Domingo, 30 de noviembre de 2008
Capitulo XIII  El tiempo de trabajo es siempre tiempo de producción, es decir, tiempo durante el cual el capital se halla inmovilizado en la órbita de la producción. Pero esta afirmación no podría formularse a la inversa, pues no todo el tiempo durante el cual el capital perma­nece en la órbita de la producción es necesariamente, por ese solo hecho, tiempo de trabajo. Aquí, no nos referimos a las interrupciones del proceso de tra­bajo impuestas por los límites naturales de la fuerza de trabajo misma, aunque ya hemos visto hasta qué punto el mero hecho de que el capital fijo, los edificios fabriles, la maquinaria, etc., permanezca inmóvil durante las pausas del proceso de trabajo constituye uno de los motivos que explican la prolongación antinatural del proceso de trabajo y contribuyen al establecimiento de los dos turnos de trabajo de día y de noche. Aquí nos referimos a una interrupción independiente de la duración del proceso de trabajo impuesta por la naturaleza misma del producto y su elaboración y durante la cual el objeto de trabajo se ve sometido a procesos naturales más o menos largos, tiene que sufrir cambios físicos, químicos o fisiológicos que obligan a suspender total o parcialmente el proceso de trabajo. Así, por ejemplo, el vino, al salir del lagar, tiene que pasar por un período de fermentación y luego reposar durante algún tiempo, para lograr un cierto grado de perfección. En muchas ramas indus­triales como en la cerámica, el producto necesita someterse a un proceso de secado, o someterse a la acción de ciertos factores que modifican su composición química, como ocurre en el ramo de la tintorería. El trigo de invierno necesita unos nueve meses para ma­durar. El proceso de trabajo que media entre la siembra y la reco­lección es un proceso casi ininterrumpido. En cambio, en la arbo­ricultura, una vez que se terminan la siembra y los trabajos preli­minares necesarios, tienen que pasar a veces cien años antes de que la simiente se convierta en producto terminado, y durante todo este tiempo son relativamente poco importantes las aportaciones de tra­bajo que exige. En todos estos casos, hay una gran parte del período de producción durante el cual sólo se añade al proceso trabajo adicional de vez en cuando. La situación descrita en el capítulo anterior, en que se necesita añadir capital y trabajo adicionales al capital ya incorporado al proceso de producción, sólo se da aquí con interrup­ciones más o menos largas. Por consiguiente, en todos estos casos, el tiempo de producción del capital desembolsado se compone de dos períodos: uno, durante el cual el capital permanece en el proceso de trabajo, y otro, en que su modalidad de existencia –el producto aún no acabado–se confía a la acción de procesos naturales fuera de la órbita del proceso de trabajo. El hecho de que, a veces, estos dos períodos de tiempo se entrecrucen y desplacen el uno al otro no modifica para nada los términos del problema. Aquí, el período de trabajo y el período de producción no coinciden. El período de producción dura más que el período de trabajo. Pero el producto no queda terminado, no madura, no puede, por tanto, abandonar la forma de capital productivo para convertirse en la de capital–mercancias, hasta que no sale del período de producción. Su período de rotación se prolonga también, por tanto, según la duración del período de producción no consistente en tiempo de trabajo. Cuando el tiempo de producción que excede del tiempo de trabajo no responde a una ley natural inconmovible, como ocurre con la maduración del trigo, el crecimiento del roble, etc., el período de rotación puede acortarse en mayor o menor medida abreviando artificialmente el tiempo de producción. Así, por ejemplo, mediante la introducción del blanqueado químico en vez del blanqueado por el sol, mediante el empleo de aparatos secadores más eficaces en los procesos de secado, etc. En la industria de los curtidos, donde la acción del tanino sobre las pieles con el procedimiento antiguo duraba de seis a die­ciocho meses, con los nuevos métodos, mediante el empleo de la bomba de aire, el proceso ha quedado reducido a dos meses. (J. G. Courcelle–Seneuil, Traité théorique et pratique des entreprises indus­trielles, etc. París, 1857, 2° ed.) Pero el ejemplo más importante de la aceleración artificial del simple tiempo de producción absorbido por procesos naturales, lo tenemos en la historia de la producción siderúrgica, y principalmente en la transformación de mineral de hierro en acero durante los últimos cien años, desde el descubrimiento de la pudelación hacía 1780 hasta el moderno proceso Besse­mer y los modernísimos procedimientos empleados desde entonces. Todo esto ha contribuido a acelerar enormemente el tiempo de pro­ducción, incrementando también, en la misma medida, la inversión de capital fijo. Un ejemplo característico de cómo el tiempo de producción puede desviarse del tiempo de trabajo lo ofrece la fabricación de hormas para zapatos en los Estados Unidos. Una parte importante de los gastos de esta industria se debe a la necesidad de tener la madera almacenada en los secaderos hasta dieciocho meses, para evitar que luego las hormas se ladeen, se deformen. Durante todo este tiempo, la madera descansa, no sufre ningún otro proceso de trabajo. Por consiguiente, el período de rotación del capital invertido en esta industria no se halla determinado solamente por el tiempo requerido para la fabricación de las mismas hormas, sino también por el tiempo durante el cual se inmoviliza esperando a que se seque la madera. Este capital permanece durante dieciocho meses en el pro­ceso de producción, antes de poder entrar en el verdadero proceso de trabajo. Este ejemplo demuestra, además, que los plazos de rotación de las distintas partes de capital global circulante pueden diferir por razones ajenas a la órbita de la circulación y relacionadas con el proceso de producción. La diferencia entre el tiempo de producción y el tiempo de trabajo resalta con especial claridad en la agricultura. En nuestros climas templados, la tierra da una cosecha de trigo cada año. El período de producción (que para las siembras de invierno dura generalmente nueve meses) puede acortarse o alargarse según la alternativa entre las buenas y las malas cosechas, razón por la cual no puede pre­venirse ni controlarse de antemano como en la producción estricta­mente industrial. Sólo los productos accesorios de la agricultura, tales como la leche, el queso, etc., son susceptibles de ser produ­cidos y vendidos continuamente en períodos más cortos. En cambio, el problema del tiempo de trabajo se plantea en los siguientes tér­minos: “El número de jornadas de trabajo puede establecerse en las siguientes regiones de Alemania del siguiente modo, teniendo en cuenta las condiciones climáticas y los demás factores, con vistas a los tres períodos principales de trabajo: para el período de primavera, que ya de fines de marzo o comienzos de abril a mediados de mayo, de 50 a 60; para el período de verano, desde comienzos de junio hasta fines de agosto, de 65 a 80; para el período de otoño, com­prendido entre comienzos de septiembre hasta fines de octubre o mediados o fines de noviembre, de 55 a 75 jornadas de trabajo. Respecto al invierno, sólo pueden señalarse las faenas propias de esta época, tales como las de estercoleo, transporte de madera, trans­porte al mercado, trabajos de construcción, etc.” (F. Kirchhof, Handbuch der landwirschatflichen Betriebslehre. Dessau, 1852, p. 160.) Por tanto, cuanto más desfavorable sea el clima en menos tiempo se concentra el período de trabajo de la agricultura y, por tanto, la inversión de capital y trabajo. Así ocurre, por ejemplo, en Rusia. En algunas regiones del norte de Rusia sólo puede trabajarse en el campo durante 130 ó 150 días al cabo del año. Fácil es comprender qué pérdida tan enorme representaría para ese país el hecho de que 50 de los 65 millones de su población europea permaneciesen ociosos durante los seis u ocho meses del invierno ruso, en que cesan por imposición del clima todas las faenas del campo. He aquí por qué, aparte de los 200,000 campesinos que trabajan en las 10,500 fábricas de Rusia, se hallan tan desarrolladas en todas las aldeas de este país las industrias domésticas. Hay aldeas en que todos los campesinos son desde hace varias generaciones tejedores, curtidores, zapateros, cerrajeros, herreros etc.; así ocurre, especialmente, en los gobiernos de Moscú, Vladimir, Kaluga, Kostroma y Petersburgo. Incidentalmente, diremos que esta industria doméstica va viéndose cada vez más supeditada al servicio de la producción capitalista; los tejedores, por ejemplo, adquieren la trama y los lizos para los telares a los comerciantes por intermedio de agentes. (Resumido de Reports by H. M. Secretaries of Embassy and Legation, on the Manufactures, Commerce, etc. núm. 8, 1865, pp. 86 y 87.) Véase, pues, cómo la divergencia entre el período de producción y el período de trabajo, que no es más que una parte de aquél, constituye la base natural para la fusión de la agricultura con la industria rural accesoria Y cómo, por otra parte, ésta se convierte, a su vez, en punto de apoyo para el capitalista, que empieza infiltrándose en ella como comer­ciante. A medida que la producción capitalista, más tarde, intro­duce el divorcio entre la manufactura y la agricultura, el obrero agrícola va viéndose cada vez más supeditado a trabajos accesorios puramente fortuitos, con lo cual empeora su situación. Para el ca­pital, todas las diferencias se compensan, como veremos más ade­lante, en la rotación. No así para el obrero. Mientras que en la mayoría de las ramas estrictamente indus­triales y en las de la minería, el transporte, etc., la marcha de la explotación es uniforme, se emplea un año con otro la misma can­tidad de trabajo y, prescindiendo de las oscilaciones de los precios, las perturbaciones de los negocios, etc., que deben considerarse como interrupciones anormales, las inversiones. de capital incorporadas al proceso diario de circulación se distribuyen por igual; mientras que, asimismo, en igualdad de condiciones de mercado, el reflujo del ca­pital circulante o su renovación se distribuye a lo largo del año en periodos uniformes, en las inversiones de capital en que el tiempo de trabajo sólo es una parte del tiempo de producción, se advierten las mayores diferencias, a lo largo de los distintos períodos del año, en la inversión del capital circulante, y el reflujo sólo se efectúa de una vez, en la época impuesta por las condiciones naturales. Por tanto, a igual escala de negocios, es decir, a igual magnitud del capital circulante desembolsado, deberá desembolsarse el capital de una vez y a largo plazo, en masas mayores que cuando se trate de ne­gocios a base de períodos de trabajo continuos. El plazo de vida del capital fijo se distingue también aquí considerablemente del tiempo durante el cual funciona de un modo realmente productivo. Con la diferencia entre el tiempo de trabajo y el tiempo de producción se interrumpe también constantemente, como es natural, el tiempo de uso del capital fijo empleado a largo o a corto plazo, como ocurre por ejemplo en la agricultura con el ganado de labor, los aperos y las máquinas. Cuando este capital fijo se halla for­mado por bestias de labor, exige constantemente los mismos o casi los mismos gastos en forraje, pienso, etc., que durante el tiempo en que trabaja. En los medios de trabajo muertos la inmovilidad se traduce también en cierta depreciación. Por tanto, el producto, en general, se encarece, ya que la transferencia de valor al producto se calcula, no por el tiempo durante el cual funciona el capital fijo, sino por el tiempo durante el cual pierde valor. En estas ramas de producción, la inmovilidad del capital fijo, lleve o no aparejados gastos corrientes, constituye una condición de su empleo normal, ni más ni menos que, por ejemplo, el desperdicio de cierta cantidad de algodón en las fábricas de hilados; y en todo proceso de trabajo la fuerza de trabajo aplicada, bajo ciertas condiciones técnicas, de un modo improductivo, pero inevitable, cuenta exactamente lo mismo que la empleada productivamente. Toda innovación que disminuya el empleo improductivo de medios de trabajo. materias primas y fuerza de trabajo, disminuye también el valor del producto. En la agricultura se dan ambas cosas unidas. la mayor duración del período de trabajo y la gran diferencia entre el tiempo de tra­bajo y el tiempo de producción. Hodgskin observa acertadamente a este propósito: “La diferencia en cuanto al tiempo [aunque él no distingue aquí entre tiempo de trabajo y tiempo de producción] necesario para obtener los productos de la agricultura y el que se necesita en otras ramas de trabajo, constituye la causa principal de la gran inferioridad de los agricultores. Estos no pueden llevar sus mercancías al mercado antes de un año. Durante todo este tiempo, necesitan del crédito del zapatero, del sastre, del herrero, del constructor de carros y de los demás productores cuyos productos nece­sitan y que los terminan en unos cuantos días o en unas cuantas semanas. Debido a esta circunstancia natural y al incremento más rápido de la riqueza en las otras ramas de trabajo, los terratenientes, a pesar de monopolizar la tierra de todo el reino y de haberse apropiado además el monopolio de la legislación, son incapaces de salvarse y salvar a sus servidores, los arrendatarios, del destino de ser las gentes menos independientes del país.” (Thomas Hodgskin. Popular Political Economy, Londres, 1827, p. 147, nota.) Todos los métodos empleados para distribuir parcialmente de un modo uniforme a lo largo de todo el año los gastos de salarios y medios de trabajo en la agricultura y para acelerar en parte la rotación, cultivando la mayor diversidad posible de productos y viendo el modo de obtener las cosechas más diversas durante el año, requieren el aumento del capital circulante desembolsado en la pro­ducción, invertido en salarios, abonos, simiente, etc. Así, por ejem­plo, cuando se trata de pasar del sistema de las tres hojas y el barbecho al sistema de rotación de frutos sin barbechera. Es lo que ocurre, v. gr., con las cultures décobées (18) en Flandes. “Se cultivan las plantas de tubérculo en culture décobée; se siembran en la misma tierra, primero, cereales, lino y colza para las necesidades del hombre y luego, después de la cosecha, hierbas para el sustento del ganado. Este sistema, con el cual el ganado vacuno puede permanecer cons­tantemente en el establo, se traduce en una considerable acumulación del abono animal y es, por tanto, la piedra angular de la diversidad de cultivos. Más de la tercera parte de la superficie cultivada en las landas se explota con arreglo al sistema de las cultures dérobées; es exactamente lo mismo que sí aumentase en una tercera parte el area de la superficie cultivada.” Además de los tubérculos se emplean también, para esto, el trébol y otros pastos. “La agricultura, orien­tada de este modo hacia un punto en que se convierte ya en cultivos de huerta, exige, naturalmente, un capital de inversión relativamente considerable. En Inglaterra, se calculan 250 francos de capital de inversión por hectárea. En Flandes, nuestros labradores considera­rían probablemente un capital de inversión de 500 francos por hec­tárea, demasiado pequeño.” (Emile de Laveleye, Essai sur l’Economie Rurale de la Belgique, Paris, 1863, pp. 45, 46 y 48). Fijémonos, por último, en la explotación forestal. “La pro­ducción forestal se distingue de la mayoría de las demás producciones, esencialmente, en que en ella obra por su cuenta la fuerza de la naturaleza y en que, donde el replanteo se efectúe de un modo natural, no requiere la acción del hombre ni del capital. E incluso allí donde los bosques se replantean artificialmente, la inversión de energías humanas y de capital es insignificante, en comparación con la acción de las fuerzas naturales. Además, los bosques crecen en terrenos y situaciones donde ya no se da el trigo o donde la pro­ducción de cereales no es ya rentable. Por otra parte los cultivos forestales exigen, para una explotación normal..., una superficie mayor que los cultivos de cereales, ya que en parcelas pequeñas no es posible abordar debidamente el cultivo forestal, se pierden casi siempre las posibilidades de empleos accesorios, resulta más difícil organizar la protección del bosque, etc. Pero el proceso de producción se halla sujeto a un período de tiempo tan largo, que excede de los posibles planes de una economía privada, y a veces incluso de la vida de un hombre. El capital invertido para adquirir el terreno que ha de destinarse a bosque [en un régimen de producción colectiva este capital no existe y sólo se plantea el problema de saber qué cantidad de terreno podrá sustraer la colectividad a la agricultura y a los pastos para destinarlo a bosque] no rinde frutos rentables hasta pasado mucho tiempo y sólo refluye parcialmente, no recuperándose en su totalidad sino en plazos que en ciertas clases de árboles pueden ser hasta de ciento cincuenta años. Además, la producción forestal continuada re­quiere, a su vez, una reserva de madera viva, que representa diez y hasta cuarenta veces el rendimiento anual. Por eso quien, poseyendo grandes extensiones de bosque, no dispone sin embargo de otros in­gresos, no puede organizar una explotación forestal en forma”. (Kir­chhof, p. 58.) El largo período de producción (que incluye un período relativa­mente corto de trabajo), y por tanto la larga duración de sus períodos de rotación, hace de los cultivos forestales una base de inversión poco favorable para una empresa privada y, por consiguiente, capi­talista, la cual no perderá este carácter aunque en vez del capitalista individual la regente una sociedad capitalista. En general, el des­arrollo de la cultura y de la industria se ha traducido siempre en la tendencia celosa a destruir los bosques y todo lo que se ha inten­tado para la conservación y producción de la riqueza forestal repre­senta un factor verdaderamente insignificante al lado de aquella tendencia. En el pasaje de Kirchhof citado más arriba merecen destacarse las siguientes palabras: “Además, la producción forestal continuada requiere, a su vez, una reserva de madera viva, que representa diez y hasta cuarenta veces el rendimiento anual.” Por tanto, una sola rotación cada diez o cada cuarenta años. Otro tanto ocurre con la ganadería. Una parte del rebaño (re­serva de ganado) permanece en el proceso de producción, mientras que otra parte se vende como producto anual. Aquí, sólo se recupera anualmente una parte del capital, como acontece con el capital fijo, maquinaria, ganado de labor, etc. Aunque este capital se estanca por largo tiempo en el proceso de producción, prolongando así la rotación del capital en su conjunto, no constituye capital fijo, en el sentido categórico de la palabra. Lo que aquí se llaman reservas –una determinada cantidad de madera o ganado vivos– se halla relativamente dentro del proceso de producción (como medios de trabajo y material de trabajo al mismo tiempo); con arreglo a las condiciones naturales de su re­producción, en una economía ordenada, deberá hallarse siempre una parte considerable de ellas bajo esta forma. De modo parecido repercute sobre la rotación del capital otra clase de reservas que sólo constituye un capital productivo potencial, pero que, por la naturaleza de la explotación, necesita acumularse en cantidades más o menos grandes y, por tanto, desembolsarse en la producción por períodos más o menos largos, a pesar de que sólo se incorpora gradualmente al proceso de producción. Tal es, por ejemplo, el caso del abono, antes de depositarse en la tierra y el de la cebada, el heno y otros piensos y forrajes destinados como reservas a la producción de ganado. “Una parte considerable del capital de la empresa es absorbido por las reservas de la explotación. El valor de éstas puede disminuir en mayor o menor medida si no se aplican convenientemente las medidas de precaución necesarias para su con­servación; y hasta puede ocurrir que, por falta de vigilancia, llegue incluso a perderse totalmente para la explotación una parte de las reservas de productos. Por eso es necesario, en lo que a esto se refiere, organizar una vigilancia cuidadosa de los graneros, del piso en que se almacenan el forraje y el pienso y de los sótanos, cerrar siempre bien los almacenes, mantenerlos limpios y aireados, etc.; a los granos y demás frutos almacenados deberá dárseles la vuelta de vez en cuando, convenientemente; las patatas y los nabos protegerse contra el frío, la humedad y la putrefacción, etc.” (Kirchhof, p. 292.) “Al calcular las propias necesidades, sobre todo en lo que se refiere a la ganadería, y siempre organizando la distribución a tenor del producto y de la finalidad perseguida, deberá tenerse en cuenta no solamente la satisfacción de las necesidades, sino también la conve­niencia de apartar una reserva relativa para casos imprevistos. Si resultare que las necesidades no pueden cubrirse íntegramente con el producto propio, deberá pensarse en si conviene compensar la dife­rencia mediante otros productos (sustitutivos) o si podrán adqui­rirse más baratos en el mercado. La escasez de heno, por ejemplo, puede suplirse con raíces mezcladas con paja. En estos casos, habrá que tener en cuenta siempre el valor intrínseco y el precio de los distintos productos en el mercado, trazando a tono con esto las normas para el consumo; si, por ejemplo, la avena resulta más cara y los guisantes y el centeno, en cambio, salen relativamente más baratos, podrá sustituirse con ventaja en el pienso de los caballos, una parte de la avena con guisantes y centeno, y vender la avena sobrante, etcétera.” (Obra cit., p. 300.) Ya más arriba, al tratar de la formación de reservas, se indicó la necesidad de disponer una determinada cantidad, mayor o menor, de capital productivo potencial, es decir, de medios de producción des­tinados a ésta y que deben existir en una cantidad mayor o menor, para incorporarse poco a poco al proceso de producción. Y asimismo se ha indicado que, en una empresa o explotación de capital dada, de determinado volumen, la magnitud de esta reserva de producción depende de la mayor o menor dificultad de su renovación, del mayor o menor alejamiento de los mercados en que es posible abastecerse de esos elementos, del desarrollo de los medios de transporte y co­municación, etc. Todos estos factores influyen sobre el mínimum de capital que debe existir bajo la forma de reserva productiva, y por tanto sobre la duración del plazo con vistas al cual ha de des­embolsarse el capital y sobre el volumen de la masa de capital que debe desembolsarse de una vez. Este volumen, que a su vez influye sobre la rotación, se halla condicionado por el plazo mayor o menor para el cual se cuenta con capital circulante bajo la forma de reserva productiva como capital productivo puramente potencial. Por otra parte, en la medida en que este estancamiento de la mayor o menor posibilidad de una rápida reposición depende de las condiciones del mercado, etc., responde a su vez al tiempo de circulación, a factores que pertenecen a la órbita de la circulación. “Además, tanto los aperos como los instrumentos manuales de trabajo, tales como las cribas, los cestos, las cuerdas, la grasa para los carros, las agujas, etc., deberán tenerse a mano y en reserva para poder reponerlos inme­diatamente en tanta mayor abundancia cuanto menor sea la posi­bilidad de obtenerlos rápidamente sin alejarse mucho. Finalmente, todos los aperos deben revisarse cuidadosamente en el invierno, adop­tando inmediatamente las medidas necesarias para completarlos y ponerlos en condiciones de ser utilizados. El que en general hayan de mantenerse mayores o menores reservas para llenar las necesida­des de aperos dependerá, principalmente, de las condiciones locales. Allí donde no haya en las inmediaciones artesanos para reparar o tiendas para adquirir lo que se necesite, deberán mantenerse reservas mayores que allí donde existen esos elementos en la localidad o en las cercanías. Si, en igualdad de condiciones, se compran, de una vez, en mayor o menor cantidad, las reservas necesarias, se tendrá, por regla general, la ventaja de comprarlas más baratas, siempre y cuando que se elija el momento adecuado para ello; claro está que esto sus­traerá, por otra parte, una suma mayor de una vez al capital cir­culante de explotación, la cual se echará a veces de menos en la explotación de la empresa”. (Kirchhof, p. 301.) La diferencia entre el tiempo de producción y el tiempo de trabajo admite, como hemos visto, diversos casos. El capital cir­culante puede entrar en el período de producción antes de haber entrado en el verdadero período de trabajo (casos del vino, del trigo para sembrar, etc.); otras veces, el tiempo de producción se ve inte­rrumpido transitoriamente por el tiempo de trabajo (casos de la labranza de las tierras, del cultivo de árboles para madera, etc.); otras veces, una gran parte del producto apto para circular queda incorporada al proceso activo de producción, mientras una parte mucho menor se incorpora a la circulación anual (cultivo de árboles para madera, ganadería); el plazo mayor o menor para el cual es necesario desembolsar de una vez el capital circulante en forma de capital productivo potencial, y por tanto la masa mayor o menor en que este capital tiene que desembolsarse, responde en parte al carácter del proceso de producción (agricultura) y depende en parte de la cercanía de los mercados, etc.; en una palabra, de factores encuadrados en la órbita de la circulación. Más adelante (libro III) veremos a qué absurdas teorías conduce en MacCulloch, James Mill, etc., el intento de identificar el tiempo de producción, distinto del tiempo de trabajo, con éste; intento que, a su vez, nace de una aplicación falsa de la teoría del valor. El ciclo de rotación, que hemos examinado hasta aquí, se halla determinado por la duración del capital fijo incorporado al proceso de producción. Y como este proceso de producción abarca una serie mayor o menor de años, envuelve también una serie de rotaciones anuales o repetidas durante el año, del capital fijo. En la agricultura, este ciclo de rotación obedece al sistema de la rotación de frutos. “La duración del período de arrendamiento no debe, en todo caso, suponerse inferior al período de rotación de los distintos cultivos a que ha de dedicarse la tierra y, por tanto, en el sistema de las tres hojas, deberá multiplicarse por 3, 6, 9, etc. Pero en el sistema de las tres hojas y barbechera las tierras sólo se cultivan cuatro años de cada seis, pudiendo en los años en que se cultivan sembrarse con grano de invierno y de verano y además, en la medida en que lo requiera o lo permita la calidad de la tierra, con trigo y centeno, cebada y avena, alternativamente. Cada una de estas clases de cereales se reproduce en la misma tierra en mayor o menor abundancia que las otras, cada una tiene su valor y se vende también por un precio distinto. Por eso el rendimiento de la tierra es cada año distinto y varía también en la primera mitad del período [en los primeros tres años] con respecto al segundo. Y ni siquiera el rendimiento medio de ambos períodos es igual, ya que la fertilidad no depende solamente de la calidad de la tierra, sino también del tiempo, debiendo tenerse en cuenta además que en los precios influyen diversos factores sujetos a variaciones. Si, por tanto, calculamos el rendimiento de la tierra por las cosechas medias en seis años y tomamos como base los precios de los frutos, obtendremos el rendimiento total de un año, tanto en un período como en otro. No ocurrirá lo mismo, sin embargo, si el rendimiento se calcula sola­mente para la mitad del período, es decir, para tres años, pues enton­ces el rendimiento total obtenido será desigual. De aquí se deduce que la duración del plazo de arrendamiento, a base del régimen de las tres hojas, debe fijarse como mínimum seis años. Mucho más deseable y ventajoso tanto para el arrendador como para el arren­datario es, sin embargo, el que el plazo de arrendamiento represente un múltiplo del plazo de arrendamiento [sic! F. E.]1 y, por tanto, si el sistema aplicado es el de las tres hojas, sea en vez de 6, de 12, 18 o más años, y si el sistema es el de siete hojas, de 14 ó 28 años en vez de 7.” (Kirchhof, pp. 117 y 118.) [Al llegar aquí, hay una acotación en el manuscrito, que dice: “Régimen inglés de rotación de cultivos. Poner aquí una nota.” ­F. E.]

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Discurso Impecable de Fidel Castro y ¿Por qué MoReNa? @Taibo2 Paco Ignacio Taibo II

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