Lunes, 07 de julio de 2008

Los que imperan.

 

A medida que adquiere el burguesismo su pleno desenvolvimiento,

se acrecienta el imperio de los mediocres.

En todos los órdenes de cosas triunfan las medias tintas,

lo indefinido, lo anodino. En el de las ideas, las mayores

probabilidades de éxito corresponden a los que carecen de

ellas. En el de los negocios y el trabajo, a los que, ignorándolo

todo, parecen saber todo. El fenómeno es fácilmente explicable.

 

La burguesía se ha dado buenas trazas para que todas

las actividades y capacidades sociales concurran a la caza de

la peseta. Ha sentado como axioma que para ser buen comerciante

es un estorbo la abundancia de conocimientos. Ha

reducido a máquinas de trabajo a los productores. Ha convertido

en sirvientes a los artistas y a los hombres de ciencia.

Ha suprimido al hombre y sustituido por el muñeco automatíco.

El resultado ha sido fatalmente la multiplicación de las

nulidades con dinero. Dentro de poco gobernaran los imbéciles.

El triunfo es totalmente suyo.

La fatuidad de estos horrendos burgueses que llenan la

via pública con su prosopopeya y su abultado vientre, la soberbia

de estos burdos mercachifles que apestan a grasas y

flatulencias; el ridículo orgullo de estos sapos repugnantes

que graznan con tono enfático, son las tres firmes columnas

de la mediocridad vencedora.

Por donde quiera, el hombre inteligente, el artista, el

estudioso, el sabio, el inventor, el laborioso, tropiezan indefectiblemente

esas moles de carne de cerdo con atavio de persona. Son la valla

que cierra el paso a toda labor creadora, a toda empresa de progreso,

a todo intento de innovación.

Para la burguesía es pecaminoso pensar alto, sentir hondo

y hablar recio. No hay derecho a ser persona.

Serviles de nacimiento, no transigen con quien no se

someta a su servidumbre. Poco a poco van poniendo a todo el

mundo bajo el rasero de su misera mentalidad y así dirigen

la industria gentes ineptas; gobiernan el trabajo hombres

 

inhábiles; está en manos de los más incapaces la función

distributiva de las riquezas; de los torpes, la administración de

los intereses. Sobre todo esto se levanta la categoría privilegiada de los holgazanes avisado que maneja el cotarro público.

Si algún hombre de verdadero valor alcanza la cumbre,

allá arriba se degrada, se envilece y claudica. Prontamente

va a engrosas el numeroso ejército de la mediocridad

triunfante.

No se pregunta a nadie cuánto sabe y para qué sirve

cuanto tiene en dinero o en flexibilidad de espinazo.

Poseer o doblarse bastante para poseer; he ahí todo.

Con semejante moral los resultados son, en absoluto,

contrarios al desarrollo de la inteligencia y de la actividad.

Por debajo de la aparatosa fachada del progreso y de la civi-

lización, bulle la ignorancia osada, duena y señora de los destinos del mundo.

Con semejante moral se convierten en estridencias de pésimo gusto, las más sencillas verdades proclamadas en alta voz. Cualesguiera idealismos, aspiraciones o generosas demandas, son traducidas por la turba adinerada

como delirios insanos cuando no como criminales intentos.

. La locura y la delincuencia empiezan donde acaba la vulgaridad

y la remploneria del burgues endiosado.

El imperio de los mediocres acabará con el vencimiento

de la burguesía. Entre tanto será inútil disputarse el domino del

mundo.

(«EL LIBERTARIO», núm. 20. Gijón, 21 Diciembre 1912



Tags: trabajo, Ricardo Mella, igualdad, anarquismo, sociedad, ideas, imperio

Publicado por blasapisguncuevas @ 18:54  | Socialismos
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