Jueves, 16 de abril de 2009


En 1861 Estados Unidos se adentró en una guerra civil por el control del alma de la nación. El Partido Republicano, surgido pocos años antes, era expresión de los valores del Norte y la elección del primer Presidente emanado de sus filas, Abraham Lincoln, fue el factor detonante de la secesión. Durante un largo período histórico el Partido Republicano habría de constituir la expresión natural de la visión industrial y abierta a la inmigración, propia del Norte yanqui. El partido que puso fin a la esclavitud y que buscó la inserción ciudadana de los negros sureños durante el llamado período de la Reconstrucción. El Sur, agrícola, populista, racista, contrario a la inmigración, socialmente conservador y evangélico, representaría el coto cautivo de los Demócratas.

En 1933, y a raíz de la depresión que asolaba al país, Franklin Delano Roosevelt llega a la presidencia, sacudiendo hasta sus cimientos el panorama político anterior. A él correspondió la proeza de forjar una amplia y disímil coalición nacional, dentro de la cual los Demócratas no sólo atraerían a su seno a las masas obreras del Norte, sino también a las poblaciones negra y judía y a importantes sectores de la intelectualidad urbana. Ello sin renunciar al sólido arraigo sobre los blancos del Sur.

La ambiciosa política de los derechos civiles de Kennedy y Johnson, así como la ola liberal desencadenada en los sesenta y setenta bajo las banderas Demócratas, crearían un profundo malestar en el Sur blanco y evangélico que comenzará a moverse en dirección al partido Republicano. Este proceso migratorio habrá de coincidir, ya bien entrados los setenta, con el renacer del extremismo evangélico.

Ello cambiará la faz del partido Republicano, que hasta entonces se identificaba mayoritariamente con el protestantismo liberal. De la misma manera los Demócratas, que hasta entonces eran el anclaje natural del evangelismo sureño, se verán liberados del influjo del extremismo religioso. Ello hará de los Republicanos una agrupación cada vez más penetrada por la religión y de los Demócratas un partido crecientemente dominado por los valores laicos. De alguna manera el alma de ambas agrupaciones políticas comienza a transmutarse por aquellos años.

También por aquellos años comenzará a delinearse al interior del partido Republicano, una nueva y curiosa coalición política, cuyo denominador común venía dado por el rechazo a un gobierno federal fuerte. De acuerdo a la misma, el evangelismo sureño y el individualismo californiano se unían en un matrimonio de compromiso. Bajo la denominación “cinturón del sol”, esta coalición habría de llevar a la presidencia a Nixon y a Reagan, permitiendo echar por tierra a la hegemonía política Demócrata iniciada en tiempos de Roosevelt.

Los ochenta y los noventa evidenciaron procesos de inmensa importancia. Durante los ochenta la influencia sureña se iría consolidando sobre el partido Republicano, trayendo consigo un énfasis en el estilo y valores propios de esta región. Esto es, tendencia al extremismo religioso, elevado conservatismo social y exaltados tonos retóricos. Llegados los noventa se hizo evidente que los relajados californianos no se sentían ya a gusto con un partido que había evolucionado hacia una derecha cada vez más extrema y en el que la religión jugaba un papel determinante. Ello dio pie a la fractura del “cinturón del sol”.

Los Republicanos se consolidaban así como un partido tierra adentro, mientras que los Demócratas hacían suyas las costas y las grandes urbes. No en balde L’Express International, de fecha 4-10 de enero, 2007, refería lo siguiente: “A juzgar por los resultados electorales, el movimiento Republicano pareciera estarse reduciendo a un partido regional, cada vez más dependiente de su base conservadora y religiosa en las zonas rurales o en los grandes centros urbanos del Sur”.

Durante los noventa, por lo demás, se produjo la definitiva pérdida de influencia del sector que históricamente había dominado al partido Republicano. Es decir, los conservadores moderados del Norte, cuyo opacamiento se había iniciado ya en los setenta, en tiempos de los llamados “Republicanos de Rockefeller”. Ello terminó de consolidar la transmutación del alma de los dos partidos.

Los dos Bush simbolizaron a plenitud la dinámica anterior. El padre volcado hacia el conservatismo moderado y el hijo hacia el conservatismo extremo. Mientras el primero había intentado infructuosamente controlar a un partido que ya no respondía a los valores que él representaba, el segundo encarnaba cabalmente la nueva realidad. El primero había representado una anomalía luego del viraje a la derecha extrema representado por Reagan, mientras que el segundo era expresión natural del legado dejado por el actor-Presidente.

Con Bush hijo a la cabeza, el partido de Lincoln ingresaba al nuevo milenio vistiendo sin ambages los ropajes de la Confederación del Sur. Era un vuelco histórico de gigantescas proporciones. Un vuelco que se veía minimizado ante la llegada a la Casa Blanca, ocho años más tarde, del primer negro en la historia del país. Obama, admirador ferviente de Lincoln, el emancipador de su raza, ganaba la presidencia bajo las banderas Demócratas.

Obama, al igual que Roosevelt, llega al poder cabalgando sobre una gran crisis económica y con un mandato de cambio. Habrá que ver si durante su gobierno se configura, al igual que en aquella ocasión, una coalición mayoritaria y duradera. De lo contrario, las costas y las grandes urbes encontraran dificultades para prevalecer electoralmente frente al país “tierra adentro”, representado por los Republicanos.

Demócratas y Republicanos conforman el anverso y el reverso de un país profundamente dividido en lo cultural.

 




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