Lunes, 07 de julio de 2008

LA OBRA DE LA CIVILIZACIÓN

La vida civilizada consiste principalmente en suplantar

a la Naturaleza con todo género de artificios. A la esponta-

neidad de los movimientos, de los impulsos y de las acciones

sustituye la reglamentación y la disciplina educativa, que

viene a ser una verdadera domesticación sistemática. Asi,

civilizar es lo mismo que ahogar en germen toda libertad,

toda inclinación; todo impulso natural. El hombre civilizado

piensa y obra cronométricamente y a la medida impuesta

por los educadores en la niñez. La diafanidad del pensa-

miento, la sencilla pureza de los afectos, la franca pureza

de los actos, son cosas vitandas. Hasta respecto de las ener-

gías orgánicas se ha hecho del hombre un muñeco. ¿Para

qué necesitamos de la fuerza física? Abundan los bonitos

juguetes que matan. Gracias a ellos se ha podido formular

una grave sentencia: el revólver ha igualado a todos los

ciudadanos.

De acuerdo con el ideal civilizador, lo esencial es hacer

hombres poderosos por su inteligencia y poderosos por su

disciplina; poderosos por sus medios defensivos y ofensivos.

La Naturaleza nos los entrega torpes e indisciplinados y,

además, del todo indefensos e inofensivos. La civilización

los transforma. Su obra es maravillosa.

Mas hétenos aquí que los civilizadores se sienten un poco

avergonzados de su talla y de su fuerza. La igualdad ante

el revólver no les place. Siempre hay un arma más fuerte

en manos de un hombre más decidido. El atletismo se hace

moda. Y hasta la frase: hacer un buen bruto, tórnase elegante.

No hay temor, sin embargo, de una vuelta a la naturaleza.

El contrasentido de la civilización no se confiesa. Se insiste

en el artificio Gimnasia de salón, gimnasia sueca, gimnasia

de circo; ejércitos de exploradores, regimientos de pequeños

soldados bandadas de fornidos jugadores; todos los deportes

de la fuerza se ponen a contribución a fin de obtener buenos

y poderosos puños. Por supuesto, todo muy reglamentado,

absolutamente rítmico, estrechamente disciplinado. Nada de

movimientos fuera de tiempo y de compás. Nada de ejercitar

la energía sin cuentagotas. Nada de libertad y de esponta-

neidad en la acción. ¿Qué seria de la educación física sin la

batuta del director de orquesta?

Hace días publicaba cierta ilustración francesa un

hermoso grabado en el que se veía a un grupo de señoritas

alemanas en las ridiculas posturas gimnásticas, todas a

una verificaban los mas extraños movimientos. Planchas,

piruetas, cabriolas, de todo se hacia acompasadamente v a

la voz de mando.

Pensamos en seguida que aquellas señoritas se hacían

mucho más vigorosas y sanas y serían también más felices

corriendo libremente por la pradera, persiguiéndose en la

grave frondosidad del bosque, brincando por peñas y riscos

o bañándose en el sol sobre la cálida arena de la playa.

Pensamos en seguida que los pulcros jayanes que pierden

su tiempo en los salones de esgrima, en los juegos de pelota,

en las carreras de caballos, en los deportes náuticos, estarían

mucho mejor correteando por playas, bosques y praderas

tras las lindas mozas de rosados colores que Invitan a besos;

estarían mejor trepando a los árboles para alcanzar a sus

adoradas los ricos frutos de la pródiga naturaleza; estarían

mucho mejor en plena libertad de acción y pasión. El

muñeco mecánico no es de ningún modo preferible al hombre

natural.

No es sin embargo, éste el peor aspecto del contrasentido

en que incurre la civilización. Allá se las hayan los pudientes

con su mal gusto por los artificios gimnásticos.

El lado peor, irritante e insoportable de tal contrasentido

es que se entregue la juventud dorada al ejercido físico

improductivo, mientras se obliga a la masa proletaria a un

exceso de trabajo agotador para que la holganza privilegiada

 

 

pueda continuar sus estériles y enervantes devaneos.

Trabajar unos hasta extenuarse, y que otros, para divertirse,

le pongan ridiculamente a mover brazos y piernas y tronco

sin finalidad ni provecho, es el colmo del absurdo civilizado.

¿Se quiere al hombre vigoroso y sano? El trabajo libre,

compartido por hombres libres e iguales, seria el más bello

de los deportes y el más sano de los ejercicios. No hay

igualdad comparable a la que se adquiere en plena Naturaleza.

No hay vigor más firme que el que se obtiene en el

ejercicio de una obra cualquiera, espontáneamente adoptado

a su objeto. No hay salud más duradera que la que se gana

en el desarrollo armónico de una vida que a si mismo se

ordena, trabajando o gozando, según place en cada momento.

La libertad y la espontaneidad en el desenvolvimiento de las

aptitudes del hombre, constituyen la sólida base de su salud

y de su dicha.

La civilización podrá conseguir que los alfeñiques de la

burocracia y de la burguesía lleguen a ser capaces de tirar

de un carro mejor que cualquier bestia, pero no logrará

hacer de ellos hombres sanos y dichosos. La salud será en

esas gentes una cosa sobrepuesta; la dicha, una mueca de

hastio.

Y, entretanto, los poderosos músculos del campesino y

el obrero, pese a la bárbara carga del trabajo esclavo,

seguirán desarrollándose y seleccionándose al par que se

educan por la inteligencia y por el creciente dominio de la

técnica, hasta que, por una inevitable reacción de la Naturaleza,

el hombre que trabaja voltee de un soberano revés

al hombre que se complace en la caricatura del trabajo.

Los contrasentidos de la civilización durarán lo que dure

la inconsecuencia de las multitudes. Parécenos que los tiempos

actuales, no obstante la recrudescencia de todas las

barbaries históricas, están gritando que la inconsciencia

acaba.

Por pequeña que sea la minoría de los capacitados para

la revolución, es una minoría temible.

(«ACCIÓN LIBERTARIA», núm. 11. Madrid 1 de agosto 1913.)


Tags: trabajo, mella, igualdad, anarquismo, sociedad, ideas, Civilización

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