Viernes, 24 de febrero de 2012

Democracia y Populismo (Primera Parte)
Autor: Nelson Pineda Prada*
Fecha de publicación: 06/02/12

Si la Democracia es una idea con la cual todos quieren identificarse, con el Populismo ocurre todo lo contrario. El grado de estigmatización que ha alcanzado dicho término es de tal magnitud que el señalamiento de una persona, una ideología, un partido, un movimiento social o una forma de gobierno como populista, adquiere una significación ofensiva. Nadie quiere, ni acepta, que se le “acuse” de populista.

Pues bien, a pesar del carácter analógico del populismo, determinado por la enorme diversidad de usos del término, en todos ellos la alusión común está referida al pueblo.

Ernesto Laclau, ha dicho que el “populismo es un concepto a la vez elusivo y recurrente. (&hellipGui?o Sabemos intuitivamente a qué nos referimos cuando calificamos de populista a un movimiento, o a una ideología, pero encontramos las mayores dificultades en traducir dicha intuición en conceptos. Esto ha conducido con frecuencia a una práctica ad hoc: continuar utilizando el término en forma puramente intuitiva o alusiva y renunciar a cualquier esfuerzo por desentrañar su contenido...”.

En tal sentido, una de las mayores dificultades, para poder establecer una definición sociopolítica del populismo, reside en no poder señalar con absoluta seguridad si este es un movimiento político, o la manera como un partido controla el poder, o la base de sustentación de un líder carismático, o un mecanismo que permite la relación clientelar, o la forma como el caudillo logra mantenerse en el poder o sobrevivir; el populismo es todo ello, pero no es reducible a uno de estos aspectos.

En algunos trabajos nuestros: Petróleo y Populismo en la Venezuela del siglo XX, (1992) y El Ocaso del Minotauro o la Declinación de la Hegemonía Populista en Venezuela, (2000), hemos afirmado que el populismo para ser entendido en su más completa dimensión debe considerarse como una cultura, en las diversas manifestaciones que el término entraña; como un fenómeno contemporáneo que emerge con el proceso de industrialización sustitutivo de importaciones en las formaciones sociales latinoamericanas, pero que no niega las realidades existentes que perviven de modelos anteriores. Dicho de manera más precisa, al populismo lo entendemos como una cultura que ha formado parte del fraguado de la formación social latinoamericana en general, y venezolana en particular.

En nuestro hemisferio, en la última década, se ha venido generando un interesante proceso de reflexión sobre el populismo, con la intención de desmitificarlo y darle el lugar que, en tanto categoría para el análisis sociocultural de nuestras formaciones sociales, dicho término entraña.

Entre ellas, bien vale la pena destacar: El populismo como espejo de la democracia, (2009), en cuya introducción, su compilador Francisco Panizza, señala que: “El populismo constituye un concepto controvertido, y los acuerdos respecto de qué significa y quién califica como populista resultan difíciles ya que, a diferencia de otros conceptos también controvertidos –como el de democracia- , se ha vuelto una atribución analítica más que un término con el cual la mayoría de los actores políticos se identificaría con gusto.”

Carlos de la Torre, destacado investigador y docente de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), en entrevista realizada para Cuadernos del CENDES (UCV), volumen 27, N° 73, enero-abril 2010, afirma que: “Para algunos académicos las lógicas del populismo y de la democracia son incompatibles. Argumentan que el populismo es antidemocrático pues imagina al pueblo como Uno, con una sola identidad, con un interés homogéneo y sin divergencias…” Mientras que otros: “ven el populismo como constitutivo de la democracia. Margaret Canovan, por ejemplo, señala que la democracia tiene una fase administrativa y una redentora que se basa en la promesa del autogobierno del pueblo. El populismo emergerá cuando los ciudadanos sientan que los políticos se han apropiado de la voluntad popular y le han arrebatado el poder al Soberano”.

Pues bien, estos avances teóricos que se vienen produciendo en nuestra América Latina, con la intención de aproximarse a una conceptualización del populismo, le imprimen una fisonomía propia; por lo que, antes de hablar del populismo en la región, debamos hablar de los populismos en Latinoamérica. Ello, habrá de permitirnos avanzar en el proceso de su desestigmatización, y a encontrar las variables que determinan la relación entre la democracia y el populismo.

Democracia y Populismo (II)
Autor: Nelson Pineda Prada(*)
Fecha de publicación: 13/02/12

Uno de los retos que tiene la ciencia social latinoamericana, si de verdad quiere ser autónoma y superar el reduccionismo a que ha sido sometida por el pensamiento euronorteamericano, es darle un vuelco transformador al significado -y al significante- de conceptos y categorías que ha hecho suyos, para dar explicación a nuestro proceso sociohistórico. La ciencia social latinoamericana, de este tiempo, tiene que entender que la realidad social es multidimensional; tiene, por tanto, que rechazar todo reduccionismo cientificista.

El pensamiento universal, y de manera mucho más profunda y actual, el pensamiento social latinoamericano vive un intenso proceso de reflexión, en la búsqueda de referentes teórico-prácticos que den una nueva explicación al concepto de pueblo y a lo popular. Del pueblo sujeto, trascendente al pueblo objeto en que lo convirtió el pensamiento liberal.

Reflexiones que nos conduzcan a entender al pueblo y lo popular, sin manipulaciones; entenderlo como realidad social, que siente y padece, que no puede seguir siendo excluido, discriminado y rechazado; reflexiones que solo son posible si se entiende que el pueblo y lo popular no constituyen un “peligro” para el orden establecido, para la mal llamada “gobernabilidad democrática”.

Ahora bien, la “peligrosidad” del pueblo no es una simple casualidad, es el resultado de una elaboración teórica formulada por la clase dominante, que hizo aparecer lo popular como el quehacer cotidiano del “populacho”, convirtiendo lo popular en un concepto depreciado y despreciado, sin valor alguno. De esa manera, la clase dominante, en su empeño de dominación, le coloco a su actuación política un nivel de superioridad, que hizo creer que su proyecto político era el de toda la nación, proyecto para el cual utilizó los partidos políticos y, cuyo “éxito” se puede medir por el establecimiento y perdurabilidad del régimen partidocrático, el cual colapso en el hemisferio en la década de los ochenta de la centuria pasada.

La democracia, ha dicho Margaret Canovan, “tiene una fase administrativa y una redentora que se basa en la promesa del autogobierno del pueblo”. El pueblo en concreto, no ese pueblo que fue sustituido por los partidos políticos, y otras instituciones del Estado, que lo convirtieron en un ente abstracto, disociado de la sociedad.

Disociación que ha hecho de la democracia representativa una democracia incompleta, prisionera de un falso institucionalismo, elitesca, excluyente e inequitativa; de ahí el malestar con la política y ese modelo de democracia. De manera contraria, hoy se impone avanzar en la construcción de una praxis política popular, que se expanda a toda la sociedad, que se fusione con el pueblo, que entienda que pueblo y política deben metamorfosearse, si en verdad se quiere construir una verdadera democracia.

Ya que, como bien lo dijera Samir Amin, “la democracia no es un recetario sino un proceso”. Un proceso que tiene su estar siendo y dejar de estar siendo, por lo que los pueblos viven un permanente proceso de democratización, de un hacerse infinito, “el cual abarca todos los aspectos de la vida social,…”; ya que, un verdadero proceso de democratización de la sociedad “abarca también todas las formas de relación social, incluida la familia: la de los grandes problemas de relación entre hombres y mujeres; los que tienen que ver con la vecindad cultural de gentes de culturas, lenguas y religiones diferentes. Es un proceso que no tiene final. Está asociado ineludiblemente al progreso social. No digo al socialismo, sino a la evolución social. En la actualidad la democracia, en la medida en que existe, está disociada del progreso social. Se asocia en algunos países a la regresión social y por tanto pierde su legitimidad. Esto es muy peligroso. Estamos en un momento de amenaza a la democracia porque estamos en un momento de regresión social”.

Pues bien, ante las amenazas que hoy se ciernen sobre la democracia, nacidas de las propias entrañas de la “democracia liberal”, amenazas convertidas en crisis de la democracia; crisis, que como bien lo ha dicho Antonio Negri, “no es lo contrario de su desarrollo sino su forma misma”; y que, al decir de Edgar Morin, debemos ver la “crisis como fractura en un continuum, una perturbación en un sistema hasta entonces aparentemente estable, sino también como crecimiento de los riesgos y por ende las incertidumbres. Se manifiesta por la transformación de las complementariedades en antagonismos, el desarrollo rápido de las desviaciones en tendencias, la aceleración de los procesos desestructurantes/desintegrantes (feed-back positivos), la ruptura de las regulaciones, el desencadenamiento, por tanto, de los procesos incontrolados que tienden a auto amplificarse por sí mismos o a chocar violentamente con otros procesos antagonistas incontrolados en sí mismos”.

Ante una situación como esta, se impone rehacer los ideales democráticos. Refundar la democracia, entenderla como proceso, rechazar todo reduccionismo, despojarla de todos aquellos “fantasmas” que la volvieron elitesca, inequitativa y antidemocrática.

 

3 Parte: 

Una de las características más interesante que muestra el proceso de reflexión, que se vive en América Latina, es que esta se realiza teniendo presente los más diversos elementos que conforman el paisaje social de la región, superando el exclusivismo del marco teórico-conceptual, como único escenario de análisis. Perspectiva que permite hablar de las democracias y los populismos existentes en el hemisferio; que permite entender que la democracia es una forma de vida, y no solo un sistema político; que permite, a su vez, superar el “fundamentalismo democrático”, del pensamiento liberal.

Comienzan a sentarse las bases para realizar una reflexión y análisis del populismo, que va más allá de la clásica discusión acerca del carácter democrático o autoritario del mismo, así como también, se avanza en la búsqueda de escenarios distintos al claustro académico ya que, el populismo se ha internalizado de manera muy profunda en el ethos cultural de nuestras formaciones sociales. Se avanza en una reflexión que ubica el populismo en una dimensión sociopolítica, le coloca “carne y hueso”, supera la superficialidad con que ha sido tratado, tiene entre sus fines desmontar la satanización a que ha sido sometido; ya que, como ha dicho Gustavo Martín, “el populismo es una tensión existente entre los sistemas formales estructurados y los valores de la cotidianidad,…”

Pues bien, es esa intensión constante de búsqueda de lo cotidiano, de lo popular, lo que lo define como un fenómeno complejo, que lo presenta como enfrentado a los “sistemas ideológicos estructurados”. Y, es ello, precisamente, lo que nos conduce a definirlo como una cultura y a considerar que para su entera comprensión, no es posible asumir posturas ni deterministas ni reduccionistas, sino que, muy por el contrario, debemos verlo bajo una óptica amplia, multidimensional.

Reflexionar, entonces, de manera distinta, desde una “mirada social”, como lo ha propuesto Alain Touraine, nos aproximará a entender la relación entre democracia y populismo. El tiempo presente nos dice que, es necesario edificar una democracia que trascienda el marco exclusivo de lo político. Que se construya desde abajo hacia arriba. Que se reconozcan los derechos sociales como derechos fundamentales. Que tenga los valores del pueblo como los valores nacionales. Que tenga en la solidaridad, la igualdad, la reciprocidad, la participación, la responsabilidad, principios fundamentales. Que entienda que los derechos individuales forman parte de los fines colectivos. Esta democracia que, a pesar de estar haciéndose, podemos llamar “democracia popular”, en su origen y propósito es radicalmente distinta a la democracia liberal, porque nace del pueblo y es para el pueblo, mientras que la liberal es –por su propia naturaleza- elitista. La democracia popular, es una respuesta clara y contundente al fracaso de las instituciones sociales y políticas establecidas en el marco de la democracia liberal.

En razón de ello, postulamos la idea del carácter simbiótico existente entre democracia y populismo. Éste tiene que ser percibido como una realidad específica, propia de un determinado espacio social, de una determinada comunidad, de una formación social específica. Ya que como bien lo ha dicho Ernesto Laclau, “el populismo es una categoría ontológica y no óntica –es decir, su significado no debe hallarse en ningún contenido político e ideológico que entraría en la descripción de las prácticas de cualquier grupo específico, sino en un determinado modo de articulación de esos contenidos sociales, políticos o ideológicos, cualesquiera ellos sean-”, ya que, “la forma de articulación, aparte de sus contenidos, produce efectos estructurántes que se manifiestan principalmente en el nivel de los modos de representación”.

Y es –precisamente- en este orden de ideas como podemos entender que el populismo es un elemento hegemonizador (en sentido gramsciano) de la sociedad, ya que induce a la atomización del “bloque dominante” y contribuye a generar las condiciones para la estructuración de un nuevo “bloque histórico” a partir del pueblo como sujeto histórico, como agente y actor fundamental en la construcción de una sociedad nueva, verdaderamente democrática.

Democracia como cultura que, como hemos dicho en anteriores textos, no es finita, ni infalible; sino que, en su permanente estar haciéndose recurre a nuevas lógicas democráticas, apela a “prácticas incómodas” en su afán de dar respuesta a las demandas populares, enfrenta con decisión la política a la razón tecnocrática y las “leyes del mercado”.

Concepción de la democracia que habrá de conducirnos a comprender, al decir de Francisco Panizza, que: “el populismo no es ni la forma más elevada de democracia ni su enemigo, sino más bien un espejo en el cual la democracia se puede contemplar a sí misma, mostrando todas sus imperfecciones, en un descubrimiento de sí misma y de lo que le falta. Si el reflejo no es siempre agradable de ver, es porque, como los antiguos griegos ya sabían, la democracia tiene un reverso que ellos denominaron demagogia, porque la representación democrática nunca puede estar a la altura de sus promesas y porque incluso el régimen político más democrático es una mezcla de elementos de la democracia con otros de naturaleza no democrática, en la cual los principios de la custodia y la racionalidad tecnocrática limitan o hacen caso omiso del principio de soberanía del pueblo”.

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Tags: Populismo, democracia, pueblo, costumbres

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