Martes, 21 de julio de 2015
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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-07-2015



Y termino. La ventaja del desposeído en el siglo XXI sobre el pordiosero del medievo es que cuenta ahora con la filosofía vital al alcance de cualquiera que entonces no contaba con el nihil obs­tat y por eso le estaba vetada en nombre de la maldita resignación religiosa. Esa que acaso insuflaba vida en los tiem­pos áticos o en la edad de oro cervantina. Y ello pese a que la filosofía ha desapare­cido prácticamente de nuestras escuelas y universidades. Sin embargo, por todo esto mismo que digo, creo que está lla­mada a recuperarse espontáneamente como suplemento de valor incalculable de las exigencias instituciona­les de justicia social. Pues la filosofía puede suplir perfecta­mente a la Medicina y es el perfecto recurso para renunciar tanto en abstracto como en con­creto al consumo, a los bancos, al coche, al televisor, a la internet, al lujo y a lo superfluo. In­cluso nos permitirá mejor burlarnos de la insaciable voracidad del rico, del consumidor compulsivo, del ambicioso patológico y de los ansiosos de la Bolsa y del Ibex35... 

Amortizar o anular el deseo en línea con la filosofía budista, conside­rar que el deleite de lo poseído y el ansia de acumular bienes y dinero es enfermizo; tener presente que lo que das al pobre no es parte de tus bienes, sino que le pertenece porque lo que nos ha sido dado para el uso de todos tú te lo apropias... son pautas que pueden configurar un patrimonio personal que, como la libertad íntima -ésa que se tiene aun en prisión-, nadie nos puede arrebatar. Pero es que, por si fuera poca su utilidad, puede llegar a ser una bomba de relojería sin agresividad ni daño mate­rial capaz de desmantelar un sistema abominable que lleva ca­mino de destruir el planeta a corto plazo pero que tam­bién en el sentido opuesto puede extirpar sobre la tierra la enfer­medad de la ambición.

Sí, la filosofía -¡quién lo diría!- puede destruir ideologías fábrica­das minuciosamente para mejor depredar, para estable­cer abismos entre poseedores y desposeídos y potenciar su goce por contraste entre la imposibilidad de acceder al disfrute por parte de los más y la conciencia redoblada de disfrutar de lo que estos no pueden alcanzar. A nada conduce desear lo inasequible, y menos dejarse consumir por el deseo. Si tenemos en reserva este recurso, tenga­mos por seguro que los ricos in­cluso nos envidiarán e irán compren­diendo que no vale la pena perder la salud por conservar o acrecentar lo poseído, y que la vida sobre el planeta pide a gritos no ya la austeridad que cansina­mente se cita, sino la renuncia responsable y la indiferen­cia lúcida a todo lo que no es indispensa­ble.

El mundo y las sociedades hegemónicas occidentales especial­mente han de cambiar, están cambiando. Es difícil ahora compren­der (por la razón señalada al principio de que estamos atrapados en nuestra época y que quienes tratan de salirse de ella y de su trampa lo pagan a menudo con la salud mental y en otro tiempo hasta con la muerte) los beneficios del cambio. Pero tam­bién estos son tiempos de inflexión en los que está cada vez más extendida la idea de que con sólo elevar la concien­cia un peldaño más, habrá de producirse una honda transformación. Y de ella no surgirá el superhombre nietzs­cheano, de ella y del ser humano corriente nacerá otro nuevo más cercano a la divinidad... Confie­mos en que el descubri­miento de la filosofía como opuesta a la economía se produzca antes de que el rico y la sociedad en gene­ral se den cuenta de que después de haber contaminado el último mar, pescado el último pez y haber cortado el último árbol, el dinero no se come...

 

Jaime Richart es Antropólogo y jurista.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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Tags: filosofía, consumismo, austeridad, planeta, salud

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