Martes, 19 de mayo de 2009
 

 

La lectura detallada de las conductas y pasos que —siempre de acuerdo al texto de Boaventura de Sousa Santos— convertirían a Cuba en un “estado experimental”, nos revelan que es un llamado simple y sincero del académico de la izquierda reformada para que Cuba acepte el pluripartidismo, la fragmentación insidiosa y en profundidad de su sociedad y la propiedad privada sobre los medios de producción. En otras palabras, tras ese proceso, Cuba se verá transformada en… otro estado más del Tercer Mundo.

5- Otra producción es posible.

Este es el último punto de las modificaciones que Boaventura de Sousa Santos propone para salvar a Cuba, en el que se expresa que las producciones de riquezas pueden crecer con la varita mágica de la propiedad privada.

Para no perdernos en una madeja de racionalizaciones de hechos convertidas en texto, analicemos la idea esencial contenida en la afirmación que aquí hace Boaventura de Sousa Santos de que «[…] la alternativa sistémica al capitalismo, representada por las economías socialistas centralizadas, se mostró inviable

Esto equivale a decir que el capitalismo, un sistema sin dudas éticamente inferior al socialismo —tanto más al comunismo—, fue reinstaurado en los países europeos que antes habían conscientemente optado por la construcción del socialismo.

Para iluminar las causas de este fenómeno, imaginemos un sistema mecánico, compuesto por un solo cuerpo masivo, que suponemos regido únicamente por la fuerza de gravedad. Si el cuerpo no sigue la trayectoria que dicte su caída libre, resulta natural deducir que hay una fuerza desconocida actuando sobre este.

Si aplicamos ese razonamiento al caso que nos interesa —el fracaso del socialismo irreal euroasiático—, tendríamos que concentrarnos en buscar qué no había sido previsto, a partir de lo que dábamos por conocido.

Partimos de tres afirmaciones básicas, a saber:

1.-) tras haber sostenido una lucha de 7 décadas con el socialismo, el capitalismo prevaleció sobre el régimen social llamado a enterrarlo, a pesar de que:

2.-) Lenin desarrolló, y probó en la práctica, la tesis de que el cambio revolucionario del capitalismo hacia el comunismo empezaría no por los eslabones más sólidos de la cadena formada por los países de mayor desarrollo industrial de la época, como afirmaban la mayor parte de las premoniciones y admoniciones comunistas en boga entonces, sino —todo lo contrario— lo haría por Rusia, el eslabón más débil de esa cadena, con lo cual adecuó acertadamente a la realidad las exigencias respecto a las condiciones mínimas límites planteadas por la teoría.

3.-) las regularidades de la dialéctica de los sistemas sociales, inherente a ellos en función de la realidad ínsita de los actores sociales, fueron reveladas previsoramente por K. Marx de manera básicamente correcta y suficiente.

Para facilitar el análisis, concentrémonos en las afirmaciones que conforman las estipulaciones consideradas.

La lucha de siete décadas

El socialismo se propuso (y consiguióGui?o hacer una distribución de bienes más incluyente que la del capitalismo, basada en la identidad esencial de los seres humanos. Sin embargo, respecto a la producción misma de esos bienes y a los factores asociados a ella (eficiencia, productividad, etc.), el socialismo no se planteó metas distintas de las del capitalismo. En otras palabras, el socialismo, como todos los sistemas económico-sociales precedentes, persiguió el incremento ilimitado de la producción, de la eficiencia, de la productividad, etc., sin establecer —siquiera detenerse a considerar— algún tipo de intelección en torno a este enjundioso tema. (Con este proceder, el comunismo parecía convenir con el presupuesto largamente sustentado por todas las formaciones económico-sociales clasistas, argumento justificativo principal de la actuación cotidiana de los seres humanos socializados y de la sociedad en su conjunto, de que la acumulación de riquezas es un fin existencial en sí mismo, tal vez el más importante, pero —seguramente— el que goza de aceptación más generalizada.)

Ante ese hecho, cabe que nos preguntemos, ¿por qué habría que suponer que situar cantidades equivalentes de recursos en manos de cada quien, a despecho de la disposición individual previa (preparación profesional, conocimientos, luces, experiencias, dotes) de cada persona, es, a corto plazo, desde el punto de vista de producción bruta de bienes, una aproximación mejor (¡a esos mismos fines productivos!) que la filosofía del capitalismo, basada en una sencillísima premisa: descubrir a los más aptos (eficientes) en cuanto a productividad se refiere, mediante una competencia despiadada de los ciudadanos entre sí y entregar más recursos a los vencedores en esa lucha a fin de obtener mayores dividendos? Para que ese hubiera sido claramente el caso, tendría el capitalismo que haberse agotado en tanto sistema, pero en esas circunstancias el parto del comunismo habría seguido cauces “naturales”, sin necesidad de revolución social alguna (variante por la que apuestan, dicho sea tangencialmente, todos los socialdemócratas del mundo).

O sea, que no hubo una lucha de dos sistemas totalmente contrapuestos. A lo sumo hubo un enfrentamiento de dos enfoques (uno históricamente probado y no agotado; el otro, experimental) por alcanzar un mismo “premio”: producir “ríos de riquezas”, alcanzar una producción ilimitada de bienes (o sea, sin topes racionales), a fin de satisfacer necesidades crecientes de los seres humanos, sin que tampoco se revele alguna “inteligencia” en torno al término “necesidades crecientes”. En realidad, llegó un momento en que “la lucha” entre los dos sistemas se centró y redujo, justamente, en ver cuál de ellos producía más acero, cemento, petróleo, etc..

Una verdadera lucha de dos sistemas sociales contrapuestos implicaría una diferencia no solo de las vías y métodos para alcanzar el objetivo, sino del objetivo mismo.

Esto es cierto especialmente para el comunismo, que constituye no solo un proyecto (lo cual ya de por sí presupone —y exige— “actuar con sentido” para producir permanentemente “acciones con sentido”, esto es, acciones de las que se conozca su origen, sus agentes, sus fuentes motrices, sus metas y sus consecuencias), sino uno esencialmente nuevo en toda la historia humana.

(Valdría la pena explorar las metas adecuadas al comunismo para su propia construcción y, a partir de la interrelación del individuo humano con el medio social, analizar cuáles de ellas serían presuntamente factibles en cada etapa.)

En conclusión, el comunismo desde un inicio se vio enfrascado en una lucha espuria, con un contrincante (los países capitalistas tecnológicamente más desarrollados del planeta), por demás, permanentemente dopado a costa del Tercer Mundo.

Luego, en propiedad, el comunismo no fue derrotado… Simplemente no podía ganar: no era su lucha.

Esa conclusión es muy importante, porque la “derrota” del comunismo, tras haber recibido incontables análisis superficiales (de derecha e izquierda) y la carga correspondiente de manipulación mediática, llega a ser fácilmente identificada, en el imaginario vulgar, como el fracaso de la eticidad frente a la productividad… No se requieren esfuerzos especiales para imaginar el alcance y envergadura del daño que, a los más genuinos y positivos valores humanos y –por su conducto– al comportamiento humano, semejante conclusión acarrea para las generaciones futuras.

La tesis leninista

La tesis leninista acerca de las condiciones límites (objetivas y subjetivas) para la ocurrencia de una revolución social es, en mi modesta opinión, uno de los avances teóricos de mayor alcance que experimentó la sociología en los primeros años del siglo XX, con profundas consecuencias para otras ramas de la antropología.

Se puede inferir con bastante crédito que el pensamiento, conducta, magisterio y acciones de Vladimir Ilich Ulianóv (a. Lenin) relacionados con su teoría revolucionaria, se basaba en los siguientes o similares preceptos (cuya justeza, por cierto, demostró en la práctica):

Sobre la dialéctica de los procesos

0.-) Todo proceso en su dialéctica enfrenta permanentemente diversas coyunturas (ellas son el proceso mismo; el enfrentamiento y superación de esas coyunturas, su dialéctica).

1.-) los elementos del conjunto de salidas (soluciones, en el sentido de outcomes) a toda coyuntura que enfrenta la dialéctica de entes con historia ante cualquier proceso, pueden ser ordenados por sus probabilidades de ocurrencia inmediata (llamo entes con historia aquellos que sean capaces de tomar decisiones dispuestas —o disponibles— en el eje del tiempo y que se encuentren en permanente relación, con variable grado de consciencia, consigo mismo, con entes similares a sí, con el entorno natural y cultural y con la suma compleja de esos mismos elementos);

2.-) dentro de ese conjunto de salidas se pueden distinguir, por el sentido de su dialéctica, dos subconjuntos de elementos:

  •  
    • el subconjunto de salidas cuyo sentido coincide con la dirección previa de la dialéctica del proceso (subconjunto de soluciones revolucionarias);

    • el subconjunto de salidas cuyo sentido se opone a la dirección previa de la dialéctica del proceso (subconjunto de soluciones reaccionarias).

3.-) Dentro de cada uno de esos subconjuntos se distinguen, a su vez, dos subconjuntos de elementos por el valor de la probabilidad de su ocurrencia:

  •  
    • el subconjunto de las salidas “naturalmente realizables”, esto es, aquellas cuya “evidente virtualidad” hace que su probabilidad de realización (índice de factibilidad) sea superior a cualesquiera otras alternativas ante los ojos de la mayoría de los actores interesados, sin esfuerzos especiales;

    • el subconjunto de las salidas “forzadamente realizables”, o sea, aquellas para las cuales el incremento de probabilidad de ocurrencia, hasta hacerlas factibles, requiere la creación activa de condiciones especiales mediante —y en particular— la participación consciente y mancomunada de un grupo suficientemente numeroso de individuos actuantes hacia (y hasta) la consecución del fin propuesto;

Sobre la violencia

4.-) toda superación coyuntural constituye en sí misma la expresión de cierto grado de violencia (esa afirmación es extensible hasta el individuo humano), independientemente del subconjunto de salidas (revolucionaria o reaccionaria) a que pertenezca, porque no hay violencia apreciable solo cuando (idealmente) el fenómeno considerado sigue un curso sin enfrentar coyunturas;

5.-) por el signo del movimiento que provocan, se distinguen, consecuentemente, dos tipos de violencia: la revolucionaria y la reaccionaria;

6.-) respecto a los individuos humanos, la fuente de la violencia social puede encontrarse fuera o dentro de ellos;

7.-) tanto mayor rechazo provoca la violencia en los individuos, cuanto más “externa” (dentro de diferentes estratos de externalidad: personal, familiar inmediata, parental, laboral, social, etc.) sea su fuente originaria, y solo la violencia que ejerce un individuo sobre sí mismo de manera consciente puede ser aceptada por este como la superación de un escalón u obstáculo necesario para su crecimiento y generalmente pasa inadvertida para él;

8.-) las soluciones del subconjunto de salidas “forzadamente realizables” son las que mayor violencia exigen, y el grado de violencia es inversamente proporcional a la probabilidad de ocurrencia natural;

Sobre la calidad y efecto de las decisiones

9.-) solo puede ser calificada de genuinamente revolucionaria la conducta de aquellos actores que, tras haber alcanzado una comprensión cabal de las circunstancias, se esfuerzan por conseguir —dentro del subconjunto de salidas revolucionarias— las salidas “posibles menos probables” antes de esperar por la ocurrencia de lo “probable de sí mismo factible” (mientras menos probable es una opción más revolucionaria resulta). Dicho en términos actuales, tanto más revolucionaria es una conducta cuanto más información porte su realización.

10.-) La aceleración que reciba el proceso es inversamente proporcional a la probabilidad de ocurrencia de la salida considerada, independientemente de cuál sea el subconjunto a que ella pertenezca, de acuerdo al sentido de su dialéctica. (Mientras más revolucionaria, o reaccionaria, sea la solución considerada mayor aceleración, o desaceleración, recibe el proceso en cuestión.)

{Habría que agregar que, desde el punto de vista expuesto, la “actitud revolucionaria”, asociada a la elección de salidas menos probables del subconjunto de soluciones cuyo sentido coincide con la dirección previa del proceso, no solo no es descabellada (intempestiva, irracional, absurda, desatinada, desordenada, etc.), sino que constituye una muestra fehaciente de amplitud de miras, capacidad de comprensión profunda y crecimiento humano.

(En particular, la actitud revolucionaria exige un claro entendimiento de estas dos tesis:

1.- de Hegel — "Todo lo racional es real; todo lo real es racional.” [Was vernünftig ist, das ist Wirklich; und was wirklich ist, das ist vernünftig.];

2.- de Marx — “La humanidad, por tanto, solo se propone aquellas tareas que ya está en condiciones de resolver, puesto que —bien miradas las cosas— siempre encontraremos que la propia tarea surge únicamente cuando ya existen o están al menos en proceso de formación las condiciones materiales necesarias para su solución”.

Ya que ellas testimonian la existencia de algún grado de factibilidad a cualquier salida del mencionado conjunto de soluciones coyunturales, bajo la única condición de que esa salida sea racionalizable. Es claro además que tanto más “lejos” un individuo “verá”, condición previa a cualquier racionalización, mientras mayores sean su desarrollo cultural, sus conocimientos y su experiencia.)}

En resumen, Lenin y sus seguidores interpretaron correctamente la situación creada y forzaron los hechos hasta límites extremos pero reales de ocurrencia, a fin de conseguir las factualización de sus propósitos, esto es, la aceleración de la caída del sistema capitalista atrasado que regía los destinos del imperio de los zares rusos.

[Tarea muy diferente —a la postre imposible— resultó la construcción de un nuevo sistema, anteriormente desconocido en la historia humana, sobre (con y desde) las ruinas del destrozado.]

La dialéctica de la sociedad

Marx acertadamente identifica el instante en que las contradicciones existentes entre el modo de producción y las relaciones de producción resultan insalvables y entran en crisis definitiva como el momento histórico en que una forma de producción queda agotada (caduca) y salta por los aires para dar lugar a una nueva forma de producción.

Así, en el Prefacio a la Contribución a la Crítica de la Economía Política, escrito por Marx en 1859 [Zur Kritik der Politischen Ökonomie. Vorwort, 1859], leemos: “Al llegar a una fase de su desarrollo, las fuerzas de producción material de la sociedad entran en conflicto con las relaciones de producción existentes, o —lo que no es sino su expresión jurídica— con las relaciones de propiedad dentro de las que se han desarrollado hasta entonces.”

En ese texto Marx revela en síntesis el mecanismo que explica las modificaciones que han observado espontáneamente (a partir de fuerzas internas) las estructuras adoptadas por las sociedades humanas (europeas), según testimonia la historia de esas estructuras, razón por la cual —aceptado el lenguaje categorial del autor— es del todo imposible oponerse a la justeza de esos asertos sin faltar a la verdad históricamente verificable.

Sin embargo, surge una interrogante relacionada con las palabras subrayadas del párrafo del texto de Marx apuntado, a saber: ¿por qué habrían de agudizarse paulatinamente las contradicciones entre las fuerzas de producción y las relaciones de propiedad hasta alcanzar “cierta fase de su desarrollo”?, esto es, ¿qué hace que las fuerzas productivas “se modifiquen, en su desarrollo, de una fase a otra diferente”?, ¿de qué desarrollo estamos hablando?, ¿respecto a qué [paradigma, sistema referencial] se puede constatar esa modificación o desarrollo? Esas palabras evidencian que K. Marx otorgaba algún grado de independencia, dialécticamente compleja, a la subjetividad de los seres humanos que perciben las condiciones objetivas de la sociedad respecto a esas mismas condiciones objetivas, toda vez que, parece evidente, las referidas contradicciones nunca se agudizarían (o sea, permanecerían estables) si, en última instancia, su dialéctica (y con ellas las de la sociedad toda) no dependiera en algún grado de —o guardara íntima relación con— peculiaridades no sometibles por ningún medio de los miembros que la componen, vale decir, peculiaridades genéticas culturalmente potenciadas.

Dicho en otros términos, la historia de la humanidad ha demostrado que no existe ninguna posibilidad de doblegar definitivamente el espíritu humano, ni medio alguno para conseguirlo, pues, a pesar de la enorme plasticidad del psiquismo humano, no es posible convertir seres humanos, no manipulados genéticamente antes de nacer, en “esclavos continuamente felices de su estatus”, independientemente del tiempo que hayan sido sometidos a vasallaje, ni del grado de terror que enfrenten en ese régimen, ni del adoctrinamiento que reciban: en condiciones de subordinación extrema, las personas, a lo sumo, están únicamente en condiciones de expresar mínimos y aislados estados de adaptación, más o menos prolongados.

De este modo, cualquier estructura social no solo constituye un reflejo de las relaciones de producción, razón por la cual recibe el escrutinio constante de quienes detentan el poder y la persistente censura de quienes lo padecen, sino que ella se ve permanentemente confrontada por sus miembros, pertenezcan o no a la elite, con ciertas expectativas y exigencias de su psiquismo, de lo contrario, ¿por qué habría de llegar el momento en que “los de abajo no pueden vivir como antes” y “los de arriba no pueden gobernar como en el pasado”?

De hecho, según demuestra la historia y señala Marx (“Al llegar a una fase de su desarrollo […]&rdquoGui?o, se requiere cierto tiempo para que, por acumulación de experiencias, las personas de diferentes generaciones se percaten de cuál es el índice de satisfacción (insatisfacción) que la sociedad creada brinda a las mencionadas “expectativas y exigencias” y se decidan a modificarla convenientemente, como si cada nueva generación timada consumiera el margen de engaño que le correspondiere hasta el agotamiento final del embuste.

Tal vez dentro del cuadro expuesto, el tema más espinoso sea el de las “expectativas y exigencias” del psiquismo humano. Especialmente polémica diríase la cuestión pertinente a cuáles de esas exigencias son congénitas del individuo y cuáles de ellas son de origen cultural.

A pesar de las innegables dificultades existentes hoy por hoy para establecer patrones teóricos en este sentido, los descubrimientos más recientes de las neurociencias nos acercan al momento de validar ciertas especulaciones productivas. Por ejemplo, la sola existencia de las llamadas neuronas-espejo fundamentan suficientemente la presunción de que los individuos humanos somos congénitamente empáticos —algo a lo que apunta con mucha fuerza la sociabilidad no elegible de nuestra viabilidad en edades tempranas—, y es de esperar que la ulterior profundización de su estudio revele eventualmente los mecanismos complejos de la cognición y el aprendizaje. En otras palabras, tal como —por ejemplo— nacemos acompañados por la capacidad potencial de adquirir (usar, desarrollar) lenguajes signo-simbólicos complejos, los seres humanos poseemos una disposición ínsita a la socialización, a la adquisición de conocimientos y —en virtud de la recreación que hacemos del hábitat— a la libertad.

Por todo lo anterior, parece sensato adelantar la idea de que: 1.-) cada una de las formaciones económico-sociales genera de sí, ante sus pares de actores antagónicos, su propio paradigma, esto es, un conjunto interrelacionado y dinámico más o menos consensuado, impuesto y aceptado (aunque sometido rigurosamente al dictamen de la clase dominante como moralmente deseable, históricamente necesario y circunstancialmente posible) de metas, sueños, aspiraciones, ciencias, creencias, y similares, así como —lo que es muchísimo más relevante— las vías supuestamente disponibles a cada quien para alcanzarlo; 2.) es contra ese paradigma social que cada individuo confronta su situación en la estructura social, respecto de la satisfacción (insatisfacción) de sus exigencias psíquicas ingénitas.

(No es ocioso señalar que —sea subrayado— los paradigmas, en calidad de motivaciones asumidas, constituyen la principal fuerza que permite la reproducción de la sociedad.)

A ese tenor, diríase atinado afirmar, por ejemplo, que la dialéctica de las sociedades ha seguido un camino hacia una acentuación del reconocimiento de la igualdad esencial de los seres humanos, misma que nunca ha sido plenamente realizada en la praxis, sino que —salvo en los cuerpos religiosos, la moral oficialista, las aproximaciones teórico-legislativas, la ética académica y quizás en el contexto cerrado de familias y personas aisladas— ha quedado como enunciado formal, desiderátum utópico, entelequia representativa, virtualidad onírica castrada de todo vigor, puesto que todas las sociedades sin excepción no solo han sido estructuradas jerárquicamente sobre la base de las diferencias funcionales (reflejo de la suma compuesta de diferencias fenotípicas circunstanciadas y eventos históricos interpretados) de los seres humanos que las componen —algo necesario en sí mismo y posiblemente virtuoso—, sino que las jerarquías sociales derivadas han subsumido (permeado, inundado y absorbido) todos los ámbitos de la vida civil y se han visto consecuentemente consagradas en ella.

Sin embargo, probablemente la institucionalización de esa identidad esencial (más que de la igualdad a secas) de los seres humanos en el nuevo régimen, cuya observancia irrestricta parecería conducir indefectiblemente al respeto de la diversidad y singularidad de las individualidades, habría constituido —riesgos asumidos— un atractor suficientemente poderoso y fecundo como para: 1.-) otorgar viabilidad al sistema mediante la incorporación efectiva, en calidad de protagonistas, de grandes masas de personas a su diseño y construcción; 2.-) generar de sí un nuevo paradigma socialista, basado en una ética derivada de las peculiaridades ingénitas del psiquismo humano, conducente a satisfacer con la mayor plenitud posible las demandas vivenciales y existenciales, epocalmente consideradas, de sus ciudadanos, a fin de que cada uno esté en condiciones de: 2.1.-) elegir circunstanciadamente el sentido de su existencia; 2.2.-) realizarlo.

Estoy diciendo que la causa principal de la caída de la URSS se debió a que los habitantes del nuevo estado nunca fueron inducidos a plantearse (ni lo hicieron) ese nuevo paradigma: en los países de socialismo irreal, la principal aspiración existencial de las personas comunes consistía, como ocurría en los regímenes precedentes, en vivir como el estrato representante y detentador del poder.

Quizás una de las interrogantes más perturbadoras gire en torno de las posibilidades reales con que contaban los hacedores directos de aquella gesta para cumplir la enorme tarea histórica consistente no tanto en destruir el viejo régimen como en construir uno nuevo.

Supongo que, en primer lugar, los individuos preeminentes y responsables debían haber desarrollado, como entorno hospedero del nuevo paradigma, un fuerte sentido de historicidad, o sea, aquella comprensión del devenir humano, adquirido mediante el conocimiento vivo de las culturas que en la Tierra son y han sido, que ofrece al poseedor una visión perspectiva de la historia humana, en la cual su propia vida individual es vista como un episodio asociado a una cadena de hechos que le trascienden y le permite actuar conscientemente y en consonancia con ellos, sobre la base de la comprensión cabal de que:

a) Todos los homii sapiens sapiens somos esencialmente idénticos; nuestras diferencias son solo fenotípicas y todos, consecuentemente, desde nuestras inevitables mortalidad e intrascendencia cosmogónica, somos solo en la historia causales y efectivos, cualquiera que sea el nivel de esa “historia”, por lo que solo en ella podemos realizarnos vale decir, hacer real nuestra virtualidad;

b) toda construcción social es pasajera;

c) los comportamientos humanos individualmente considerados dependen mucho más de las circunstancias sociales en que se desarrolla el individuo en cuestión que del conjunto de cualidades de que esté atribuido (hayan sido genéticamente potenciadas o no estas cualidades);

d) todos los eventos, fenómenos y situaciones sociales que ocurren, sin excepción, tienen causas históricas, esto es, causas que se encuentran en eventos, fenómenos y situaciones sociales anteriores.

e) no existe un sentido apriorístico trascendental para la vida humana: cada individuo humano es un fin en sí mismo.

(Es comprensible, por otra parte, que la creación de semejante contexto ideológico es tarea de cumplimiento gradual. Primeramente, porque los líderes de aquellos eventos estaban seguramente ocupados en disímiles tareas inmediatas, de cumplimiento impostergable. En segundo lugar, porque esa es una perspectiva a la que solo se llega culturalmente. Nosotros hoy, en virtud de sus fracasos, tenemos el privilegio de avizorar fenómenos que a ellos les resultaban invisibles.)

Una visión como esa no evitaría obligatoriamente la sana “selección funcional”, imprescindible en toda sociedad, concerniente con todos los asuntos de los cuadros o “personal responsable”, incluyendo su proyección y desempeño, pero presumiblemente originaría de sí al menos tres corrientes sociales, íntimamente inter-vinculadas, relacionadas con la democracia general participativa, el respeto irrestricto a la vida, el planteamiento y solución del problema humano, todo lo cual —asociado como está a las inquietudes básicas de los humanos— podría constituir preguntas fuertes para la izquierda ilustrada en su perfeccionamiento.

De eso se trata. ¿O no?

 

 


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