Martes, 18 de junio de 2013

euobserver.com

Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

El sábado [8 de junio de 2013] David Cameron estaba celebrando el compromiso histórico de acabar con la desnutrición al que se había llegado bajo la presidencia británica del G8. Pero también se estaba celebrando otro acontecimiento menos visible, a saber, la decisión de Malawi, Nigeria y Benin de unirse a Tanzania, Ghana, Etiopía, Mozambique, Costa de Marfil y Burkina Faso como cobayas de la “Nueva Alianza para la Seguridad Alimentaria y la Nutrición” del G8.

La Nueva Alianza, lanzada hace un año por el presidente Obama, es una asociación entre países del G8, gobiernos africanos y empresas privadas (entre las que se incluyen Monsanto, Syngenta, Cargill y Yara) cone el objetivo de sacar de la pobreza a 50 millones de personas en los próximos diez años.

Trata de hacerlo no solo por medio de la ayuda al desarrollo sino animando a los dirigentes africanos a “volver a definir las políticas para mejorar las oportunidades de inversión” y de este modo “catalizar la inversión del sector privado en la agricultura africana”. Las políticas en cuestión conciernen a las semillas, a los pesticidas, a los fertilizantes, a la posesión de la tierra, a los recursos de agua y a cualquier otro dominio en el que las prácticas locales, en caso de “no reformarse”, pueden constreñir la inversión potencial de la agroindustria.

El Marco de Cooperación de Mozambique, diseñado con socios del sector privado a cambio de su compromiso de invertir, ayuda a entender hasta qué punto la Nueva Alianza ya está revisando las regulaciones de los países socios.

Se prevé otorgar un papel a los pequeños agricultores, cuya producción sería subcontratada por la agroindustria. Sin embargo, lo principal del acuerdo radica en el frente regulador, en el que el gobierno de Mozambique promete “incentivos para el sector privado, especialmente para desarrollar e implementar los insumos domésticos y las políticas referentes a las semillas”, lo que significa “dejar de distribuir semillas gratuitas y no mejoradas”. A esto se suma el compromiso de reformar los derechos sobre la tierra para facilitar importantes inversiones y promover el libre comercio.

Trasfondos coloniales

Lo que es impactante es la forma descarada en que la Nueva Alianza pretende abrir las tierras cultivables africanas (descritas de forma memorable por el Banco Mundial como la “última frontera” de las multinacionales) a una oleada sin precedentes de inversión a escala industrial.

En un estudio reciente sobre la Nueva Alianza CIDSE , una ONG de desarrollo, señala que el Corredor Beira de Crecimiento Agrícola diseñado por la Nueva Alianza en Mozambique corresponde casi exactamente a la zona que se subcontrató a la Compañía Mozambique en la época colonial.

Tomando un ejemplo más reciente, la ONG denomina al modelo “la nueva cara del ajuste estructural”, lo que pone de relieve la continuidad entre las condiciones de la Nueva Alianza (reforma de la regulación para la ayuda) y las condiciones impuestas a los países en desarrollo en las décadas de 1980 y 1990 (privatización y liberalización del comercio a cambio del apoyo del Banco Mundial/FMI).

Esta continuidad no debería sorprender. La Nueva Alianza es meramente la nueva encarnación de una visión dominante encabezada por la inversión extranjera para el desarrollo de África. Está relacionada intelectualmente con la Alianza para una Revolución Verde en África (AGRA, en sus siglas en inglés), que ha implicado a personas como Kofi Annan a favor de una campaña de inversión y de productividad basada en una fuerte inversión. Mientras tanto, esto concuerda con la plataforma “Crecimiento África” establecida para preparar a los países para la inversión bajo la Neva Asociación para el Desarrollo de África que estableció la Unión Africana en 2003.

En esencia n o hay nada nuevo en la “Nueva Asociación” o la “Nueva Alianza”, aunque puede que este último proyecto sea novedoso en la forma ambiciosa en que une ayuda al desarrollo y oportunidades de inversión de las corporaciones.

Hecho consumado

El gran éxito de la Nueva Alianza es haberlo colado de modo que pasara desapercibido. En su lanzamiento en 2012 Estados Unidos presentó el proyecto como el siguiente paso lógico en la “reinversión en agricultura” que había arraigado desde que los precios de los alimentos se dispararon en 2007-2008 y había reunido miles de millones de dolares de compromiso de ayuda en [la ciudad italiana de] L’Aquila.

Supuestamente, los detalles más precisos del plan supusieron una novedad incluso para los socios del G8 de Estados Unidos, cuyo escepticismo oficial ha dado lugar a los empujones para conseguir que estén presentes sus propias compañías (Angela Merkel ha establecido un “Asociación de Alimentos Alemana” para duplicar los beneficios).

Y, lo que es fundamental, a las ONG y grupos de la sociedad civil (¡lo mismo que a blogs como este!) les ha costado darse cuenta de lo que se estaba imponiendo a países africanos en nombre de facilitar el acceso al mercado a los estandartes de las grandes compañías. Ahora que se han dado cuenta, la protesta es ensordecedora: la víspera de la cumbre Nutrición para el Crecimiento más de 25 organizaciones (entre las que estaban Amigos de la Tierra y War on Want) pidieron a David Cameron que retirara los 395 millones de libras que Reino Unido había prometido a la Nueva Alianza en los próximos tres años.

Con todo, la Nueva Alianza, se ha convertido en un hecho consumado al poner en marcha decenas de planes de inversión y de reformas de regulación para el próximo año.

¿Qué quieren realmente los agricultores africanos?

¿Proporcionará este plan al menos algunos beneficios a los pequeños agricultores africanos, aparte de los que acumulan Cargill, Syngenta y compañía? En absoluto, en opinión de aquellos a quienes se supone va a sacar de la pobreza, esto es, los agricultores africanos.

En una carta dirigida a la Unión Africana y al G8 tras el lanzamiento de la Nueva Alianza Mamadou Cissokho, entonces presidente de la confederación de agricultores del África Occidental ROPPA, hacía una sorprendente acusación del plan en defensa de los agricultor es africanos:

“Les ruego que expliquen cómo piensa ustedes justificar que la seguridad y soberanía alimentaria de África se podría garantizar por medio de la cooperación internacional al margen de los marcos políticos formulados de manera inclusiva con los agricultores y productores del continente”.

Una rápida ojeada a los documentos políticos elaborados por asociaciones de agricultores de África Oriental, Occidental y Central revela enormes discrepancias entre lo que estos agricultores quieren y necesitan, y lo que propone la Nueva Alianza.

Aunque el producto bandera del G8 parece proteger las semillas y formalizar los títulos de propiedad, los agricultores recuerdan que los 33 millones de familias agricultoras de África (el 80% del total del continente) obtienen “autonomía y resiliencia” del control que poseen sobre una base productiva en gran medida no transformada en mercancía, constituida de tierras, agua, semillas, trabajo (o mano de obra) y conocimientos. Lo que les preocupa es garantizar que no se impide a los agricultores practicar la mayoritariamente popular reutilización de semillas y que los dueños de rebaños no están constreñidos por los sistemas de títulos de propiedad de la tierra que les impiden acceder a las tierras comunales de pastoreo.

La lógica de la agricultura africana es radicalmente opuesta a las visiones preponderantes en el Norte. La rotación de cultivos que odian practicar los agricultores de la Unión Europea forma parte de los sistemas de agricultura africanos que tienen que ser biodiversos para sobrevivir en unas condiciones muy duras; los agricultores malíes que no utilizan productos químicos pueden pasar semanas desherbando a mano en grupos de ayuda mutua y culminar el trabajo con “una fiesta con comida, bebida y bailes con música tradicional” al acabar la estación de lluvias.

Se puede descartar fácilmente esta visión por ser paródica o desfasada. Pero los deseos de los agricultores africanos no son en absoluto ingenuos. Reconocen la necesidad de inversiones y de acceder a los mercados, pero simplemente quieren que se proporcione esto a sus familias y no a la agroindustria occidental. Son perfectamente conscientes de lo difícil que es que este modelo de agricultura familiar coexista con la agricultura industrial y reconocen que:

‘Cuando se debilitan y minan elementos del sistema, el sistema como un todo puede venirse abajo y dejar de ser viable”’.

Esta es la razón por la que no quieren meramente coexistir y luchar frente a las inversiones estilo Nueva Alianza, sino que quieren ver que se apoya a las familias que se dedican a la agricultura y se les da preferencia.

Intereses contrapuestos

Por consiguiente, no es una coincidencia que la Nueva Alianza no haya consultado a los agricultores africanos, cuyos verdaderos intereses son diametralmente opuestos a los de la agroindustria occidental. Después de todo, están compitiendo por las mismas reservas de tierra y agua, y por desempeñar el mismo papel primordial en la formulación de los planes agrícolas nacionales.

La voz de los agricultores africanos cayó en oídos sordos cuando se lanzó la Nueva Alianza. Pero, simplemente para estar segura, la Nueva Alianza se las ha arreglado para marginar el único foro en el que podían ser escuchados.

Un efecto clave de lanzar este plan tan ambicioso y en el que hay en juego mucho dinero es que ha elevado el estatus del G8 como el director clave del desarrollo agrícola a expensas del Comité Mundial para la Seguridad Alimentaria (CFS, por sus siglas en inglés), en el que los agricultores de los países en desarrollo pueden negociar en pie de igualdad con los gobiernos del mundo. Es mucho lo que está en juego, dado que el CFS ha elaborado recientemente sus propias líneas directrices sobre los derechos sobre la tierra y los “acaparamientos” de tierras, un ámbito que las corporaciones habían esperado regular.

Lo que nos ha enseñado la Nueva Alianza es que es fácil presentar lo que en esencia son oportunidades de inversión para las corporaciones como marcos de desarrollo, como formas de lograr la seguridad alimentaria dirigida por los pequeños agricultores o incluso, como la única manera de lograrla. Se ha permitido al G8 poseer el discurso y legitimar a la nueva Alianza y a sí mismo como los árbitros de la seguridad alimentaria.

Directrices

Puede que, efectivamente, los inversores extranjeros tengan un papel constructivo que desempeñar en el desarrolló agrícola de África. Pero lo que está claro es que hay que establecer algunas directrices básicas (por no mencionar una normas específicas de inversión) antes de que se suelte a las compañías en esta “última frontera”. He aquí tres para empezar:

  1. En ningún caso las compañías que pretenden hacer beneficios deber participar en los procesos políticos y reguladores .

  2. El apoyo total del G8 y del lobby de la agroindustria no debería ser suficiente para llevar a cabo el plan.

  3. La oposición total de los supuestos beneficiarios del plan de desarrollo debería ser suficiente para bloquearlo.

Como mínimo, la Nueva Alianza no debería expandirse a otros países hasta que se hayan establecido las directrices.

Fuente:

http://blogs.euobserver.com/jacobs/2013/06/11/the-g8s-great-land-grab/


Tags: tierra, acaparamiento, Monsanto, fertilizantes, semillas

Comentarios
Discurso Impecable de Fidel Castro y ¿Por qué MoReNa? @Taibo2 Paco Ignacio Taibo II

Pirámide capitalista
Pirámide capitalista. actualizada