Lunes, 05 de enero de 2009

Por: Claudio Katz


RESUMEN: La intensidad de la crisis contrasta con la parquedad de las explicaciones neoliberales que objetan la codicia, ocultando su conexión con la competencia capitalista. El colapso bancario no obedece a desaciertos de política monetaria o a vaivenes de la confianza empresaria y los delitos financieros ilustran la permisiva frontera que separa a las actividades toleradas de las ilegales.

     Las regulaciones no han sido escasas, pero favorecieron a los banqueros. Los keynesianos idealizan esas supervisiones, diluyen su función protectora del capital y reivindican una modalidad de intervencionismo que socorre a los financistas.

     La crisis no se disipará con iniciativas de coordinación global, puesto que reformar el sistema monetario requiere un desenlace de las relaciones de fuerza entre las potencias. Los keynesianos han abandonado las fantasías de un rol más benevolente del FMI y aprueban su relanzamiento como administrador de los fondos que fluyen hacia las economías desarrolladas.

     La visión marxista atribuye la crisis a desequilibrios intrínsecos del capitalismo. Un proceso de sobre-acumulación de fondos excedentes potenció el riesgo, mundializó la vulnerabilidad y socavó las finanzas familiares. Pero la hegemonía lograda por los banqueros ha quedado cuestionada por la furibunda depuración de capitales en curso.

     La sobreproducción subyacente se ha trasladado de las viviendas a la industria automotriz. El socorro oficial está condicionado a la implementación de una agresión contra los trabajadores, que se extendería a toda la industria norteamericana. El sobrante de mercancías se ha globalizado con la fabricación asiática y ya presenta efectos deflacionarios.

     La crisis fue detonada también por un encarecimiento de las materias primas, amplificado por la especulación y la depredación del medio ambiente. El neoliberalismo acentuó la fractura entre los elevados consumos de las metrópolis y las reducidas compras de la periferia. La oleada de inversiones en Oriente confirmó que los beneficios se nutren de la explotación directa de los asalariados y favoreció una recomposición de la tasa de ganancia, que ahora se ha desplomado. Estas contradicciones complementan el desequilibrio rector de la sobreproducción.

     El desplome bancario es un resultado específico de las transformaciones regresivas recientes. No obedece al arrastre de crisis precedentes. Han aflorado límites del capitalismo, que no se clarifican contraponiendo el florecimiento con la declinación de ese sistema. Lo esencial son las conquistas populares y la acción política por erradicar un régimen social opresor.

     La hipótesis de una recesión corta contrasta con los síntomas de una deflación prolongada. A pesar de las grandes diferencias, el fantasma del 30 revolotea. La recreación del New Deal choca con la internacionalización de la economía y el escaso impacto del gasto militar sobre la creación de empleo.

     Es erróneo asegurar que el capitalismo remontará la crisis. Acontecimientos imprevistos pueden quebrar esa recomposición. Luego del aturdimiento provocado por el colapso financiero comienzan a emerger los primeros síntomas de la resistencia popular. Un proyecto socialista puede madurar en esa turbulencia.
 
 
 

           CODICIA, REGULACIÓN O CAPITALISMO

                                                     Claudio Katz1

     El agravamiento de la crisis ya forma parte del paisaje cotidiano. Los informativos invariablemente incluyen el desmoronamiento de algún banco, el desplome de las Bolsas y anuncios de masivos despidos. La intensidad del temblor está a la vista, pero sus causas permanecen en la oscuridad. Las explicaciones neoliberales y keynesianas que ocupan la primera plana, no aportan respuestas significativas.

                 DESENFRENO 

     Cuándo los bancos comenzaron a desmoronarse los neoliberales se quedaron afónicos y sólo atinaron exigir la protección del estado. Archivaron sus doctrinas de libre competencia y reclamaron el socorro del sistema financiero. Argumentaron que las entidades privadas bombean el dinero requerido por toda la sociedad y deben ser preservadas con los fondos públicos2.

     Pero si el corazón del capitalismo requiere ese sostén carecen de sentido todas las alabanzas al riesgo y a la competencia, como pilares de una nueva era de ese sistema. La consistencia de esos cimientos se verifica en los momentos críticos y en las áreas estratégicas. Es incongruente postular que las privatizaciones y las desregulaciones son sólo aptas para la prosperidad. Lo importante es registrar su viabilidad en los momentos revulsivos y es evidente que no lograron pasar la prueba.

     Los neoliberales desconocieron todas las advertencias del estallido. Ignoraron el descontrol del endeudamiento, los apalancamientos y los colapsos bancarios registrados en numerosos países. Cuando era evidente que estas eclosiones conducían a un vendaval en el centro del sistema reforzaron las supersticiones mercantiles. Asignaron un impacto pasajero a esas conmociones y atribuyeron su irrupción a las rémoras de una “cultura populista”. Esta ceguera expresó los intereses de una elite que ha rivalizado por acaparar los lucros del negocio financiero.

     Los neoliberales descubren ahora el costado adverso de esa exacerbada competencia y explican el desmoronamiento de las entidades por la codicia de los banqueros. Pero olvidan cuán absurdo es reclamar moderación en una actividad tan competitiva. La rivalidad que rige al capitalismo exige mayor fiereza en las finanzas. Todos los sermones en boga para restaurar la “ética de los negocios” omiten esa compulsión3

     Los economistas ortodoxos han detectado repentinamente las adversas consecuencias de la predisposición al riesgo. Se olvidan de los elogios que propinaron a esa postura, en desmedro del conservadurismo empresario. En el auge enaltecieron las virtudes del aventurero y en la crisis resaltan las ventajas de la cautela. Pero siempre ignoran que los grandes estallidos financieros no obedecen a una u otra conducta individual.

     Lo que determina la marcha ascendente o descendente de la acumulación son las propias contradicciones del sistema y no las inclinaciones psicológicas de cada capitalista. Todos los protagonistas de este régimen están forzados a valorizar su inversión con medidas que afectan a sus competidores y no pueden impedir los desequilibrios sistémicos que genera esa actitud.

     Algunos economistas galardonados atribuyen la crisis actual a los sofisticados mecanismos de intermediación que alumbraron las finanzas. Destacan que “el mercado no valúa adecuadamente a esos títulos complejos”4. ¿Pero dónde ha quedado la infinita sabiduría de la oferta y la demanda, en comparación al estrecho horizonte humano de los funcionarios? Si ahora descubren la inoperancia de ese principio en la órbita financiera: ¿Por qué razón esa misma norma debería gobernar al resto de la economía?

     La crisis en curso sepulta el mito que asignó a los banqueros (y a sus matemáticos) la cualidad de percibir y gestionar en forma rentable, las señales de riesgo que transmite el mercado. En realidad esos administradores subvaloran las amenazas de colapsos, puesto que participan en un juego que obliga a subir siempre la apuesta. La regla del beneficio creciente les impide evaluar los riesgos involucrados en los préstamos que manejan. Y cuándo esas fallas se corroboran descargan sus traumáticas consecuencias sobre el resto de la sociedad.

                 FALTA DE CONFIANZA

     Algunos neoliberales atribuyen las causas inmediatas del tsunami a los desaciertos de la política monetaria. Estiman que la reducción de las tasas de interés administradas por la Reserva Federal obligó a las entidades a inflar el otorgamiento de préstamos5. Consideran que la masiva concesión de créditos hipotecarios de baja calidad (subprime) reprodujo la pauta establecida por el gobierno norteamericano, en el manejo de las entidades semi-públicas del sector (Fannie y Freddie)6.Con este razonamiento exculpan a los bancos de la burbuja inmobiliaria.

     Pero en realidad, la objetada disminución de las tasas apuntó a reactivar la economía y a permitir la oleada de préstamos que enriqueció a los financistas. Por eso no cuestionaron en ese momento una política monetaria que, además, no los obligaba a implementar créditos de ninguna índole.

     Por otra parte, la caprichosa división de responsabilidades entre funcionarios y banqueros omite la estrecha vinculación que mantienen ambos grupos. Los personajes que llegan a la conducción de la FED o el Tesoro desarrollan su carrera previa en los grandes los bancos y suelen retomar esos cargos cuándo se retiran de la actividad oficial. Lejos de sufrir los rigores de cierta política monetaria, los financistas participan activamente en la fijación de esas orientaciones, a través de distintos comités gubernamentales.

     Ante la falta de argumentos los neoliberales recurren a las creencias. Han convertido la confianza en un término mágico, que explica el estallido, la continuidad o la superación de la crisis. Suponen que el desplome financiero irrumpió por la pérdida de esa cualidad y se disipará con su reestablecimiento. El estado de ánimo de los empresarios es visto como la llave maestra del ciclo económico.

     Pero en los hechos ambos procesos están conectados por una causalidad inversa. Los capitalistas invierten cuándo avizoran ganancias y sustraen capital en los períodos opuestos. Por esta razón mientras la crisis continúe deteriorando los beneficios, ninguna exhortación transformará la desazón en optimismo. Todas las divagaciones sobre la confianza solamente retratan los diálogos que mantiene la clase dominante con sí misma, en la búsqueda de una luz al final del túnel.

     Los voceros más experimentados de las finanzas reconocen que “el capitalismo se encuentra acorralado” por la gravedad del descalabro. Igualmente apuestan a una crisis corta y manejable, que sería coronada con el reestablecimiento pleno de la  “economía de mercado”7.  Pero esta expectativa contradice los sombríos diagnósticos que enuncian y choca con cierta pérdida de consenso neoliberal entre las clases dominantes. Hay mucho deseo y poco realismo en la esperanza de un temblor irrelevante o benigno8.

           ESPECULACIÓN Y DESREGULACIÓN

     Los keynesianos han desplazado a sus adversarios del escenario mediático. Se atribuyen el mérito de presagiar la crisis, mediante reiterados cuestionamientos a la desregulación financiera. Pero en su mayoría acompañaron las prioridades de la elite bancaria y sólo expusieron objeciones en los últimos años.

     Cuándo el establishment aplaudía los atropellos sociales inaugurados por Reagan y Thatcher, Stiglitz presidía el Banco Mundial, Soros se enriquecía especulando contra las monedas europeas y Jeffery Sachs instrumentaba el ajuste de las economías periféricas. Este mismo cambio de bando se registra actualmente en sentido inverso. Greenspan modera el fervor neoliberal y Feldstein promueve el gasto el gasto público. Pero esta flexibilidad para olfatear hacia dónde sopla el viento no es sinónimo de lucidez para caracterizar la crisis.

     Una explicación que comparten las dos vertientes de la economía convencional asocia el colapso actual con las “exageradas bonificaciones a los directivos”9. Este premio a la especulación es condenado, con el mismo vigor que se cuestionan los fraudes perpetrados por personajes como Bernard Madoff. Esas conductas son invariablemente presentadas como excepciones y no como expresiones de la actividad bancaria imperante.

     La estafa de Madoff por 50.000 millones de dólares contra poderosas entidades (Santander, BBVA, HSBC, Paribas), a través de una simple pirámide ha sido un episodio más del negocio financiero. Prometía altos rendimientos por inversiones inexistentes, que disfrazaba con la llegada de nuevos clientes. Con esa maniobra extendió a las fortunas de las elites los engaños que caracterizan a la intermediación. Su malversación cayó en desgracia, porque franqueó la permisiva frontera que separa las actividades toleradas de los desbordes ilegales.

     En el ambiente de impunidad neoliberal de los últimos años se han consumado todo tipo de fraudes. Sus principales artífices fueron los bancos y las empresas constructoras que montaron la burbuja inmobiliaria. Estos desfalcos se coronaron con los 140.000 millones de dólares que concedió Bush a sus banqueros predilectos, mediante una oscura maniobra de exención impositiva.

     Este generalizado reinado de la estafa no debería ocultar que el propio capitalismo genera periódicamente oleadas de especulación para extender el crédito. Esta expansión requiere financistas con habilidades para inventar sofisticados instrumentos de endeudamiento. Cómo estos individuos obtienen ganancias proporcionales a las calesitas que logran montar, siempre tienden a violar las reglas vigentes.

     Algunos keynesianos –como Krugman y Samuelson- explican el exceso de especulación por la ausencia de regulaciones y esperan enmendar esta carencia con normas más estrictas10. Pero estas reglas abundan, en la selva legislativa que manejan los distintos lobbys de banqueros en la trastienda del poder. Esa estructura -y no la abstracta ausencia de reglamentaciones- ha precipitado la crisis. Algunas normas han tendido a delegar en los propios banqueros el manejo consensuado de la operatoria (acuerdos de Basilea) y otras han incentivado una gestión más estrecha con las autoridades (a través de la independencia de los bancos centrales). Pero las entidades nunca han operado en el vacío.

     La fantasía de evitar la repetición del crujido financiero con nuevas disposiciones legales ha recobrado fuerza. Pero estas conmociones son inherentes al capitalismo y no existe ninguna forma de impedir su reiteración. El propio sistema genera periódicamente presiones para valorizar el capital y crea anticuerpos para esterilizar las regulaciones precedentes. Esta reacción se verificó, por ejemplo, en el debut del neoliberalismo y volverá a registrarse cuando el capitalismo necesite recomponer la tasa de beneficio.

     Si todo el desmadre en curso obedeciera a una falta de supervisión, no habría tanto temor por la evolución futura de las finanzas. Ya existe un amplio consenso para modificar el funcionamiento de los bancos, verificar las operaciones bursátiles y acotar el alcance de las actividades más riesgosas. Pero es obvio que estas iniciativas sólo introducirían correctivos menores.

     Los keynesianos idealizan las regulaciones que establecen los estados capitalistas para ordenar el funcionamiento de los mercados financieros. Suponen que estas normas definen la dinámica del negocio bancario, omitiendo que lo esencial es la garantía que aporta el poder público a los distintos papeles en circulación. Lo que permite comercializar estos títulos es la percepción de solidez en el aval estatal. Con este respaldo fluyen las monedas, se colocan los bonos públicos y se intercambian los documentos privados. Cuándo esas garantías fallan las reglamentación pierden relevancia y las crisis asumen la gravedad que se observa en la coyuntura actual.

     Los economistas heterodoxos desconocen por completo este problema. Como son cultores del capitalismo y del estado suponen que basta con establecer regulaciones óptimas para favorecer el bien común. El salvataje de los bancos ha refutado categóricamente esa presunción. Pero, además, se abrió una crisis que ha puesto en duda la capacidad del estado para proteger todos los títulos en circulación. Esta vulnerabilidad no depende de una u otra regulación, sino de la propia gravedad y evolución del crack financiero.

     Pero lo más llamativo de los últimos meses ha sido el reverencial temor que exhiben todos los keynesianos frente a los financistas. Krugman y Stiglitz han propiciado el salvataje de los bancos sin reparar en costos, ni demandar penalidades. Constatan la “trampa de liquidez” que propagan los bancos -al recibir auxilios estatales que atesoran sin reactivar el crédito-pero no demandan ningún correctivo.

     Las estrellas del pensamiento económico actual también notan el escaso impacto que tienen las decrecientes tasas de interés sobre la mejora de la inversión o el consumo. Saben que los bancos aprovechan la baratura de los fondos disponibles para compensar quebrantos, reconvertir su operatoria o adquirir otras entidades. Este bloqueo se podría revertir con medidas de expropiación, pero los nuevos mimados del establishment han archivado cualquier estrategia de eutanasia del rentista.

     Los keynesianos pretenden disuadir la especulación sin obstruir la rivalidad por la ganancia. En las crisis enfatizan el primer objetivo y en la prosperidad apuntalan el segundo propósito. Pero siempre ignoran que ambas metas son periódicamente socavadas por la propia reproducción capitalista.

           COORDINACIÓN Y REACTIVACIÓN

     Muchos keynesianos atribuyen la propagación global de la crisis a la “escasa coordinación que mantienen los gobiernos”. Especialmente Krugman y Stiglitz resaltan esta carencia11. Advierten contra la expansión no consensuada del gasto público, las devaluaciones inconsultas y el proteccionismo comercial.

     Su reclamo de sincronización refleja el carácter internacionalizado de la crisis. Cómo el temblor sacude a la principal economía del planeta, el contagio hacia Europa y Japón ha sido tan acelerado, como el fracasado desacople de la semiperiferia emergente. Ni siquiera Suiza o el Golfo Pérsico han podido sustraerse de un tsunami financiero, que ya frenó a la locomotora china y amenaza reproducir las conmociones padecidas por América Latina y el Sudeste Asiático.

     Este alcance planetario induce a los heterodoxos a buscar remedios en la coordinación. Por eso objetan el salvataje a costa del vecino que predominó al comienzo de la crisis. Especialmente en Europa la brutal disputa entre países por preservar los depósitos bancarios conducía al hundimiento colectivo. El mismo efecto tendía a generar la simultánea política de aumentar (Banco Central Europeo) y reducir (Reserva Federal) las tasas de interés.

     Todos los keynesianos aplauden ahora la generalizada adopción del modelo inglés de capitalización bancaria como correctivo de la crisis. Las diferencias de aplicación que separan a los franceses (ingerencia estatal en los directorios) de los norteamericanos (no interferencia en esa gestión) y la presión británico-estadounidense para mantener el libre movimiento de capitales en Nueva York y Londres, no alteran esta búsqueda de una respuesta común al descalabro financiero.

     En las propuestas en debate los economistas heterodoxos reivindican las iniciativas tendientes a disminuir la gravitación de los paraísos fiscales, reducir el protagonismo de las calificadoras de riesgo e introducir mecanismos de alerta bancaria. También avalan el recorte de retribuciones a los ejecutivos y la modificación de las normas de funcionamiento bancario global (Basilea II). Pero ninguno de estos cambios es sustancial y su aplicación exige un piso (todavía incierto) del desplome financiero.

     El diseño de un “nuevo Bretton Woods” que pregona Stiglitz es más ambicioso, pero flota en el aire12. Definir un nuevo prestamista internacional de última instancia y establecer los criterios de otra moneda (canasta, multilateral, Bancor) requieren cierta estabilización de la tormenta financiera. Y este compromiso, a su vez, presupone un desenlace de las relaciones de fuerza entre las potencias, que aparecería sobre el final y no en el debut de la crisis.

     La indefinición que impera en torno al dólar y el euro es un nítido síntoma de este carácter inicial del temblor. El billete estadounidense se transformó en el refugio espontáneo de todas las clases dominantes del planeta. Pero el descomunal déficit fiscal y comercial norteamericano pone en duda la continuidad de esa tendencia.

     El euro también ha brindado protección a los capitales que abandonan las divisas de los países europeos más amenazados (Polonia, Dinamarca, Suecia, Islandia). Pero no se sabe cómo responderá este signo al descalabro de los convenios presupuestarios de Maastrich. Más peligroso aún es el desbordante endeudamiento que registran varios países del Viejo Continente (Italia, Grecia, España).

     Todas las convocatorias angelicales a la “coordinación internacional” disfrazan las duras reglas de realpolitik, que imperan en los encuentros oficiales. En la cumbre de noviembre pasado que reunió a 20 presidentes, Estados Unidos exigió un compromiso general con su rescate financiero. Pretende garantizar especialmente la continuada afluencia hacia el Norte de los fondos acumulados por Asia y los países exportadores de petróleo.

     Con esta finalidad el “Grupo de 7” fue ampliado a China, Rusia, Brasil, India y Arabia Saudita. La presencia de otros países es un formalismo diplomático, ya que Argentina, Indonesia, México o Turquía figuran en lista de lisiados y no de proveedores de dinero. En las próximas cumbres, Obama intentará continuar esta política de atracción de capitales hacia Estados Unidos.

     Todos los mensajes keynesianos para “reformar al FMI” con una “nueva arquitectura financiera” han quedado supeditados a esta prioridad de reconstrucción de los bancos maltrechos. Con la finalidad de relanzar al Fondo como administrador de ese socorro, ya se discute la concesión de atribuciones a los nuevos contribuyentes de capital. Esas iniciativas podrían empalmar también, con el traspaso de acciones de los bancos más quebrados a sus mecenas de Asia o el Mundo Árabe. Pero en cualquier caso el FMI continuará actuando como representante de los acreedores contra los pueblos de la periferia.

     Este rol –que no perturba a Stiglitz, ni a Krugman- desmiente las fantasías que exhiben algunos presidentes latinoamericanos en un giro benevolente del FMI. Las expectativas en “préstamos sin condiciones para los más necesitados” han quedado desactivadas por los recientes créditos otorgados a Ucrania o Hungría (y negociados con Islandia y Pakistán). Estos acuerdos incluyen todas las exigencias de ajuste neoliberal.

     Los keynesianos viven como un triunfo la aplicación actual de sus orientaciones. Suponen que esta implementación confirma la superioridad de su programa. Pero este giro solo ilustra la afinidad que mantienen con sus adversarios. El FMI y todos los gobiernos conservadores han abrazado las propuestas de reactivación, porque en la crisis las clases dominantes recurren al gasto público para frenar la recesión.

     Obama se apresta a lanzar el mayor plan de infraestructura de los últimos 50 años (136.000 millones de dólares). Este mismo tipo de erogaciones instrumentarán los presidentes neoliberales de Europa (170.000 millones de euros) y el mandatario derechista de Japón (255.000 millones de dólares). El propósito común de estas iniciativas es auxiliar a los banqueros e industriales afectados por la debacle financiera.

     Los keynesianos aplauden este socorro pero advierten contra su eventual fracaso, si las decisiones se aplican en forma tardía, con instrumentos inadecuados o con dosis reducidas. La obviedad de estos razonamientos salta a la vista. Si las medidas dan resultado confirmarán su conveniencia y si fallan demostrarán su insuficiencia.

     Pero la severidad de la crisis induce a los popes de la heterodoxia a reclamar también mayores impuestos a ricos y menores gastos militares (Stiglitz) o el bombeo directo de más dinero oficial, traspasando la intermediación bancaria (Krugman). En comparación a las iniciativas que debaten otros economistas del mismo círculo, estas propuestas sobresalen por su cautela13.

     Todos los keynesianos esperan el resurgimiento del capitalismo con políticas anticíclicas. Desconocen las limitaciones de estas orientaciones y su escaso impacto fuera de ciertas condiciones. Para comprender lo que está sucediendo hay que recurrir a otras teorías.

           “FINANCIARIZACIÓN”

     La gravedad de la crisis ha recreado el interés por la interpretación marxista, que postula el carácter intrínseco de los desequilibrios capitalistas. Este enfoque rechaza las interpretaciones psicológicas o naturalistas y subraya la gravitación que tiene la rivalidad por el beneficio en el estallido de esas conmociones. Partiendo de este principio hemos resaltado dos causas específicas del temblor en curso (sobre-acumulación y sobreproducción) y un detonante (encarecimiento de las materias primas)14.

     La crisis de sobre-acumulación se gestó junto a la enorme masa de liquidez agolpada en la esfera financiera. Estos fondos quedaron desconectados de la acumulación productiva y se transformaron en capitales ficticios carentes de contrapartida real. El rendimiento que devengó la actividad financiera potenció, a su vez, una atrofia que condujo al desmoronamiento de los bancos15.

     Este proceso de sobre-acumulación presenta tres singularidades. En primer lugar, incluye sofisticadas modalidades de securitización y apalancamiento. Al titularizar la colocación de bonos emitidos sobre otros bonos, los banqueros empapelaron el planeta con papeles vulnerables. Perpetraron esta transferencia del riesgo envolviendo los títulos más insolventes en paquetes fragmentados. Estados Unidos exportó por esta vía la mitad de sus títulos tóxicos, colocando especialmente CDS y CDO (seguros del sofisticado combo financiero). Las municipalidades, universidades o fondos de pensión que adquirieron estos documentos -atraídos por su alto rendimiento- deben responder ahora con sus propios activos por esas operaciones.

     La mundialización de los desequilibrios financieros constituye el segundo rasgo de la crisis de sobre-acumulación. Desde los años 80 los capitales excedentes se volcaron a innumerables mercados, provocando el colapso de las Sociedades de Ahorro y Préstamo de Estados Unidos, el sacudón del sistema monetario europeo y el temblor bancario japonés. Posteriormente precipitaron la tormenta del sudeste asiático (1994-95) y el terremoto global, que sucedió a la caída del fondo LTCM vinculado a inversiones en Rusia (1998). Ya aquí el descontrol sobre títulos derivados influyó sobre el alcance de dos estallidos, que presagiaron el desmoronamiento actual.

     La expansión de las finanzas personales constituye la tercera singularidad de la financiarización reciente. Este esquema generó lucros adicionales con los ingresos de los trabajadores, mediante el desbordante otorgamiento de créditos para solventar la vivienda, la educación o el consumo corriente. Por esa vía los asalariados se transformaron en clientes sofocados por cuotas insostenibles. La crisis justamente estalló con una variante crítica de estos préstamos, concedida a los perceptores de ingresos irregulares o muy bajos.

     Este tipo de negocios se montó en las condiciones de cierta estabilidad política y social que generó la ofensiva neoliberal del capital. La crisis actual se forjó durante ese período, que consagró la hegemonía de los banqueros. Esta supremacía no es un dato de arrastre, ni proviene de principio del siglo XX. Se consumó con el aval de otros sectores de las clases dominantes, que renunciaron a tajadas del beneficio para apuntalar la ofensiva contra las conquistas sociales que impuso el ajuste financiero.

     Este esquema recompuso la tasa de explotación, mediante la disciplina que instauró la gestión de la empresa, orientada por los rendimientos bursátiles de corto plazo. El agotamiento de este curso amenaza, ahora, los privilegios obtenidos por los banqueros16.

     La crisis de sobre-acumulación ya provocó una descomunal limpieza de los capitales excedentes que circulan en la Bolsa. Aunque este derrumbe involucra capital ficticio y no poder de compra real, los 30 billones de dólares esfumados en los últimos doce meses son indicativos de la depuración en marcha. En este mismo período las acciones cayeron un 30-40% en Estados Unidos y Europa y entre 44% y 70%  en los restantes mercados. Estos porcentajes se aproximan al traumático 75% que se registró entre 1929 y 193217.

     Al observar respiros en semejante picada bursátil o tenues reducciones en las altas tasas interbancarias, algunos financistas evalúan que “lo peor ya pasó”. Pero en realidad, el pánico se ha trasladado a la esfera productiva.

           EL TEST AUTOMOTOR

     El desborde de capitales financieros no obedece exclusivamente a su autonomía de la órbita productiva. También expresa un generalizado excedente de mercancías. Esta sobreproducción es la principal causa de la crisis actual. En última instancia, todos los títulos privados se comercializan como promesas de las ganancias generadas en la actividad industrial o los servicios. La desconfianza en la compra-venta de esos papeles se ha multiplicado, porque ahora trastabillan las ventas que realizan los beneficios creados con la explotación de los asalariados.

     El sobrante de bienes expresa la existencia de aumentos en la producción (y la productividad) que superan el poder de compra. La sobreproducción irrumpió primero en el sector de la construcción, con la multiplicación de viviendas inaccesibles a sus potenciales adquirientes. Este problema se acentúa ahora con masivos desalojos que dejan las casas sin ocupar. Este proceso fue aceitado con créditos de alto riesgo, pero obedece a una tendencia subyacente del capitalismo a la sobreproducción18.

     La burbuja inmobiliaria ha reproducido la euforia que acompañó a las acciones tecnológicas, durante el furor de inversiones en chips y computadoras de principio de los 90. En realidad, desde el crack ferroviario de mitad del siglo XIX todas las oleadas especulativas de cierta significación se han basado en el lucro creciente que rodea a cierta actividad.

     Pero los capitalistas nunca pagan las consecuencias de estos vaivenes. La burbuja inmobiliaria norteamericana convertirá a 7,3 millones de propietarios en deudores morosos y dejará sin vivienda a 4,3 millones de personas. Hasta ahora no se aprobó ningún plan para frenar esta confiscación. Sólo existen vagas normas para prorrogar los pagos de los insolventes que demuestren su intención de saldar la hipoteca. Esta penalización de las victimas en pleno salvataje de los banqueros es un rasgo escandaloso de la crisis actual.

     La saturación de bienes se extiende a todos los sectores, pero golpea especialmente a la industria automotriz. Cómo el desplome de las ventas ha creado un stock inmanejable, General Motors, Chrysler y Ford se encuentran al borde de la bancarrota. Este sector emplea directamente a 2,2 millones de trabajadores y brinda ocupación indirecta a un número semejante de asalariados.

     Este dramático impacto social no alteró la cautela de Bush a la hora de auxiliar a estas corporaciones. Esta inacción contrasta con el automático socorro que recibieron los bancos. Esta diferencia obedece a la preeminente influencia de los financistas y a una demanda de ajuste contra los obreros, que reclama todo el establishment. Los legisladores han explicitado las reducciones de salarios, los despidos y la flexibilidad laboral que exigen como contrapartida del auxilio estatal.

     La negociación con los sindicatos apunta a equiparar inmediatamente los salarios en las tres corporaciones con los niveles inferiores vigentes en otras compañías (Nissan, Toyota). El objetivo es adaptar luego este recorte al promedio internacional, a través de achicamientos, que comenzaron con reducciones de indemnizaciones y jubilaciones.

     Esta agresión ilustra en forma contundente el carácter capitalista de la crisis y la tendencia a zanjarla desvalorizando la fuerza de trabajo. Por esa vía las empresas norteamericanas pretenden revertir su pérdida de competitividad y su retraso en la innovación (autos más pequeños y eléctricos). Esta reconversión no opone en bloque a la industria estadounidense y foránea. Más bien apunta a inducir nuevas asociaciones entre ambos sectores.

     Si esta arremetida patronal prospera, sus efectos se extenderán a otras actividades. El test automotor fue anticipado por la reorganización perpetrada en el sector aeronáutico y será un ensayo de la cirugía general, que se prepara en toda la industria norteamericana. 

           SOBREPRODUCCIÓN GLOBAL

     La misma sobreproducción que afecta a las plantas foráneas de General Motors, Ford y Chrysler (especialmente en Canadá e Inglaterra) deteriora el balance de Toyota, Suzuki y Nissan y en breve golpeará a las empresas europeas. Este impacto ilustra el carácter internacional de la plétora de mercancías. Para modernizar su producción, las automotrices reorganizaron drásticamente sus métodos de producción durante la década pasada. Esta adaptación de costos condujo al actual sobrante de vehículos.

     También en la rama automotriz se gestó el modelo de competencia global en torno a salarios descendentes, que potenció la irrupción del polo asiático. Al cabo de varios de años de inundación de productos baratos, todos los rincones de la economía global se encuentran abarrotados de mercancías.

     Esta sobreproducción es consecuencia directa de la creciente localización de las empresas trasnacionales en China, que aprovecharon la revolución del transporte y las comunicaciones para lucrar con la fuerza de trabajo barata, que abunda en el Extremo Oriente.

     El exceso de mercancías ya se observa, además, en otros rubros (textil, electrodomésticos) y tiende a provocar un significativo desplome de los precios. Esta caída comenzó a insinuarse en la órbita industrial a partir de la crisis asiática (1997), pero quedó inicialmente ensombrecida por la escalada inflacionaria que impusieron los combustibles y los alimentos. Con la maduración de la crisis el viraje deflacionario tiende a consolidarse19.

     Las irrisorias tasas de interés no logran revertir esta espiral descendente, ya que el reducido costo del dinero muestra poca incidencia sobre el nivel de actividad. De todos los indicadores que mensuran la intensidad de la recesión (nivel de la tasa interbancaria, caída de precio de la vivienda, contracción del gasto del consumidor), la variable más crítica es la deflación. Si la declinación de los precios no es contenida quedará abierto el camino hacia la depresión.

     La sobreproducción en curso presenta significativas diferencias con su antecedente de fines de los 60. En ese momento el resurgimiento de la economía japonesa y alemana abarrotó de productos el mercado mundial, precipitando el agotamiento del esquema fordista de posguerra.

     Pero esa crisis fue sucedida por una reorganización neoliberal, que permitió a las empresas transnacionales fabricar en Asia parte de los productos consumidos en Occidente. Este proceso desvalorizó los viejos sobrantes de mercancías, reordenó los mercados, penalizó a ciertos capitalistas y generó los nuevos productos adicionales que atiborran el mercado mundial

            EL PAPEL DE LAS MATERIAS PRIMAS

     Otro desencadenante de la crisis actual fue el encarecimiento de los insumos básicos registrado en los últimos seis años. Este repunte descontroló los costos y generó una presión inflacionaria que afectó la rentabilidad. Las empresas acostumbradas a competir bajando precios, no lograron adaptarse al petróleo despistado, los metales impagables y los alimentos en ascenso.

     Pero esta presión inflacionaria no constituye una explicación de la crisis equiparable al proceso de sobre-acumulación de capitales o sobreproducción de mercancías. Mientras que estos dos fenómenos expresan contradicciones intrínsecas del capitalismo, la subproducción de materias primas representa una perturbación secundaria del sistema. Irrumpe por la escasa adaptación de estos recursos al incremento de la productividad, en comparación a los bienes industriales.

     Los precios de las materias primas treparon en los últimos años por la presión de los especuladores, que intentaron compensar el desplome bursátil y bancario con la adquisición de bienes básicos. Esta oleada de compras divorció las cotizaciones de los insumos de su oferta y demanda genuina. Los fondos de inversión apostaron a una crisis corta que mantendría la apreciación de estos productos, pero el descalabro financiero terminó afectando su propia jugada. Los precios de los cereales cayeron a la mitad y la OPEP no ha logrado impedir que el petróleo vuelva al piso de años anteriores.

     Resulta igualmente difícil presagiar la evolución de estos mercados. La novedosa incidencia que ejerce la depredación del medio ambiente sobre el vaivén cíclico de estos productos, acrecienta esa indeterminación. La destrucción capitalista de la naturaleza podría provocar una escasez estructural de recursos no renovables, cuya sustitución requerirá grandes inversiones, que en la crisis se han tornado inciertas. La continuada prioridad que asigna el Pentágono a las guerras por el abastecimiento de estos insumos es un índice de esa indefinición.

     En este plano, el principal conflicto gira en torno a la sustitución del crudo por las energías no contaminantes. El influyente lobby petrolero-militar indujo a Bush a reforzar la dependencia del combustible importado, en un contexto de escasos descubrimientos, encarecimiento de la extracción y sangrientas batallas en las regiones más apetecidas de África, Medio Oriente y Asia Central. Obama ha prometido transitar el sendero opuesto, pero el nuevo un escenario de estancamiento productivo y abaratamiento del petróleo conspira contra sus proyectos20.

     La coyuntura empuja hacia la depreciación de las materias primas, pero la evolución ulterior de estos precios es una incógnita. En cualquier caso, estos bienes no quedarán atados a un patrón de inexorable deterioro de los términos de intercambio. Numerosos estudios refutan la teoría de ese retroceso secular. Se han verificado tendencias inversas o ciclos cambiantes en ambas direcciones. Cómo los insumos básicos tienen mayor dificultad para amoldarse al incremento de la productividad, su encarecimiento es periódicamente contrarrestado con oleadas de tecnificación, que afianzan la oscilación de estos precios21.

     Este vaivén afecta a los países periféricos que invariablemente padecen la oleada descendente y nunca aprovechan la fase inversa para reducir su dependencia de las exportaciones básicas. Esta adversidad se repite en la coyuntura actual, pero acentuando la subdivisión entre un grupo emergente de economías semiperiféricas y el grueso de los empobrecidos del Tercer Mundo.

           CONSUMO MUNDIAL POLARIZADO

     La crisis actual podría explicarse también por la contracción de la demanda. Al expandir la desigualdad social, el neoliberalismo impuso restricciones al poder de compra en forma directa (contracción de los salarios) e indirecta (inestabilidad del empleo y aumento de la informalidad). La sobreproducción generada durante este período puede ser vista como una crisis de realización, que obstruye la concreción del valor mercancías, cómo resultado de limitaciones vigentes en la esfera del consumo.

     Estos obstáculos obedecen a la caída porcentual de los salarios en el ingreso total de las economías avanzadas. La ampliación del desempleo condujo a reemplazar el modelo de aumento de sueldos por debajo de la productividad por un esquema de agobiante congelamiento.  También el estallido de los créditos subprime refleja la fractura social, que separa a los norteamericanos en un 90 % de empobrecidos deudores y un 10% de opulentos acreedores22.

     El exceso de productos y las limitaciones del consumo constituyen dos caras de una misma moneda, pero la gravitación de ambos procesos es conceptualmente desigual. Mientras que la sobreproducción constituye la fuerza rectora de las disrupciones que conmueven al capitalismo, las restricciones de la demanda conforman un efecto derivado. El sobrante periódico de bienes es la principal contradicción de un sistema regido por rivalidades entre empresarios, que impiden adaptar la cantidad y el tipo de los bienes fabricados a las necesidades sociales. Este desequilibrio distingue al capitalismo de la subproducción crónica que afectaba a los regímenes precedentes.

     La competencia por fabricar con mayor productividad y menores costos es más determinante de las crisis, que los obstáculos interpuestos al consumo de esos bienes. Mientras que el capitalismo recurre a numerosos instrumentos para contrarrestar este segundo desequilibrio, tiene escasas herramientas para atenuar la despiadada pugna por el beneficio. Los desajustes que impone la sobreproducción determinan los desequilibrios que acompañan a las crisis de realización.

     En este terreno lo más significativo no ha sido la contracción general del poder adquisitivo, sino la fractura global de la demanda. El esquema de altos consumos norteamericanos de productos asiáticos (financiados por el resto del mundo) incluyó la expansión del consumo en la metrópoli. Esta ampliación se sustentó en una desenfrenada dilatación del endeudamiento. Los pasivos de los particulares aumentaron en Estados Unidos del 47% del ingreso personal (1959) al 117% (2007) y del 25% del PBI al 98% del PBI23.

     En términos generales el consumo norteamericano se ha duplicado en comparación a los años 70. Es indudable que una porción de ese gasto fue sostenido por la elite de los enriquecidos, pero otro segmento igualmente relevante ha sido solventado por los trabajadores, con más horas de trabajo y labores complementarias del núcleo familiar.

     Este modelo de consumo internacional polarizado ha quedado muy vapuleado por la crisis. La expectativa de corregirlo con mayor demanda asiática y creciente austeridad occidental ha perdido fuerza con la inviabilidad del desacople. Mientras que el volumen de compras anual de 1300 millones de chinos moviliza 1,2 billones de dólares, las adquisiciones de 300 millones de norteamericanos involucran 9,7 billones de dólares. Es obvio que cualquier cambio de estas proporciones será un largo y traumático proceso.

     La fuerte caída del consumo norteamericano o europeo no tiende a mejorar las  compras de la periferia. Al contrario, el incremento de 40 millones de hambrientos registrado durante el 2008 (que elevó ese total a 963 millones de individuos) es un anticipo de los sufrimientos que padecerá el Tercer Mundo. Gran parte del consumo faltante en la periferia inferior del planeta se dilapida en las economías centrales, agravando la brecha que separa a las regiones desguarnecidas de zonas que concentran la opulencia.

     La estrechez de la demanda es una contradicción importante pero complementaria de la sobreproducción. Es importante registrar la jerarquía y la convergencia de ambos desajustes, para analizar los desequilibrios variados que afectan al capitalismo contemporáneo24.

           ¿QUÉ TIPO DE CAÍDA DE LA TASA DE GANANCIA?

     El desplome de la tasa de ganancia es otro indicador categórico de la magnitud de la crisis. Esta declinación fue anticipada y retroalimentada por el desmoronamiento de Wall Street y se verificará en próximos balances de las corporaciones. Con esta caída se revierte la significativa recuperación de la rentabilidad, que impuso desde mediados de los años 80 la ofensiva del capital sobre el trabajo. Varios teóricos marxistas han estimado la magnitud de ese repunte, en sus estudios de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia25.

     Este principio postula que el nivel del beneficio obtenido por los capitalistas tiende a declinar junto con los aumentos de la inversión, que reducen la proporción del trabajo vivo (directamente realizado por los asalariados) en comparación al trabajo muerto (ya incorporado en la maquinaria o en las materias primas). Como la plusvalía que nutre a la ganancia se genera en el primer ámbito, el incremento de la capitalización desemboca en una contracción porcentual del beneficio. ¿En qué medida la crisis actual confirma ese postulado?

     Un terreno de indirecta corroboración es la dependencia que ha demostrado la acumulación de la explotación inmediata de los asalariados. El giro estratégico de las grandes corporaciones hacia el continente asiático, puso en contacto al capital con la mayor dotación de fuerza de trabajo barata del planeta. Este viraje no se hubiera producido, si las ganancias de las empresas se nutrieran primordialmente de la robotización o de las actividades calificadas.

     Pero la explicación de la crisis actual, como un resultado del deterioro de la tasa de ganancia que genera la ascendente productividad, es muy controvertida. Requiere suponer que esa declinación se arrastra desde hace tiempo, en contraste con la evidente recuperación que tuvo la rentabilidad bajo el neoliberalismo. Desconocer este dato, o afirmar que ese beneficio se mantuvo por debajo del promedio prevaleciente en la posguerra, conduce a una interpretación forzada de la ley de Marx26.

     Este principio no exige postular una caída permanente del porcentaje del lucro patronal, puesto que una situación de ese tipo imposibilitaría la continuidad del capitalismo. La ley de la tendencia decreciente no opera en flecha, ni explica todos los vaivenes de la acumulación. Constituye tan solo un determinante de las crisis, con variada gravitación en cada convulsión del sistema. Su utilidad para explicar la depresión del 30 o la contracción de mitad de los 70, no le otorga jerarquía absoluta para caracterizar el desplome actual.

     La tasa de ganancia ascendió durante la posguerra, declinó en los años 70, recuperó margen en las décadas posteriores y vuelve a desplomarse en la actualidad. En los períodos de contracción del beneficio opera con plenitud la ley de Marx y en las etapas de recomposición de esa ganancia prevalen las fuerzas que contrarrestan su incidencia. Desde mitad de los años 80 hasta la crisis actual predominó este segundo contexto, como consecuencia del reforzamiento de la explotación, la reducción de los salarios y el abaratamiento de ciertos insumos.

     Si se otorga primacía interpretativa a la ley para analizar el período en curso hay que asignar una relevancia equivalente a los procesos de inversión, que determinan la contracción porcentual del beneficio. Esta caracterización supondría postular que el neoliberalismo estuvo precedido o signado por altos gastos en maquinaria y gran modernización industrial. Sostener este diagnóstico es muy difícil.

     Quizás el mayor inconveniente para aplicar la ley de la tendencia decreciente al contexto actual proviene de la novedosa segmentación de rentabilidades, que se observa entre los sectores domésticos y mundializados del capital. Estas brechas son muy significativas en el caso norteamericano. Mientras que las empresas globalizadas tuvieron lucros elevados, las compañías exclusivamente nacionales lograron parcos beneficios.

     La reducción porcentual del trabajo vivo -que aporta la fuente directa del beneficio- socava la tasa de beneficio. Pero esta contradicción se desenvuelve en torno a la gestación, maduración y estallido de la sobreproducción. El estudio de esta conexión es una asignatura pendiente de la economía marxista.

                 CRONOLOGÍA Y SIGNIFICACIÓN

     ¿Cuál es la cronología de la conmoción en curso? ¿Cuándo comenzó el proceso que desembocó en el tsunami actual? Es obvio que antecedió al desmoronamiento bursátil y a la insolvencia de los deudores sub-prime. Sólo la estrechez de la ortodoxia puede imaginar un determinante tan coyuntural de un desplome financiero, que fue gestado durante un período más significativo.

     Algunos teóricos acertadamente ubican ese origen en la consolidación del neoliberalismo. Al imponer un reflujo de los trabajadores en los países avanzados, las clases dominantes cerraron la crisis de los 70 y forjaron el esquema de acumulación que ahora naufraga. El temblor en curso es un resultado de las transformaciones sociales y las contradicciones económicas que generó ese modelo27.

     Otro enfoque observa al descalabro actual como un nuevo peldaño de la prolongada crisis iniciada a fines de los 60. Considera que esta larga recaída ha sido prorrogada con artificios de emisión y endeudamiento, que no lograron interrumpir la continuidad de una regresión crónica28.

     El problema de este segundo enfoque radica en la imprecisa conexión que establece entre la crisis actual y los cambios capitalistas de las últimas dos décadas. No explica como la liberalización financiera, la internacionalización productiva y la expansión de las empresas transnacionales determinaron los desequilibrios que han precipitado el tsunami global. Tampoco esclarece de qué forma la competencia por fabricar más productos con salarios decrecientes desencadenó la sobreproducción y cómo la titularización de los créditos provocó la sobre-acumulación de capital.

     Si se remonta el origen de la crisis a cuatro décadas, las transformaciones del neoliberalismo pierden relevancia en la explicación de la conmoción actual. Un letargo tan prolongado es, por otra parte, poco compatible con el funcionamiento convulsivo del capitalismo. Este sistema es siempre corroído por su frenético dinamismo.

     El neoliberalismo no es sinónimo de estancamiento. Si hay sobreproducción es por la intensidad de la fabricación industrial. Dos décadas de fuerte competencia entre las corporaciones trasnacionales refutan la equivocada imagen de los monopolios, como instituciones que frenan la innovación o acuerdan el reparto organizado de los mercados. Pero si pudieran concertar la manipulación de los precios, la crisis estaría signada por la inflación y no por la tendencia al desplome de los precios.

     Otra controversia entre los marxistas apunta a clarificar la significación histórica de la conmoción en curso. Algunos autores resaltan la ubicación de este estallido en una etapa declinante del capitalismo, que contraponen con otro estadio pujante del pasado. Se apoyan en la teoría del ciclo vital, para postular una rigurosa delimitación entre períodos de ascenso y decadencia de los regímenes sociales29.

     Pero la utilidad de este razonamiento es muy dudosa. El capitalismo surgió saqueando a la periferia, se forjó empobreciendo a los campesinos y se consolidó explotando a los trabajadores. Posteriormente perpetró guerras interimperialistas que aniquilaron a millones de personas y en la actualidad se desenvuelve devastando el medio ambiente. La propia evolución del sistema genera este tipo de catástrofes y es ocioso evaluar cuál de ellas lidera el ranking de los cataclismos. Lo relevante es la naturaleza social destructiva del capitalismo y no las perversidades de este régimen en cada etapa.

     Ciertamente los límites del capitalismo se acrecientan con su expansión. Pero estas barreras son cualitativas o sociales y no geográficas o numéricas. El agotamiento de una frontera (como pensaba Rosa Luxemburg) o del volumen de extracción de la plusvalía (como creía Henryk Grossman) no representan obstáculos absolutos a la acumulación. El capitalismo contrapesa este tipo de asfixias abriendo nuevas áreas para la explotación (restauración en el ex “bloque socialista&rdquoGui?o y nuevos sectores  para la inversión (privatizaciones).

     Las barbaridades que genera este sistema son más que suficientes para reprobarlo. El capitalismo a secas es un tormento cotidiano que no requiere adjetivos adicionales. Es falso suponer que este régimen fue más contemplativo con los explotados en el pasado. Basta recordar la esclavitud, el pillaje o la masacre demográfica (durante su nacimiento) o el trabajo infantil y las jornadas de 16 horas de la revolución industrial (durante su despegue). Para los trabajadores nunca existió una edad de oro bajo el yugo del capital.

     Por estas razones la única distinción relevante es la que permite diferenciar los períodos de conquistas populares de las fases de atropello social. Estas etapas han sido muy variables y siempre dependieron más de la intensidad de las luchas (o la amenaza de revoluciones), que del estancamiento o expansión de las fuerzas productivas. En la posguerra del siglo XX (es decir en la madurez del sistema), se obtuvieron más logros sociales que en toda la historia previa de este régimen.

     Los contrapuntos entre el auge y la declinación del capitalismo frecuentemente presentan un cariz fatalista y sugieren la existencia de un curso predeterminado de la historia. Los augurios de la decadencia tienen, además, una connotación religiosa de castigo a las sociedades que han pecado.

     En cualquier caso se desvía la acción política socialista del propósito de obtener conquistas para remover al capitalismo. La experiencia ha indicado que ambos objetivos pueden lograrse en un espectro muy variado de coyunturas. El capitalismo no se auto-extinguirá por su propia corrosión. Será erradicarlo por una acción política, si los explotados encuentran el camino para forjar la alternativa socialista.

             TRES ESCENARIOS

     Las distintas caracterizaciones teóricas serán puestas a prueba en los próximos meses por el agravamiento de la crisis. La tasa de crecimiento del 2009 será ínfima a escala global (1,9%) y nula o negativa en las economías centrales. En Estados Unidos cae la inversión, se multiplican las pérdidas de los ahorristas particulares (que aportan la mitad del movimiento bursátil), se desploma el consumo y se disipa la expectativa en las exportaciones como salvavidas. Desde el momento que este mismo panorama se verifica en Europa, un drástico reflujo afecta a la mitad de la economía mundial.

     Los bancos continúan recibiendo multimillonarios socorros oficiales. Al Citibank , por ejemplo,le otorgaron una suma que supera lo gastado con AIE, Fannie Mae, Freddie Mac y Washington Mutual. Pero las entidades utilizan el dinero público para compensar pérdidas o adquirir otras entidades. No movilizan el crédito y ni siquiera informan el destino de los fondos que el estado les transfiere. Esta impunidad le ha permitido al coloso mayorista Morgan Stanley absorber a sus competidores regionales y financiar en solo dos meses su reconversión en banco comercial.

    

Página siguiente

Tags: codicia, capitalismo, crisis, Keynes, especulación, globalización, conexión

Comentarios
Discurso Impecable de Fidel Castro y ¿Por qué MoReNa? @Taibo2 Paco Ignacio Taibo II

Pirámide capitalista
Pirámide capitalista. actualizada