Lunes, 01 de septiembre de 2008

 28-08-2008

Las horas bien aprovechadas de Vargas Llosa en Caracas

Alberto Montero Soler y Pascual Serrano
Rebelión


A estas alturas a pocos puede sorprender el carácter panfletario de gran parte de la producción periodística reciente de Mario Vargas Llosa en contra de los procesos de transformación social emprendidos en un grupo creciente de países latinoamericanos y, particularmente, en contra de sus dirigentes.

Resulta cuando menos curioso que el rigor del que el escritor hace gala a la hora de documentarse para la escritura de sus novelas se desvanezca casi completamente cuando se trata de escribir negativamente sobre Venezuela, Bolivia o Nicaragua o sobre sus respectivos mandatarios. En estos casos, la desinformación -si se es benévolo en el juicio-, o la tergiversación malintencionada –si se es realista en el mismo-, se convierten en la norma cotidiana que guía tanto el contenido como el tono de sus panfletos que tan gustosamente acoge El País.

El “Periódico global en español” ha encontrado, así, a un reputado escribano que aporta sus apellidos, que no su rigor, a la campaña de desinformación permanente que aquél mantiene contra todo lo que en América Latina suene a transformación social, tratando de ocultar bajo la apariencia de razones objetivas lo que no es más que preocupación por el negocio y favores debidos, de forma directa o indirecta, en aquel continente.

Pues bien, en este caso, el escriba ha prestado su pluma para disparar nuevamente contra Venezuela con un artículo titulado “Caracas al vuelo” publicado el pasado domingo, 24 de agosto, en las páginas de opinión de El País. Artículo en el que comenta algunos aspectos deshilvanados de la realidad venezolana actual, a partir de la confesión de que tan sólo estuvo unas “pocas horas” en la capital de Venezuela con motivo del montaje teatral de una obra suya. Vayamos con ello.

El proyecto “autoritario” de Chávez frente a la democracia “ideal” de la IV República

En términos generales, en su artículo Vargas Llosa se congratula de las escasas posibilidades de materialización del “proyecto autoritario que el comandante Chávez ha puesto en marcha”.

Un proyecto tan autoritario que permite que un detractor acérrimo y declarado del proyecto y del presidente visite el país para asistir al estreno de una obra teatral suya y  que no impide que se reúna con opositores políticos locales, como Teodoro Petkoff, para hablar de política nacional. Parece que ahora ha descubierto Vargas Llosa “la libertad con que los venezolanos de toda condición critican en calles, plazas, cafés y donde sea al Gobierno (...)”. De hecho, es extraño que no sepa que el proyecto es tan autoritario que el gobierno venezolano ha basado su permanencia en el poder en la celebración del mayor número de elecciones y referendos de todo el continente durante los últimos ocho años; es más, el presidente llegó a plantear un proyecto de reforma constitucional y se dejó perder por una diferencia de votos minúscula. Todas ellas pruebas irrefutables del talante totalitario del proyecto, ¿no creen?

Evidentemente, cuando se parte de esos prejuicios en el párrafo inicial del artículo, de todo lo que se sigue a continuación nada mínimamente veraz se puede esperar. Y, efectivamente, así ocurre.

Como se recordará, uno de los argumentos de la oposición venezolana para desautorizar las victorias electorales de Hugo Chávez era sembrar la duda sobre la fiabilidad del sistema de voto electrónico, en contra de todo lo reconocido en informes, auditorías y sistemas de control establecidos por las instituciones internacionales independientes de supervisión electoral que siempre se pronunciaron defendiendo su eficacia, seguridad y el anonimato del voto. Sin embargo, ahora llega a Caracas Vargas Llosa y se pronuncia como defensor de ese sistema: “¿Puede el régimen orquestar un fraude generalizado? No es fácil, ya que existe el voto electrónico”. ¿Cuál era entonces la razón de sus constantes críticas al desarrollo de votaciones anteriores mediante el mismo sistema de cómputo y recuento? Porque ahora resulta que el método que tanto se había denostado por parte de la oposición en los últimos procesos electorales es el garante de la limpieza de las próximas elecciones. El que era considerado hasta hace meses el instrumento del fraude ahora lo es de la pulcritud electoral. Todo lo cual hace sospechar que, efectivamente, nunca fue lo primero y sí lo segundo y en estos momentos no les queda más remedio, ante la falta de pruebas en contra, que acabar por reconocerlo.

También nos enteramos por Vargas Llosa, aunque la autoría de la reflexión se la atribuye al político opositor Teodoro Petkoff, que si el chavismo ha fracasado en la instauración de “los instrumentos coercitivos e intimidatorios que en todas las sociedades autoritarias paralizan a la sociedad civil y la enmudecen” (y, aquí, la referencia a Cuba es directa) ha sido porque después de la caída de Pérez Jiménez, la sociedad venezolana ha disfrutado de gobiernos que, atención ahora, “no importa cuáles fueran sus fracasos en el campo económico y social, garantizaron las libertades públicas, celebraron elecciones libres y respetaron el derecho de expresión y de crítica”.

Se ve que Petkoff no le explicó a Vargas Llosa que el Pacto de Punto Fijo se basó, precisamente, en la manipulación de esas presuntas elecciones libres con la finalidad de que se alternaran en el poder los partidos Acción Democrática y COPEI y quedaran excluidos de la posibilidad de acceso al gobierno el resto.

En este sentido, esa idealización de la democracia venezolana previa a la llegada de Chávez que hace Vargas Llosa aludiendo al presunto respeto a ciertos procedimientos electorales es totalmente falaz: fue una democracia de élites corrupta e incapaz de gestionar la cosa pública a pesar de que eso, al escritor, le parezca una cuestión menor. A él parece no importarle que esos fracasos en el ámbito económico y social condujeran a que más del 60% de la población viviera en la pobreza; o a que sus presidentes respaldaran una política de precios del petróleo barata promovida por Estados Unidos y que, en última instancia, redundaba en menores ingresos para el país y, por lo tanto, iba en contra de sus intereses; que llevaran al país a casi una quiebra fiscal; o que, en un derroche de tolerancia y respeto al derecho de expresión y crítica al que Vargas Llosa alude, ordenaran la matanza que tuvo lugar en 1989, durante el Caracazo, cuando el pueblo se echó a la calle para protestar contra las medidas de ajuste diseñadas desde el Fondo Monetario Internacional y que el presidente Carlos Andrés Pérez, meses antes, había prometido que no aplicaría. El gobierno activó un plan militar que contemplaba el uso de armas de guerra contra la población provocando la muerte de, según los cálculos oficiales más modestos, trescientas personas, si bien otras fuentes llegan a establecer los fallecidos en cinco mil.

Inhabilitaciones

Evidentemente, si para Vargas Llosa la ineptitud y la corrupción no son elementos destacables a la hora de juzgar a un gobierno, se entiende que le parezca un atentado la inhabilitación para presentarse a las próximas elecciones a algunos cargos públicos acusados de malversar fondos públicos: “Chávez los sabe y ha tomado precaución haciendo 'inhabilitar' por el Contralor de la República, en flagrante violación constitucional, a casi 300 ciudadanos, la gran mayoría de la oposición”. A pesar de reconocer haber estado tan sólo unas pocas de horas en Caracas, Vargas Llosa no duda en hacer afirmaciones rotundas en relación con un proceso tan complejo como el de la inhabilitación. Se ve que su conocimiento del ordenamiento legal contemporáneo venezolano es muy superior al de algunas generalidades básicas del sistema político anterior a la llegada de Chávez a la presidencia.

La inhabilitación es una medida de la Contraloría (Fiscalía) General de la República que ha sido convalidada por el Tribunal Supremo de Justicia quien ha rechazado el recurso de inconstitucionalidad presentado por algunos de los afectados. Por otro lado, y según un análisis realizado por el diario Últimas Noticias, el 52,6% de los inhabilitados serían chavistas y un 42,8% opositores al gobierno, no se pretende, por tanto, atentar contra una ideología determinada con las inhabilitaciones sino contra personas concretas sobre las que pesan graves acusaciones de corrupción y malversación. 

En cualquier caso, el tema de las inhabilitaciones le sirve a Vargas Llosa para tratar de vender la idea de que Chávez teme los resultados de las próximas elecciones y se está deshaciendo de sus opositores políticos más incómodos por la vía de impedir que se presenten. Idea que choca frontalmente con la que, más adelante, expone el mismo autor cuando alude a que en el propio partido de Chávez hay facciones críticas con las políticas del gobierno y que, sin embargo, presentan su candidatura a aquellos estados que estiman oportuno: “... en las próximas elecciones de noviembre, en algunos estados (incluido el suyo), los candidatos del partido oficialista representen opciones críticas y díscolas a las políticas del propio presidente”. Extraño dictador que no impone su criterio ni en su propio partido.

La conclusión en términos políticos no deja de ser absurda: Chávez permite la disidencia interna pero es intolerante con la externa. Es más, ¿qué necesidad tendría de inhabilitar a un candidato como Leopoldo López, actual alcalde de Chacao, a riesgo de que éste montara algún espectáculo mediático como efectivamente ha tratado de orquestar? ¿Cree Vargas Llosa que, inhabilitado Leopoldo López, la población de Chacao votará al candidato chavista?

Pero, además, al texto de Vargas Llosa tampoco le faltan contradicciones, como cuando dice que el gobierno “cierra puertas en la radio, la televisión y los teatros públicos a los artistas, directores, guionistas y productores reacios a convertirse obsecuentes del poder” y, varios párrafos después, escribe que “el Gobierno no ha querido o no ha sabido sobornar a la clase intelectual artísticas y ponerla a su servicio”. Ni tampoco escasean los chistes demagógicos: “disfrutando de un desayuno con arepas y queso blanco -manjar que, felizmente, la revolución bolivariana no ha conseguido deteriorar todavía-”.

Cubanos en Venezuela

El autor de La ciudad y los perros también divaga sobre la presencia de cubanos en Venezuela y reconoce que la cantidad “nadie la sabe con certeza”, aunque él adivina cientos de miles, y advierte que muchos se han escapado a Estados Unidos, Colombia o Centroamérica, si bien “no hay estadística” al respecto sobre la que asentar su afirmación.

De entrada, es curioso lo de insinuar que los cubanos que trabajan en Venezuela se hayan podido escapar a Colombia porque, y de esto sí que hay estadísticas, los colombianos que se encuentran refugiados en Venezuela según el ACNUR se contabilizaban el año pasado en 200.000. No nos negarán que es peculiar el comportamiento de esa gente que huye desde la democracia admirada por Vargas Llosa hacia la dictadura satanizada por el escritor. Debe ser que quizás los colombianos no le leen en El País y huyen en sentido contrario al que él recomienda.

Afortunadamente, el peruano reconoce que los cubanos en Venezuela “muchos de ellos son médicos y dentistas y viven, repartidos por el territorio nacional, en las 'misiones' o postas sanitarias que prestan servicio en los 'ranchitos' o barrios marginales de las ciudades y en el campo”. Es lo que tienen las “dictaduras” de izquierda, que en lugar de compartir militares represores como las “democracias” que aplicaron en el Cono Sur la doctrina económica de la Escuela de Chicago que tanto admira Vargas Llosa, comparten médicos y dentistas.

Pero también le dio tiempo a nuestros escritor a hacer estudios de campo durante su estancia en Caracas. Fue lo que le dijo Petkoff que, a su vez, le dijo un médico-taxista cubano: “Cuando llegué a Venezuela y vi por primera vez una botella de Coca-Cola, se me llenaron los ojos de lágrimas”. De esta afirmación Vargas Llosa saca la siguiente conclusión: “Si después de medio siglo de revolución, ese símbolo quintaesenciado del capitalismo despiertas semejantes emociones en un cubano nacido y educado bajo la prédica ideológica de Fidel Castro, ¿quién puede dudar que el socialismo en su versión cubana tiene los días contados?”. Y nosotros en cambio, hemos llegado a la siguiente: si en un mundo con 766 millones de personas sin servicios de salud, 120 millones sin agua potable, 842 millones de adultos analfabetos (21 de ellos en Estados Unidos), 158 millones de niños que sufren de desnutrición y 110 millones que no asisten a la escuela,  el que vive en Cuba lo que echa de menos es ver una botella de Coca-Cola, ¿quién puede dudar que el socialismo en su versión cubana tiene mecha para rato?

En conclusión, no podemos dejar de mostrar nuestra sorpresa porque esas “pocas horas” en Caracas le sirvieran al peruano para analizar las adecuadas condiciones para unas elecciones limpias, escudriñar las perspectivas de sus amigos de la oposición, conocer el entramado jurídico en torno a las inhabilitaciones, estudiar el panorama cultural del país e investigar la presencia cubana.

Y más sorprendente todavía resulta que quien aireaba un discurso tremendista hasta hoy, esas pocas horas le hayan bastado para recuperar el optimismo en el derrocamiento de Chávez.

Quizás lo que ha sucedido es que desde algún despacho le han llegado las instrucciones de que la depresión y el desánimo en la oposición venezolana requerían cursar instrucciones al amanuense para que insuflara esperanzas y entusiasmos. La misma tarea de la que, en otros tiempos y en la Corte, se encargaban los bufones.

Alberto Montero ([email protected]) es profesor de Economía Aplicada de la Universidad de Málaga. Puedes ver otros textos suyos en su blog La Otra Economía. 

Pascual Serrano es periodista, autor de Medios violentos. Palabras e imágenes para el odio y la guerra. Mayo 2008. El Viejo Topo. www.pascualserrano.net


Tags: apellidos, escritor, Chávez, Vargas, campaña, países, juicio

Publicado por blasapisguncuevas @ 16:23  | VENEZUELA
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