Domingo, 30 de noviembre de 2008
 

Capitulo XII

EL PERIODO DE TRABAJO

 

Tomemos dos ramas industriales en las que rija la misma jornada de trabajo, digamos un proceso de trabajo de diez horas al día, por ejemplo la rama de hilados de algodón y la fabricación de locomo­toras. Una de estas industrias suministra diaria o semanalmente una determinada cantidad de producto elaborado, de hilado de algodón: la otra, en cambio, tiene que repetir el proceso de trabajo durante tres meses, supongamos, para poder elaborar un producto terminado, una locomotora. En un caso, el producto constituye una cantidad discreta y el mismo trabajo se reanuda cada día o cada semana; en el otro, el proceso de trabajo es una cantidad continua, que se ex­tiende a lo largo de una serie prolongada de procesos de trabajo diarios, los cuales, combinados, en la continuidad de su operación, sólo arrojan un producto elaborado al cabo de algún tiempo. Aun­que la duración del proceso de trabajo diario es la misma en ambos casos, media una diferencia muy importante en cuanto a la duración del acto de producción, es decir, en cuanto a la duración de los re­petidos procesos de trabajo que se requieren para elaborar el pro­ducto y lanzarlo como mercancía al mercado y, por tanto para con­vertirlo de capital productivo en capital–mercancías. Nada tiene que ver con esto la distinción entre el capital fijo y el capital circulante. La diferencia a que ahora nos referimos existiría aunque en ambas ramas industriales se invirtiesen exactamente las mismas proporcio­nes de capital circulante y de capital fijo.

Estas diferencias en cuanto a la duración del acto de producción no se dan solamente entre ramas de producción distintas, sino tam­bién dentro de la misma rama de producción, a tono con el volumen del producto que se trata de suministrar. Una casa vivienda corrien­te se construye, evidentemente, en menos tiempo que una gran fá­brica y requiere, por tanto, un número menor de procesos de tra­bajo continuos. La fabricación de una locomotora cuesta tres meses la de un acorazado uno o varios años. La producción de trigo re­quiere casi un año, la de ganado vacuno varios años y la de madera puede exigir desde doce años hasta cien. Un camino rural puede construirse en unos cuantos meses, mientras que la construcción de un ferrocarril requiere años enteros. Un tapiz corriente se teje tal vez en unas horas: el tejer un gobelino supone años de trabajo, etc. Como se ve, las diferencias en cuanto a la duración del acto de producción son infinitamente variadas

A igual inversión de capital, dentro de los plazos con vista a los cuales se desembolsa un capital dado, es evidente que la diferen­cia en cuanto a la duración del acto de producción tiene que traducirse necesariamente en una diferencia en cuanto al ritmo de la ro­tación. Supongamos que una fábrica de hilados y una fábrica de locomotoras funcionen a base de la misma inversión de capital, que la proporción entre el capital constante y el variable sea la misma en ambos casos, que otro tanto acontezca con lo que se refiere al capital fijo y al circulante y, finalmente, que la jornada de trabajo sea igual, como también su división en las dos partes de trabajo nece­sario y trabajo sobrante. Para eliminar todas las circunstancias que obedecen al proceso de circulación y que son ajenas a este caso, supon­gamos también que ambos productos, los hilados y la locomotora, se fabriquen por encargo y se paguen contra la entrega del producto terminado. Al final de la semana, al entregar la cantidad elaborada de hilado, el fabricante de esta rama se reembolsa del capital cir­culante por él invertido (aquí, prescindimos de la plusvalía), re­poniéndose asimismo del desgaste del capital fijo que encierra el valor de los hilados. Esto le permite, pues, acometer de nuevo el mismo ciclo con el mismo capital. Este ha descrito su rotación. En cambio, el fabricante de locomotoras tendrá que invertir semana tras semana, durante tres meses más y más capital en salarios y ma­terias primas, y sólo al cabo de los tres meses, una vez construida y entregada la locomotora, el capital circulante que durante todo este tiempo se ha ido invirtiendo poco a poco en un solo acto de producción, en la elaboración de una sola mercancía, reaparecerá bajo una forma que le permita iniciar de nuevo su ciclo; y la repo­sición del desgaste de la maquinaria no se logrará tampoco para él sino al cabo de estos tres meses. La inversión de un fabricante es por una semana, la del otro por una semana multiplicada por doce. En igualdad de circunstancias, el primero deberá tener necesaria­mente doce veces más capital circulante que el segundo.

Sin embargo, el hecho de que los capitales desembolsados se­manalmente sean iguales constituye una circunstancia indiferente, para estos efectos. Cualquiera que sea el volumen del capital de­sembolsado, lo cierto es que en un caso se desembolsa solamente por una semana, la del otro por una semana multiplicada por doce. de nuevo con la misma suma, de repetir con ella la misma opera­ción o de iniciar otra distinta.

La diferencia en cuanto al ritmo de rotación o al plazo con vistas al cual debe desembolsarse cada capital antes de poder emplear el mismo valor–capital en un nuevo proceso de trabajo o de valo­rización, obedece aquí a lo siguiente:

Supongamos que la construcción de la locomotora o de una má­quina cualquiera cueste 100 jornadas de trabajo. En lo tocante a los obreros que trabajan en la fábrica de hilados y en la cons­trucción de maquinaria, las 100 jornadas de trabajo constituyen magnitudes homogéneas y discontinuas (discretas), que según la hipótesis de que partimos consisten en 100 procesos de trabajo, separados y sucesivos, de diez horas cada uno. Pero en lo tocante al producto –a la máquina–, las 100 jornadas de trabajo forman una magnitud continua, una sola jornada de trabajo de 1,000 horas, un solo acto coherente de producción. Esta gran jornada de trabajo formada por la sucesión coordinada de varías jornadas de trabajo más o menos numerosas, es lo que yo llamo un período de trabajo. Cuando hablamos de la jornada de trabajo, nos referimos a la cantidad de tiempo durante el cual el obrero tiene que poner a funcionar su fuerza de trabajo al cabo del día, el tiempo durante el cual tiene que trabajar diariamente. En cambio, cuando hablamos del periodo de trabajo, aludimos al número de jornadas de trabajo coherentes que una determinada rama industrial exige para suminis­trar un producto elaborado. En estos casos, el producto de cada jornada de trabajo es simplemente un producto parcial que sigue elaborándose día tras día y que sólo adquiere su forma definitiva, como valor de uso terminado, al llegar al final del período de trabajo más o menos largo.

Por eso las interrupciones y las perturbaciones que se dan en el proceso social de producción a consecuencia por ejemplo de la crisis, repercuten de muy distinto modo sobre los productos del trabajo de carácter discreto y sobre aquellos que exigen para su producción un período más largo y coherente. Si hoy se produce una deter­minada masa de hilados, de carbón, etc., esta producción no va seguida en este caso, mañana, por otra nueva producción de carbón, de hilados, etc. Otra cosa sucede cuando se trata de la construcción de barcos, edificios, ferrocarriles, etc. Aquí, no se interrumpe sola­mente los medios de producción y el trabajo empleados ya en ella. Si la obra no se continúa, resultará que se han invertido inútil­mente lo medios de producción y el trabajo empleados ya en ella. Y aun cuando se reanude al cabo de algún tiempo, siempre se pro­ducirá entre tanto un cierto deterioro.

Durante todo el período de trabajo, va acumulándose por capas la parte de valor que el capital fijo transfiere diariamente al producto hasta su elaboración. Y aquí se revela, al mismo tiempo, en su importancia práctica, la diferencia entre el capital fijo y el capital circulante. El capital fijo se desembolsa para el proceso de producción por un período de tiempo más largo y no necesita renovarse antes de que transcurra este período, que puede durar varios años. El hecho de que la máquina de vapor transfiera fragmentariamente, día por día, su valor al hilado, producto de un proceso de trabajo discreto, o que lo transfiera cada tres meses si se trata de una loco­motora, producto de un acto de producción continuo, no altera en lo más mínimo la inversión del capital necesario para la compra de la máquina de vapor. En un caso, su valor refluye en pequeñas dosis, por ejemplo semanalmente; en el otro, en grandes masas, por ejemplo trimestralmente. Pero la renovación de la máquina de vapor sólo se plantea, tanto en uno como en otro caso, a la vuelta de 20 años, por ejemplo. Mientras cada uno de los períodos dentro de los cuales su valor refluye fragmentariamente mediante la venta del pro­ducto dure menos que su propio período de existencia, la misma máquina de vapor sigue funcionando en el proceso de producción durante varios períodos de trabajo.

No ocurre así en cambio, con los elementos circulantes del ca­pital desembolsado. La fuerza de trabajo comprada para esta semana se gasta durante esta misma semana y se materializa en el producto. Es necesario pagarla al final de la semana. Y esta misma inversiónde capital en fuerza de trabajo se repite semanalmente a lo largo de los tres meses, sin que el desembolso de esta parte del capital en una semana permita al capitalista sufragar la compra de trabajo a la semana siguiente. Tendrá que invertir semanalmente nuevo capital adicional para el pago de la fuerza de trabajo y –dejando a un lado aquí lo que se refiere al crédito– el capitalista tiene que hallarse en condiciones de abonar los salarios por espacio de tres meses, aunque sólo los pague en dosis semanales. Y lo mismo ocurre con la otra parte del capital circulante, la formada por las materias primas y auxiliares. Sobre el producto van depositándose una capa de trabajo tras otra. Durante el proceso de trabajo se transfiere constantemente al producto no sólo el valor de la fuerza de trabajo empleada, sino además la plusvalía, pero no al producto terminado, sino al pro­ducto sin terminar, que no reviste aún la forma de la mercancía acabada y que aún no es, por tanto, susceptible de circulación. Y lo mismo ocurre con el valor capital transferido gradualmente al producto en materias primas y materias auxiliares.

Según la duración más o menos larga del período de trabajo, tal como la reclame para

su producción la naturaleza específica del producto o del efecto útil que se trata de obtener, se requiere una inversión constante, adicional, de capital circulante (salarios, ma­terias primas, materias auxiliares), ninguna parte del cual reviste una forma susceptible de circulación y que pueda servir, por tanto, para renovar la misma operación; por el contrario cada una de sus partes se halla incorporada sucesivamente al producto en marcha dentro de la órbita de la producción, como parte integrante de él, vinculado al capital productivo. El tiempo de rotación es igual a la suma del período de producción y del periodo de circulación del capital. Por consiguiente, al alargarse el periodo de producción el ritmo de rotación disminuye, exactamente lo mismo que si se alarga el período de circulación. En el caso que estamos examinando hay que tener en cuenta, sin embargo dos cosas:

Primero: La permanencia prolongada en la órbita de la produc­ción. El capital que se

desembolsa, por ejemplo, la primera semana en trabajo, materias primas, etc., al igual que las partes de valor transferidas del capital fijo al producto, permanecen inmovilizados en la órbita de la producción por espacio de tres meses y no pueden lanzarse a la circulación como mercancía, puesto que se hallan incor­porado a un producto de gestación, aún no terminado.

Segundo: Como el período de trabajo necesario para el acto de producción dura tres meses y sólo forma en realidad un proceso de trabajo coherente, es necesario añadir constantemente, todas las se­manas, una nueva dosis de capital circulante al anterior. La masa del capital adicional que va desembolsándose sucesivamente aumen­tará, pues, a medida que el período de trabajo se prolonga.

Partimos del supuesto de que los capitales invertidos en la fabricación de hilados y en la de maquinaria son iguales, de que se dividen en las mismas proporciones de capital constante y variable y de capital fijo y circulante; de que la jornada de trabajo es de la misma duración en ambas industrias; de que todas las demás circuns­tancias, salvo la duración del período de trabajo, coinciden. En la primera semana, es igual la inversión que se realiza en ambas industrias, pero el producto obtenido por el fabricante de hilados puede venderse, destinándose inmediatamente, destinándose su importe a adquirir nueva fuerza y nuevas materias primas, etc., es decir, a prose­guir la producción en la misma escala. En cambio, el fabricante de maquinaria sólo puede hacer que revierta en dinero el capital cir­culante desembolsado por él, durante la primera semana, y por tanto seguir operando al cabo de tres meses, una vez que termine su pro­ducto. Se trata, por consiguiente, en primer lugar, de una diferencia en cuanto al reflujo de la misma cantidad de capital invertida. Pero, en segundo lugar, si bien durante los tres meses se invierte la misma cantidad de capital productivo en la fabricación de hilados y en la de maquinaria, la magnitud de la inversión de capital es absoluta­mente distinta para el fabricante de hilados que para el de maquinaria, ya que en un caso el mismo capital se renueva rápidamente y esto permite repetir la misma operación mientras que en el otro caso la renovación es relativamente lenta y, por consiguiente, entre tanto que la renovación se efectúa, es indispensable ir añadiendo constantemente nuevas cantidades de capital. difieren, como vemos, tanto el plazo de tiempo durante el cual se renuevan determinadas porciones de capital, es decir, la duración del período para el cual se desembolsa aquél, como la masa de capital (aunque sea el mismo el capital invertido diaria o semanalmente) que, según la diversa duración del proceso de trabajo, ha de ser desembolsado. Es ésta una circunstancia que debe ser tenida en cuenta, pues puede ocurrir, como veremos en los casos que serán examinados en el capítulo si­guiente, que la duración del período para el cual se desembolsa el capital aumente, sin que por ello aumente en la misma proporción la masa del capital que ha de desembolsarse. El plazo de inversión del capital aumenta y aumenta la cantidad de capital vinculada en forma de capital productivo.

 

En las fases aún incipientes de la sociedad capitalista, las empre­sas que requieren un largo periodo de trabajo, y por tanto una gran inversión de capital para mucho tiempo, sobre todo cuando las obras sólo pueden ejecutarse en gran escala, no pueden llevarse a cabo, como ocurre, por ejemplo, con los canales las carreteras, etc., más que al margen del capitalismo, a costa del municipio o del Estado (en tiempos antiguos, en lo que a la fuerza de trabajo se refiere, casi siempre en forma de trabajos forzados). Otras veces, los productos cuya elaboración exige un largo período de trabajo sólo en una parte pequeñísima son fabricados mediante el patrimonio mismo del capitalista. Así, por ejemplo, en la construcción de casa, la persona por cuenta de la cual se construye la casa va haciendo anticipos gradualmente al contratista constructor. Es decir, en rea­lidad, va pagando la casa fragmentariamente, a medida que avanza su proceso de producción. En cambio, en la era capitalista avanzada, en que se concentran en manos de unos cuantos grandes masas de capital y en que, además, aparece al lado de los capitalistas individuales el capitalista asociado (las sociedades anónimas), desarrollán­dose al mismo tiempo el sistema de crédito, sólo en casos excepcio­nales intervienen los contratistas capitalistas de construcciones por cuenta de los particulares. Su negocio consiste en construir bloque de casas y barrios enteros para luego lanzar las casas al mercado, lo mismo que ciertos capitalistas negocian con la construcción de ferro­carriles por contrata.

Tenemos el testimonio de un empresario del ramo de la cons­trucción ante el Comité bancario, en 1857, por el que podemos seguir las incidencias de la producción capitalista de casas en la ciu­dad de Londres. En su juventud, nos dice, la mayoría de las casas se construían por encargo y el importe le era abonado al contratista al llegar a ciertas fases de la construcción. Se edificaba muy poco, para la especulación, por lo general, los contratistas sólo se prestaban a ello para dar trabajo de un modo regular a sus obreros y mantenerlos agrupados. Desde hace cuarenta años, todo esto ha cambiado. Ahora, se construye muy poco por encargo. El que nece­sita una nueva casa la busca entre las construidas para especular con ellas o entre las que se hallan en construcción. El empresario de construcciones ya no trabaja para sus clientes, sino para el mercado; se halla obligado, lo mismo que cualquier otro industrial, a tener en el mercado sus mercancías terminadas. Mientras que antes un con­tratista solía emprender al mismo tiempo, cuando más, la construc­ción de tres o cuatro casas para la especulación, ahora tiene que comprar grandes solares (es decir, en términos continentales, arren­darlos por más de 99 años), construir en ellos hasta cien o doscientas casas y aventurarse así en una empresa que rebasa veinte y hasta cincuenta veces su capital. Los fondos necesarios se movilizan me­diante hipotecas y el dinero se va poniendo a disposición del em­presario a medida que se desarrolla la construcción de las distintas casas. En estas condiciones, si se produce una crisis que paraliza el pago de las cantidades abonadas a cuenta, se viene a tierra por lo general toda la empresa; en el mejor de los casos, la construcción queda interrumpida hasta tiempos mejores; si las cosas vienen mal dadas se destinan a la demolición y se venden a mitad de precio. Hoy, ninguna empresa de construcción puede vivir sin dedicarse a la especulación, y además a gran escala. La ganancia que se obtiene por la construcción misma es extraordinariamente pequeña; la ganancia principal consiste en el alza de la renta, en saber escoger y explorar los solares. Por este método la especulación encaminada a fomentar la demanda de casas se han construido casi todos los barrios de Belgravia y Tyburn y las miles y miles de villas de los alrededores de Londres. (Extracto del Report from the Select Committee on Bank Acts, parte I, 1857, Evidence. Preguntas 5413–18, 5435–36.)

 

La producción capitalista sólo puede hacerse casi por completo de la ejecución de obras que exige un período de trabajo un poco largo y se realizan en gran escala a partir del momento en que la concentración del capital es ya muy considerable y en que por otra parte, el desarrollo del sistema de crédito brinda el capitalista el cómodo recurso de poder emplear, y por tanto, arriesgar, capital ajeno en vez del propio. De suyo se comprende, sin embargo, o no a quien lo emplea no influye para nada ni en el ritmo ni en el tiempo de rotación.

 

Los factores que aumentan el producto de cada jornada tales como la cooperación, la división de trabajo, el empleo de maquinaria, etc., acortan al mismo tiempo el período de trabajo en los actos coherentes de producción. Así por ejemplo, el empleo de maquinaria corta el plazo de construcción de casas, puentes, etc.; la máquina segadoras y trilladoras, etc., acorta el período de trabajo necesario para convertir el trigo maduro en mercancía elaborada. La construcción perfeccionada de buques acorta, al acelerar el ritmo, el tiempo de rotación del capital invertido en la construcción de barcos. Sin embargo, estos perfeccionamientos que aportan el período de trabajo y, por tanto, con vista al cual se desembolsa el capital circulante, exige casi siempre un mayor desembolso de capital fijo. Por otra parte, puede ocurrir el período de trabajo se acorte en determinadas ramas mediante simples desarrollo de la cooperación; la construcción de un ferrocarril se acelera poniendo en pie grandes ejércitos de obreros, que permitan abordar la construcción por muchos sitios a la vez. En estos casos, el tiempo de rotación se acorta a medida que aumenta el capital invertido. Se ponen bajo el mando del capitalista más medios de producción y más fuerzas de trabajo.

 

Por consiguiente, si bien es cierto que la aceleración del período de trabajo va casi siempre unida al aumento del capital desembolsado para un plazo más corto, de modo que ha medida que se acorte el plazo de desembolso aumenta la masa del capital que es necesario desembolsar, debemos recordar aquí que, prescindiendo de la masa del capital social existente, ello depende del grado en que se hallen dispersos o reunidos en manos de los capitalistas individuales los medios de producción y de subsistencia o la posibilidad de disponer de ellos; es decir, de las proporciones que haya cobrado ya la concentración del capital. El crédito, en la medida que se fomenta y acelera la concentración del capital en pocas manos, contribuye también a acortar el período de trabajo, y por tanto el tiempo de rotación.

 

En aquellas ramas de producción en que el período de trabajo, sea continuo o discontinuo, obedece a determinadas condiciones naturales, no puede abreviarse con ayuda de los medios indicados más arriba. “La expresión es de una más rápida rotación no es aplicable a la producción de cereales, donde sólo es posible obtener una cosecha al año. Y por lo que se refiere a la ganadería, basta preguntar: ¿Cómo acelerar la rotación de ovejas de dos o tres años y de bueyes de cuatro a cinco?”(W. Walter Good, Political, Agricultural and Commercial Fallacies, Londres 1866, p. 325.)

 

La necesidad de movilizar rápidamente dinero (por ejemplo, para pagar los gastos fijos, tales como impuestos, rentas, etc.) resuelve el problema vendiendo y enviando al matadero, por ejemplo, el ganado antes de que haya llegado a la edad económica normal, con gran daño y provocando a la postre un alza de los precios de la carne. “La gente que antes se dedicaba a la ganadería principalmente para explotar los pastos de los Midland Counties (17) en verano y en invierno los de los condados del Este... han venido tan a menos a causa de las oscilaciones y las bajas del precio del grano, que se da por satisfecha con poder beneficiarse mediante los altos precios de la manteca y el queso; la primera la llevan semanalmente al mercado para cubrir los gastos corrientes; a cambio del segundo reciben anticipos de un agente que recoge el queso cuando está en condiciones de ser transportado y que es, naturalmente, el que fija el precio. Por esta razón, y puesto que la agricultura se halla regida por los principios de la economía política, las terneras que antes eran enviadas al Sur desde las comarcas lecheras, para su crianza, son sacrificadas ahora en masa, no pocas veces a los ocho o diez días de nacer, en los mataderos de Birmingham, Manchester, Liverpool y otras grandes ciudades de los contornos. En cambio, si se la cebada se hallase libre de impuestos no sólo obtendrían mayores ganancias los arrendatarios de tierras, pudiendo de este modo retener el ganado de cría hasta que creciese y pesase más, sino que además la cebada serviría, en vez de la leche, para que pudiesen criar terneras quienes no tienen vacas, y se evitaría en gran parte... esa espantosa escasez de ganado de cría. Cuando hoy se aconseja a estas gentes modestas que críen las terneras, replican: sabemos perfectamente que el alimentar las crías con leche sería beneficioso, pero en primer lugar, esto nos obliga a invertir dinero que no tenemos y, en segundo lugar, tendríamos que esperar mucho tiempo para recobrar el dinero invertido, mientras que con la manteca y el queso lo reembolsamos inmediatamente” (obra cit., pp. 12 y 13).

Sí el amortiguamiento de la rotación plantea estos problemas a los pequeños arrendatarios ingleses, fácil es comprender qué compli­caciones no supondrá para los campesinos modestos del continente.

Con arreglo a la duración del período de trabajo y, por tanto, del período de tiempo que transcurre hasta la elaboración de la mer­cancía susceptible de circulación, va acumulándose la parte de valor que el capital fijo transfiere fragmentariamente al producto y se va dilatando el reflujo de esta parte de valor. Pero esta dilación no obliga a realizar nuevas inversiones de capital fijo. Las máquinas siguen funcionando en el proceso de producción lo mismo si la repo­sición de su desgaste refluye en forma de dinero de un modo lento o rápidamente. No ocurre lo mismo con el capital circulante. La mayor duración del periodo de trabajo no sólo exige que el capital se movilice por más tiempo, sino que exige también que se desembolse constantemente nuevo capital en salarios, materias primas y materias auxiliares. El amortiguamiento del reflujo repercute, por tanto, de distinto modo en uno y otro caso. Sea más lento o más rápido, el capital fijo sigue funcionando igual que antes. En cambio, el capital circulante deja de funcionar, al amortiguarse el reflujo, cuando se presenta bajo la forma de productos invendidos o no terminados, aún no vendibles, y no se dispone de un capital adicional para renovarlo en especie. “Mientras el campesino se muere de hambre, su ganado prospera. En efecto, había llovido y los pastos eran abundantes. El campesino indio se morirá de hambre al lado de un buey reluciente y gordo. Los preceptos de la superstición podrán parecer crueles para con el individuo, pero son rentables para la sociedad; la conservación del ganado de labor asegura la continuidad de la agricultura, y con ella les fuentes del sustento y la riqueza del futuro. Nos parecerá triste y duro, pero así es: en la India, es más fácil reponer a un hombre que a un buey” (Return, East India, Madras and Orissa Femine, núm. 4, p. 4). Recordemos las palabras del Manava–Dharma­–Sastra, cap. X, p. 62: “El sacrificio de la vida sin recompensa, para mantener a un sacerdote o a una vaca... puede asegurar la bien­aventuranza de esta tribu de bajo origen.”

Es imposible, naturalmente, conseguir antes de los cinco años un animal de esta edad. Lo que sí es posible, dentro de ciertos limites, es acortar, mediante un tratamiento adecuado, el plazo durante el cual un animal puede ponerse en condiciones de servir al fin para que se le destina. Tal es, concretamente, el resultado de las expe­riencias de Bakewell. Antes, las ovejas inglesas, como ocurría con las francesas todavía en 1855, no estaban en condiciones de ser enviadas al matadero antes de los cuatro o los cinco años. Según el sistema de Bakewell las ovejas pueden matarse ya al año y, desde luego, alcanzan su pleno desarrollo antes de que transcurran los dos años. Bakewell, arrendatario de Dishley Grange, logro reducir mediante una cuidadosa selección racial, el esqueleto de las ovejas al mínimo estrictamente indispensable para su vida. Sus ovejas se conocen con el nombre de New Leicesters. “Hoy el ganadero puede lanzar al mercado tres ovejas en el tiempo que antes necesitaba para criar una sola, y además ejemplares en que se desarrollan con mayor gordura las partes que dan más carne. Casi todo lo que pesan es carne” (Lavergne, The Rural Economy of England, etc., 1855, p. 22).

Los métodos destinados a acortar el período de trabajo son apli­cables en un grado muy diverso según las distintas ramas industriales y no compensan las diferencias existentes en cuanto a la du­ración de los distintos períodos de trabajo. Para poner el mismo ejemplo, puede ocurrir que el empleo de nuevas máquinas–herra­mientas acorte en términos absolutos el período de trabajo necesario para construir una locomotora. En cambio, aunque el perfecciona­miento de los procesos de trabajo aplicados en una fábrica de hilados haga aumentar en. proporciones incomparables la rapidez en la pro­ducción diaria o semanal, la duración del período de trabajo en la fabricación de maquinaria habrá aumentado en términos relativos, comparada con la de la fábrica de hilados.

Tomo II del capital.


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Pirámide capitalista. actualizada