Domingo, 15 de febrero de 2009

La hegemonía es el concepto que permite comprender el desarrollo de la historia italiana y del Risorgimento particularmente, que habría podido asumir un carácter revolucionario si hubiese adquirido el apoyo de vastas masas populares, en particular de los campesinos, que constituían la mayoría de la población. El límite de la revolución burguesa en Italia consistió en no ser guiada por un partido jacobino, como en Francia, donde el campesinado, apoyando la revolución, fue decisivo para la derrota de las fuerzas de la reacción aristocrática.

El partido político más avanzado fue el Partido de Acción, el partido de Manzini y Garibaldi, que no tuvo sin embargo la capacidad de plantear el problema de la alianza de las fuerzas burguesas progresistas con el campesinado: Garibaldi en Sicilia distribuyó las tierras a los campesinos, pero “los movimientos de insurrección de los campesinos contra los barones fueron despiadadamente aplastados y fue creada la guardia nacional anticampesina.

Si el Partido de Acción fue un elemento progresista en las luchas del Risorgimento, no representó la fuerza dirigente, porque fue guiado por los moderados, tanto que los cavourianos supieron meterse a la cabeza de la revolución burguesa, absorbiendo tanto a los radicales como a sus adversarios. Esto sucede porque los moderados cavourianos tuvieron una relación orgánica con sus intelectuales, como con sus políticos, terratenientes y dirigentes industriales. Las masas populares fueron pasivas en la realización del compromiso entre los capitalistas del norte y los latifundistas del sur.

La supremacía de un grupo social se manifiesta en dos modos, como dominio y como dirección intelectual y moral. Un grupo social es dominante de los grupos adversarios que tiende a liquidar o a someter hasta con la fuerza armada y es dirigente de grupos afines y aleados. Un grupo social puede y debe ser dirigente desde antes de conquistar el poder gubernamental (ésta es una de las condiciones principales para la misma conquista del poder); después, cuando ejercita el poder… se vuelve dominante pero debe continuar siendo dirigente.

La función de Piamonte en el proceso del Risorgimento fue aquella de clase dirigente, aunque existían en Italia núcleos de clase dirigente favorables a la unificación, “estos núcleos no querían dirigir nada, o sea no querían acordar sus intereses y aspiraciones con los intereses y aspiraciones de otros grupos. Querían dominar, no dirigir y todavía: querían que sus intereses dominaran, no sus propias personas, es decir, querían que una fuerza nueva, independiente de todo compromiso y condición, se volviese árbitra de la Nación: esta fuerza fue Piamonte”, que tuvo una función comparable a la de un partido.

“Este hecho es de la máxima importancia para el concepto de revolución pasiva, pues no fue un grupo social el dirigente de otros grupos, sino un estado, sea pues limitado como potencia, sea el dirigente del grupo que debería ser dirigente y pueda poner a disposición de éste un ejército y una fuerza político-diplomática… Es uno de los casos en los cuales se tiene la función de dominio y no de dirigencia de estos grupos, dictadura sin hegemonía...

 

 Las Clases subalternas

La hegemonía es, por lo tanto, el ejercicio de las funciones de dirección intelectual y moral unida a aquella del dominio del poder político. El problema para Gramsci está en comprender como puede el proletariado o en general una clase dominada, subalterna, volverse clase dirigente y ejercitar el poder político, a convertirse en una clase hegemónica.

Las clases subalternas – subproletariado, proletariado urbano, rural y también la pequeña burguesía – no están unificadas y su unificación ocurre solo cuando “se convierten en Estado”, cuando llegan a dirigir al Estado, de otra forma desarrollan una función discontinua y disgregada en la historia de la sociedad civil de los estados singulares. Su tendencia a la unificación “es despedazada continuamente por la iniciativa de los grupos dominantes” de los cuales ellas “sufren siempre la iniciativa, aún cuando se rebelen y se insurreccionen.

La hegemonía es ejercitada unificando un bloque social – creando entonces la alianza política de un conglomerado de clases sociales diferentes, formado, en Italia, por industriales, terratenientes, clases medias, parte pequeña de la burguesía – que por sí misma no es homogénea, siendo de cualquier forma atravesado por intereses divergentes – mediante una política, una cultura y una ideología o un sistema de ideologías que impidan que los contrastes de intereses, permanentes hasta cuando sean latentes, explotan probando desde el principio la crisis de la ideología dominante y luego una consiguiente crisis política desde el interior del sistema de poder.

La crisis de la hegemonía se manifiesta cuando, aunque manteniendo el propio dominio, las clases sociales políticamente dominantes no logren más ser dirigentes de todas las clases sociales, o sea no logren resolver los problemas de toda la colectividad y a imponer a toda la sociedad la propia compleja concepción del mundo. La clase social subalterna si logra indicar concretas soluciones a los problemas dejados irresueltos se vuelve dirigente e, incrementando su propia cosmovisión también a otros estratos sociales, crea un nuevo bloque social, volviéndose hegemónico. El momento revolucionario se vuelve inicialmente, según Gramsci, a nivel de superestructura, en sentido marxista, es decir, político, cultural, ideal, moral, pero traspasa a la sociedad en su complejidad, embistiendo hasta su estructura económica, o sea embistiendo a todo el bloque histórico, término que para Gramsci indica el conglomerado de la estructura y de la superestructura, las relaciones sociales de producción y sus reflejos ideológicos.

En Italia, el ejercicio de la hegemonía de las clases dominantes es y ha sido parcial: entre las fuerzas que contribuyen a la conservación del bloque social están la Iglesia católica, que se bate para mantener la unión doctrinal en modo de evitar entre los fieles fracturas irremediables que sin embargo existen y que aquélla no está en grado de subsanar, pero solo de controlar: “La Iglesia romana ha sido siempre la más tenaz en a lucha para impedir que oficialmente se formen dos religiones, aquella de los intelectuales y aquella de las almas simples”, una lucha que si bien, ha tenido también graves consecuencias, conectadas “al proceso histórico que transforma toda la sociedad civil y que en bloque contiene una crítica corrosiva de las religiones”, ha sin embargo hecho resaltar “la capacitad organizadora en la esfera de la cultura del clero” que ha dado “ciertas satisfacciones a las exigencias de la ciencia y de la filosofía, pero con un rimo tan lento y metódico que las mutaciones no son percibidas por la masa de los simples, aunque ellas parezcan revolucionarias y demagógicas a los integralistas”

Tampoco la cultura de sello idealista, al tiempo de Gramsci, dominante y ejercitada por las escuelas filosóficas crocianas y gentilianas, no ha “sabido crear una unidad ideológica entre el bajo y el alto, entre los simples y los intelectuales”, tanto que esta cultura, aunque considerando la religión una mitología, no ha ni siquiera “intentado construir una concepción que pudiese sustituir la religión en la educación infantil”, y estos pedagogos, aunque sin ser religiosos, ni confidenciales y ateos, “conceden la enseñanza de la religión porque la religión es la filosofía de la infancia de la humanidad, que se renueva en cada infancia no metafórica”. También la cultura laica “dominante” utiliza pues la religión, porque no se pone el problema de elevar a las clases populares al nivel de aquél dominante pero, al contrario, quiere mantenerla en una posición subalterna.

 

 Conciencia de Clase

Opuesta a la de la Iglesia y del idealismo italiano está la posición del marxismo, que “no tiende a mantener los simples en su filosofía primitiva del sentido común, sino conducirlos a una concepción superior de la vida”. Esto afirma la exigencia del contacto entre aquellos hombres que cumplen la función social de intelectuales y aquellos que no, para “construir un bloque intelectual y moral que haga políticamente posible un progreso intelectual de masa y no solo de escasos grupos intelectuales.

El hombre activo – o sea la clase obrera, - escribe Gramsci, “no tiene una clara conciencia teórica de su forma de obrar… su conciencia teórica hasta puede estar en contraste con su forma de obrar”; él obra prácticamente y en el mismo tiempo tiene una conciencia teórica heredada del pasado, acogida por lo más en un modo acrítico. La real comprensión crítica de sí mismo ocurre “a través de una lucha de hegemonías políticas, de direcciones contrastantes, primero en el campo de la ética, luego de la política para llegar a una elaboración superior de la propia concepción real”. La conciencia política, es decir el ser parte de una determinante fuerza hegemónica, “es la primera fase para una ulterior y progresiva autoconciencia donde teoría y práctica finalmente se unen.

Pero autoconcienca crítica significa creación de una elite de intelectuales, porque para distinguirse y hacerse independientes se necesita organización, y no existe tal sin intelectuales, “un estado de personas especializadas en la elaboración conceptual y filosófica”.

 

 El Partido Político

Maquiavelo ya indicaba que en los modernos Estados unitarios europeos la experiencia que Italia habría de hacer propia para superar la dramática crisis emergida de las guerras que devastaron la península desde finales del siglo XV. El príncipe de Maquiavelo “no existía en la realidad histórica, no se presentaba al pueblo italiano con caracteres de inmediatez objetiva, pero era una pura abstracción doctrinaria, el símbolo del jefe, del condotiero ideal; pero los elementos pasionales, míticos… se reasumen y se convierten vivos en la conclusión, en la invocación de un príncipe realmente existente.

En los tiempos de Maquiavelo Italia no tuvo una monarquía absoluta que unificase la nación, porque, según Gramsci, en la disolución de la burguesía comunal se creó una situación interna económico-corporativa, políticamente “la peor de las formas de sociedad feudal, la forma menos progresiva y más estancada; faltó siempre, y no podía constituirse, una fuerza jacobina eficiente, la fuerza precisa que en las otras naciones ha suscitado y organizado la voluntad colectiva nacional-popular y ha fundado los estados modernos”.

A esta fuerza progresiva se opuso en Italia la “burguesía rural, herencia del parasitismo dejado en los tiempos modernos por la derrota, como clase, de la burguesía comunal”. Las fuerzas progresivas son los grupos sociales urbanos con un determinado nivel de cultura política, pero no será posible la formación de una voluntad colectiva nacional-popular, “si las grandes masas de campesinos trabajadores no irrumpen simultáneamente en la vida política. Eso entendía Maquiavelo a través de la reforma de la milicia, eso hicieron los jacobinos en la Revolución Francesa; Comprendiendo esto se identifica un jacobinismo precoz en Maquiavelo.... “.

Modernamente, el Príncipe invocado por Maquiavelo no puede ser un individuo real, concreto, sino un organismo y “este organismo está ya dado por el desarrollo histórico y es el partido político: la primera célula en la cual se reasumen los gérmenes de voluntad colectiva que tienden a volverse universales y totales”; el partido es el organizador de una reforma intelectual y moral, que concretamente se manifiesta con un programa de reforma económica, volviéndose así “la base de un laicismo moderno y de una completa laicización de toda la vida y de todas las relaciones de costumbre”.

Para que un partido exista, y se vuelva históricamente necesario, deben confluir en él tres elementos fundamentales:

  • "Un elemento difuso, de hombres comunes, medios, cuya participación sea ofrecida por la disciplina y por la fidelidad, no por el espíritu creativo y altamente organizativo... ellos son una fuerza en cuanto hay quien los centraliza, organiza, disciplina, pero en ausencia de esta fuerza cohesiva se esparcirían y se anularían en un polvillo impotente...”.
  • “El elemento cohesivo principal... dotado de fuerza altamente cohesiva, centralizadora y disciplinadora y también, más bien tal vez por esto, inventiva... con sólo este elemento no formarían un partido, sin embargo lo formarían más que el primer elemento considerado. Se habla de capitanes sin ejército, pero en realidad es más fácil formar un ejército que a los capitanes.
  • “Un elemento medio, que articule el primer con el segundo elemento, que los meta en contacto, no sólo física, pero moral e intelectualmente...”.

 

 Los Intelectuales

Para Gramsci, todos los hombres son intelectuales, considerando que “no hay actividad humana de la cual se pueda excluir de toda intervención intelectual, no se puede separar al homo faber del homo sapiens” en cuanto, independientemente de su profesión específica, cada quien es a su modo “un filosofo, un artista, un hombre de gusto, participa de una concepción del mundo, tiene una consciente línea moral” pero no todos los hombres tienen en la sociedad la función de intelectuales.

Históricamente se forman categorías particulares de intelectuales, “especialmente en conexión con los grupos sociales más importantes y sufren elaboraciones más extensas y complejas en conexión con el grupo social dominante”. Un grupo social que tiende a la hegemonía lucha “por la asimilación y la conquista ideológica de los intelectuales tradicionales... tanto más rápida y eficaz cuanto más el grupo dado elabora simultáneamente los propios intelectuales orgánicos”.

El intelectual tradicional es el literato, el filósofo, el artista y por eso, nota Gramsci, “los periodistas, que retienen ser literatos, filósofos, artistas retienen también ser los verdaderos intelectuales”, mientras modernamente es la formación técnica la que sirve para formar la base del nuevo tipo de intelectuales, un “constructor, organizador, persuasor”, que debe llegar “de la técnica-trabajo a la técnica-ciencia y a la concepción humano-histórica, sin la cual permanece especialista y no se vuelve dirigente”. El grupo social emergente, que lucha por conquistar la hegemonía política, tiende a conquistar la propia ideología intelectual tradicional mientras, al mismo tiempo, forma sus propios intelectuales orgánicos.

La organicidad del intelectual se mide con la mayor o menor conexión que mantiene con el grupo social al cual se refiere: ellos operan, tanto en la sociedad civil – el conjunto de los organismos privados en los cuales se debaten y se difunden las ideologías necesarias para la adquisición del consenso que aparentemente surge espontáneamente de las grandes masas de la población a las decisiones del grupo social dominante – que en la sociedad política o estado, donde se ejercita el “dominio directo o de mando que se expresa en el Estado y en el gobierno jurídico”. Los intelectuales son algo así como “los apostadores del grupo dominante para el ejercicio de las funciones subalternas de la hegemonía social y del gobierno político”.

Como el Estado, en la sociedad política, tiene a unificar a los intelectuales tradicionales, con aquellos orgánicos, así en la sociedad civil y el partido político, todavía más completa y orgánicamente que el Estado, elabora “los propios componentes, elementos de un grupo social nacido y desarrollado como económico, hasta convertirlos en intelectuales políticos calificados, dirigentes, organizadores de todas las actividades y las funciones inherentes al desarrollo orgánico de una sociedad integral, civil y política”.

 

 Los intelectuales y la educación

Gramsci estudió extensamente el papel de los intelectuales en la sociedad. Afirmó por un lado que todos los hombres son intelectuales, en tanto que todos tenemos facultades intelectuales y racionales, pero al mismo tiempo consideraba que no todos los hombres juegan socialmente el papel de intelectuales. Según Gramsci, los intelectuales modernos no son simplemente escritores, sino directores y organizadores involucrados en las tarea práctica de construir la sociedad.

También distinguía entre la intelligentsia tradicional, que se ve a sí misma (erróneamente) como una clase aparte de la sociedad, y los grupos de pensadores que cada clase social produce 'orgánicamente' de sus propias filas. Dichos intelectuales 'orgánicos' no se limitan a describir la vida social de acuerdo a reglas científicas, sino más bien 'expresan', mediante el lenguaje de la cultura, las experiencias y el sentir que las masas no pueden articular por sí mismas. La necesidad de crear una cultura obrera se relaciona con el llamado de Gramsci por una educación capaz de desarrollar intelectuales obreros, que compartan la pasión de las masas. Su sistema educativo puede ser definido dentro del ámbito de la pedagogía crítica y la educación popular teorizado y practicado más contemporáneamente por el brasileño Paulo Freire.

 

 Literatura Nacional Popular

Si los intelectuales pueden ser mediadores de cultura y de consenso hacia los grupos sociales, una clase políticamente emergente debe valerse de intelectuales orgánicos, para la valoración de sus valores culturales, hasta poder imponerlos a la sociedad entera.

Estando siempre ligados a las clases dominantes, obteniendo seguido honores y prestigio, los intelectuales italianos no se pueden sentir nunca orgánicos, siempre han rechazado, en nombre de su abstracto cosmopolitismo, cada vínculo con el pueblo, del cual no han querido nunca reconocer las exigencias ni interpretar las necesidades culturales.

Desde el siglo XIX en Europa se ha asistido a un florecimiento de la literatura popular, desde los romances de apéndice de Sue o de Ponson du Terrail, a Alejandro Dumas, a los cuentos policíacos ingleses y americanos, con mayor dignidad artística, a las obras de Chesterton y de Dickens, a aquellas de Víctor Hugo, de Zola y de Balzac, hasta las obras maestras de Dostoievski y de Tolstoi. Nada de esto ha ocurrido en Italia: Aquí la literatura no se ha difundido y no ha sido popular, por la carencia de “un bloque nacional intelectual y moral” al grado que “el elemento intelectual indígena es más extranjero que los extranjeros de frente al pueblo-nación”.

El público italiano busca su literatura en el extranjero porque la siente más suya que aquella nacional: es ésta la demostración del desapego, que hay en Italia, entre público y escritores. “Cada pueblo tiene su literatura, pero ella puede llegar desde otro pueblo... puede estar subordinado a la hegemonía intelectual y moral de otros pueblos. Es esta la paradoja más estridente para muchas tendencias monopólicas de carácter nacionalista y represivo: que mientras se construyen planos grandiosos de hegemonía, no se dan cuenta de ser objeto de hegemonías extranjeras; así como, mientras se hacen planos imperialistas, en realidad se es objeto de otros imperialismos”.

Permanecieron famosas las notas de Gramsci sobre Manzoni: el escritor más competente, más estudiado en las escuelas y en teoría el más popular, es una demostración del carácter no nacional-popular de la literatura italiana. “El carácter aristocrático del catolicismo manzoniano aparece en la compasión chistosa hacia las figuras de hombres del pueblo (eso que no aparece en Tolstoi), como Fra Galdino (en confrontación con fra Cristoforo), el sastre, Renzo, Agnese, Perpetua, la misma Lucía... los pueblerinos, para Manzoni, no tienen vita interior, no tienen personalidad moral profunda, ellos son animales y Manzoni el benévolo hacia ellos, justamente como la benevolencia de una sociedad católica de protección de animales.... nada del espíritu popular de Tolstoi, es decir, del espíritu evangélico del cristianismo primitivo.

La postura de Manzoni hacia sus pueblerinos es la postura de la Iglesia Católica hacia el pueblo: de condescendiente benevolencia, no de inmediatez humana... ve con ojo severo todo el pueblo, mientras ve con ojo severo la mayoría de aquellos que no son pueblo, él encuentra magnanimidad, otros pensamientos, grandes sentimientos, solo en algunos de la clase alta, en ninguno del pueblo... no hay pueblerino que no sea burlado y ridiculizado... Vida interior tienen solo los señores: fra Cristoforo, el Borromeo, el Innominado, el mismo Don Rodrigo... La importancia que tiene la frase de Lucia en la turbación de la conciencia del Innominado, y en el secundar la crisis moral, es de carácter no iluminante y fulgurante como la aportación del pueblo, fuente de vida moral y religiosa en Tolstoi, pero mecánico y de carácter silogistico... Su postura hacia el pueblo no es popular-nacional, sino aristocrática.

Una clase que mueva a la conquista de la hegemonía no puede no crear una nueva cultura, que es ella misma expresión de una nueva vida moral, un nuevo modo de ver y representar la realidad; naturalmente, no se crean artificialmente artistas que interpreten este nuevo mundo cultural, pero “un nuevo grupo social que entra en la vida histórica con postura hegemónica, con una seguridad de sí que antes no tenía, no puede no suscitar desde su seno personalidad que antes no hubiera encontrado una fuerza suficiente para expresarse plenamente...”. En tanto, en la creación de una nueva cultura, es parte la crítica de la cultura literaria presente, y Gramsci ve en la crítica desarrollada por Francesco De Sanctis un ejemplo privilegiado: “La crítica de De Sanctis es militante, no frigidamente estética, es la crítica de un periodo de luchas culturales, de contrastes entre concepciones de la vida antagonistas. La análisis del contenido, la crítica de la estructura de las obras, es decir, de la coherencia lógica e histórica actual de las masas de sentimientos representados artísticamente, están vinculados a esta lucha cultural: justamente en eso parece que consista la profunda humanidad y el humanismo, de De Sanctis... que tiene firmes convencimientos morales y políticos y no los esconde...”

Para Gramsci, una crítica literaria debe fusionar, como De Sanctis hizo, la crítica estética con la lucha por una cultura nueva, criticando la costumbre, los sentimientos y las ideologías expresadas en la historia de la literatura, individualizando las raíces en la sociedad en los cuales los escritores se encuentran para operar. No por casualidad, Gramsci proyecta en su cuadernos un ensayo que intitula “los sobrinitos de padre Bresciani”: Antonio Bresciani (1798-1862), jesuita, fundador de la revista “La Cultura Católica”, fue un escritor de novelas populares de impronta reaccionaria; uno de ellos, El hebreo de Verona, fue reprimido en un célebre ensayo de De Sanctis. Los sobrinitos del padre Bresciani son los intelectuales y los literatos contemporáneos portadores de una ideología reaccionaria.

Entre los “sobrinitos” Gramsci individualiza, además a muchos escritores ya olvidados, Antonio Beltramelli, Ugo Ojetti, Alfredo Panzini, Goffredo Bellonci, Massimo Bontempelli, Umberto Fracchia, Adelchi Baratono (“el agnosticismo del Baratono no es otra cosa que bellaquería moral y civil... Baratono teoriza solo la propia impotencia estética y filosófica y la propia conejería&rdquoGui?o, Riccardo Bacchelli ("en Bachelli hay mucho brescianismo, no solo socio-político, pero también literario: la Ronfa fue una manifestación de jesuismo artístico), Salvatore Gotta, Giuseppe Ungaretti; escribe que "la vieja generación de intelectuales ha fracasado (Papini, Prezzolini, Soffici, etc.) pero ha tenido una juventud. La generación actual no tiene, ni siquiera esta edad de las brillantes promesas Titta Rosa, Angioletti, Malaparte, etc.). Asnos brutos desde pequeños".

 

La Crítica a Croce

Pariente del filósofo neo-hegeliano Bertrando Spaventa, alumno del hermano de éste, Silvio Benedetto Croce llega al idealismo, a través del marxismo de Antonio Labriola, al fin del siglo XIX, en el momento en el cual, en Europa, se afirma el revisionismo del marxismo por obra de la corriente socialdemócrata alemana guiada por Eduard Bernstein y desde aquí, al revisionismo socialista italiano de Bissolati y Turati.

Para Gramsci, Croce, que nunca ha sido socialista, otorga a la burguesía italiana los instrumentos culturales más refinados para delimitar los límites entre los intelectuales y la cultura italiana, por una parte, y el movimiento obrero y socialista por la otra.

Croce combate el marxismo tratando de negar la validez del elemento que él señala como decisivo: el referente a la economía; El Capital de Marx sería para él una obra de moral y no de ciencia, un intento de demostrar que la sociedad capitalista es inmoral, diferente de la comunista, en la cual se realizaría la moralidad plena humana y social. La carencia de cientificidad de la obra maestra de Marx estaría demostrada por el concepto de plusvalía: para Croce, solo desde un punto de vista moral se puede hablar de plusvalía, respecto al valor, legítimo concepto económico.

Esta crítica de Croce es, para Gramsci, un simple sofisma: el plusvalía es ese mismo valor, es la diferencia entre el valor de las mercancías producidas por el trabajador y el valor de la fuerza de trabajo del trabajador mismo. La teoría del valor de Marx se deriva directamente de la del economista inglés David Ricardo, cuya teoría del valor-trabajo «no levantó ningún escándalo cuando fue expresada, porque entonces no representaba ningún peligro, aparecía sólo, como era, una constatación puramente objetiva y científica. El valor polémico y de educación moral y política, sin perder nunca su objetividad, debía adquirirla sólo con la Economía Crítica [El Capital]»

Si la filosofía crociana se presenta como historicismo, osea, para Croce la realidad es historia y todo lo que existe es necesariamente histórico, pero, conforme a la naturaleza idealista de su filosofía, la historia es la historia del espíritu y por lo tanto es historia de abstracciones, es historia de la libertad, de la cultura, del progreso, es una historia especulativa, no es la historia concreta de las naciones y de las clases.

«La historia especulativa puede ser considerada como un retroceso, en formas literarias hechas con más astucia y menos ingenuas, que el desarrollo de la capacidad crítica, con formas de historia en descrédito, como vacíos y retóricos y registrados en diversos libros del mismo Croce. La historia ético-política, en cuanto prescinde del concepto de bloque histórico [unión de estructura y supraestructura en sentido marxista], en cuyo contenido económico-social y forma ético-política se identifican concretamente en la reconstrucción de varios periodos históricos, no se trata de nada más que de una presentación polémica de razonamientos más o menos interesantes, pero no es historia.

En las ciencias naturales eso equivaldría a un retorno a las clasificaciones según el color de piel, de las plumas, del pelo de los animales, y no según la estructura anatómica [...] en la historia de los hombres [...] el color de la piel hace bloque con su estructura anatómica y con todas las funciones fisiológicas; no se puede pensar en un individuo desollado como el verdadero individuo, pero ni siquiera el individuo deshuesado y sin esqueleto [...] la historia de Croce representa figuras deshuesadas, sin esqueleto, de carnes flácidas, incluso abajo de los coloretes literarios del escritor».

La operación conservadora del Croce histórico hace pareja con aquella del Croce filósofo: si la dialéctica del idealista Hegel era una dialéctica de los contrarios – un desarrollo de la historia que procede por contradicciones – la dialéctica crociana es una dialéctica de los distintos: conmutar la contradicción en distinción significa operar una atenuación si no una anulación de los contrastes que en la historia, y en las sociedades se presentan. Para Gramsci, tal operación se manifiesta en las obras históricas de Croce: su Historia de Europa, iniciando desde 1815 y cortando el período de la Revolución Francesa y el imperio napoleónico, «no es otra cosa que un fragmento de historia, el aspecto pasivo de la gran revolución que se inició en Francia en 1789, desembocó en el resto de Europa con las armadas republicanas y napoleónicas, dando un potente empujón a los viejos regímenes y determinando no el derrumbe inmediato como en Francia, pero la corrosión reformista que duró hasta 1870».

Del mismo modo, su Historia de Italia desde 1871 a 1915 «prescinde del momento de la lucha, del momento en el cual se elaboran, reúnen y disponen las fuerzas en contraste [...] en el cual un sistema ético-político se disuelve y otro se elabora [...] en el cual un sistema de relaciones sociales se desconecta y decae y otro sistema surge y se afirma, en cambio Croce asume plácidamente como historia el momento de la expansión cultural o ético-político».

 

 Materialismo Histórico

Gramsci, desde los años universitarios, fue un decidido opositor de aquella concepción fatalista y positivista del marxismo, presente en el viejo partido socialista, para la cual el capitalismo necesariamente estaba destinado a caer, dando lugar a una sociedad socialista. Esta concepción enmascaraba la impotencia política del partido de la clase subalterna, incapaz de tomar la iniciativa para la conquista de la hegemonía.

Aunque el manual del bolchevique ruso Nikolai Bucharin, editado en 1921, La teoría del materialismo histórico, manual popular de sociología, se coloca en el mismo filón. «La sociología fue un intento de crear un método de la ciencia histórico-política, en dependencia de un sistema filosófico ya elaborado, el positivismo evolucionista... se convirtió en la filosofía de nuestros filósofos, un intento de describir y clasificar esquemáticamente los hechos históricos, según criterios construidos sobre el modelo de las ciencias naturales. La Sociología es pues un intento de recavar experimentalmente las leyes de evolución de la sociedad humana en modo de prever el advenimiento con la misma certeza con el cual se preve que de una bellota se desarrollará una encina. El evolucionismo vulgar está a la base de la sociología que no puede conocer el principio dialéctico con el pasaje de la cantidad a la calidad, pasaje que turba cada evolución y cada ley de uniformidad entendida en sentido vulgarmente evolucionista».

La comprensión de la realidad como desarrollo de la historia humana solo es posible utilizando la dialéctica marxista, excluida en el manual de Bucharin, porque ella recoge tanto el sentido de las viviendas humanas tanto como su provisoriedad, su historicidad precisamente, determinada de la praxis, de la acción política, que transforma las sociedades.

La dialéctica es pues instrumento de investigación histórica, que supera la visión naturalista y mecanicista de la realidad, es unión de teoría y praxis, de conocimiento y acción. La dialéctica es «doctrina del conocimiento y sustancia medular de la historiografía y de la ciencia de la política» y puede ser comprendía solo concibiendo el marxismo «como una filosofía integral y original que inicia una nueva fase ne la historia y en el desarrollo mundial en cuanto supera (y superando incluye en sí los elementos vitales) sea el idealismo que el materialismo tradicionales expresión de viejas sociedades. Si la filosofía de la praxis [el marxismo] no está pensada como subordinada a otra filosofía, no se puede concebir la nueva dialéctica, en la cual precisamente aquella superación se efectúa y se expresa».

El viejo materialismo es metafísico, para el sentido común la realidad es objetiva, independiente del sujeto, existente independientemente del hombre, es un obvio axioma, confortado por la afirmación de la religión por la cual el mundo, creado por Dios, se encuentra ya dado de frente a nosotros. Pero para Gramsci, son excluidos los idealismos berkelianos y gentilianos, también es rechazada «la concepción de la realidad objetiva del mundo externo en su forma más trivial y acrítica» desde el momento que «a esta puede ser opuesta la objeción del misticismo». Si nosotros conocemos la realidad en cuanto hombres, y siendo nosotros mismos un devenir histórica, también la conciencia y la realidad son un devenir.

Como podría de hecho existir una objetividad extra histórica y extrahumana y quien juzgará tal objetividad? «La formulación de Engels que la unidad del mundo consiste en la materialidad demostrada por el largo y laborioso desarrollo de la filosofía de las ciencias naturales contiene precisamente el germen de la concepción justa, porque se recurre a la historia y al hombre para demostrar la realidad objetiva. Objetivo significa siempre humana objetivo, es decir, que puede corresponder exactamente a históricamente objetivo [...]. El hombre conoce objetivamente en cuanto el conocimiento es real para todo el género humano históricamente unificado en un sistema cultural unitario, pero esto proceso de unificación histórica ocurre con la desaparición de las contradicciones internas que despedazan la sociedad humana, contradicciones que son la condición de la formación de los grupos y del nacimiento de las ideologías [...]. Hay pues una lucha por la objetividad (para librarse de las ideologías parciales y falaces) y esta lucha es la misma lucha para la unificación cultural del género humano».

 

 El estado y la sociedad civil

La teoría de la hegemonía de Gramsci está ligada a su concepción del estado capitalista, que según afirma, controla mediante la fuerza y el consentimiento. El estado no debe ser entendido en el sentido estrecho de gobierno. Gramsci más bien lo divide entre la 'sociedad política', que es la arena de las instituciones políticas y el control legal constitucional, y la 'sociedad civil', que se ve comúnmente como una esfera 'privada' o 'no-estatal', y que incluye a la economía. La primera es el ámbito de fuerza y la segunda el de consentimiento.

Sin embargo, Gramsci aclara que la división es meramente conceptual y que las dos pueden mezclarse en la práctica. Grramsci afirma que bajo el capitalismo moderno, la burguesía puede mantener su control económico permitiendo que la esfera política satisfaga ciertas demandas de los sindicatos y de los partidos políticos de masas de la sociedad civil. Así, la burguesía lleva a cabo una 'revolución pasiva', al ir más allá de sus intereses económicos y permitir que algunas formas de su hegemonía se vean alteradas. Gramsci ponía como ejemplos de esto a movimientos como el reformismo y el fascismo, así como a la 'administración científica' y los métodos de la línea de ensamblado de Frederick Taylor y Henry Ford.

Siguiendo la línea de Maquiavelo, argumenta que el 'Príncipe moderno' -el partido revolucionario- es la fuerza que permitirá que la clase obrera desarrolle intelectuales orgánicos y una hegemonía alternativa dentro de la sociedad civil. Para Gramsci, la naturaleza compleja de la sociedad civil moderna implica que la única táctica capaz de minar la hegemonía de la burguesía y llevar al socialismo es una 'guerra de posiciones' (análoga a la guerra de trincheras), la 'guerra en movimiento' (o ataque frontal) llevado a cabo por los bolcheviques fue una estrategia más apropiada a la sociedad civil 'primordial' existente en la Rusia Zarista.

A pesar de su afirmación de que la frontera entre las dos es borrosa, Gramsci alerta contra la adoración al estado que resulta de identificar a la sociedad política con la sociedad civil, como en el caso de los jacobinos y los fascistas. Él cree que la tarea histórica del proletariado es crear una 'sociedad regulada' y define al 'estado que tiende a desaparecer' como el pleno desarrollo de la capacidad de la sociedad civil para regularse a sí misma.

 

 Historicismo

Gramsci, al igual que el joven Marx, era asiduo proponente del historicismo. Desde su perspectiva, todo significado se deriva de la relación entre la actividad práctica (o 'praxis') y de los procesos sociales e históricos 'objetivos' de los que formamos parte. Las ideas no pueden ser entendidas fuera del contexto histórico y social, aparte de su función y origen. Los conceptos con los cuales organizamos nuestro conocimiento del mundo no derivan primordialmente de nuestra relación a las cosas, sino de las relaciones sociales entre los usuarios de estos conceptos. El resultado es que no hay tal cosa como una 'naturaleza humana' que no cambia, sino una mera idea de ésta que cambia históricamente. Además, la filosofía y la ciencia no 'reflejan' una realidad independiente del hombre, sino que son 'verdad' en tanto que expresan el proceso de desarrollo real de una situación histórica determinada. La mayoría de los marxistas sostienen la opinión de sentido común de que la verdad es la verdad sin importar cuando y donde se les plantee, y que el conocimiento científico (que incluye al marxismo) se acumula históricamente como el progreso de la verdad en este sentido cotidiano, y por lo tanto no pertenecía al dominio ilusorio de la superestructura. Para Gramsci, sin embargo, el marxismo era 'verdadero' en el sentido pragmático social, en que, al articular la conciencia de clase del proletariado, expresa la 'verdad' de su época mejor que ninguna otra teoría. Esta posición anti-científica y anti-positivista se debía a la influencia de Benedetto Croce, probablemente el intelectual italiano más ampliamente respetado de su época. Aunque Gramsci repudia esta posibilidad, su descripción histórica de la verdad ha sido criticada como una forma de relativismo.

 

Crítica del Economicismo

En un famoso artículo escrito antes de su encarcelamiento titulado 'La Revolución contra El Capital ', Gramsci afirma que la revolución bolchevique representaba una revolución contra el libro clásico de Karl Marx, considerado la guía básica de la socialdemocracia y el movimiento obrero antes de 1917. Iba en contra de varias premisas al efectuarse una revolución socialista en un país atrasado como Rusia que no reunía la condiciones económicas y sociales que se consideraban indispensables para el tránsito al socialismo. El principio de la primordialidad de las relaciones de producción, decía, era una malinterpretación del marxismo. Tanto los cambios económicos como los cambios culturales son expresiones de un 'proceso histórico básico', y es difícil decir qué esfera tiene más importancia. La creencia fatalista, común entre el movimiento obrero en sus primeros años, de que triunfaría inevitablemente debido a 'leyes históricas', era, para Gramsci, el producto de circunstancias de una clase oprimida restringida principalmente a la acción defensiva, y sería abandonada como un obstáculo una vez que la clase obrera pudiera tomar la iniciativa. La 'filosofía de la praxis' (un eufemismo de marxismo que usaba para eludir a los censores de la prisión) no puede confiar en 'leyes históricas' invisibles como los agentes del cambio social. La historia está definida por la praxis humana y por lo tanto incluye el albedrío humano. Sin embargo, el poder de la voluntad no puede lograr nada que quiera en una situación determinada: cuando la consciencia de la clase obrera alcance el nivel de desarrollo necesario para la revolución, las circunstancias históricas que se encuentren serán tales que no se puedan alterar arbitrariamente.

Como quiera, no se puede predeterminar por inevitabilidad histórica cuál de los muchos posibles desarrollos tomará lugar.

 

Crítica del Materialismo

Con su creencia de que la historia humana y la 'praxis' colectiva determinan si una cuestión filosófica es relevante o no, Gramsci se opone al materialismo metafísico y 'copia' la teoría de la percepción desarrollada por Engels y Lenin, aunque no lo afirma explícitamente.

Para Gramsci, el marxismo no lidia con una realidad que existe por sí misma, independiente de la humanidad. El concepto de un universo objetivo fuera de la historia humana y fuera de la práctica humana era para él análogo a la creencia en un dios. La historia natural es sólo relevante en relación a la historia humana. El materialismo filosófico, como el 'sentido común' primitivo, resultan de una falta de pensamiento crítico, y no se puede afirmar, como lo hacía Lenin, que se contrapone a la superstición religiosa. A pesar de esto, Gramsci se resigna a la existencia de esta forma 'cruda' de marxismo: es estatus del proletariado como clase dependiente implica que con frecuencia el marxismo, como su representación teórica, sólo pueda ser expresado en la forma de superstición popular y sentido común. Sin embargo, para poder desafiar de manera efectiva las ideologías de las clases educadas, y para esto los marxistas deben presentar su filosofía de forma más sofisticada, y tratar de entender genuinamente las opiniones de sus oponentes.

Gramsci da un paso adelante en el terreno epistemológico al afirmar que "el marxismo también es una superestructura", lo que quiere decir que no es exactamente la verdad, sino un punto de vista que, como todo punto de vista puede tener sus falacias. Al oponerse al realismo epistemológico defendido por los leninistas, y al positivismo, abre paso a un grado mayor de relativismo epistemológico, que no constituye para Gramsci una renuncia ética o política, sino la asunción cabal del carácter provisorio y construido del conocimiento humano.

 

 Influencias

 

 Pensadores importantes para Gramsci

 

 Pensadores influenciados por Gramsci

 

 Referencias

  1. Gramsci, fundador del Partido Comunista Italiano, 'encontró la fe' antes de morir, en el diario El Mundo

Desmienten la conversión de Gramsci, fundador del comunismo italiano

26 de noviembre de 2008, 10:45am ET ROMA, 26 Nov 2008 (AFP) - La "revelación" hecha por un prelado del Vaticano de que el fundador del Partido Comunista italiano, Antonio Gramsci, abrazó la fe católica antes de morir en 1937, ha sido desmentida por numerosos medios de prensa italianos que citan testigos de la época.

El anuncio, hecho el martes por el arzobispo Luigi De Magistris, ex responsable del Tribunal Vaticano para la Penitenciaria Apostólica, generó reacciones y polémicas en toda Italia y revolucionó las páginas internet italianas.

La eventual conversión de uno de los intelectuales más brillantes de la península, apreciado también por su estatura moral, fue desmentida por varios intelectuales e investigadores, consultados por la prensa.

Gramsci (1891-1937), autor de numerosas obras teóricas sobre el marxismo, pasó los últimos once años de su vida en las cárceles fascistas.

Según el prelado de Magistris, "Gramsci murió con los Sacramentos y regresó a la fe de su infancia". En su opinión, los comunistas entonces prefirieron silenciar los hechos.


Los rumores sobre la conversión de Gramsci comenzaron a circular en 1967 tras las revelaciones de las monjas que solían atender al filósofo y pensador italiano en la clínica romana donde murió.

Según ellas, el fundador en 1921 del Partido Comunista, conservaba desde la niñez una estampita de Santa Teresa del Niño Jesús venerada por su madre, la cual quiso besar antes de morir.

Los diarios La Repubblica, Liberazione y L'Unità recordaron que han sido realizadas numerosas investigaciones sobre el tema y señalaron la labor del sociólogo Arnaldo Nesti, quien entrevistó a varios testigos que asistieron a la muerte de Gramsci.

"Tras el último intento para que se convirtiera, reaccionó girándose hacia el muro", contó su hermano Carlo, quien estaba presente.

Para el diario La Repubblica la conversión de Gramsci es una "leyenda", mientras el rotativo Il Manifesto (de extrema izquierda) ironiza al proclamar "Gramsci santo subito" (santo ya), como pedía la muchedumbre católica tras la muerte de Juan Pablo II.

El diario conservador Il Messagero resalta "la ausencia de pruebas", mientras el diario católico Avvenire asegura que "el misterio queda abierto".

Monseñor De Magistris no ha presentado documentos que sostengan su tesis y no existen rastros de la conversación ni siquiera en las cartas escritas en esos días, que son aún inéditas, según el filósofo Giuseppe Vacca, presidente de la Fundación Gramsci.

bur-kv/hov[1]

 

 Enlaces externos

Wikiquote



Predecesor:
Amadeo Bordiga
Secretario General del PCI
1924 - 1926
Sucesor:
Palmiro Togliatti


Tags: Gramsci, fuerza, moral, burguesa, conquistar, clase, campesinado

Publicado por blasapisguncuevas @ 3:03  | Socialismos
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios
Discurso Impecable de Fidel Castro y ¿Por qué MoReNa? @Taibo2 Paco Ignacio Taibo II

Pirámide capitalista
Pirámide capitalista. actualizada