Jueves, 21 de agosto de 2008
 

La burguesía transatlántica y su brazo armado, la OTAN, están logrando el sueño dorado de su complejo militar-industrial: regresar el mundo hacia los tiempos de la Guerra Fría de Winston Churchill y Harry Truman. Y, al igual que aquellos delincuentes políticos clásicos, no escatiman imponer sus intereses al precio de un holocausto nuclear, como evidencia cada vez más su prepotente geopolítica belicista en el Caucaso (Georgia), Ucrania y Europa oriental.

El duo Cheney-Bush cosecha los frutos de la política trazada por el imperialista Bill Clinton. Al colapsar la Unión Soviética, con el inepto e iluso Gorbatchev y el borracho golpista de Estado Yeltsin, en el poder, Clinton tenía dos opciones estratégicas: integrar a las partes europeas de la URSS y Rusia, en la Unión Europea y la OTAN, o seguir considerándola enemigo. En el segundo caso era “necesario” seguir aplicándole las dos doctrinas fundamentales de la política imperial estadounidense: el Grand Area y el Containment (contención).

Contra la opinión del fundador de ambas doctrinas, John Kenneth Galbraith, que habían sido extraordinariamente exitosas para Washington, Clinton decidió que  a Rusia tenía que rodearse con una “cortina de hierro” (Churchill). Es decir, el brazo militar del imperialismo transatlántico, la OTAN, reforzado por Israel,  debía amenazar directamente a Rusia desde sus fronteras. Balcanización y cordon sanitaire militar, apoyado en la amenaza nuclear-antimisilística (Star wars), fue la política de Clinton durante ocho años, en el ajedrez de dominación mundial y frente a la nueva colonia.

La política de colonialismo nuclear tuvo extraordinarios éxitos. Ucrania y Bielorrusia que nunca habían sido naciones ni Estados propios, se convirtieron en tales. Para darse una idea de la importancia de la expropiación de Ucrania a Rusia, era comparable a quitarle a Estados Unidos la extremadamente importante región del Midwest.

Sin embargo, la estrategia comenzó a fallar cuando Putin recuperó el Estado ruso del control mafioso y occidental. Putin bloqueó el trascendental paso transcaucásico conquistador, que Washington había planeado a través de la separación de Chechnya; aplicando el modelo de represión militar que Washington usa en Irak (Falluya). 

Con los reveses en Irak, Afganistán y Pakistán, la camarilla en torno al duo Cheney-Bush decidió dar el golpe estratégico en el Caucaso. Creó una fuerza de choque georgiana mediante instructores gringos, la dotó de armamento y le dio experiencia de combate en Irak. Estacionó avanzadas fuerzas de defensa aérea misilística ucranianas en Georgia, aprovechó la distracción mundial de los juegos olímpicos en Beijing y la ausencia de Putin y Medvedev de Moscú, para un ataque con artillería pesada contra una ciudad civil (Tskhinvali), ocuparla después con tanques y cometer masacres. 

No respetando más su status neocolonial, Putin reaccionó como es necesario reaccionar ante el fascismo: de manera mesurada y fría, pero con capacidad real para liquidar la intriga imperial-oligárquica en el nivel donde se plantea. En este caso, en el campo militar. 

Desde entonces, Cheney-Bush han escalado el conflicto autorizando el despliegue del escenario reaganiano Star Wars (misiles antiaéreos) en Polonia que no es otra cosa que el intento de construir condiciones para dar un golpe preventivo nuclear (first strike capacity) contra Rusia y China. Y ahora han aumentado el peligro de un conflicto militar directo con Rusia al introducir buques militares estadounidenses en el Mar negro. 

La Guerra Fría a la cual la lumpenburguesía atlántica no ha renunciado nunca desde 1945, es congénita a esa clase, porque es la guerra contra el Tercer Mundo y por los recursos y mercados mundiales. Cuando la URSS era el aliado estratégico de los movimientos de liberación nacional, la “Guerra Fría” asumió la máscara de una guerra contra “el socialismo”. Hoy día, que no hay más socialismo histórico en Rusia y China, la guerra sigue. Y es obvio porque. 

La lumpenburguesía atlántica sigue con la ilusión del sistema mundial unipolar, controlado por ella. Por eso tiene que “contener” a Rusia, China y Hugo Chávez. Y si lo considera  necesario lo hará al precio de un holocausto nuclear.


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