Lunes, 21 de abril de 2008

 

Debates sobre el socialismo del siglo XXI

¿Qué socialismo para el siglo XXI?
Por: Andreu Coll i Blackwell. Revista Viento Sur. Prensa "Marea Clasista y Socialista"
Fecha de publicación: 03/08/07


Es muy oportuno el debate que ha lanzado Chávez en Venezuela sobre el socialismo
del siglo XXI en un momento en el que las luchas altermundialistas conocen un cierto
estancamiento y una creciente necesidad de clarificación. Hoy, para evitar que la prometedora consigna “otro mundo es posible” acabe reduciéndose a un triste “otro gobierno es posible” es urgente profundizar en las grandes preguntas: ¿Qué mundo
queremos? ¿Cómo tiene que funcionar la sociedad por la que luchamos? ¿Qué criterios
y valores deben presidir las relaciones sociales de una sociedad en ruptura con el
capitalismo? ¿Cómo fundamentar ecológicamente unas nuevas relaciones de producción?
¿Cómo asegurar que la abolición de la explotación capitalista garantice una auténtica
emancipación individual y colectiva y acabe con opresiones específicas y
discriminaciones seculares?

El primer paso para encontrar respuestas satisfactorias a los problemas políticos
es saber plantear correctamente las preguntas. Y son estas las preguntas que deben
orientar a la izquierda revolucionaria a la hora de discutir con todas las sensibilidades
de los movimientos populares.

Intentar aportar respuestas coherentes a partir de la experimentación en las luchas
sociales y del trabajo intelectual crítico es lo que los clásicos llamaban “desarrollar
el programa”.

Si admitimos que es el programa el que define las tareas y el tipo de organización
política a construir y no a la inversa, hoy la nueva generación militante del Estado
español necesita plantearse estas preguntas con la convicción de que no forman
parte de un ritual sectario o de una liturgia grandilocuente, sino que constituyen la
razón última que orienta la lucha por otro mundo y que, si bien nunca se han respondido
en un laboratorio o una biblioteca, tampoco se resuelven espontáneamente
en las luchas sociales.

Mirando hacia atrás con ira

Una de las características de nuestro tiempo es que nuestros problemas individuales y
colectivos para definir proyectos y alternativas de futuro son directamente proporcionales
a nuestra escasa comprensión del pasado y a la disolución de nuestra experiencia
en la inmediatez de un presente perpetuo sin horizontes. No podemos atisbar el
futuro sin sumergirnos en los dilemas y bifurcaciones del pasado. Ciertamente, apropiarse
del pasado y del abanico de posibilidades que albergó no es condición suficiente,
pero sin duda sí es condición necesaria para ser verdaderamente contemporáneos
de nuestro tiempo. Esta constatación es cierta en diversos planos: el estratégico,
el programático y el que Bensaïd llama mesiánico /1. Decía Marx que la revolución
extrae su poesía del futuro, de las enormes potencialidades de desarrollo
humano que desataría una sociedad desarrollada que se liberara de las cadenas del
capital. A mi juicio, esta metáfora es fundamental: la capacidad de imaginar cómo
podría ser el mundo actual -con las enormes fuerzas productivas que ha liberado, con
sus avances tecnológicos y sus comunicaciones, con la gran productividad del trabajo
que conocemos- si, en lugar de estar encadenado a la búsqueda del máximo beneficio
privado -que comporta desigualdades, crisis, guerras y destrucción ambiental-, se
orientara a la lucha contra las desigualdades, a la reducción radical de la jornada laboral,
a una reconversión ecológica de la economía, a la transformación general de las relaciones humanas en un mundo liberado del fetichismo de la mercancía… En fin, tener esa capacidad de imaginar un mundo socialista y de percibir su apremiantefactibilidad actual debe estar siempre presente en toda y todo revolucionario comouna motivación militante central.
A su vez, sumergirse en el pasado, en ese campo de ruinas que es la Historia, es un
ejercicio fundamental para saber quiénes somos, quién es el enemigo, quiénes son los
nuestros y cómo podemos redimirles.

Como decía Benjamin /2, “el enemigo no ha dejado de vencer”… por eso hay que concebir la lucha por la revolución como un doble acto: una promesa de emancipación que mira al futuro y como un acto de justicia histórica de redención y rehabilitación de nuestros derrotados del pasado.

Finalmente, la Historia también debe ser un gran campo de batalla contra el determinismo
retrospectivo de los vencedores y de sus intelectuales a sueldo. En el
terreno estratégico, pero también programático, hay que volver sobre los grandes
acontecimientos del movimiento socialista del siglo XX para retomar sus debates y
entender que las opciones que triunfaron no fueron siempre las únicas posibles y
que los desenlaces que conocemos no fueron inevitables /3.

¿Qué lecciones extraer de las experiencias del siglo XX?

No hay socialismo sin democracia, ni democracia sin socialismo. Quizás la lección
fundamental que nos ha legado el drama del estalinismo es que, sin caer en el fetichismo
de sus formas parlamentarias, la democracia a todos los niveles y el pluralismo
político deben ser a la vez medios y fines en la construcción de una sociedad sin
clases. La confiscación burocrática de la Revolución de Octubre y la conversión del
movimiento comunista internacional en un instrumento de la realpolitik de Moscú -y,
posteriormente, de Pekín- ha sido quizás uno de las peores tragedias del siglo XX. La
ruptura que supuso la consolidación del estalinismo dejó un vacío político terrible en
la izquierda y destruyó lentamente las esperanzas de millones de personas explotadas
en todo el mundo. Sin embargo, estas primeras experiencias de sociedades no capitalistas
han sido un fértil campo de pruebas para el futuro. Fenómenos como la burocratización,
la destrucción totalitaria de las libertades políticas, los límites de las
experiencias autogestionarias y los estragos socioambientales de la planificación burocrática
autoritaria deben ser estudiados en profundidad para hacer un balance de lo
que no debe repetirse en las experiencias socialistas del futuro /4.

Todas las corrientes provenientes del movimiento comunista que han rehuido esa tarea han acabado engrosando, de un modo u otro, las filas del campo gestionario y abandonando el proyecto revolucionario. Sin un análisis marxista de estas experiencias no se puede
hacer un balance racional de sus errores y sus aciertos y se acaba lanzando al niño
con el agua sucia. De lo que no hay duda es que la falta de democracia política y de
pluralismo que se consolidó en la Unión Soviética a partir de 1927 favoreció el desarrollo
de la burocracia como casta parasitaria y usurpadora del poder político de los
sectores populares y como principal obstáculo a largo plazo para el desarrollo de las
fuerzas productivas y de la productividad del trabajo /5.

La fragilidad que demostraron las experiencias de democracia directa de tipo soviético también obliga a imaginar unas formas más complejas de democracia socialista que las que creó la Revolución rusa, capaces de constituir frenos eficaces a la tendencia intrínseca de las sociedades modernas hacia la burocratización (que, a fin de cuentas, hunde sus raíces en la escasez -en particular en los países más atrasados- y en la división del trabajo bajo el capitalismo, que son heredadas, al menos en una primera etapa, por las sociedades
de transición) /6. Una combinación de democracia directa pluripartidista en los lugares de trabajo y los territorios -barrios y localidades- con formas de democracia representativa a nivel nacional podría ser un sistema capaz de limitar el peligro de burocratización mediante un sistema bicameral y una cierta división de poderes /7. De lo que no cabe duda es de que la democracia socialista es incompatible con el
mantenimiento de la propiedad privada de los medios de producción y del aparato
coercitivo que la sustenta: el Estado capitalista /8.

Ni socialismo en un solo país… ni autogestión en una sola fábrica. Evidentemente,
la burocratización en la URSS de los años veinte hundía sus raíces en una realidad
objetiva muy difícil: los bolcheviques tomaron el poder político en un país atrasado,
predominantemente campesino, con pocas tradiciones democráticas y tras la
devastadora guerra civil que sucedió a la Primera Guerra Mundial. La incapacidad
de la Internacional Comunista de extender la revolución a los principales países europeos
-y en particular a Alemania-, mantuvo en pie un cerco capitalista que condenó
a la URSS a un largo período de aislamiento político y económico. Este fue el
escenario y la base objetiva que favoreció una salida reaccionaria a la situación. Sin
embargo, la apuesta por la industrialización acelerada y la colectivización forzosa
en la URSS y por abandonar la política revolucionaria en la arena internacional
tuvo que acabar con la resistencia del ala más revolucionaria del Partido Bolchevique
y de la Internacional Comunista: la Oposición de Izquierdas. Esta fue la única
corriente que defendió en ese contexto una orientación política alternativa factible.
Consistía en combinar una política de industrialización progresiva desde el Estado
financiada con un incremento de la presión fiscal sobre los campesinos enriquecidos
por la NEP, una colectivización progresiva en el campo, la restauración de una
democracia soviética pluralista y una política internacional de apoyo a los movimientos
revolucionarios como única salida a largo plazo al atolladero en el que se
encontraba sumida la URSS a mediados de los años veinte. La Oposición de Izquierdas
fue derrotada por la incipiente burocracia estalinista tras una batalla política
despiadada. En parte, por la debilidad de la base social con la que aquella
contaba: los cuadros obreros más politizados del Partido que, en buena media, habían
sido laminados durante la Guerra Civil. Este “gran debate” todavía es decisivo
para entender la evolución posterior, el declive y la caída del primer Estado obrero
de la Historia, proceso que ocupa un lugar privilegiado para entender las grandes
contradicciones del siglo XX /9.

Sin embargo, el desenlace no estaba inscrito en una lógica irresistible de los hechos y, de haberse seguido la línea de la Oposición de Izquierdas, la Historia podría haber sido muy distinta /10. Otra experiencia de la que se pueden extraer algunas conclusiones de gran actualidad
es la “autogestión” yugoslava. En los años sesenta, entre sectores significativos
de la izquierda anticapitalista, se popularizó la consigna de la autogestión como
elemento central de una sociedad socialista diferenciada de las dictaduras burocráticas
estalinistas. Efectivamente, la autogestión de la producción es una precondición
de la desaparición progresiva de la división del trabajo entre trabajo manual e
intelectual, entre dirigentes y ejecutantes /11.

Sin embargo, a menudo se ha querido oponer la consigna de la autogestión a la de la planificación democrática de la economía o enarbolarla para esquivar el problema central de la propiedad /12. En experiencias tan apasionantes como la Revolución española de 1936-37 -y muy particularmente en Catalunya-, la lucha de la fábrica de relojes LIP en Francia en
los años setenta o las que están teniendo lugar en la Argentina actual con las fábricas
recuperadas -que tan bien retrata la película de Naomi Klein “La toma”- se ve
que existe un enorme potencial creativo y organizador entre los trabajadores cuando
toman en sus manos la gestión de su lugar de trabajo. Sin embargo, las experiencias
de autogestión en luchas obreras bajo el capitalismo se topan con dos grandes
límites objetivos: el mantenimiento de la propiedad privada por parte de los patronos
y la presión del mercado capitalista, que obliga a los trabajadores a competir
entre si. Estos límites hacen necesario relacionar dialécticamente las luchas por la
autogestión generalizada en los puestos de trabajo con la puesta en cuestión del
mercado capitalista, la propiedad privada y las instituciones que la garantizan.
Volviendo al caso yugoslavo, hay que recordar que la iniciativa de la dirección titista
de fomentar desde arriba la autogestión en las empresas fue acompañada de
una cierta liberalización de los mercados, que fomentó un fenómeno muy característico,
por lo demás, de las economías capitalistas: un incremento de las desigualdades
entre asalariados y entre regiones y una competencia entre empresas del
mismo sector, que se desprende de las dinámicas ciegas de la ley de la oferta y la
demanda. Ya conocemos el desenlace de estas crecientes desigualdades sociales y
regionales en la ex-Yugoslavia. Por eso hay que esforzarse en imaginar qué opciones
político-económicas podrían haberlo evitado. Quizás la combinación apropiada
de economía de mercado para incrementar la producción de los artículos de consumo
básico que más escaseaban y una economía democráticamente planificada en
los sectores estratégicos, en la que las poblaciones hubieran participado activamente
a la hora de definir las grandes prioridades económicas, podría haber contrarrestado
las fuerzas centrífugas que ocasionaba la autogestión no coordinada de las
empresas. Hoy, ante experiencias y debates como los que están teniendo lugar en
Venezuela, es útil volver sobre la experiencia yugoslava /13.

El socialismo no se decreta, se construye. Nada ha creado más confusión y desorientación en la izquierda que la proclamación de que el socialismo se había realizadoen la Unión Soviética. Los clásicos entendían que la plena realización del
socialismo -el comunismo- no era posible más que a escala planetaria, tras un largo
proceso de superación de los antagonismos sociales y de las opresiones específicas heredadas y tras una progresiva extinción del Estado. La perspectiva era que la transición al socialismo sería un largo proceso histórico en el que las transformaciones
políticas, económicas, sociales y culturales permitirían la socialización de
las funciones del Estado y su abolición como aparato coercitivo separado. El estalinismo
supuso el proceso inverso: una estatización generalizada de la sociedad y la
liquidación total de cualquier atisbo de autonomía política de la sociedad civil y de
autoorganización social independiente. Las experiencias actuales nos obligan de
nuevo a retomar las reflexiones clásicas sobre la transición al socialismo /14.

Rescatar a Marx de las bibliotecas

Más allá del estudio de las experiencias del pasado, resulta obvio que no es posible
avanzar elementos constituyentes de un programa socialista sin actualizar el análisis
marxista clásico del capitalismo actual. Entre otras cosas, hay que volver a estudiar
a fondo la teoría del valor-trabajo, aun siendo conscientes de que no resuelve
todos los problemas teóricos que tenemos planteados. Ante el marxismo clásico
pueden darse dos grandes actitudes nocivas que se alimentan mutuamente: la de los
eternos superadores, que se apresuran a enterrar a los clásicos cada diez años gracias
a sus genialidades de aprendices mal leídos, y la de los devotos que se sientan
sobre los libros sagrados para ahorrarse el esfuerzo de intentar comprender los
cambios en curso. Creo que el enfoque correcto es el de dialogar con los clásicos
con actitud crítica, pero desde la modestia, para buscar en ellos ideas y enfoques
metodológicos que nos ayuden a conocer las lógicas internas del capitalismo actual
y las palancas que nos permitan derrocarlo.

Por otro lado, tampoco podemos avanzar decisivamente en la definición de un
programa socialista sin desarrollos significativos de la lucha de clases y sin la construcción
de una fuerza anticapitalista y revolucionaria capaz de aportar el momento
de la verificación práctica a los esfuerzos teóricos. Estos tres terrenos -desarrollo de
la teoría marxista, impulso de luchas sociales y construcción de partidos revolucionarios-
deben alimentarse mutuamente y relacionarse dialécticamente. En efecto, los límites de la práctica también son, a fin de cuentas, los límites de la teoría. A su vez, la inexistencia de una fuerza revolucionaria imposibilita los puntos de encuentro entre la militancia social y la elaboración teórica, entre el proletariado y la ciencia, que se decía antes. Y, en fin, una pequeña organización revolucionaria no puede desarrollar más que una orientación programática muy general. Es su progresiva implantación social y sectorial lo que le permite ir concretando, desarrollando, verificando, corrigiendo sus ejes programáticos. Dicho esto, en el apartado siguiente voy a proponer algunas líneas de reflexión en este sentido.

Algunos ejes programáticos centrales

El proletariado se invisibiliza y se transforma, pero no desaparece. Con la ofensiva
de la restauración conservadora de los años noventa y con el avance del “pensamiento
débil” en la izquierda, muchos militantes desencantados se apresuraron a mandar a
la clase obrera al basurero de la historia para justificar su alejamiento del compromiso político. Para muchos, el desengaño que subyacía a ese adiós al proletariado era directamente proporcional a su idealización en sus momentos de apogeo militante.

Las transformaciones en curso en el mundo del trabajo son, sin duda, profundas: la
globalización ha profundizado la división internacional del trabajo, ha transformado los
sistemas de organización de la producción, ha fragmentado dramáticamente las condiciones de trabajo y de vida y ha buscado una estratificación creciente de los asalariados. Su resultado es conocido: la correlación de fuerzas entre capital y trabajo es hoy mucho más desfavorable que hace tan solo veinte o treinta años, y el movimiento obrero organizado ya no es un referente político tan claro, ni una vanguardia social tan indiscutible,
como fue en el pasado. Esto se traduce en el imaginario colectivo de la población, para la cual “la condición obrera” no es algo tan visible y evidente como antes.

Otra cosa muy distinta es sentenciar que ya no existe la clase obrera.

Asistimos hoy a una situación paradójica: la proletarización del mundo nunca había
avanzado tanto /15 y, a su vez, la conciencia de clase en muchos países imperialistas
nunca había retrocedido tanto en tan poco tiempo. Sin embargo, aunque no
sea evidente, estos fenómenos son recurrentes en los largos procesos históricos de
recomposición del movimiento obrero como el que estamos viviendo en la actualidad.
No obstante, a pesar de que sea la principal víctima momentánea de la situación
actual, nunca podemos perder de vista que la acción colectiva es el punto de
contacto entre el factor subjetivo y las condiciones objetivas que permite alterarlas
con cambios bruscos y saltos cualitativos.

Siguiendo a Gramsci, hay que concluir que, si la sociedad que queremos transformar
no genera los sujetos, las contradicciones, las formas de organización y las instituciones
embrionarias capaces de cambiarla, de invertir las relaciones sociales,
todo esfuerzo en este sentido sería utópico. A este respecto, de lo que no cabe duda
es que el reverso de la globalización del capital es justamente la globalización de la
condición salarial. Y, por consiguiente, el capitalismo sigue generando un colectivo
social facultado para enterrar al sistema que lo produce y reproduce. Si, como se ha
visto en el siglo XX, sectores sociales tan atomizados como el campesinado, gracias
a direcciones políticas decididas y audaces, han sido capaces de protagonizar
revoluciones socialistas triunfantes, ¿qué nos hace pensar que el nuevo -y no tan
nuevo- proletariado precarizado /16 y crecientemente mestizo /17 de la industria y
los servicios no pueda convertirse, en determinadas circunstancias, en un sujeto revolucionario capaz de defender sus intereses inmediatos, de derrocar el sistema capitalista y de reorganizar la sociedad sobre bases socialistas?

En fin, creo que volver a orientarse hacia el mundo del trabajo para reconstruir su
autoorganización, defender sus intereses, elevar su nivel de conciencia política y, finalmente,
volver a poner en marcha un trabajo sindical de izquierdas y un combate
contra las burocracias es una tarea ineludible de una organización revolucionaria.
“El mundo no es una mercancía”… o sobre cómo satisfacer las necesidades básicas
más allá del mercado. El movimiento altermundialista se funda en esta idea-fuerza. Por otro lado, la mercantilización de cada vez más esferas de la vida social ha sido una constante del desarrollo del capitalismo. Ante ello, desde los tiempos
de la I Internacional, el movimiento obrero ha luchado por dos grandes objetivos
centrales: la subida de los salarios -tanto directos, en rentas monetarias, como indirectos,
en prestaciones sociales financiadas con una parte de “salario diferido” - y
la reducción de la jornada de trabajo /18 -para conseguir las famosas ocho horas de
trabajo, ocho de sueño y ocho de vida social. Estas dos grandes reivindicaciones
han orientado la lucha del movimiento obrero por reducir la explotación del mundo
del trabajo e imponer una redistribución de la riqueza entre capital y trabajo. Hoy,
con la generalización del paro y la precariedad, ciertos sectores de la izquierda han
teorizado “el fin del trabajo” y han apostado por el objetivo central de instituir una
Renta Básica Universal. Estas concepciones consideran definitiva la existencia de
un paro masivo y contribuyen a perpetuar la división entre los que tienen un empleo
y los que no lo tienen y entre empleados y “asistidos” que no contarían más
que con los medios de la pura subsistencia. A mi juicio, esta visión es una capitulación
política e ideológica ante el neoliberalismo y un reflejo de la profunda crisis
de orientación y de identidad en que está sumido el movimiento obrero y la izquierda
actuales. Lo que es más preocupante es que la izquierda alternativa haya tendido
a incorporar esta demanda acríticamente sin un debate serio en sus filas. Un proyecto
anticapitalista que merezca el nombre debe ser mucho más ambicioso y buscar
la creación masiva de empleos socialmente útiles y ecológicamente sostenibles
-fundamentalmente los relacionados con la sanidad, la protección del medio ambiente,
la educación, la asistencia social y los cuidados a las personas vulnerablesque
se financien con una redistribución real de la riqueza -basada en impuestos directos
progresivos que graven las grandes fortunas y, en particular, las amasadas
gracias a la especulación financiera e inmobiliaria /19.

Es, justamente, expandiendo el ámbito de la gratuidad en la satisfacción de necesidades básicas fuera del mercado como se avanza en la desmercantilización de las relaciones sociales, y no monetarizando la subsistencia de los sectores sociales más vulnerables.
A este respecto, hay que recordar que el movimiento altermundialista acostumbra a
dar prioridad a los debates sobre alternativas globales y sobre pequeñas iniciativas locales,
relegando a menudo a un segundo plano la lucha por defender conquistas fundamentales
de la izquierda en el marco del Estado-nación -que algunos, como Negri,
asimilan al “reformismo” o a una regresión nacionalista y nostálgica de la izquierda.
Sin embargo, a un capitalismo neoliberal que en buena medida basa su modelo de
acumulación en la “desposesión” /20 de los sistemas públicos de bienestar y de las
empresas estatales -lo cual, en gran parte, es un saqueo del salario social indirecto de
millones de trabajadores- hay que oponerle una resistencia encarnizada cada vez que
se pretende privatizar -de un modo abierto o encubierto- alguna empresa o servicio
público y la exigencia de renacionalizar y gestionar democráticamente los servicios y
bienes públicos privatizados en el pasado. A mi juicio, es vital entender que si no somos capaces de defender las conquistas del pasado, será imposible pasar a la ofensiva en el futuro.

Trabajar para vivir, no vivir para trabajar…cambiar los tiempos, transformar la
sociedad. La pulsión capitalista por maximizar las ganancias aumentando la explotación
de los trabajadores siempre se ha traducido en una presión por alargar la jornada
de trabajo. Como apuntaba más arriba, uno de los objetivos centrales del
movimiento obrero ha sido históricamente reducir drásticamente la jornada laboral
y liberar tiempo para la vida y la acción colectiva. Hoy, la ofensiva neoliberal no
solamente ha pulverizado la reivindicación de las 35 horas, sino que está generalizando
el pluriempleo y jornadas de trabajo resultantes de 8, 10 e incluso 12 horas,
no sólo en países dependientes, sino incluso en los países capitalistas desarrollados.
Pero el capitalismo no solamente explota la fuerza de trabajo que emplea a cambio
de un salario, sino que, indirectamente, se apropia gratuitamente del trabajo doméstico
necesario para reproducir a esa fuerza de trabajo asalariada. Aquí es donde llegamos
a un punto nodal: luchar por la socialización y el reparto del trabajo doméstico, por la incorporación con igualdad de derechos de las mujeres al mercado de trabajo y por la reducción de la jornada de trabajo asalariado debe formar parte de un único combate. De ahí se desprenden algunas conclusiones prácticas: no es posible fortalecer las posiciones del trabajo asalariado desentendiéndose de la discriminación salarial (y no sólo salarial) de las mujeres en los centros de trabajo y de su reclusión en el hogar, no podemos luchar por reducir la jornada laboral sin asumir el reparto del trabajo doméstico y, a su vez, no es posible combatir eficazmente la opresión específica de la mujeres si estas se retiran del movimiento sindical y de la lucha política.

A pesar de todo, la reducción drástica de la jornada laboral sin disminución del
salario real es una condición ineludible para reducir substancialmente el paro y la
precariedad, fomentar la autoorganización de los sectores populares, posibilitar formas
de autogestión en las empresas y estimular su participación política. Y la participación
es, a fin de cuentas, el principal antídoto contra la burocratización de las
organizaciones sociales y políticas. Por otro lado, luchar por expandir el tiempo de
ocio es uno de los pilares que deberán posibilitar un florecimiento cultural sin precedentes
en una sociedad en transición hacia el socialismo. Así pues, de lo que se
trata es de utilizar la creciente productividad del trabajo para cambiar la vida y
transformar la sociedad… y no para incrementar los obscenos beneficios de especuladores
y capitalistas.

¿Por qué no proponer que los foros sociales mundiales y regionales asuman
como horizonte la reivindicación de la jornada laboral de… por ejemplo 30 horas
semanales, al igual que lo hicieron las internacionales obreras en el pasado? Esta
reivindicación podría orientar muchas luchas a escala nacional hacia un objetivo
común. A fin de cuentas, en muchos países se tardó más de un siglo en crear la correlación de fuerzas necesaria para conquistar la jornada de 8 horas… que hoy el neoliberalismo nos ha vuelto a arrebatar…

Bajo la explotación: las opresiones. Antes me he referido a la necesidad de recomponer
el mundo del trabajo para actualizar el proyecto socialista. Sin embargo, hay
que pensar en el proletariado realmente existente y evitar idealizaciones heroicas.
La clase obrera tiene distintos sexos, edades, nacionalidades, etnias, orientaciones
sexuales… y está atravesada por una serie de contradicciones y antagonismos internos
que debe intentar superar si pretende erigirse en clase dominante y dirigir los
destinos de la sociedad. Esta realidad añade una creciente complejidad a la lucha
de clases, una complejidad que debe ser entendida y abordada por la izquierda.
El obrerismo estrecho y las distintas variantes del reformismo acostumbran a negar
la existencia de opresiones específicas o, en todo caso, las ven como algo ajeno
a la lucha de clases que aparta a la izquierda de su camino…¿Cuántas veces hemos
oído que el feminismo y la lucha de las mujeres es algo extraño al movimiento
obrero? ¿O que la lucha por la emancipación nacional divide a la clase obrera?
Hoy, como en otros contextos de crisis y reflujo del movimiento obrero, estos prejuicios
reaccionarios afloran decididamente entre los sectores populares más despolitizados
y entre las burocracias más conservadoras, prejuicios y fobias que la
derecha siempre ha explotado hábilmente para garantizarse una base de masas.
Esquivar los problemas es la garantía de no resolverlos. Sin que la izquierda anticapitalista
asuma y luche activamente contra las opresiones específicas, sin acabar
con las discriminaciones que refuerzan la explotación, que crean insolidaridad y
generalizan prejuicios y desconfianzas entre las personas explotadas… será incapaz
de construir un bloque social alternativo.

Por otro lado, tampoco podemos caer en el error simétrico de las políticas de identidad
posmodernas. La lucha de clases no puede disolverse en una agregación de afirmaciones
identitarias de colectivos oprimidos. Saber relacionar esas luchas contra las
opresiones y conseguir que enriquezcan y refuercen nuestro combate común contra
la explotación capitalista es la única garantía de no ceder ante repliegues comunitaristas,
neurosis identitarias y relativismos posmodernos. Permite luchar contra la
opresión nacional sin deslizarse hacia el nacionalismo, impulsar la lucha de emancipación
de las mujeres sin abandonar la lucha de clases, defender los intereses de las
minorías oprimidas sin crear ghettos-refugio... ya que la resistencia a la explotación
capitalista constituye el único hilo de inteligibilidad que relaciona a los distintos sectores
populares, constituyendo, por consiguiente, un punto de apoyo racional indispensable
para alcanzar una alternativa de sociedad con pretensiones de universalidad
/21.

A su vez, puesto que la independencia económica es la precondición de la autonomía
personal y colectiva, cualquier degradación de la correlación de fuerzas entre
capital y trabajo refuerza las opresiones específicas y fragiliza en primer lugar a los
sectores más vulnerables. Esa es la razón por la cual la globalización neoliberal ha
acelerado la feminización de la pobreza; ha aumentado la opresión de ciertos pueblos
y de las poblaciones de origen inmigrante; ha agudizado la persecución de las minorías
sexuales y ha propiciado el resurgimiento de fundamentalismos religiosos caracterizados
por su misoginia y su homofobia.

No habrá humanidad que emancipar sin supervivencia del planeta: atajar la crisis
ecológica. A principios del siglo XX la disyuntiva que se perfilaba ante el desarrollo
del capitalismo era, según la célebre fórmula de Rosa Luxemburgo, “socialismo
o barbarie”. Hoy, la barbarie no es ya una temible posibilidad, sino el rasgo predominante
de nuestro tiempo. Y la crisis socioambiental que vivimos es, con las hambrunas,
la guerra y el militarismo, su manifestación más dramática. Esto significa
que la lucha por el socialismo ecológicamente fundamentado no es un deseo piadoso,
sino un imperativo de supervivencia de la especie cada vez más urgente. Si
bien, como decía Mandel /22, los aspectos progresivos del capitalismo predominaron
globalmente sobre su vertiente destructiva hasta aproximadamente la Primera
Guerra Mundial, desde entonces el precio que está pagando la humanidad por no
haber creado un orden socialista mundial no deja de crecer.

Hoy, problemas como el efecto invernadero y los trastornos climáticos que estamos
viviendo, la escasez de agua y energía, la desertización, las hambrunas, la generalización
de la agricultura industrial y del uso de transgénicos, las catástrofes
tecnológicas… comprometen la supervivencia de la especie a corto y medio plazo.
De hecho, muchas de las guerras en curso en el mundo ya están directamente relacionadas
con estos problemas y lo estarán cada vez más en el futuro.

La izquierda mayoritaria del siglo XX, tanto de inspiración socialdemócrata como
estalinista, ha compartido un optimismo histórico ciego consistente en asimilar el
progresismo burgués y su fe en el desarrollo indefinido de la técnica y de las fuerzas
productivas, así como en el crecimiento económico indiscriminado, como medio para
resolver los problemas sociales /23. La izquierda del siglo XXI deberá tener una concepción
mucho más dialéctica del problema. Deberá entender que la tecnología nunca
es socialmente neutra y que el socialismo no sólo significa la socialización de los
medios de producción, sino también su profunda transformación; no se podrá reducir
a un simple modelo económico, sino que deberá ser una civilización regida por lógicas
sociales, ecológicas y antropológicas radicalmente distintas /24.

Hoy, junto a la erradicación de la pobreza en el mundo, la tarea más urgente que tenemos
planteada es una reconversión ecológica radical de la sociedad industrial, capaz
de potenciar nuevas tecnologías menos contaminantes, de desarrollar las energías
alternativas, de extender los sistemas públicos de movilidad, de alcanzar una relación
más racional entre campo y ciudad, de desarrollar nuevos modelos urbanísticos menos
dependientes del coche privado... Nuestra idea-fuerza central debe ser que para
combatir las desigualdades no se debe producir más, sino repartir mejor los recursos
y la riqueza y crear nuevos sistemas de satisfacción de las necesidades humanas /25.

También hay que defender enérgicamente la consigna de la soberanía alimentaria de
los pueblos -en particular, los de la periferia- para luchar contra los problemas de subsistencia ocasionados por una división internacional del trabajo sometida a los intereses de las principales potencias imperialistas. Aquí llegamos a un problema central:
hay que saber defender los intereses de los países del Sur contra las imposiciones
del Norte desde la conciencia de que los principales problemas ambientales
del planeta son responsabilidad de los países imperialistas. Ahora bien, hay que esforzarse
a su vez en buscar modelos de desarrollo alternativos que no reproduzcan los
mismos modelos insostenibles en el Sur. Aquí también hay que apostar porque la ley
del desarrollo desigual y combinado permita a los países del Sur saltarse etapas de
crecimiento capitalista ecológicamente insostenible e intentar resolver sus problemas
de desarrollo socioeconómico desde paradigmas ecosocialistas (en particular en lo
que a modelos agrícolas, energéticos y de movilidad se refiere).

En fin, el criterio del ahorro de recursos naturales y el principio de prudencia tecnológica
deberán orientar las grandes decisiones macroeconómicas. El problema,
de nuevo, es que las grandes opciones estratégicas escapan al control democrático
de la ciudadanía. De ahí que sea absolutamente ineludible inserir la lucha por una
reconversión ecológica radical en la perspectiva de la transición al socialismo, ya
que los procesos de democratización económica gradual tienen límites bien precisos
bajo el capitalismo: la camisa de fuerza neoliberal que imponen las instituciones
internacionales de la globalización, la propiedad privada de los principales
recursos y empresas y la naturaleza represiva última del Estado capitalista.

1/ Vid. Bensaid, D. (2006). Resistencias. Ensayo de topología general. Barcelona, El Viejo Topo.
2/ Benjamin, W. “Tesis de filosofía de la Historia” (disponible en www.revoltaglobal.net/article526.html).
3/ A este respecto es muy interesante el libro de Katz, C. (2004) El porvenir del socialismo, Imago Mundi-Buenos Aires, Herramienta.
4/ Uno de los mejores esfuerzos teóricos por sistematizar las lecciones de las experiencias de los países del Este y por perfilar algunas opciones alternativas factibles es Mandel, E. (1994) El poder y el dinero. México, Siglo XXI. También hay elementos interesantes de reflexión en Blackburn, R. (1993) ‘Fin de siècle’: el socialismo después de la quiebra”, en Robin Blackburn (Ed.), Después de la caída. El fracaso del comunismo y el futuro del socialismo, Barcelona, Críticaa y en Tello, E. “El socialismo irreal. Bosquejo histórico de un sistema que se desmorona” en mientras tanto, n. 40, Barcelona, 1990.
5/ Es justamente en la escasa productividad del trabajo (cuyo reverso era un despilfarro faraónico de recursos por parte de la burocracia y las consiguientes catástrofes ecológicas que provocaba) y en la escasez generalizada de productos de consumo básico que se daba en los países del Este donde radicaba uno de los puntos más débiles de esas experiencias en relación con el campo imperialista y que, a la postre, junto a la carrera de armamentos impuesta por Occidente, precipitó su hundimiento. A su vez, estos problemas de ineficiencia económica, unidos a la falta de libertades políticas, explican que esos regímenes dejaran de ser un referente atractivo para amplias franjas del proletariado occidental a partir de los años setenta y que, en los ochenta, aumentara su aceptación pasiva del sistema capitalista. Todavía hoy, la supuesta inviabilidad económica del socialismo que se desprende de la incomprensión de lo sucedido en la URSS y los países del Este constituye un arma ideológica fundamental de las burguesías occidentales para desacreditar cualquier alternativa global al capitalismo.
6/ Me remito aquí a algunas reflexiones de Antoine Artous en su artículo “Democracia y emancipación social” (disponible en www.revoltaglobal.net/article499.html) y al texto de François Sabado “La democratie jusqu’aubout” en el número de Les cahiers de Critique Communiste titulado Marxisme et démocratie.
7/ Para una buena reflexión sobre los problemas y dificultades de construir una democracia socialista en un Estado revolucionario, véase el artículo de Rafael Bernabé, “Notas sobre Cuba y la democracia socialista” (disponible en www.revoltaglobal.net/article503.html). Un texto programático fundamental de nuestra corriente en el que se abordan muchos de estos problemas es la resolución del XI Congreso Mundial de la IV Internacional, “Democracia
socialista y dictadura del proletariado”, 1979.


Tags: Chávez, mundo, gobierno, Venezuela, izquierda, política, socialismo

Publicado por blasapisguncuevas @ 19:21  | VENEZUELA
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios
Discurso Impecable de Fidel Castro y ¿Por qué MoReNa? @Taibo2 Paco Ignacio Taibo II

Pirámide capitalista
Pirámide capitalista. actualizada