Lunes, 10 de noviembre de 2008

De cómo surge una crisis generada por la ferocidad neoliberal

Francisco Badarán
Rebelión

¿Nos encontramos ante una crisis más del desarrollo cíclico del capitalismo? ¿Es una crisis diferente, más profunda, debido a la gravedad de las contradicciones del neoliberalismo imperante? ¿Hasta dónde vamos a llegar? Son preguntas que nadie sabe responder con certeza, pero la realidad actual hace pensar que existen ingredientes que nos están llevando a una situación sin precedentes. Desde que, tras las crisis de los años 70, el neoliberalismo se impuso como doctrina económica, barbaridades opuestas a toda sensatez y sentido ético han tenido un carácter acumulativo, y podemos estar a las puertas de un desastre global. Se comenzó con las dictaduras en los países latinoamericanos y se ha seguido con desastres sin sentido hasta llegar a las guerras del siglo XXI, en las que los genocidas del imperialismo capitalista no han tenido otro motivo que generar pingües beneficios para sus grandes corporaciones. El problema se agrava porque se ha ido demasiado lejos, y dar marcha atrás no es nada fácil. Resulta evidente que en el capitalismo los políticos han sido siempre meros administradores del poder real, pero nunca se había llegado a tal claudicación y dejación de responsabilidades por parte de las instituciones estatales. Existe claramente un poder internacional, por encima de los estados, con una finalidad clara de gobernar el mundo siguiendo las directrices del poder financiero. Este poder está reflejado en la existencia de abundantes organizaciones internacionales, tales como la Comisión Trilateral, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Foro Económico Mundial, la Organización Mundial de Comercio, el Grupo Bilderberg, etc. Como ejemplo, podemos destacar, la Comisión Trilateral, organización fundada por David Rockefeller y cuyo fin es el gobierno del mundo mediante una élite constituida por grandes banqueros, industriales, intelectuales y políticos, y en la que no faltan ejemplares de la política seudosocialista española, tales como Joaquín Almunia, Trinidad Jiménez y Pedro Solbes. Se crea con ello un ingrediente nuevo, la existencia de una forma concreta de gobierno representativo del poder financiero mundial. Un poder que está muy por encima de los estados y que marca las pautas del neoliberalismo. Un factor importante de la crisis que no puede olvidarse es la automatización que ha tenido lugar en las últimas décadas con la era digital. La fuerza de trabajo humana ha venido siendo substituida por la de las máquinas. Se ha creado así un excedente de mano de obra que ha dado lugar desde hace ya mucho tiempo a un abaratamiento de los salarios y un paro endémico. Una disminución razonable de la jornada laboral no ha entrado nunca en los planes del poder neoliberal. En España, en 1984, los gobiernos neoliberales del PSOE, presididos por Felipe González, dieron un salto cualitativo para conducirnos al desastre social que nos acecha, al llevar a cabo una reforma del Estatuto de los Trabajadores con la idea de que, con la flexibilización del mercado de trabajo, se generaría más empleo. Se liberalizó el contrato temporal y se inició la era de los contratos basura. Hasta entonces sólo se admitían los contratos temporales con carácter extraordinario. El resultado de esta legislación fue un aumento galopante de la precariedad. En 1992, el Gobierno promulgó el llamado “decretazo”, que supuso un recorte drástico de la protección por desempleo. En 1994 se lleva a cabo una nueva reforma laboral que facilita aún más el despido, se legalizan las empresas de trabajo temporal y se introduce un nuevo contrato basura para los jóvenes: el contrato de aprendizaje. En 1997, después del acceso de Aznar a la presidencia del Gobierno, tiene lugar una nueva reforma laboral con el consenso de los sindicatos (UGT y CCOO) y la patronal. Se instaura el contrato fijo de baja calidad a la vez que se abarata el despido improcedente. Estas medidas no mejoraron la temporalidad de los contratos. La reforma introducida por el PP en el 2002 facilitó aún más los despidos y recortó las prestaciones por desempleo. Con ello el número de trabajadores eventuales paso de 3,5 millones en 1997 a cerca de cinco millones en 2003. En el primer trimestre del año 2006, el 33% de todos los contratos eran temporales. Ello implicaba un porcentaje enormemente mayor que la media de la Unión Europea, que es el 13%. Paralelamente a la temporalidad en el empleo, existe una cuantía excepcionalmente baja de los salarios en un elevado porcentaje de los españoles. El salario mínimo interprofesional es de 600 €/mes, poco más que el umbral de la pobreza. Para efectos de comparación, baste decir que el salario mínimo en Francia es de 1308 €/mes. Igualmente, la situación generada por la baja cuantía de las pensiones es más que preocupante. En el lado opuesto podemos citar los salarios de los banqueros (varios cientos de miles de euros mensuales –debe ser, por supuesto, un mínimo-) o los de los futbolistas más cotizados (pueden superar ampliamente el millón de euros al mes). Asimismo, los beneficios de las grandes empresas alcanzan cifras de escándalo. Según un informe de la OCDE (El País, 24/6/2007), mientras los beneficios empresariales han aumentado un 73% entre 1999 y 2006, el salario medio de los españoles perdió un poder adquisitivo del 4% entre 1995 y 2005, siendo el único país de la OCDE en el que se ha producido un retroceso de este tipo. Otro problema agravado en la década de los 80 fue el de la vivienda. El punto de partida del auge de la especulación inmobiliaria hay que buscarlo en el gobierno de Felipe González, cuando, en 1985, se promulga un decreto que elimina los contratos indefinidos para el alquiler de pisos y permite el aumento de la renta de éstos. La posterior legislación favoreció el aumento sin límites de los alquileres y la expulsión de numerosos inquilinos, descendiendo de manera drástica el número de pisos alquilados, a la vez que bajaba el porcentaje de la construcción de viviendas de protección oficial. Ante la creciente demanda de pisos y locales para la instalación de negocios del floreciente sector servicios en el centro de las ciudades, la feroz legislación del gobierno del PSOE consiguió desalojar los pisos de estas zonas apetecibles y poner en la calle a numerosas familias humildes. Esto fue acompañado por el derribo generoso de edificios, impulsado por los ayuntamientos, con el fin de “mejorar y revalorizar los centros urbanos”. Con ello, el valor medio del metro cuadrado de las ciudades pasó de valer 50 . 000 ptas. en 1986 a 175 . 000 ptas. en 1991. Este proceso fue favorecido aún más a partir de 1996 por los gobiernos de PP, que liberalizaron el suelo, dando rienda suelta a la especulación de éste, y generando una espectacular subida de sus precios. Desde 1997 a 2004 el precio de la vivienda fue creciendo a un ritmo aproximado del 15% anual. La carestía de los alquileres de pisos, la bajada de los tipos de interés a finales de la década de los noventa, las ventajas fiscales y el aumento de las facilidades para la concesión de hipotecas y del tiempo de los plazos de amortización dieron lugar a un increíble aumento de la demanda de pisos y de los precios. La generalización de la compra de pisos ha llevado al endeudamiento de una mayoría de las familias españolas, de modo que la deuda hipotecaria en España se acercaba en noviembre de 2006 al producto interior bruto estimado para dicho año. Si a esto se añaden las precarias condiciones del empleo antes analizadas, era de prever que el futuro de los españoles iba a ser notablemente sombrío. Otro factor general que ha favorecido la situación actual ha sido la globalización, permitiendo el flujo libre de capitales y la deslocalización de empresas, que emigran a lugares de mano de obra barata en los que prácticamente no existe legislación laboral, contribuyendo de manera muy importante a un deterioro mundial de los derechos de los trabajadores. Paralelamente a esta degradación, todo se privatiza y todo se compra. Se compran políticos, con sus partidos incluidos, se compran intelectuales y se compran sindicatos. Por si fuera poco, el capitalismo dispone de unos medios de comunicación de masas capaces de alienar al más cuerdo. Programas basura de televisión e información falseada son los parámetros que facilitan tal alienación. Con todo ello, el proceso de pérdida de derechos de los trabajadores se ha llevado a cabo sin una oposición política ni social eficaz, de forma que el poder financiero ha tenido el terreno libre para campar por sus respetos. Ante todo esto, el capitalismo, con su ambición carroñera, ha sido ciego y ha permitido una acumulación de contradicciones que hacen inviable el sistema. Va quedando claro que el neoliberalismo capitalista está conduciendo al mundo a una sociedad esclavista. Sus únicas soluciones a cualquier crisis son flexibilidad laboral, moderación salarial y menos impuestos. ¿Es posible, que con las condiciones de trabajo actuales, esta carroña humana pida aún empeorar la situación de los trabajadores y que sus secuaces gobernantes estén de acuerdo con tales peticiones? Pues sí, ahí tenemos en ciernes la semana laboral de 65 horas para la Unión Europea. Sin embargo, la ambición capitalista se está olvidando de que, en un mercado regido por la ley de la oferta y la demanda, una oferta sin demanda desequilibra el sistema. Ahí está su tremenda contradicción. Ante una primera saturación del mercado, el mundo financiero descubrió que se podía seguir vendiendo mediante un endeudamiento de los ciudadanos hasta las cejas durante toda su vida. Así, una legión de familias accedió a viviendas, coches, viajes, electrodomésticos y demás menesteres, pero esto también tenía su límite y ahora ya se ha colmado el vaso. Ha bastado un avance de la inflación, debido desde luego al precio del petróleo y de los alimentos, para que un buen número de ciudadanos no puedan pagar sus deudas y el sistema haya comenzado a colapsar. Ahora ya la inflación se ha parado; obviamente, no hay consumo. Frente a lo que dicen nuestros gobernantes, España no está nada bien situada frente a esta crisis. Al trabajo basura y a un grave problema de vivienda, se une una corrupción generalizada (la economía sumergida asciende a más del 20% del producto interior bruto) y una pobreza relativa que afecta a más del 20% de la población. Con una economía basada en la construcción y en un tejido industrial deficiente, el sistema no se sostiene. La burbujas económica y bursátil ya han explotado y el nivel de desempleo se está disparando (el 12%, mientras que la media de la eurozona es del 7,5%). Los ayuntamientos, que en gran parte vivían de la especulación del suelo y de la corrupción, no tienen dinero, y la calidad de los servicios sociales básicos (sanidad, educación, justicia, etc.) decrece por momentos. Resiste aparentemente la burbuja financiera, gracias a que los bancos tienen el dinero de todos los españoles. Está por ver hasta cuando resistirán. Para el cerrar panorama, España no es precisamente un país que se distinga por su carácter productor. Millones de funcionarios y millones de gentes que no producen, sólo especulan. Gusta consumir y hacer negocios fáciles y trampas, pero no producir. Con ello, el déficit exterior de España alcanza un record histórico. El proceso es desalentador. Se genera trabajo basura y un problema grave de vivienda. Se crea en los ciudadanos la necesidad de comprar, entre otras cosas pisos. Los precarios salarios no dan de sí para realizar estas compras. La solución es endeudarse, y dadas las elevadas cantidades a pagar, el endeudamiento será de por vida. La subida del petróleo y de los alimentos provoca la inflación, con lo cual cae la demanda y el consumo. Las empresas quiebran y el paro aumenta, con lo cual las familias no pueden pagar sus deudas. Los bancos restringen los préstamos y el consumo sigue disminuyendo, con lo cual quiebran nuevas empresas y se genera más paro. Tampoco se puede competir en el mercado exterior, nuevamente se contribuye a la quiebra y al paro. Al aumentar éste disminuyen los ingresos del Estado, con lo cual los servicios sociales esenciales se resienten y deterioran. ¿Hasta dónde puede seguir esta cadena sin fin? No lo sabemos. Pero no es descartable que el principio del fin podría ser la falta de liquidez de los bancos, la quiebra de éstos y del Estado, las consecuentes protestas ciudadanas, el aumento de la represión y el fascismo. ¿Estas es la sociedad de bienestar generada por el capitalismo? ¿Estas son las “democracias occidentales”? La tendencia de estas supuestas democracias es la creación de un estado esclavista. Esclavos de las empresas, que no dan siquiera la remuneración mínima a los asalariados para que puedan comer y tener un techo para vivir, esclavos de los bancos, que succionan a los trabajadores hasta el último céntimo, y esclavos del estado, que en realidad no les aporta ningún derecho, únicamente se va negando cada vez más. Pero el desastre no termina aquí. Este capitalismo ciego y sin escrúpulos, además de matar de hambre y miseria a miles de millones de seres humanos, está destruyendo el medio ambiente, agotando sus recursos naturales, contaminando nuestro entorno, y demostrando que el capitalismo no tiene ni siquiera una pincelada de racionalidad y de sensibilidad. ¿Cual es la solución a tanta iniquidad? Nuevamente es difícil dar una respuesta, pues cualquier intento de solución va a crear consecuencias indeseables. No obstante, estamos tentados a pensar que la solución es aplicar medidas opuestas a las que proponen los empresarios y los economistas del sistema, es decir: aumentar substancialmente el salario de los trabajadores, disminuir la flexibilidad laboral (volver a la legislación previa a 1984) y aumentar los impuestos de los que más tienen, controlando de manera férrea sus ganancias millonarias. Además, debería ser la ocasión para nacionalizar la banca, erradicar los intermediarios y los especuladores y disminuir las horas de la semana laboral. Evidentemente esto traería tiempos difíciles, pero se estarían creando las bases de una sociedad distinta. Esto debería estar liderado por una izquierda fuerte y organizada internacionalmente, la cual desgraciadamente no existe. Solo queda con tristeza comprobar el lamentable papel que están jugando en esta crisis Izquierda Unida, el Partido Comunista y los sindicatos adeptos al sistema.


Tags: crisis, vivienda, hipotecas, oferta, vehículos, demanda, paro

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