar la Guerra Fr?a Mosc? perdi? r?pidamente sus Estados sat?lites de Estonia a Azerbaiy?n, cuando los sustitutos sovi?ticos, otrora leales, fueron derrocados o abandonaron el barco a la deriva del imperio. Para Washington, el ?vencedor? y pronto la ??nica superpotencia? del planeta Tierra, el mismo proceso comenzar?a pronto, pero a un ritmo mucho m?s lento.

Durante las dos d?cadas siguientes, la globalizaci?n promovi? un sistema multipolar de potencias ascendientes en Pek?n, Nueva Delhi, Mosc?, Ankara y Brasilia, incluso mientras un sistema desnacionalizado de poder corporativo reduc?a la dependencia de las econom?as en desarrollo de alg?n Estado en especial, por imperial que fuera. Con la decadencia de su capacidad de controlar a las elites, Washington ha enfrentado la competencia ideol?gica del fundamentalismo isl?mico, de los reg?menes reguladores europeos, del capitalismo de Estado chino y de la creciente marea de nacionalismo econ?mico en Latinoam?rica.

A medida que el poder y la influencia de EE.UU. disminu?an, los intentos de Washington de controlar a sus elites comenzaron a fallar, a menudo de manera espectacular ?incluyendo sus esfuerzos por derrocar a su pesadilla, Hugo Ch?vez de Venezuela, en un golpe chapucero en 2002, de separar a su aliado Mijeil Saakashvili de Georgia de la ?rbita rusa en 2008, y de deponer a su n?mesis Mahmud Ahmadineyad en las elecciones iran?es de 2009. Donde otrora bastaba un golpe de la CIA o dinero clandestino para derrotar a un antagonista, el gobierno de Bush necesit? una invasi?n masiva?para derrocar a un solo dictador engorroso, Sadam Hussein. Incluso entonces vio que sus planes para cambios subsiguientes de r?gimen en Siria e Ir?n se bloquearon cuando esos Estados ayudaron, en su lugar, a una devastadora insurgencia contra las fuerzas de EE.UU. dentro de Iraq.

De la misma manera, a pesar de inyecciones de miles de millones de d?lares de ayuda extranjera, a Washington le ha resultado casi imposible controlar al presidente afgano que instal? en el poder, Hamid Karzai, quien resumi? memorablemente ante los enviados estadounidenses su d?scola relaci?n con Washington como sigue: ?Si busc?is un t?tere, y lo llam?is socio, no. Si busc?is un socio, s?.?

Entonces, a finales de 2010, WikiLeaks comenz? a distribuir esos miles de cables diplom?ticos estadounidenses que ofrecen visiones no censuradas del control debilitado de Washington sobre el sistema de poder por medio de sustitutos que construy? durante 50 a?os. Al leer esos documentos, el periodista israel? Aluf Benn de Haaretz pudo ver ?la ca?da del imperio estadounidense, la decadencia de una superpotencia que gobern? el mundo a fuerza de su supremac?a militar y econ?mica?. ?Los embajadores estadounidenses?, agreg? ??ya no son recibidos en las capitales del mundo como ?altos comisionados?? [son] bur?cratas cansados [quienes] pasan sus d?as escuchando aburridos las conversaciones de sus anfitriones, sin recordarles qui?n es la superpotencia y qui?n es el Estado cliente?.

Por cierto, lo que muestran los documentos de WikiLeaks es un Departamento de Estado con dificultades para manejar por todos los medios posibles un sistema global desafiante de elites cada vez m?s insubordinadas ?a trav?s de intrigas para reunir informaci?n e inteligencia necesaria, actos amistosos con el prop?sito de comprar conformidad, amenazas para forzar a cooperar y miles de millones de d?lares de ayuda malgastados para comprar influencia. A principios de 2009, por ejemplo, el Departamento de Estado instruy? a sus embajadas de todo el mundo para que jugaran a ser polic?a imperial recolectando datos exhaustivos sobre dirigentes locales, incluyendo ?direcciones de correo electr?nico, n?meros de tel?fono y fax, huellas digitales, im?genes faciales, ADN, y escaneado de ojos?. Mostrando su necesidad, como cualquier gobernador colonial, de informaci?n incriminatoria sobre la gente del lugar, el Departamento de Estado tambi?n presion? a su embajada en Bahr?in por medio de s?rdidos detalles, da?inos en una sociedad isl?mica, sobre los pr?ncipes herederos del reino, y pregunt?: ??Hay alguna informaci?n derogatoria sobre alguno de los pr?ncipes? ?Bebe alcohol alguno de los pr?ncipes? ?Consumen drogas algunos de ellos??

Con la arrogancia de enviados de los ?ltimos d?as del imperio, los diplom?ticos estadounidenses parecieron buscar poder para dominar, desde?ando ?la postura neo-otomana de los turcos en Medio Oriente y los Balcanes?, o conociendo las debilidades de sus elites subordinadas, por ejemplo la ?voluptuosa rubia? enfermera del coronel Muamar Gadafi, el morboso miedo a los golpes militares del presidente paquistan? Asif Ali Zardari o los 52 millones de d?lares de fondos robados del vicepresidente afgano Ahmad Zia Masud.

A medida que su influencia disminuye, sin embargo, Washington descubre que muchos de sus aliados locales elegidos son cada vez m?s insubordinados o irrelevantes, en especial en el estrat?gico Medio Oriente. A mediados de 2009, por ejemplo, el embajador de EE.UU. en T?nez inform? de que ?el presidente Ben Ali? y su r?gimen han perdido contacto con el pueblo tunecino?, y se basa ?en la polic?a para mantener el control?, mientras ?aumenta la corrupci?n en su c?rculo ?ntimo? y ?aumentan los riesgos para la estabilidad del r?gimen a largo plazo?. A pesar de ello, el enviado estadounidense solo pudo recomendar que Washington ?reduzca la cr?tica p?blica? y en su lugar se base s?lo en ?la franqueza privada a alto nivel? ?una pol?tica que no produjo ninguna reforma antes de que las manifestaciones derrocaran al r?gimen solo 18 meses despu?s.

De la misma manera, a finales de 2008, el embajador estadounidense en El Cairo tem?a que ?la democracia egipcia y los esfuerzos por los derechos humanos? est?n siendo sofocados?. Sin embargo, como admiti? la embajada, ?no quisi?ramos ver la posibilidad de que haya complicaciones para los intereses regionales de EE.UU. si el lazo entre EE.UU. y Egipto se debilitara seriamente?. Cuando Mubarak visit? Washington unos meses despu?s, la embajada inst? a la Casa Blanca ?a restaurar el ambiente c?lido que ha caracterizado tradicionalmente la cooperaci?n entre EE.UU. y Egipto?. Y as?, en junio de 2009, solo 18 meses antes de la ca?da del presidente egipcio, el presidente Obama salud? a ese dictador ?til como ?un aliado incondicional? una fuerza de la estabilidad y el bien en la regi?n?.

Mientras se desarrollaba la crisis en la Plaza Tahrir en El Cairo, el respetado l?der opositor Mohamed El-Baradei se quej? amargamente de que Washington estaba empujando a ?todo el mundo ?rabe hacia la radicalizaci?n con su pol?tica inepta de apoyo a la presi?n?. Despu?s de 40 a?os de dominaci?n estadounidense, el Medio Oriente era, dijo, ?una colecci?n de Estados fallidos que no agregan nada a la humanidad o a la ciencia? porque ?no se ha ense?ado a la gente a pensar o actuar y se le dio deliberadamente una educaci?n inferior?.

A falta de una guerra global capaz de barrer simplemente un imperio, la decadencia de una gran potencia?frecuentemente es un asunto espasm?dico, doloroso, prolongado. Aparte del deterioro de las dos guerras estadounidenses en Iraq y Afganist?n hacia algo que no est? tan lejos de una derrota, la capital de la naci?n se retuerce ahora en la crisis fiscal, la moneda de la naci?n pierde su solvencia y los antiguos aliados forjan lazos econ?micos e incluso militares con el rival chino. A todo esto tenemos que agregar ahora la posible p?rdida de testaferros leales en todo Medio Oriente.

Durante m?s de 50 a?os, a Washington le ha ido bien con un sistema de poder global basado en elites subordinadas. Ese sistema facilit? otrora la extensi?n de la influencia estadounidense a todo el mundo con una eficiencia sorprendente y (hablando relativamente) econom?as de fuerza. Ahora, sin embargo, esos leales aliados se parecen cada vez m?s a un imperio de Estados fallidos o insubordinados. Que no quepa duda: es probable que la degradaci?n?o el fin de medio siglo de semejantes lazos haga embarrancar a Washington.

Alfred W. McCoy es profesor de historia en la Universidad de Wisconsin-Madison, colaborador regular de TomDispatch y autor de Policing America?s Empire: The United States, the Philippines, and the Rise of the Surveillance State. Tambi?n convoc? al proyecto ?Imperios en transici?n?, un grupo de trabajo global de 140 historiadores de universidades en cuatro continentes. Los resultados de sus primeras reuniones fueron publicados como Colonial Crucible: Empire in the Making of the Modern American State, y los resultados de su ?ltima conferencia, en Barcelona, en junio pasado, aparecer?n el pr?ximo a?o como Endless Empires: Spain?s Retreat, Europe?s Eclipse, and America?s Decline.?

Brett Reilly es estudiante de posgrado de historia en la Universidad Wisconsin-Madison, donde estudia pol?tica exterior de EE.UU. en Asia.

Copyright 2011 Alfred W. McCoy and Brett Reilly

Fuente: http://www.tomdispatch.com/blog/175383/

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