Lunes, 02 de marzo de 2009

 

Mark Weisbrot
The Guardian.


 

Las relaciones entre EEUU y Latinoamérica cayeron a su más bajo nivel durante los años de Bush, y ahora hay esperanza --tanto al norte como al sur de la frontera-- de que el presidente Obama pudiera ofrecer un enfoque nuevo. Sin embargo, hasta ahora la mayoría de las señales parecen mostrar un camino de continuidad en vez de uno de cambio.

El presidente Obama comenzó con un ataque verbal no provocado contra Venezuela.  En una entrevista transmitida por la televisora en español Univisión el domingo anterior a su toma de posesión, acusó al presidente Chávez de Venezuela de haber “impedido el progreso en la región” y “exportar actividades terroristas”.

Estos comentarios fueron inusualmente hostiles y amenazadores, incluso según las normas del gobierno anterior. También son inciertas y diametralmente opuestas a la forma en que el resto de la región ve a Venezuela. La acusación de que Venezuela “está exportando el terrorismo” provoca risa a casi todos los gobiernos en Latinoamérica. El chileno José Miguel Insulza, Secretario General de la OEA, habló por casi todos los países del hemisferio cuando dijo al Congreso de EEUU el año pasado que “no existen indicios” y que ningún país miembro, incluido Estados Unidos, hubiese brindado “prueba alguna” de que Venezuela apoyaba a grupos terroristas.

Ni tampoco otras democracias latinoamericanas ven a Venezuela como un obstáculo al progreso en la región. Por el contrario, el presidente Lula da Silva, de Brasil --junto con otros presidentes en Sudamérica-- ha defendido repetidas veces a Chávez y su papel en la región. Solo unos días después de que Obama atacara a Venezuela, Lula estuvo en el más sureño de los estados venezolanos, Zulia, donde subrayó su alianza estratégica con Chávez y los esfuerzos comunes de ambos países para la integración económica de la región.

La declaración de Obama no fue un accidente; quien le haya dado esa información muy probablemente tuvo la intención de enviar un mensaje al electorado venezolano, antes del referendo del pasado domingo, que Venezuela no podrá tener relaciones normales con Estados Unidos mientras Chávez sea el presidente elegido de ese país. (Los electores decidieron eliminar la limitación a la reelección de los funcionarios elegidos, lo que permitirá a Chávez postularse nuevamente en 2013.)

Es evidente que en el gobierno de Obama existe al menos una facción que desea que continúen las políticas de Bush. James Steinberg, el número dos de Hillary Clinton en el Departamento de Estado, lanzó ataques gratuitos a Bolivia y Venezuela durante su proceso de confirmación, al decir que Estados Unidos debiera “ser un contrapeso a gobiernos como los que actualmente se encuentran en el poder en Venezuela y Bolivia, los cuales promueven políticas que no sirven los intereses de sus pueblos o de la región”.

Otra señal de continuidad es que Obama aún no ha reemplazado a Thomas Shannon, el principal funcionario de Bush para el Hemisferio Occidental en el Departamento de Estado.

Los medios norteamericanos desempeñan el papel de facilitador en esta situación. Así, la Associated Press ignora los ataques desde Washington y presenta  la respuesta de Chávez como nada más que un truco electoral. Es más, Chávez había estado extrañamente comedido. No respondió a ataques durante la larga campaña presidencial en EEUU, incluso cuando Hillary Clinton y Joe Biden lo llamaron “dictador” o cuando Obama lo describió como “despótico” --etiquetas que ningún politólogo serio en cualquier lugar aceptaría para un presidente democráticamente electo en un país donde la oposición domina los medios. Él lo atribuyó a la influencia del Sur de la Florida en las elecciones presidenciales de EEUU.

Pero hay pocos presidentes en el mundo (si acaso existe alguno) que aceptarían callados el abuso verbal de otro gobierno. Los asesores de Obama saben que no importa lo que este gobierno haga a Venezuela, la prensa presentará a Chávez  como el agresor. Así que es un cálculo fácil, aunque cínico, el envenenar las relaciones desde el inicio. Lo que no han comprendido aún es que al hacerlo se están alienando la  mayoría de la región.

Aún hay esperanza de cambio para la política exterior de EEUU hacia Latinoamérica, la cual se ha desacreditado en todo, desde la “guerra a las drogas” al “embargo a Cuba” a la política comercial. Pero al igual que durante los años de Bush, necesitaremos una presión constante desde el Sur. En septiembre pasado UNASUR (Unión de Naciones Sudamericanas) dio un fuerte apoyo al gobierno de Bolivia en contra de la  violencia y desestabilización por parte de la oposición. Esto fue muy exitoso para contrarrestar el apoyo tácito de Washington a los elementos más extremistas de la oposición boliviana. Demostró al gobierno de Bush que la región no iba a tolerar intentos de legitimizar una oposición alegal en Bolivia o concederle derechos especiales fuera del proceso político democrático.

Varios presidentes, incluido Lula, han hecho un llamado a Obama cuando lo felicitaron por su victoria para que elimine el embargo a Cuba. Lula también pidió a Obama que se reúna con Chávez. Es de esperar que estos gobiernos continúen afirmando --repetida y públicamente y a una sola voz-- que los problemas de Washington con Cuba, Bolivia y Venezuela son problemas de Washington, no el resultado de algo que esos gobiernos hayan hecho. Cuando el equipo de Obama se convenza de que un enfoque a la región de “divide y vencerás” fracasará con este gobierno de la misma estruendosa manera que lo hizo el anterior, entonces puede que veamos el comienzo de una nueva política hacia Latinoamérica.

Mark Weisbrot es Codirector del Centro para Investigaciones Económicas y Políticas en Washington, D.C. (www.cepr.net).

www.guardian.co.uk/commentisfree/cifamerica/2009/feb/17/barack-obama-venezuela-hugo-chavez

Traducción tomada de Progreso Semanal

 

http://progreso-semanal.com/index.php?option=com_content&task=view&id=841&Itemid=1

 

 


Tags: Obama, Chávez, Venezuela, entrevista, amenaza, Lula, progreso

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