Mi?rcoles, 15 de abril de 2009


Suena bastante pretencioso este título, pero trato de ponerme a tono con el periodista español Mauricio Vicent, quien el pasado 5 de abril, en el periódico madrileño El País, publicó un artículo titulado: “Cuba ve con inquietud un acercamiento demasiado rápido a EE UU”. Yo me dije, caramba, nunca ha sido política del gobierno cubano anunciar desasosiego ante la proximidad de los norteamericanos. Recordé las nacionalizaciones de los años 1959 y 1960; recordé Playa Girón y la Crisis de los Misiles; recordé cuando el país se quedó absolutamente solo tras la caída del Campo Socialista. Nunca el gobierno cubano había mostrado nerviosidad. ¿Qué estará pasando en La Habana?

Gracias a una alerta de Google yo había recibido el titular de “El País”, de modo que pinché encima para enterarme del contenido. El resumen de la noticia anunciaba, además, los criterios de cierto sociólogo cubano: “esto es un reto de consideración”, decía. De modo que empecé a leer, y entonces fruncí el entrecejo: el articulo de Vicent empezaba citando al doctor Armando Hart Dávalos: ''Si Obama cumple su promesa [de aliviar el embargo], nacerá una nueva etapa en el combate ideológico entre la revolución cubana y el imperialismo".

Mi perplejidad no tenía límites: Esa palabra, “embargo”, no me resultaba familiar en medio de una cita de Armando Hart; siempre le he escuchado decir “bloqueo”. Pues nada, parece que sí, alguna clase de perturbación tenía que haber en el gobierno cubano. Y es que no significa lo mismo la palabra “embargo”, que como se sabe es sinónimo de decomiso, incautación, retención; que la palabra “bloqueo”: sitio, cerco, asedio. Muchas veces, refiriéndose al diferendo con Estados Unidos, a Hart le había escuchado argumentar que ese país tenía desplegada una guerra económica, financiera y mediática contra Cuba. Por ejemplo, ningún producto que tuviese más del 10 % de componentes norteamericanos podía ser vendido a Cuba; por ejemplo, el barco que tocara puerto cubano, no podía entrar en puerto norteamericano hasta pasados seis meses; por ejemplo, que ningún cubano que viviera en Cuba podía hospedarse en un hotel de propiedad estadounidense, aun cuando ese hotel estuviera en un tercer país; por ejemplo, que se destinaban fondos para la subversión interna y para realizar trasmisiones de radio y televisión. Todo eso le había escuchado decir a Hart, un significado que no tenía que ver con “decomiso”, sino con la palabra “asedio”.

En realidad, a Armando Hart le había escuchado decir más: denunciar muchos casos de sabotaje, pues procedentes de Estados Unidos habían venido aviones, barcos, comandos de infiltración que en 50 años habían cobrado la vida de más de tres mil cubanos. Contra nuestra nación se había empleado a gran escala el terrorismo: bombas en hoteles, en fábricas, en barcos, dejadas caer a mansalva sobre la población civil. Habían ametrallado pueblos, incendiado tiendas, casas, almacenes, y hasta un círculo infantil con miles de niños dentro. Y qué decir de la introducción plagas y enfermedades, y de los miles de planes de asesinato contra dirigentes de la Revolución, y de la voladura de un avión civil con setenta y tres pasajeros a bordo…. En fin, una lista muy larga.

De modo que sí, era muy inquietante la palabra embargo en medio de una cita de Hart, y entonces busqué su artículo en Granma. No había sido publicado recientemente, sino hace unos nueve meses, en agosto de 2008, pero, ¡Caramba!, Hart no mencionaba la palabra embargo por ninguna parte. Simplemente el periodista interpretaba el pensamiento de Hart a su manera.

Entonces continué leyendo el artículo de Vicent; pero no paraba de asombrarme: ¿Quién sería ese sociólogo que sabía tanto de las interioridades del gobierno cubano? Busca por aquí, busca por allá, y, qué va, tampoco por ninguna parte aparecía el nombre de ese señor, era anónimo; apenas un runrún que, en nombre de la libertad de prensa, los lectores del periódico El País tenían la obligación creerse: ya se sabe que libertad de prensa es aquella facultad que tienen los dueños de grandes cadenas mediáticas para configurar tópicos, sesgos y prejuicios; sobre todo la facultad que tienen para endilgarle también buena parte de esos sesgos, tópicos y prejuicios a todo aquél que se los ponga en duda.

Después, continuando con el mencionado artículo, se afirmaba que el reto era doble: posiblemente tres millones de turistas norteamericanos vendrían a defender las banderas de su ideología a nuestras playas y ciudades. Se citaban cifras, la capacidad hotelera se cubre a un 60 %, y al sacar cuentas comprendí que el margen de disponibilidad era insuficiente. Pero esto tampoco era para poner nervioso a nadie, me dije, sino todo lo contrario. Cualquier dueño de hotel estaría brindando con champaña y caviar ante la posibilidad de cubrir permanentemente el 100 % de su capacidad hotelera. Además, no decía Vicent que recibir demasiados visitantes, así de sopetón, ponía nervioso al gobierno cubano. Entonces en realidad el gobierno cubano no tenía por qué estar nervioso; en definitiva no alcanzaban los hoteles para tantos posibles turistas norteamericanos. La cuenta me daba que el 40 % de habitaciones disponibles solo permitía hospedar apenas 900 mil visitantes más.

Aquí confieso que tampoco entendía cómo los turistas norteamericanos vendrían a hacer labores de proselitismo a Cuba. No me los imaginaba yo dejando a un lado el mojito y el cubata, la playa de Varadero y el show de Tropicana, para ofrecer discursos políticos en las esquinas del Vedado o La Habana Vieja. Pero, si así fuese, qué dirían ellos que los cubanos ya no supieran. Quizá el periodista Vicent ha podido ver cómo en nuestra televisión nacional se pasan semanalmente más de cuarenta películas, documentales y series, y, de ellas, unas tres cuartas partes proceden de los Estados Unidos. Dramas, tragedias, comedias, musicales, policíacas, de ciencia ficción, de terror, de suspense… Películas históricas, y películas contemporáneas; del campo y de la ciudad; unas cuyas tramas trascurren en Manhattan; otras, en el Bronx; desde Washington hasta California, desde Cayo Hueso hasta Alaska: quizá ni en los propios Estados Unidos haya gente que, como promedio, vean más películas norteamericanas que los cubanos.

Una manera extraña de estar nervioso, porque en realidad a mí me parecía que donde había nerviosismo no era en Cuba. Por ejemplo, otras noticias indicaban que congresistas de la derecha miamense rasgaban sus vestiduras por causa de las medidas anunciadas por Obama. En cuanto al intercambio cultural, conocido es que tanto a Chucho Valdés como a los integrantes de la orquesta Los Van Van, por citar un caso todavía fresco en la memoria, las autoridades norteamericanas les habían colocado un rótulo en el pasaporte para advertir lo peligrosa que puede ser la música cubana para la seguridad nacional de los Estados Unidos. En fin, y para cerrar con un ejemplo bien reciente, la paranoia contra la isla ha llegado al extremo de prohibir al equipo Marlins de la Florida vender gorras y camisetas del equipo cubano que el pasado mes participara en el Clásico Mundial de Béisbol.


Sin embargo, mayor perplejidad tuve cuando llegué al final del texto escrito por Vicent. De pronto se aclaraba que, hasta el momento, las autoridades cubanas habían sido sumamente prudentes: “No se quiere decir que hay inquietud, tampoco demostrar demasiadas expectativas”.

Joder, en qué quedamos. Y de dónde sacó entonces el título del artículo, de dónde que hay inquietud de Cuba. Pero fíjese usted, lector, inquietud o expectativas: según el razonamiento de este periodista español el gobierno cubano debe tener, o sudoraciones frías, o la baba cayéndosele tras los americanos. Nada de discutir el diferendo en igualdad de condiciones, respeto mutuo mediante. Nada de serenidad o paciencia. ¡Cómo si las medidas tomadas por el presidente Obama, no eliminaran apenas el 18 % de las implantadas por Bush el 6 de agosto de 2004! Si se consulta el llamado Informe de la Comisión para la asistencia a una Cuba libre, también conocido como Plan Bush, puede comprobarse que de un total de once medidas globales contenidas en este, apenas se revisan dos.

En fin, al final veo que me inquieté por gusto. Y me da por pensar que realmente era eso lo que se perseguía, un modus operandi que se repite una y otra vez desde los tiempos de Goebbels. Y ciertamente, también entiendo que hay PRISA por vender. Mucho más en estos tiempos en que la crisis económica global pone tan nerviosos a los del grupo PRISA



Tags: PRISA, rebelión, País, Cuba, sabotaje, fondos, Mahattan

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