Viernes, 13 de marzo de 2009
 

 

Y lo que decimos de la mercancía producida en una rama industrial determinada por cada obrero en particular, puede aplicarse al producto anual de todas las ramas industriales en conjunto. Lo que decimos del trabajo diario de un obrero productivo individual, es también aplicable al trabajo anual desarrollado por la clase obrera productiva en su totalidad. Este trabajo “plasma” (expresión de Smith) en el producto anual un valor global determinado por la cantidad del trabajo anual invertido, valor global que se descompone en una parte, determinada por la fracción del trabajo anual con que la clase obrera crea un equivalente de su salario, crea en realidad este salario mismo, y otra parte, determinada por el trabajo anual adicional con que el obrero crea una plusvalía para la clase capitalista. Por tanto, el producto de valor anual contenido en el producto anual está formado exclusivamente por dos elementos: el equivalente del salario anual percibido por la clase obrera y la plusvalía anual suministrada a la clase capitalista. El salario anual forma la renta de la clase obrera y la suma anual de la plusvalía la renta de la clase capitalista; ambas representan, por tanto (y este punto de vista es exacto cuando lo que se expone es la reproducción simple), partes alícuotas relativas del fondo anual de consumo y se realizan dentro de él. No queda, pues, margen para el capital constante, para la reproducción del capital invertido en medios de producción. Y que las partes del valor de las mercancías que funcionan como renta coinciden en su totalidad con el producto anual del trabajo destinado al fondo social de consumo, lo dice A. Smith expresamente en la introducción a su obra: “El objeto de estos primeros cuatro libros consiste en explicar en qué consiste el ingreso regular del conjunto de los moradores de un país o cuál ha sido la naturaleza de aquellos fondos que han venido a satisfacer su consumo anual” (p. 6). Y ya en el primer párrafo de la introducción, nos dice: “El trabajo anual de cada nación es el fondo que en principio la provee de todas las cosas necesarias y convenientes para la vida, y que anualmente consume el país. Dicho fondo se integra siempre, o con el producto inmediato del trabajo, o con lo que mediante dicho producto se compra de otras naciones” (p. 3).

Ahora bien: el primer error de A. Smith consiste en identificar el valor del producto anual con el producto de valor anual. Este es solamente producto del trabajo del año anterior; aquél encierra además todos los elementos del valor consumidos para elaborar el producto anual, pero producidos en el año precedente y en parte también en años anteriores: medios de producción cuyo valor solamente reaparece y que, en lo tocante a su valor, no han sido producidos ni reproducidos por el trabajo invertido durante el año último. Esta confusión es la que le permite a A. Smith descartar la parte constante de valor del producto anual. Y, a su vez, esa confusión nace de otro error en la concepción fundamental de A. Smith. Este no distingue el doble carácter del trabajo mismo: el trabajo que, en cuanto inversión de la fuerza de trabajo, crea valor y el que, como trabajo concreto, útil, crea objetos útiles (valor de uso). La suma global de las mercancías producidas anualmente, es decir, el producto total anual, es producto del trabajo útil desarrollado durante el año anterior; si todas esas mercancías existen, es simplemente, por el hecho de que el trabajo socialmente invertido se desplegó con arreglo a un sistema muy complejo de modalidades de trabajo útil: gracias a ello, se conserva dentro de su valor total el valor de los medios de producción consumidos para producir todas aquellas mercancías, aunque reaparezca bajo una forma natural distinta. El producto anual global es, por consiguiente, resultado del trabajo útil invertido durante el año; pero durante éste sólo se crea una parte del valor del producto anual; esta parte es el producto de valor anual en que se materializa la suma del trabajo desarrollado durante el mismo año.

Por tanto, cuando A. Smith dice en el citado pasaje, que “el trabajo anual de cada nación es el fondo que en principio la provee, de todas las cosas necesarias...y que anualmente consume el país”, etc. adopta unilateralmente el punto de vista del trabajo simplemente útil, que es, sin duda, el que crea todos estos medios de vida en su forma consumible. Pero, olvida que esto habría sido imposible sin contar con los medios y objetos de trabajo trasmitidos por años anteriores y que, por tanto, el “trabajo anual” , aunque cree valor. no crea en modo alguno el valor íntegro del producto por él suministrado: que el producto del valor es inferior al valor del producto.

Si no se le puede reprochar a A. Smith el que en este análisis no vaya más allá que todos los autores posteriores a él (a pesar de que en los fisiócratas se mostraba ya un atisbo de solución acertada), en cambio, vemos cómo se deja arrastrar a un caos, principalmente porque su concepción “esotérica” del valor de la mercancía se entrecruza constantemente con la concepción exotérica, que en general, es la que predomina en él, si bien su instinto científico hace que el punto de vista esotérico se trasluzca de vez en cuando.

 

4) El capital y la renta en A. Smith

La parte de valor de toda mercancía (y también, por tanto, la del producto anual) que sólo constituye un equivalente del salario es igual al capital adelantado en salarios por el capitalista, es decir, igual a la parte variable del capital total adelantado por él. Esta parte del capital adelantado la rescata el capitalista con una parte integrante del valor que los obreros asalariados crean en la mercancía por ellos suministrada. Tanto da que el capital variable se adelante en el sentido de que el capitalista pague en dinero la parte del producto que corresponda al obrero pero que no se halla aún dispuesto para la venta o que, aun estándolo, no ha sido vendido todavía por el capitalista, que se lo pague con el dinero obtenido ya por la venta de la mercancía suministrada por el obrero o que anticipe este dinero a crédito: en todos estos casos, el capitalista adelanta capital variable que afluye en forma de dinero a los obreros y retiene por su parte el equivalente de este valor–capital en la parte de valor de las mercancías con que el obrero crea la parte alícuota que a él mismo le corresponde dentro del valor total de aquéllas, con que produce, para decirlo en otros términos, el valor de su propio salario. En vez de entregarle esta parte de valor bajo la forma natural de su propio producto, el capitalista se lo paga en dinero. Por consiguiente, para el capitalista la parte variable del valor–capital por él desembolsado existe ahora en forma de mercancía, mientras que el obrero percibe el equivalente de la fuerza de trabajo vendida por él en forma de dinero.

Por tanto, mientras que la parte del capital invertida por el capitalista en capital variable, mediante la compra de la fuerza de trabajo, funciona dentro del propio proceso de producción como fuerza de trabajo en activo y gracias a la acción de aquella fuerza es producido de nuevo, es decir, reproducido como nuevo valor en forma de mercancías –traduciéndose, por consiguiente, en una reproducción, o lo que es lo mismo, en una nueva producción del valor–capital desembolsado–, el obrero invierte el valor, o sea, el precio de su fuerza de trabajo vendida en medios de vida, en medios de reproducción de esta fuerza de trabajo. Su ingreso, es decir, su renta, que sólo dura lo que dura la posibilidad de vender su fuerza de trabajo al capitalista, representa una suma de dinero igual al capital variable.

La mercancía del obrero asalariado –su propia fuerza de trabajo– sólo funciona como mercancía cuando se incorpora al capital del capitalista, cuando funciona como capital; y, de otra parte, el capital del capitalista, invertido como capital–dinero en comprar fuerza de trabajo funciona como renta en manos del vendedor de la fuerza de trabajo, en manos del obrero asalariado.

Aquí, se entrelazan diversos procesos de circulación y de producción, que A. Smith no distingue.

Primero. Actos pertenecientes al proceso de circulación: el obrero vende su mercancía –lo fuerza de trabajo– al capitalista; el dinero con que éste la compra es para él dinero invertido en producir valor, es decir, capital–dinero; no es dinero gastado, sino adelantado. (Tal es el sentido real del concepto de “adelanto” [Vorschuss] –el avance de los fisiócratas–, siendo de todo punto indiferente de dónde tome el dinero el mismo capitalista. Para el capitalista constituye adelanto todo valor desembolsado con vistas al proceso de producción, ya sea previamente o post festum; es al propio proceso de producción a quien lo adelanta.) El fenómeno que aquí se da es el que se da en toda venta de mercancías: el vendedor se desprende de un valor de uso (aquí, de la fuerza de trabajo) y obtiene su valor (realiza su precio) en dinero; el comprador se desprende de su dinero y obtiene a cambio la mercancía, que aquí es la fuerza de trabajo.

Segundo. En el proceso de producción, la fuerza de trabajo comprada constituye ahora una parte del capital en funciones y el propio obrero actúa aquí simplemente como una forma natural específica de este capital, distinta de los elementos del mismo existentes bajo la forma natural de medios de producción. Durante el proceso de producción, el obrero (prescindiendo de la plusvalía) añade a los medios de producción convertidos por él en producto, mediante la inversión de su fuerza de trabajo, un valor igual al de ésta; reproduce, por tanto, para el capitalista, en forma de mercancías, la parte de su capital que éste le adelanta o tiene que adelantarle como salario; le produce un equivalente de éste; produce, por consiguiente, para el capitalista, el capital que éste puede “adelantar” de nuevo para la compra de fuerza de trabajo.

Tercero. Al venderse la mercancía, una parte de su precio de venta resarce al capitalista, por tanto, el capital variable adelantado por él y, por consiguiente, le pone en condiciones de comprar nuevamente fuerza de trabajo, al mismo tiempo que permite al obrero vendérsela de nuevo.

En todas las compras y ventas de mercancías –si nos fijamos solamente en estas transacciones–, es de todo punto indiferente lo que pase, en manos del vendedor, con el dinero obtenido por su mercancía y en manos del comprador con los artículos de uso comprados por él. Asimismo es de todo punto indiferente, fijándonos solamente en el proceso de circulación, el hecho de que la fuerza de trabajo comprada por el capitalista reproduzca para él el valor del capital y de que, de otra parte, el dinero conseguido como precio de compra de la fuerza de trabajo constituya la renta del obrero. La magnitud de valor del artículo comercial del obrero, que es su fuerza de trabajo, no resulta afectada ni por el hecho de que constituya una “renta” para él ni por el hecho de que el uso de su artículo comercial por el comprador reproduzca el valor del capital de éste.

El que el valor de la fuerza de trabajo –es decir, el precio adecuado de venta de esta mercancía– se halle determinado por la cantidad de trabajo necesaria para su reproducción y ésta, a su vez, por la necesaria para producir los medios de vida indispensables del obrero, o sea, para el sustento de su vida, hace que el salario sea la renta de la que el obrero tiene que vivir.

Es totalmente falso lo que A. Smith dice (p. 301) de que “la porción del capital empleado ... en sostener manos productivas ... después de haberle servido” (al capitalista) “como capital, constituye un ingreso” (para los obreros). El dinero con que el capitalista paga la fuerza de trabajo comprada por él “le sirve como capital”, pues le permite incorporar la fuerza de trabajo a los elementos reales de su capital, poniendo así a éste en condiciones de funcionar como capital productivo. Distingamos: la fuerza de trabajo es mercancía, no capital, en manos del obrero y constituye una renta para él siempre y cuando que pueda repetir constantemente su venta; después de vendida, en manos del capitalista, durante el propio proceso de producción, es cuando funciona como capital. Lo que aquí sirve dos veces es la fuerza de trabajo: como mercancía que se vende por su valor, en manos del obrero, como fuerza productiva de valor y de valor de uso, en manos del capitalista que la compra.

En cambio, el dinero que el obrero recibe del capitalista sólo está en posesión de este valor antes de pagarlo. No es, pues, el dinero el que funciona dos veces, primero como capital variable en forma de dinero y luego como salario. Es la fuerza de trabajo la que asume dos funciones, primero la de mercancía, al ser vendida (cuando se estipula el salario que ha de pagarse, el dinero sólo actúa como medida ideal de valor, sin que para ello necesite, ni mucho menos, hallarse en manos del capitalista), y luego en proceso de producción, donde actúa como capital, es decir, como elemento creador de valor de uso y de valor en manos del capitalista. Antes de que el capitalista pague su equivalente al obrero en forma de dinero, ya ella ha suministrado a aquél ese equivalente en forma de mercancía. Es, pues, el mismo obrero el que crea el fondo a costa del cual le paga el capitalista. Pero esto no es todo.

El dinero que recibe el obrero es invertido por él en sostener su fuerza de trabajo y, por tanto –enfocando la clase capitalista y la clase obrera en su conjunto–, para asegurar al capitalista el instrumento sin el cual no puede seguirlo siendo.

De una parte, la compra y venta continuas de la fuerza de trabajo eternizan, por tanto, la fuerza de trabajo como elemento del capital, gracias al cual éste puede aparecer como creador de mercancías, de artículos de uso dotados de un valor, y además la parte de capital invertida en comprar fuerza de trabajo puede crear constantemente su propio producto y el propio obrero, por consiguiente, constituir continuamente el fondo de capital con cargo al cual se le paga. De otra parte, la venta continua de la fuerza de trabajo se convierte en la fuente constantemente renovada de sustento del obrero, lo que hace que su fuerza de trabajo aparezca como el patrimonio de donde aquél saca la renta de la que vive. Renta, aquí, significa simplemente la apropiación de valores obtenida por la venta constantemente repetida de una mercancía (de la fuerza de trabajo), valores cuya finalidad es exclusivamente la reproducción constante de la mercancía destinada a venderse. En este sentido, tiene razón A. Smith cuando dice que la parte de valor del producto creado por el propio obrero y que el capitalista le retribuye con su equivalente en forma de salario, se convierte en una fuente de renta para el obrero. Pero, esto no hace cambiar para nada la naturaleza ni la magnitud de esta parte de valor de la mercancía, como no hace cambiar tampoco el valor de los medios de producción el hecho de que actúen como valores de capital ni altera la naturaleza o la magnitud de una línea recta el hecho de que aparezca como base de un triángulo o como diámetro de una elipse. El valor de la fuerza de trabajo se determina de por sí, exactamente lo mismo que el de aquellos medios de producción. Esta parte de valor de la mercancía no se deriva de la renta como de un factor independiente que la constituya, ni se reduce tampoco a la renta. El que este valor nuevo constantemente reproducido por el obrero constituya una fuente de renta para éste no quiere decir que su renta sea, a la inversa, parte integrante del nuevo valor producido por él. Es la magnitud de la parte alícuota del nuevo valor creado por él, que se le paga, la que determina el volumen de valor de su renta, y no al revés. El hecho de que esta parte del nuevo valor constituya una renta para él sólo indica a qué se destina, el carácter de su aplicación, y nada tiene que ver con el modo como se forma, que es tan ajeno a aquel hecho como cualquier otra creación de valor. Si ingresó diez táleros a la semana, este ingreso semanal no altera para nada ni la naturaleza de valor de los diez táleros ni su magnitud de valor. El valor de la fuerza de trabajo, como el de toda mercancía, se determina por la cantidad de trabajo necesaria para su reproducción: el hecho de que esta cantidad de trabajo dependa del valor de los medios de vida necesarios para el sustento del obrero, siendo, por tanto, igual al trabajo necesario para la reproducción de sus propias condiciones de vida, es característico de esta mercancía (de la fuerza de trabajo), pero no más característico que el hecho de que el valor del ganado de carga se determine por el valor de los medios de vida necesarios para su sustento y, consiguientemente, por la masa del trabajo humano necesario para producirlos.

Lo que causa en A. Smith todo este desaguisado es la categoría “renta”. Las diversas clases de rentas forman, según él las comporent parts, las partes integrantes del nuevo valor de las mercancías producido anualmente, mientras que, por el contrario, las dos partes en que este valor de las mercancías se descompone para el capitalista –el equivalente de su capital variable adelantado en forma de dinero al comprar la fuerza de trabajo y la otra parte de valor que le pertenece también a él pero que no le ha costado nada, o sea la plusvalía– constituyen fuentes de rentas. El equivalente del capital variable se adelanta de nuevo al invertirse en fuerza de trabajo y, en este sentido constituye una renta para el obrero bajo la forma del salario; la otra parte –la plusvalía–, como no tiene que resarcirse ningún capital adelantado por el capitalista, puede ser invertida por éste en medios de consumo –medios de consumo necesarios y de lujo–, puede ser gastada como renta, en vez de constituir valor–capital de ninguna clase. Esta renta tiene como premisa el propio valor de las mercancías, y sus partes integrantes sólo se distinguen, para el capitalista, en cuanto son, o bien el equivalente de o el remanente sobre el valor del capital variable adelantado por él. Ambas consisten exclusivamente en fuerza de trabajo aplicada durante la producción de mercancías, puesta en acción como trabajo. Consisten en un gasto, no en un ingreso o en una renta: en un gasto de trabajo.

Después de este quid pro quo, en que la renta se convierte en la fuente del valor de las mercancías y no éste en fuente de renta, el valor de las mercancías se presenta como “integrado” por las diversas clases de rentas, las cuales aparecen como determinadas independientemente las unas de las otras, siendo el valor total de la mercancía la suma del volumen de valor de estas rentas. Ahora bien; ¿cómo se determina el valor de cada una de estas rentas que en conjunto forman el valor de las mercancías? En el salario, es posible hacerlo, ya que el salario constituye el valor de su mercancía, de la fuerza de trabajo, y este se determina (como el valor de cualquier otra mercancía) por el trabajo necesario para la reproducción de ésta. Pero, ¿cómo se puede determinar la plusvalía, o mejor dicho, en A. Smith, sus dos formas, la ganancia y la renta del suelo? Al llegar aquí, todo se convierte en vacua charlatanería. A. Smith tan pronto presenta el salario y la plusvalía (o bien el salario y la ganancia) como las partes integrantes que forman el valor de las mercancías o el precio, y tan pronto, y a veces casi en la misma alentada, de cada una de estas rentas que en conjunto forman el valor de las mercancías; lo que, a la inversa, quiere decir que el valor de la mercancía es la premisa de la que hay que partir y que diversas partes de este valor dado corresponden, bajo la forma de diversas rentas, a las diversas personas interesadas en el proceso de producción. Y esto no es idéntico, ni mucho menos, a la tesis de que el valor se halla formado por estas tres “partes integrantes”. Si determinamos la magnitud de tres líneas rectas distintas, cada una de por sí, y luego, partiendo de estas tres líneas como “partes integrantes”, trazamos una cuarta línea recta igual en magnitud a la suma de las tres, no es lo mismo, ni mucho menos, que si, partiendo de una línea recta dada, la dividimos con cualquier motivo, la “descomponemos”, para emplear el mismo término, en tres partes distintas. En el primer caso, la magnitud de la línea variará completamente al variar la magnitud de las tres líneas con cuya suma se forma; en el segundo caso, la magnitud de las tres líneas parciales se halla delimitada de antemano por el hecho de ser partes de una línea de determinada magnitud.

Pero, en realidad, ateniéndonos a lo que se contiene de verdad en la exposición de A. Smith, a saber: que el nuevo valor que se encierra en el producto anual de mercancías de la sociedad (como en toda mercancía concreta o en el producto diario, semanal, etc.), creado por el trabajo anual, es igual al valor del capital variable adelantado (y por tanto, a la parte de valor destinada a comprar de nuevo fuerza de trabajo) más la plusvalía que el capitalista puede realizar –dentro de la reproducción simple y siempre que no varíen las demás circunstancias– en medios para su consumo individual; si nos atenemos asimismo al hecho de que A. Smith involucra el trabajo en cuanto fuente de valor, es decir, en cuanto inversión de fuerza de trabajo, y el trabajo en cuanto fuente de valor de uso, es decir, en cuanto aplicación de trabajo en forma útil, adecuada a un fin, toda esta concepción se resume en que el valor de toda mercancía es el producto del trabajo, y también, por tanto, el valor del producto del trabajo anual o el valor del producto anual de las mercancías de la sociedad. Pero, como todo trabajo se descompone en dos partes: tiempo de trabajo necesario, durante el cual el obrero no hace más que reproducir un equivalente del capital adelantado para comprar su fuerza de trabajo, y trabajo excedente, con el que produce un valor para el capitalista por el que éste no paga ningún equivalente, o, lo que es lo mismo, una plusvalía, resultará que el valor de las mercancías tiene que reducirse siempre a estas dos partes, creando, por tanto, en último resultado, como salario la renta de la clase obrera y como plusvalía la de la clase capitalista. Y, en lo que se refiere al capital constante, o sea, al valor de los medios de producción empleados para producir el producto anual, si bien no puede decirse (fuera de la frase según la cual el capitalista se lo carga al comprador al venderle su mercancía) cómo entra este valor en el valor del nuevo producto, es evidente que, en último resultado –ultimately–, puesto que los medios de producción son a su vez producto del trabajo, esta parte de valor sólo puede estar formada también por dos partes: el equivalente del capital variable y la plusvalía. El que los valores de estos medios de producción actúen como valores de capital en manos de quienes los emplean no impide que “originariamente”, y además, si les seguimos concienzudamente la pista, en otras manos –aun cuando con anterioridad–, pudieran descomponerse en los mismos valores y, por consiguiente, en dos fuentes distintas de rentas.

Un punto exacto, aquí, es que, enfocando el movimiento del capital social –es decir, del conjunto de los capitales individuales–, la cosa se presenta de otro modo que si se enfoca cada capital individual de por sí, es decir, desde el punto de vista de cada capitalista individual. Para éste, el valor de la mercancía se descompone en un elemento constante (el cuarto, según Smith), en la suma de salario y plusvalía, o bien de salario, ganancia y renta del suelo. En cambio, desde el punto de vista social, el cuarto elemento de Smith, el capital constante, desaparece.

 

5) Resumen

La insulsa fórmula de que las tres rentas, el salario, la ganancia y la renta del suelo constituyen tres “partes integrantes” del valor de las mercancías, surge en A. Smith de la otra fórmula, más aceptable, según la cual el valor de las mercancías resolves itself, se descompone en dichas tres partes. También esto es falso, incluso suponiendo que el valor de las mercancías sólo pudiese dividirse en el equivalente de la fuerza de trabajo consumida y la plusvalía creada por ésta. Pero este error descansa, a su vez, en una base más profunda y verdadera. La producción capitalista se basa en la operación por la que el obrero productivo vende su propia fuerza de trabajo, como su mercancía, al capitalista en cuyas manos funciona simplemente como elemento de su capital productivo. Esta operación –la venta y la compra de la fuerza de trabajo–, perteneciente a la órbita de la circulación, no sólo inicia el proceso de producción, sino que determina implicite su carácter específico. La producción de un valor de uso e incluso la de una mercancía (pues ésta puede ser también obra de un trabajo productivo independiente) es aquí simplemente, un medio para la producción de plusvalía absoluta y relativa para el capitalista. Por eso, al analizar el proceso de producción veíamos cómo la producción de plusvalía absoluta y relativa determina: la duración del proceso diario de trabajo: toda la organización social y técnica del proceso capitalista de producción. Dentro de este mismo se realiza la distinción entre la simple conservación del valor (del capital constante), la verdadera reproducción del valor adelantado (equivalente de la fuerza de trabajo) y la producción de plusvalía, es decir, de valor por el que el capitalista no desembolsa equivalente alguno, ni de antemano ni post festum.

La apropiación de la plusvalía –del valor que queda después de cubrir el equivalente del valor desembolsado por el capitalista–, aunque se inicia con la compra–venta de la fuerza de trabajo, es un acto que se efectúa dentro del mismo proceso de producción y que constituye una fase esencial de éste.

El acto inicial, que constituye un acto de circulación, la compra–venta de la fuerza de trabajo, descansa a su vez sobre la distribución de los elementos de la producción, previa a la distribución de los productos sociales y presupuesta por ella, a saber: en la separación entre la fuerza de trabajo como mercancía del obrero y los medios de producción como propiedad de otros.

Pero, al mismo tiempo, esta apropiación de la plusvalía o esta separación que se establece en la producción de valor entre la reproducción del valor desembolsado y la producción de nuevo valor no retribuido por ningún equivalente (plusvalía), no altera para nada la sustancia del mismo valor ni el carácter de la producción de valor. La sustancia del valor es y sigue siendo simplemente fuerza de trabajo invertida –trabajo, independientemente del carácter útil específico que revista– y la producción de valor simplemente el proceso de esta inversión. El siervo despliega su fuerza de trabajo durante seis días, trabaja durante seis días, sin que ponga ninguna diferencia en cuanto al hecho de este trabajo de por sí el que, por ejemplo, invierta tres de estas jornadas de trabajo para sí mismo, en su propio campo, y otras tres en el campo de su señor, al servicio de éste. El trabajo voluntario que realiza para él y el trabajo forzoso que rinde para su señor no se diferencian en nada, en cuanto trabajo. Considerado como tal trabajo, con referencia a los valores o productos útiles creados por él, no se percibe diferencia alguna en el trabajo de estas seis jornadas. La diferencia recae exclusivamente sobre las diversas condiciones sociales en que se despliega la fuerza de trabajo durante las dos mitades de este período de trabajo de seis días. Pues bien: lo mismo ocurre con el trabajo necesario y el trabajo excedente del obrero asalariado.

El proceso de producción finaliza en la mercancía. El hecho de haberse invertido en su producción fuerza de trabajo aparece ahora como una cualidad material de la mercancía: la cualidad de poseer valor; la magnitud de este valor se mide por la magnitud del trabajo invertido en ella; a esto se reduce el valor de las mercancías y en esto y exclusivamente en esto consiste. Si trazamos una línea recta de una determinada magnitud, “producimos” (de un modo meramente simbólico, claro está, cosa que desde luego sabemos) en primer lugar, por la naturaleza del trazado, ejecutado con arreglo a ciertas reglas (leyes) independientes de nuestra voluntad, una línea recta. Si dividimos esta línea en tres segmentos (que, a su vez, pueden responder a determinado problema), cada uno de estos tres trozos seguirá siendo una línea recta, y la línea entera de la que forman parte no se distinguirá en nada, por esta división, de lo que es una línea recta, para convertirse, por ejemplo, en una curva de cualquier clase. Ni podemos tampoco dividir una línea de una magnitud dada de tal modo, que la suma de estas partes sea mayor que la misma línea indivisa: a su vez, la magnitud de ésta no se halla tampoco determinada por las magnitudes de las líneas parciales, cualquiera que sea el modo cómo de determinen. Por el contrario, son las magnitudes relativas de éstas las que se hallan circunscritas de antemano por los límites de la línea de que forman parte.

La mercancía fabricada por el capitalista no se diferencia en nada, desde este punto de vista, de las mercancías producidas por un obrero independiente, por una colectividad de obreros o por esclavos. Sin embargo, en nuestro caso el producto del trabajo y todo su valor pertenecen íntegros al capitalista. Al igual que cualquier otro producto, éste tiene que convertir la mercancía, mediante su venta, en dinero, para poder seguir manipulando con él; tiene que transferirla a la forma de equivalente general.

Examinemos el producto–mercancía antes de que se convierta en dinero. Este producto pertenece íntegramente al capitalista. De otra parte, como producto útil del trabajo –como valor de uso–, es en su totalidad producto de un proceso de trabajo ya efectuado; pero no así su valor. Una parte de este valor no es más que el valor, reencarnado bajo una nueva forma, de los medios de producción empleados para producir la mercancía; este valor no se ha producido durante el proceso de producción de esta mercancía, pues lo poseían ya los medios de producción con anterioridad al proceso de producción e independientemente de él, y precisamente como exponentes de él han entrado en este proceso; lo único que se ha renovado y transformado es su forma de manifestarse. Esta parte del valor de la mercancía constituye, para el capitalista, un equivalente del capital constante adelantado por él y consumido durante la circulación de la mercancía. Antes, existía bajo la forma de medios de producción; ahora, existe como parte integrante del valor de la nueva mercancía producida. Tan pronto como ésta se convierte en dinero, este valor que ahora existe bajo forma de dinero tiene que volver a convertirse en medios de producción, que adoptar su forma primitiva, determinada por el proceso de producción y por su función dentro de él. Pero, la función de capital que este valor desempeña no altera para nada el carácter de valor de una mercancía.

Una segunda parte de valor de la mercancía es la que representa el valor de la fuerza de trabajo que el obrero asalariado vende al capitalista. Este valor se determina, como el de los medios de producción, independientemente del proceso de producción en que ha de ser absorbida la fuerza de trabajo y se fija en un acto de circulación, la compra–venta de la fuerza de trabajo, antes de que ésta entre en el proceso de producción. Por su función –la explicación de su fuerza de trabajo–, el obrero asalariado produce un valor–mercancía igual al valor que el capitalista tiene que pagarle por el uso de su fuerza de trabajo. El obrero entrega al capitalista este valor en forma de mercancía y el capitalista se lo paga en dinero. El que esta parte del valor de la mercancía sólo represente para el capitalista un equivalente del capital variable que tiene que adelantar en salarlos no altera para nada el hecho de que representa un valor–mercancía nuevo creado durante el proceso de circulación y consiste exclusivamente en lo que consiste la plusvalía. a saber: en inversión ya efectuada de fuerza de trabajo. Y este hecho no resulta afectado tampoco para nada por la circunstancia de que el valor de la fuerza de trabajo que se paga al obrero en forma de salario revista para el obrero la forma de renta y de que, a través de ésta, se reproduzca constantemente no sólo la fuerza de trabajo, sino también la clase de obreros asalariados como tal, y con ella la base de toda la producción capitalista.

Pero la suma de estas dos partes de valor no forma el valor total de la mercancía. Queda un remanente sobre las dos: la plusvalía. Esta es, al igual que la parte del valor que resarce el capital variable adelantado en forma de salarios, un valor nuevo creado por el obrero durante el proceso de producción. Con la particularidad de que esta parte de valor no cuesta nada a quien se apropia el producto entero, al capitalista. Esta circunstancia permite al capitalista, en efecto, consumirla en su totalidad como renta, a menos que tenga que ceder algunas porciones de ella a otros copartícipes, como la renta del suelo al terrateniente, por ejemplo, en cuyo caso las partes cedidas constituyen rentas de las terceras personas beneficiadas. Dicha circunstancia es, además, el motivo propulsor que anima a nuestro capitalista a ocuparse de la producción de mercancías. Pero, ni esta mira suya inicial y bien intencionada, la mira de embolsarse plusvalía, ni el hecho de gastársela luego como renta solo o en unión de otras personas, afectan para nada a la plusvalía, como tal. No modifican en lo más mínimo el hecho de que se trata de trabajo cuajado no retribuido, ni modifican tampoco su magnitud, la cual se halla determinada por condiciones completamente distintas.

Ahora bien; si A. Smith quería ocuparse, como lo hace, ya al estudiar el valor de las mercancías, del papel que corresponde a sus diversas partes en el proceso total de la reproducción, era evidente que si algunas partes especiales funcionan como rentas otras funcionan constantemente también como capital, debiendo, por tanto, ser designadas asimismo, con arreglo a su lógica, como partes integrantes del valor de las mercancías o partes en que se descompone este valor.

A. Smith identifica la producción de mercancías en general y la producción capitalista de mercancías; los medios de producción, según él, son de antemano “capital”, el trabajo es de antemano trabajo asalariado; de aquí que “el número de obreros útiles y productivos se halla siempre en proporción a la cantidad de capital empleada en darles ocupación” (to the quantity of the capital stock which is employed in settling them to work. Obra cit., Introducción, pp. 4–5). En una palabra, los diversos factores del proceso de trabajo –los materiales y los personales– aparecen en escena desde el primer momento desempeñando los papeles propios del proceso capitalista de producción. Así se explica que el análisis del valor de la mercancía se haga coincidir directamente con el problema de saber en qué medida este valor crea, de una parte, un número equivalente del capital invertido y de otra parte un valor “libre”, que no resarce ningún valor–capital desembolsado, una plusvalía. Las fracciones del valor de la mercancía, comparadas entre sí desde este punto de vista, se transforman de este modo, por debajo de cuerda, en “partes integrantes” de él con existencia propia, y finalmente en las “fuentes de todo valor”. Otra consecuencia que de aquí se deduce es la composición del valor de la mercancía y, alternativamente, su “descomposición” en rentas de diversas clases, por donde las rentas no consisten en valor de mercancías, sino éste en “rentas”. Pero, del mismo modo que la naturaleza de un valor mercancías qua (25) valor–mercancías o del dinero qua dinero no cambia por el hecho de que funcionen como valor–capital, aquél no sufre tampoco modificación por el hecho de funcionar más tarde como renta de unos o de otros. La mercancía de que se ocupa A. Smith es ya de antemano capital–mercancía (que encierra, además del valor–capital consumido en la producción de la mercancía, la plusvalía), es decir, mercancía producida por métodos capitalistas, el resultado del proceso capitalista de producción. Hubiera sido necesario, por tanto, analizar previamente este proceso y también, por consiguiente, el proceso de valorización y de creación de valor contenido en él. Y, como éste tiene por premisa, a su vez, la circulación de mercancías, no es posible exponerlo sin un análisis, previo e independiente de él, de la mercancía. A. Smith, aun en los casos en que, procediendo “esotéricamente”, da en el clavo de un modo transitorio, nunca se refiere a la producción de valor más que con ocasión del análisis de la mercancía, es decir, del análisis del capital mercancías.

 

III. Autores posteriores 7

Ricardo reproduce casi al pie de la letra la teoría de A. Smith: “Debe entenderse que siempre se consume la producción total de un país; el hecho de que sean las personas que reproducen o aquellas que no reproducen algún valor quienes consumen los productos, constituye la máxima diferencia. Cuando afirmamos que se ahorra el ingreso y se añade al capital, lo que queremos decir es que la porción del ingreso que se agrega al capital, es consumida por trabajadores improductivos” (Principios, p. 114).

En realidad, Ricardo acepta íntegramente la teoría de A. Smith sobre la descomposición del precio de la mercancía en salario y plusvalía (o capital variable y plusvalía). En lo que discute con él es: en lo referente a las partes integrantes de la plusvalía: Ricardo elimina la renta del suelo como elemento necesario de ésta; Descompone el precio de la mercancía en estas partes integrantes. La magnitud de valor es, por tanto, lo primero. La suma de las partes integrantes se presupone como magnitud dada; se parte de ella, en vez de proceder a la inversa, como hace frecuentemente A. Smith, en contradicción con su propia visión profunda, estableciendo la magnitud de la mercancía post festum por adición de sus partes integrantes.

Ramsay observa, en contra de Ricardo: “Ricardo olvida que el producto no se distribuye en su totalidad entre el salario y la ganancia exclusivamente, sino que es necesario reservar también una parte para reponer el capital fijo”. (An Essay on the Distribution of Wealth, Edimburgo, 1836, p. 174.) Por capital fijo entiende este autor lo que aquí llamamos capital constante: “El capital fijo existe bajo una forma en la que, aun contribuyendo a la producción de la mercancía en elaboración, no contribuye, sin embargo, al sostenimiento del obrero” (p. 59).

A. Smith se rebelaba contra la consecuencia obligada de su descomposición del valor de la mercancía y también, por tanto, del valor del producto anual de la sociedad, en salario y plusvalía, y, por consiguiente, en simple renta: contra la consecuencia de que, en estas condiciones, todo el producto anual podría consumirse. No son nunca los pensadores originales los que sacan las consecuencias absurdas de sus teorías. Eso lo dejan para los Says y los MacCullochs.

Say no toma la cosa muy a pecho, en realidad. Lo que es para uno adelanto de capital es para el otro renta y producto neto, o lo era; la diferencia entre producto bruto y neto es puramente subjetiva, y “así, el valor global de todos los productos se distribuyen en la sociedad como renta” (Say, Traité d’Economie politique, 1817, II, p. 64). “El valor total de cada producto está formado por las ganancias de los terratenientes, de los capitalistas y de los industriosos” (el salario figura aquí comme profits des industrieux!) (26) “que han contribuido a su elaboración. Esto hace que la renta de la sociedad sea igual al valor bruto producido y no, como opinaba la secta de los economistas” (los fisiócratas), “igual al producto neto de la tierra”.

Este descubrimiento de Say se lo apropia también, entre otros, Proudhon.

Storch, que acepta también en principio la doctrina de A. Smith, encuentra, sin embargo, que la aplicación práctica que de ella hace Say es insostenible. “Si se admite que la renta de una nación es igual a su producto bruto, es decir, que no hay que deducir de éste ningún capital” (ningún capital constante, debiera decir), “hay que admitir también que esa nación puede consumir improductivamente el valor íntegro de su producto anual sin menoscabar en lo más mínimo su renta futura ... Los productos que forman el capital” (constante) “de una nación no son consumibles” (Storch, Considérations sur la nature du revenu national, París, 1824, pp. 147 y 150).

Sin embargo, Storch se olvida de decirnos cómo puede coordinarse la existencia de este capital constante con el análisis del precio que él toma de A. Smith según el cual el valor de la mercancía sólo encierra el salario y la plusvalía, sin contener capital constante alguno. Sólo a través de Say se da cuenta de que este análisis del precio conduce a resultados absurdos, y las últimas palabras que él mismo escribe acerca de esto rezan así: “que es imposible descomponer el precio necesario en sus elementos más simples” (Storch, Cours d’Economie Politique, Petersburgo, 1815, II, p. 141).

Sismondi, que se ocupa especialmente de la relación entre capital y renta y que, en realidad, hace de su concepción especial de esta relación la differentia specifica de sus Nouveaux Principes, no escribe ni una sola palabra científica acerca de esto, no contribuye ni en un ápice al esclarecimiento del problema.

Barton, Ramsay y Cherbuliez se esfuerzan en sobreponerse a la versión de A. Smith. Pero fracasan, porque desde el primer momento plantean el problema de un modo unilateral, ya que no distinguen claramente la diferencia entre capital constante y variable de la diferencia entre capital fijo y circulante.

John Stuart Mill se limita también a reproducir, con su presunción habitual, la doctrina trasmitida por A. Smith y sus sucesores.

Resultado: la confusión de pensamiento de A. Smith sigue imperando hasta la hora presente y su dogma es artículo de fe ortodoxo de la economía Política

 

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Tags: Marx, Smith, fglobal, capital, mercancia, plusvalia, renta

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