Martes, 15 de julio de 2008
 

 

A D. Ricardo Fajarnés

 

Querido amigo:

Siendo muy joven, ya comprendí que las farsas

de la religión eran un perjuicio para la marcha del

progreso y el bienestar de la humanidad, por lo

cual en 1885 concebí la idea de poner en solfa

todas esas cosas de los pecados, castigos eternos,

mandamientos de la iglesia, artículos de fe, etc., y

pensé escribir una obra titulada LOS PECADOS

CAPITALES.

Como su epígrafe indica, la obra debía tener

siete capítulos, uno para cada pecado; estos capí-

tulos pensé que fueran en forma de cuento y escribí

el correspondiente a la ENVIDIA.

 

 

 

El tiempo que iba transcurriendo y otras ocu-

paciones me impidieron llevar a cabo mi proyecto,

y el manuscrito quedó olvidado entre varios pape-

les: pero hoy que me ha venido a las manos, he

pensado imprimirlo y regalarlo a los amigos, para

que al menos quede algo de aquel pensamiento que

tuve.

Podía haberlo enmendado, pero quiero impri-

mirlo tal cual lo escribí, porque tal vez, sea este mi

primer trabajo, y sobre todo por el sabor de aquel

mi entonces en que no poseía la ilustración que

ahora tengo, aunque ésta no sea todo lo extensa y

notable que yo quisiera tener.

Y explicado el motivo de la aparición de mi

folleto, réstame sólo el manifestarle que a usted se

lo dedico, en premio a los desvelos que ha pasado

para publicar su obra FILOSOFÍA POPULAR

La civilización, y en desagravio del desdén que a

su obra han hecho los periódicos radicales, no

ocupándose de ella, y los elementos avanzados, no

propagándola como debían.

Sabe le aprecia y le quiere su amigo.

 

Francisco Ferrer

 

Abril de 1900.

 

 

ENVIDIA

 

Nos encontramos en el Paraíso terrenal- en esa

mansión celeste.

Dios puso toda su habilidad -cuando hizo el

mundo- en este privilegiado jardín, porque es lo

único que se reservó para sí; lo demas lo abandonó

por completo, tanto, que si no hubiera pasado lo

que verán nuestros lectores, se hubiese desecho el mundo

por el tiempo y no hubiera quedado de todo

lo que hizo Dios, más que el Paraíso terrenal

Destinó este ameno jardín para sus malos ratos

-que los pasa muy a menudo- y, por lo tanto,

todo su cuidado y toda su sabiduría la empleó en la

formación de este oasis de la dicha.

 

¡Qué caprichosos grupos! ¡Qué soberbio colo-

rido el de las flores!

Cómo se pavoneaba Dios, lleno de orgullo, al

ver lo perfecto de su obra.

Qué ambiente tan perfumado se respira en ese

sitio, que bien claro lo demuestra ya la pala-

bra: Paraíso.

Efectivamente, Paraíso; como quien dice dicha,

placer, armonía, todos los límites del goce y del

deleite.

Dios era feliz rodeado de sus cortes de ángeles

y arcángeles, mas cátate que en su pensamiento

bullía continuamente la idea creadora, y no estaba

aún satisfecho con haber hecho el sol y la luna, el

cielo y la tierra, los montes y los mares, los ángeles

y las fieras, y he aquí que un día concibió la idea de

hacer algo semejante a sí mismo, algo grandioso a

su entender, pues quería él —sobre ser solo y no

tener nadie que le hiciera competencia— saber

hasta donde llegaba su inmenso poder, y entonces

 

 

 

FORMÓ Al Hombre

 

Qué apuesto y arrogante se presentó ante su

vista, qué figura tan varonil, qué donosura, qué

belleza, qué contornos.

Dios se hinchó a más no poder al contemplar

su obra y llegó a enamorarse del hombre.

Tú serás el rey del mundo;— le dijo en uno

de esos momentos de pasión en que cuesta poco

prometer —tú dominaras hasta las fieras más fero-

ces; tú eres mi imagen y semejanza y eres el único

en la creación que se me aproxima y puede llegar a

igualárseme. Tienes talento, pues para eso te doy

imaginación; tienes afecciones, pues para eso te

pongo un corazón, y te pongo también una

conciencia, para que comprendas lo bueno y lo malo;

lo malo es desobedecerme.

Y se sonreía lleno de satisfacción al ver pa-

searse al hombre por el Paraíso, formando la

gigantesca sombra, (cuando le daba el sol), y los

mil dibujos de su contomo al coger alguna flore-

cilla, al formar algún ramo, al tumbarse en la fresca

yerba, porque aquel hombre no hacía más que

pasear y dormir.

Y digo esto, porque no creo que Dios fuera

a convertirse en cocinera para servir al hombre,

ni consentina que sus legiones celestiales de

ángeles andasen entre los pucheros y el carbón;

de modo que, por su inmenso poder, en aquel

entonces no se comería.

Mas cátate que no se conforma ya con el

hombre solo.

Ya le cansa el verle por allí, sin conversación,

porque como no había política, no tenían de qué

hablar. Sólo se miraban y se sonreían como dos

enamorados.

Un día en que Dios tuvo una pesadilla, se

levantó bastante malhumorado de tomar la siesta, y

no sabiendo qué hacer, imaginó el distraerse for-

mando algo nuevo.

Vio que el hombre dormía muy satisfecho

pues se habían acostado los dos juntos— y como

 

 

él no había podido dormir, al contemplar aquella

tranquilidad, le entró, o más bien dicho, se apoderó

de él uno de los siete pecados mortales, como es el

de la Envidia.

Envidioso de lo bien que dormía, trató de turbar

su sueño para lo sucesivo, y le quitó una costilla

(porque la envidia hace cometer muchas malas

acciones, y mala acción fue el quitarle una costilla

al hombre), que no sabiendo qué hacer de ella.

 

FORMÓ A LA MUJER

 

¡Qué hermosa y provocativa se presentó la

señora ante su creador! Sin habérselo enseñado

nadie, ya se presentó con la incitante sonrisa y con

los ojos devoradores de la pasión, con esos ojos

hambrientos de placeres con los cuales nos enlo-

quecen y nos cautivan.

Como Dios estaba envidioso del hombre, le

presentó la mujer, creyendo que el hombre enton-

ces le envidiaría a él por su habilidad en formar tan

preciosa escultura; pero no sucedió así: porque el

 

 

 

hombre al ver a la mujer, no pensó ya más que en

ella. Se olvidó de Dios, se olvidó de todo, y en

aquel Paraíso entrevio otro de venturas y placeres.

¡Y cómo no, si se había enamorado de ella! ¡Si la

vio con su provocadora sonrisa y fue abrasado por

el fuego de aquellos ojos negros! —Porque los ojos

de la mujer deben ser todos negros, que es como

le gustan al autor de este cuento— ¡Si quedó

prendado de tanta belleza!

¿Y cómo no se había de enamorar si Dios le

había dado un corazón y le había hecho su imagen

y semejanza, y Dios amaba a la mujer como le

amaba a él, por más que lo envidiase? Y he aquí

como al ser su semejanza, en eso lo demostraba,

amando lo que amaba su Dios.

Y crecía su pasión por la mujer y la mujer le

amaba, porque como no tenía amadores de oficio,

ni tontos de capirote que la persiguieran, se hubo

de contentar con lo que había, aparte de que el

hombre era hermoso también, no tanto como ella,

pero hermoso.

Y cuenta una crónica de aquel tiempo, que

desde el primer momento la mujer empezó a tener

mil defectos y caprichos, se acostumbró a peinarse,

haciéndose dos trenzas de su hermoso cabello, que

el hombre se encargaba de deshacer cuando le

venía a antojo.

 

 

 

También quiso la mujer empezar por dominar al

hombre y ser la dueña, la reina absoluta; pero el

hombre no cedía porque no se le olvidaba aquello

de que él era.el rey de la tierra y que él lo dominaba

todo, y el mandar es cosa que en todos los tiempos

ha gustado mucho.

Por aquel entonces, los ángeles y toda la corte

celestial, envidiosos del hombre y la mujer, —se

conoce que la envidia se arraiga muy pronto, por-

que los ángeles se hicieron envidiosos enseguida, al

ver que Dios traía huéspedes a su mansión adorada,

formaron un complot y se insurreccionaron a su

jefe, que lo era Dios.

Este tuvo que ocuparse unos días —según

dicen— en arreglar aquello, por lo cual a Satanás,

Lucifer y otros individuos alados que fueron los

autores y cabezas del motín, los expulsó de la corte

celestial, y su mente creadora le inició el Infierno, y

al punto lo formó, metiéndoles allí en castigo de su

rebeldía; éstos, que llegaron a creerse iguales a él,

ya no le dejaban reposar y de vez en cuando se iban

a la mujer —como más tonta— y le aconsejaban

que dominase no sólo al hombre sino al mismo Dios

si posible le era.

Ella, ante estos malos consejos, concluyó por

ser tan mala como ellos, y ha venido siéndolo

siempre.

 

 

Mientras Dios se ocupaba de la insurrección,

dejó al hombre y la mujer en completa libertad.

Estos, que se amaban a más no poder, porque

no tenían tampoco otra cosa en que entretenerse, al

verse libres por unos días, pero libres para toda

acción, empezaron por perderse en los bosqueci-

llos del Paraíso para estar más a sus anchas y

contemplarse mejor, —porque los verdaderos ena-

morados siempre gustan de la soledad,— cuando

el Sol, al observar esto, dio parte a Dios de lo que

ocurría, para que estuviese alerta y no se le

burlase aquella pareja.

Dios los llamó a su presencia y los reprendió

porque no tenían necesidad de esconderse, cuando

todo era suyo, y eso demostraba mala intención, y

en castigo les prohibió el que se vieran en algunos

días, más como los enamorados son tercos, y Dios

estaba muy ocupado, no hicieron caso de la prohi-

bición y siguieron viéndose y amándose.

La Luna —envidiosa del Sol, porque recibía la

luz de éste y ella no podía dar por si sola,— se

declaró la protectora de los enamorados, y les

aconsejó que de día descansaran, y que de noche

que Dios descansaba también, hicieran cuanto qui-

sieran, pues ella no diría una palabra con tal de

fastidiar al Sol.

Se conoce que allí la envidia es moneda corriente.

 

 

 

Los amantes siguieron al pie de la letra los

consejos de la Luna, y el Sol ya no vio nunca nada

digno de contarlo a Dios, pues como las entrevistas

las tenían de noche, la Luna siempre ha sido muy

callada y nunca descubre los secretos de otros.

Más por dónde una noche Dios iba buscando a

un ángel rebelde de la insurrección, para encerrarlo

en el infierno, cuando de entre un grupo de árboles

oyó un ruidoso beso, que le dejó atónito y sus-

penso, pues él con ser Dios, jamás había oido aquel

melodioso sonido; más detrás de aquel beso, oyó

otro y otro, y no pudiendo contener su sorpresa,

penetró a todo vapor y se encontró a la mujer en

los brazos del hombre.

Entonces Dios abrió el ojo todo cuanto pudo,

por eso pintan un triángulo de luz y en medio un

ojo muy abierto— y fue tal su indignación ante

aquel cuadro, que estuvo tentado de deshacer el

mundo y volver a esconderse en las tinieblas de

donde había salido.

Pero podía en él más el amor propio que la

dignidad, y no se atrevió a deshacer una obra tan

soberbia, por miedo a no hacerla después tan buena

como entonces; pero soltó un resoplido colosal,

que hizo temblar el mundo, hasta el extremo que el

Sol que dormía a pierna suelta despertó sobresalta-

do y corriendo se fue a ver lo que pasaba, con lo

 

 

 

 

cual alumbró la escena y tuvo lugar el primer

eclipse, porque riñeron el Sol y la Luna, y no sé a

donde hubieran ido a parar, si Dios no se interpone

y manda al Sol a que siga durmiendo, que fue

obedecido al punto.

Desde entonces el Sol y la Luna cuando se

encuentran riñen.

Un león que pasaba por casualidad, pues no

tenía sueño y paseaba por aquel sitio, le chocó

tanto el resoplido de Dios, que procuró imitarlo, y

le salió tan bien, que ha seguido haciéndolo toda la

vida.

Dios indignado con el hombre por ver que había

inventado lo que jamás a él se le ocurrió, con ser

Dios y todo, empezó por cubrirlo de pelo, por ver

si la mujer al verlo más feo, lo despreciaba, pues él

todo su coraje era de envidia que tenía por ver que

no se le había ocurrido besar y abrazar a la mujer, y

el hombre había ideado tan deleitosa dicha.

Llamó aparte a la mujer —después de prohibir-

Tags: Envidia, Ferrer, dios, pecados, paraíso. anarquismo, religión

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