Martes, 25 de noviembre de 2008

Sófocles (en griego Σοφοκλής,Sophoklés -Colono, hoy parte de Atenas, (Grecia), 496 a. C. - Atenas, 406 a. C.) fue un poeta trágico de la Antigua Grecia. Autor de obras como Antígona o Edipo Rey, se sitúa, junto con Esquilo y Eurípides, entre las figuras más destacadas de la tragedia griega. De toda su producción literaria sólo se conservan siete tragedias completas, las que son de importancia capital para el género.

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Sófocles

 

Contenido

[editar] Biografía

Hijo de un rico armero llamado Sófilo, a los dieciséis años fue elegido director del coro de muchachos para celebrar la victoria de Salamina. En el 468 a. C. Se dio a conocer como autor trágico al vencer a Esquilo en el concurso teatral que se celebraba anualmente en Atenas durante las fiestas Dionisias, cuyo dominador en los años precedentes había sido Esquilo.

Comenzó así una carrera literaria sin parangón: Sófocles llegó a escribir hasta 123 tragedias para los festivales, en los que se adjudicó, se estima, 24 victorias, frente a las 13 que había logrado Esquilo. Se convirtió en una figura importante en Atenas, y su larga vida coincidió con el momento de máximo esplendor de la ciudad.

Amigo de Heródoto y Pericles, no mostró demasiado interés por la política, pese a lo cual fue elegido dos veces estratego y participó en la expedición ateniense contra Samos (440 a. C.), acontecimiento que recoge Plutarco en sus Vidas paralelas.

Su muerte coincidió con la guerra con Esparta que habría de significar el principio del fin del dominio ateniense, y se dice que el ejército atacante concertó una tregua para que se pudieran celebrar debidamente sus funerales.

De su enorme producción, sin embargo, se conservan en la actualidad, aparte de algunos fragmentos, tan sólo siete tragedias completas: Antígona, Edipo Rey, Áyax, Las Traquinias, Filoctetes, Edipo en Colono y Electra.

A Sófocles se deben la introducción de un tercer actor en la escena, lo que daba mayor juego al diálogo, y el hecho de dotar de complejidad psicológica al héroe de la obra. En Antígona opone dos leyes: la de la ciudad y la de la sangre; Antígona quiere dar sepultura a su hermano muerto, que se había levantado contra la ciudad, ante la oposición del tirano (esa es la palabra griega pero es equivalente a rey, nunca despectivamente) Creonte, quien al negarle sepultura pretende dar ejemplo a la ciudad. La tensión del enfrentamiento mantiene en todo momento la complejidad y el equilibrio, y el destino trágico se abate sobre los dos, pues también a ambos corresponde la «hybris», pecado de soberbia (orgullo excesivo).

Edipo Rey es la más célebre de sus tragedias, y así Aristóteles la consideraba en su Poética como la más representativa y perfecta de las tragedias griegas, aquella en que el mecanismo catártico final alcanza su mejor clímax.

También es una inmejorable muestra de la llamada ironía trágica, por la que las expresiones de los protagonistas adquieren un sentido distinto del que ellos pretenden; así sucede con Edipo, empeñado en hallar al culpable de su desgracia y la de su ciudad, y abocado a descubrir que este culpable es él mismo, por haber transgredido, otra vez, la ley de la naturaleza y de la sangre al matar a su padre y yacer con su madre, aun a su pesar.

El enfrentamiento entre la ley humana y la ley natural es central en la obra de Sófocles, de la que probablemente sea cierto decir que representa la más equilibrada formulación de los conflictos culturales de fondo a los que daba salida la tragedia griega.

[editar] Análisis literario

[editar] El teatro de Sófocles como forma literaria

Desde el punto de vista formal, se puede decir que una tragedia sofoclea estándar presenta la siguiente estructura: un prólogo, que nos proporciona por medio de una tirada relativamente corta de versos recitados (frecuentemente en trímetros yámbicos) los precedentes del argumento de la obra; la párodo o momento en que el coro hace su entrada, bailando y cantando, a la que siguen los diversos episodios recitados a cargo de los actores. En el transcurso de los sucesivos episodios los actores hacen progresar la acción dramática. Intercalados entre un episodio y otro se suceden diversas intervenciones del coro, los estásimos, en los que el conjunto del coro ocupa su correspondiente lugar en la orquestra bailando sobre el propio terreno y cantando un tipo de composición lírica de métrica abigarrada. Los intervalos entre episodios y estásimos permiten solucionar de pasada el problema técnico del cambio de vestuario de los diversos actores. Estas partes corales o líricas llamadas estásimos suelen presentar la forma de responsión estrófica, es decir, normalmente se comienza con una estrofa, a la que sigue su antístrofa o segundo canto (cuyo esquema métrico, número de versos, etc., se corresponde estrictamente con la estrofa) y ambas unidades suelen cerrarse con un estribillo llamado epodo. Expuesto así el planteamiento de la obra, esta se cierra con la despedida del coro, que abandona también majestuosamente la escena cantando el llamado éxodo.

Esta arquitectura artística se ve lógicamente enriquecida con la existencia de otras subunidades menores que contribuyen a hacer del conjunto una obra de literario refinamiento. Por medio de ellas, el poeta contrapone ideas, argumentos, caracteres o situaciones de la manera más artística. Estos son los conceptos de agón o enfrentamiento entre personajes que defienden ya un punto de vista ya su contrario, a diálogos entrecortados y muy vivos como las esticomitías, en donde a cada personaje corresponde el empleo de un verso alternativo, que a veces se resuelven en interrupciones verbales (antilabái), la resis o tirada de versos recitados a cargo de un personaje, amebeos (diálogo lírico entre un actor y algún miembro del coro), etc.

[editar] Elementos conceptuales

Temáticamente, el teatro de Sófocles recurre al antiguo mito de las sagas heroicas, tal como reflejo de la tradicional vinculación entre el teatro y sus orígenes religiosos. De hecho, del total de 32 tragedias conservadas pertenecientes al siglo V a. C., nada menos que 24 se centran en cuatro grandes sagas de personajes mitológicos (la Troyana, la de Tebas, la de Micenas y la del argivo Heracles). Parece que en estas sagas mitológicas se concentran de manera simbólica, mediante traslaciones metafóricas más o menos conscientes, los principales arquetipos del comportamiento humano. Es probable que en época de Sófocles los núcleos míticos tradicionales ya hubieran alcanzado un grado notable de complejidad: por ejemplo, en la saga de Edipo pueden estar superpuestos o entrelazados diversos elementos míticos: el niño que es expuesto en el monte (trasunto metafórico de la criatura de origen divino); el éxito y la ruina de Edipo (traslación del ciclo del crecimiento y muerte de la naturaleza); o el conflicto entre Edipo y Layo, que no sería el tema del «conflicto de generaciones». En cualquier caso se puede llegar a pensar que los antiguos dramaturgos, sobre todo en el caso de Sófocles, se percataron de que los mitos poseían una fuerza especial que los hacía singularmente aptos para darles un tratamiento poético y dramático.

De otro lado, el mito posee una rica versatilidad que facilita múltiples maneras de aproximación. De hecho, el propio Sófocles le da un tratamiento personal y a veces libre. Un ejemplo de ello es la comparación entre el Filoctetes de su obra homónima y el otro Filoctetes de la Pequeña Ilíada, además de otros personajes como el papel que otorga a Crisótemis de su tragedia Electra, a Ismene en su Antígona o al propio Neoptólemo en su Filoctetes.

Otros aspecto importante es el que se refiere al papel de los oráculos y la presencia de los dioses en sus dramas. Así en Ayante, aunque propiamente no existe un oráculo, el divino Calcante[1] vaticina que el héroe es juguete de la ira y de la burla divina.

Dado que ya solo por este día le persiguiría la cólera de la divina Atenea, según decía en sus palabras el adivino

Por su parte, en Las Traquinias el oráculo predice la desgracia de Heracles:

¿Sabes, entonces, hijo, que me dejó unos vaticinios dignos de crédito con respecto a esa ciudad

Y más adelante lo reitera la misma Deyanira:[2]

Tales cosas decía, que estaba decretado por los dioses que pondrían fin a los trabajos de Heracles, según contaba que la vieja encina que hay en Dodona había anunciado un día por boca de sus palomas

A su vez en Antígona los avisos de Tiresias a Creonte reflejan la desaprobación divina de su conducta. Afirma Tiresias:

Lo sabrás cuando oigas los signos de mi arte

En todo caso, en esta pieza hay dos oráculos: el que se da en el prólogo[3] y el que conoce Edipo siendo joven según el que será asesino de su padre y marido de su madre, de acuerdo con el relato de Yocasta:[4]

Llegó un día un oráculo a Layo -no diré que proveniente del mismo Febo, sino de sus servidores-, consistente en que a él le alcanzaría el destino de morir a manos de un hijo que habría de nacer de mí y de él

A su vez, en Electra los oráculos no sirven más que para reafirmar el fuerte carácter y la decidida voluntad de la protagonista. Por su parte, en Filoctetes no hay propiamente oráculos, sino más bien una profecía varias veces retomada, según la cual la ciudad de Troya no caería en poder de los griegos sin el concurso de Filoctetes y/o su arco. Finalmente, en Edipo en Colono el oráculo que se anuncia[5] es luego retomado varias veces:

Fue Febo quien al vaticinarme todas aquellas desgracias me anunció que llegaría este reposo al cabo de mucho tiempo, ... y me vaticinó también que en ese lugar alcanzaría el infausto final de mi vida...

En general, se puede observar que el papel de los oráculos representa en Sófocles, más que una fuerza que se sobreponga a la figura del héroe, un poder que requiere y necesita el propio carácter y personalidad del protagonista, es decir, según Guzmán Guerra, que "el oráculo no induce al personaje a actuar, sino que es la propia compulsión del héroe a la acción la que da pleno sentido a la ejecución del oráculo emanado de la divinidad".[6] Respecto a la credibilidad que Sófocles otorga a los oráculos se puede decir que es muy probable que, como tantas personas religiosas de su época, le diera credibilidad, aunque lo verdaderamente importante es que la presencia de oráculos en sus obras obedece a razones literarias y dramáticas. No falta la crítica a los oráculos en los oráculos sofocleos. Así, tres veces habla Edipo en Edipo Rey contra la validez de los oráculos[7]

[editar] Caracteres dramáticos

Es un tópico entre los estudiosos de la obra de Sófocles afirmar que en buena medida su teatro es un teatro de caracteres. De hecho, el título de todas las tragedias conservadas (salvo Las Traquinias) corresponde con el de los protagonistas correspondientes. Cada una de estas figuras emerge como un auténtico coloso y arquetipo humano.

En el Edipo Rey, la figura de Edipo resulta verdaderamente singular. Encarna el problema de la autoidentificación, que se plantea en los términos dicotómicos del parecer/ser. Edipo desea conocer la verdad, cueste lo que cueste, y en su búsqueda de la verdad se topará con tres personajes de su entorno palaciego: Yocasta, su madre y esposa; Creonte, su cuñado, y el adivino Tiresias. Ante Yocasta, Edipo se autoproclama[8] con, quizá, la mejor definición que a lo largo del tiempo ha conocido nuestro personaje: «Hijo de la Fortuna». Ante el adivino, Edipo se nos muestra confiado y autosuficiente, ya que por su propia inteligencia ha sido capaz de adivinar el enigma de la esfinge, y a continuación promete ante sus súbditos, sin otro concurso que su misma inteligencia, librar a su ciudad de la peste que la asola. Las relaciones de Edipo y el ciego adivino Tiresias son al principio de respeto, aunque poco a poco se van cargando de desconfianza y de mutuo recelo, para concluir en una abierta acusación: a ojos de Edipo el adivino ciego Tiresias ha sido cómplice del crimen:[9]

Entérate de que a mi juicio participaste realmente en el planteamiento de la empresa, y la cometiste, solo que no lo mataste con tus manos. Y si pudieras ver, yo diría incluso que la dicha empresa fue solo obra tuya.

Sófocles fuerza el enfrentamiento entre los dos personajes cada vez más, hasta el punto de que Tiresias llega a decir a Edipo:[10]

Y te digo, puesto que ahora me has ultrajado de ser ciego, que tú tienes y no ves en qué punde desgracia estás, ni dónde habitas, ni con quién convives

Con todo, el pasaje que mejor representa la fuerza dramática del enfrentamiento entre ambos caracteres se encuentra en los versos 449 y ss.:

Y te digo: ese hombre que andas bucando hace tiempo con amenazas y al que consideras asesino de Layo, ese tal está aquí, formalmente como extranjero, pero luego se verá que es de estirpe tebana, y no se alegrará de lo que le suceda porque queará ciego siendo antes vidente y pobre en lugar de rico y cainará sobre tierra extranjera tanteando el camino con su bastón. Y parecerá siendo al mismo tiempo de sus propios hijo hermano y padre. Y de la mujer de la que nació al mismo tiempo hijo y marido, y de su padre, al mismo tiempo sembrador de la misma mujer y su asesino. Y ahora ve y reflexiona sbr todo esto. Y si me pillas en mentira, di entonces que nada sé del arte adivinatoria

También la joven Electra es otro de los caracteres de Sófocles muy bien perfilado. Su vida carece de sentido desde que su padre cayera asesinado por su madre, y sobre todo porque día a día va comprobando qu su única esperanza (el regreso de Orestes) se desvanece poco a poco. Así lo dice ella misma en los versos 183 y ss.:

Pero a mí ya se me ha esfumado, sin esperanzas, la mayor parte de mi vida y no aguanto más; sin hijos me consumo y sin ningún hombre que con su cariño me proteja, sino que como si fuera una refugiada indigna administro la casa de mi padre. Y así, con un vestido impropio, vago entre unas mesas para mí vacías

Pero el rasgo que mejor define el verdaderoa carácter de nuestra protagonista es su sed de venganza, similar al sentimiento del honor que posee Ayante o a la lealtad a su familia de Antígona. La misma Electra lo manifiesta en los versos 205-212:

Vio mi padre su muerte vergonzante por las mismas dos manos que se han adueñado a traición de mi vida, las mismas que me han arruinado. ¡Ojalá que a esos el gran dios Olímpico en pago penas padecer produre, y que no consigan disfrutar del triunfo tras haber cometido tal crimen!

Una de las escenas más famosas es la de la anagnórisis o escena de reconocimiento en que, al fin, ambos hermanos se reconocen tras el doloroso momento irónico en que el pedagogo narra el falso relato de la muerte de Orestes en una carrera de carros:[11]

Tras incinerarlo en una pira, unos ciudadanos de Focea designados para este fin traen en una reducida urna de bronce el supremo cuerpo hecho triste ceniza, con la idea de que obtenga una tumba en la tierra de sus antepasados

A su vez, Áyax/Ayante es el mejor de los héroes que acudieron a Troya, después de Aquiles, por supuesto, aunque pierde la razón ofuscado por Atenea. Sófocles nos da su perfil en los siguientes versos:[12]

¿Ves al intrépido, al de valiente corazón, al que en destructores combates no tembló jamás? ¿A mí, terrible por mis manos, entre animales que no producen temor? ¡Ay de mí, motivo de irrisión! ¡cómo he sido ultrajado! Y ahora, ¿qué debo hacer? Yo que soy claramente aborrecible a los dioses, al que el ejército de los helenos odia, y Troya entera, así como estas llanuras, detestan... El noble debe vivir con honor o con honor morir. Ya has oído todo lo que tengo que decir

Por su parte, el Heracles de la obra Las Traquinias es un personaje que aparece contrapuesto al de su mujer. Mientras Deyanira se muestra como permanente enamorada y admiradora de su marido, Heracles parece no quererse más que a sí mismo y sus hazañas. De otro lado, Deyanira es una persona tímida y temerosa:[13]

sin cesar, miedo tras miedo alimento en constante preocupación por él,

dependiente siempre de Heracles, a quien considera el mejor de los maridos posible.[14] Hace tiempo el centauro Neso le dio su propia sangre como infalible elixir oara el día en que el amor de su marido flaqueara. Entendiendo Deyanira que ha llegado el momento de recuperar el afecto de Heracles, le envía a modo de regalo una túnica empapada con la sangre del centauro. Desde su mejor voluntad, Deyanira provoca la muerte involuntaria de su querido esposo. La personalidad de Heracles, por el contrario, es bien distinta. Su vida ha sido una continua aventura de esfuerzos y viajes;[15] de otra parte, se trata de un héroe ya que su ascendencia es divina en tanto que hijo del propio Zeus, aunque otros rasgos de su carácter son menos positivos: es pendenciero, volento, borracho y glotón, rayando en lo grotesco.

Finalmente, Filoctetes[16] es un personaje lastimero, ultrajado por los griegos y en especial por el astuto Ulises:

Esto es lo que han hecho conmigo, hijo, los Atridas y el influyente Odiseo; ojalá que los dioses del Olimpo les premien con penar penas parejas a las mías

Los diversos protagonistas del teatro de Sófocles son seres dolientes, que en ocasiones no tienen la culpa de lo que les sucede, sino que sufren por el solo hecho de ser humanos; el héroe se enfrenta a su destino, ya preestablecido, y se ve en la compulsión de tener que actuar. Pero en Sófocles el dolor ennoblece, y sobre todo enseña. Solo se aprende sufriendo (πάθει μάθος, páthei máthos). Es más, este sufrimiento del protagonista lo ha de vivir en soledad, es un dolor no compartido, ante el que nada puede valer el consuelo del amigo ni la comprensión de la familia. Es, en suma, un dolor intransferible; el héroe cae en desgracia individual (monoúmenos), no colectiva (como es frecuente en Esquilo). Nuevo rasgo del teatro sofocleo. Se ha dicho -entre otros Lasso de la Vega- que el dolor del héroe sofocleo es un dolor «sin salida». No se trata de un sufrimiento con expectativas ni esperanzas de liberación, como lo puede ser el sentimiento doloroso de un cristiano. El campo léxico que Sófocles utiliza para expresar este sentimiento es riquísimo y de múltiples matices. De este dolor sin escapatoria de sin transitividad se deriva ese otro sentimiento tan del héroe sofocleo como es su soledad. Ayante muere en soledad al hacérsele insoportable el menoscabo de su honra: en soledad acaba su existencia, en una soledad paradigmática; Edipo se quedará en la más absoluta soledad en el decisivo momento de reconocer su identidad; Electra sufre sola días y noches esperando a su hermano; a solas muere Heracles, y solo y abandonado en una isla desierta malvive su dolor el desdichado y robinsoniano Filoctetes. Finalmente, solo desaparece Edipo en Edipo en Colono (obra puesta en escena póstumamente en el 401 por el nieto del autor, Sófocles el Joven).

Un ejemplo de esa soledad se encarna en Filoctetes en este fragmento:[17]

Muchacho, hijo de Aquiles, yo soy aquel de quien quizás hayas oído decir que es el dueño de las armas de Heracles, Filoctetes el hijo de Peante, a quien los dos jefes del ejército griego y el rey de los cefalonios[18] dejaron aquí abandonado y solo, de manera vergonzante, afectado de salvaje dolencia, mordido por la sangrienta herida de una víbora matadora de hombres. Hijo mío, aquí me dejaron solo con mi mal y se marcharon tras haber recalado en este lugar con la flota de las naves que partió de la marina Crisa. Tan pronto como vieron que después de un temporal me quedé dormido junto a la orilla en una cueva abovedada, bien contentos que se fueron y me abandonaron, dejándome tan solo unos tristes andrajos y también algo de alimento, como si fuera un mendigo. ¡Subsistencia mínima que ojalá sea la que ellos disfruten! ¿Ya te imaginas, hijo mío, cuál fue mi despertar del sueño una vez que aquellos ya se habían ido? ¡Cuántas lágrimas derramé, cuánto lamenté mi desgracia!

[editar] La ironía trágica: el conflicto entre realidad y apariencia

El termino «resulta» difícil de definir, pero una posibilidad es decir de ella que es aquella situación del discurso en la que el sentido literal de las palabras del que habla poseen para él un significado distinto, y casi contrario, del sentido con que lo entiende su interlocutor o su auditorio. La ironía verbal está próxima a la paradoja fáctica.

En el teatro de Sófocles se encuentra tanto la primera como la segunda, y de hecho a Sófocles se le considera el auténtico maestro de la ironía trágica, por la que el hombre que parece haber alcanzado el culmen de su fama se precipita de inmediato en las más míseras desgracias físicas o morales. Así, se puede considerar como el colmo de lo irónico/paradójico que Edipo, que desde su honestidad intelectual parece vivir solo para descubrir la verdad, sea el último que se entera precisamente de la gran verdad que ya todo el mundo conoce, que es él el asesino de su padre, el amante de su madre, y que es a la vez padre y hermano de sus hermanos, e hijo y esposo de su madre. Lo sabía el adivino Tiresias, lo sabía el coro, lo sabía su madre. Por saberlo, lo sabían hasta los espectadores; todos menos él, que en otras ocasiones ha sido el mejor sabueso que haya podido salir a la caza de la verdad.

Otro pasaje estupendo de pasaje irónico es la escena en la que intervienen Edipo, el mensajero llegado de Corinto y el antiguo pastor a propósito de cómo verbaliza cada uno de ellos la identidad de quién sea Edipo.[19]

E igual de irónico resulta el caso de Electra, cuando Orestes finge que la urna que trae en sus manos contiene sus propias cenizas. ¿Cómo no ha de resultarle a Electra el colmo de la ironía que ella, que ha vivido toda su vida con la única esperanza de ver el día en que regrese Orestes ve ahora desconsolada que aparece un forastero que anuncia no la llegada del ansiado Orestes, sino las cenizas de su cadáver en una diminuta urna? Otro tanto sucede en Las Traquinias[20] cuando Deyanira está contribuyendo a destruir y aniquilar a quien ansía conservar:

Pues así tenía yo prometido que, si algún día le veía entrar en casa sano y salvo o lo sabía con toda certeza, le habría de adornar con este vestido y le mostraría a los dioses como nuevo sacerdote de sacrificios con nueva investidura.

O cuando Filoctetes interpreta erróneamente las palabras que le dirige Neoptólemo en los versos 989 y siguientes. En su conjunto, Edipo en Colono es una pieza donde se hace menor uso de la ironía, como sucede también en Antígona.

La ironía de Sófocles, en conclusión, no es una simple ironía retórica, sino de una ironía esencial, existencial.

[editar] Obras

[editar] Serie de Edipo

[editar] Otras obras

[editar] Bibliografía

Traducciones

  • Tragedias: Áyax, Las Traquinias, Antígona, Edipo Rey, Electra, Filoctetes, Edipo en Colono, Trad. y notas de A. Alamillo Sanz. Intr. de J. S. Lasso de la Vega. Rev.: C. García Gual. Madrid, 1998 [1ª edición, 4ª reimpresión]. ISBN 978-84-249-0099-1.
  • Fragmentos, Intr., trad. y notas de J. M.ª Lucas de Dios. Rev.: F. Rodríguez Adrados. [1ª edición]. Madrid, 1983. ISBN 978-84-249-0892-8
  • Alianza Editorial:
  • Áyax, Las Traquinias, Antígona, Edipo Rey, introducción, traducción y notas de José Mª. Lucas de Dios, Madrid, 2001.
  • Electra, Filoctetes y Edipo en Colono. Introducción, traducción y notas de Antonio Guzmán Guerra, Madrid, 2001.
  • Editorial Alma Mater (CSIC):
  • Tragedias. Vol. I (1984), Edipo Rey, Edipo en Colono. Texto revisado y traducido por Ignacio Errandonea.
  • Tragedias. Vol. II (1991), Antígona, Electra. Texto revisado y traducido por Ignacio Errandonea.
  • Tragedias. Vol. III, Ayante, Filoctetes y Las Traquinias. Texto revisado y traducido por Ignacio Errandonea.
  • Editorial Universitaria:
  • Antígona, traducción de Genaro Godoy. [1ª edición] Santiago de Chile, 1968.

Bibliografía crítica

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  • Highet, G., La tradición clásica, 2 vols., México, FCE, 1954.
  • Lasso de la Vega, J
"Realidad, idealidad y política en la comedia de Aristófanes", Cuadernos de Filología Clásica, IV, 1972, 9-89 (recogido en su libro De Safo a Platón, Barcelona, Planeta, 1976, 243-325).
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Historia de la literatura griega, Madrid, Gredos, 1976.
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El campo léxico de los sustantivos de dolor en Sófocles. Ensayo de semántica estructural-funcional (1)
El campo léxico de los sustantivos de dolor en Sófocles. Ensayo de semántica estructural-funcional (2)
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  • Rodríguez Adrados, Francisco
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[editar] Referencias

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  2. vv. 169-172
  3. vv. 87-95
  4. v. 711 y ss.
  5. vv. 87-95
  6. Introducción al teatro griego, Antonio Guzmán Guerra, Alianza Editorial, Madrid, 2005.
  7. vv. 707-725, 857-858 y 952-953
  8. Edipo Rey, v. 1080
  9. Edipo Rey, vv. 348-349
  10. vv. 412-414
  11. Electra, vvv. 757-763
  12. Áyax, vv. 364-368
  13. Las Traquinias, vv. 28-29
  14. cf. Las Traquinias, vv. 83-85 y 141-177
  15. Las Traquinias, vv. 31-55
  16. Filoctetes, vv. 314-316
  17. Filoctetes
  18. Ulises
  19. Edipo Rey vv. 950-1072
  20. vv. 610-614

[editar] Véase también

[editar] Enlaces

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