Lunes, 27 de julio de 2009



Un entrañable amigo marroquí me explicó hace muchos años un pensamiento que todavía recuerdo con interés. Decía Abdulab, en su pequeño piso de Lavapiés, que las personas nacíamos completamente libres y con una capacidad de comprensión ilimitada hacia lo nuevo o lo ajeno, siendo la religión, la educación, las normas sociales, el dinero y la represión responsables de que esas maravillosas cualidades se fuesen achicando hasta convertirnos en seres completamente socializados y dóciles que olvidan quienes y qué fueron cuando jóvenes.

Hoy he recordado aquella conversación con Abdulab al oír por quincuagésima vez que los jóvenes de ahora son peores que los de antes, que las encuestas dicen que sólo les interesa el presente, el disfrute de los placeres inmediatos, que atosigan a los profesores, a sus padres y muestran pautas de comportamiento incívicas, que no leen y huyen de cualquier compromiso que no les depare un beneficio rápido, que no tienen apego alguno por los valores democráticos ni por las libertades públicas, que son, en definitiva, indolentes, dañinos y, en muchos casos, violentos. Y he pensado que yo también fui joven, adolescente, tal vez niño, y he intentado recordar como fui y que hice cuando aquello, y me he visto frente al espejo escondido en el desván de la memoria entre mil baúles, entre mil armarios de ropa vieja, entre mil juguetes rotos de los que apenas queda nada. He extraído una fotografía de carné del Instituto, la he mirado y he contemplado como otra persona se ha apoderado de aquel. Pero, pese a la fragilidad de mi memoria y a los velos que la enturbian, he recordado algunas cosas. Y, sí, fui un adolescente, un joven, quizá un niño, que acudía a la escuela, al instituto en una época oscura, que contempló las tremendas putadas que los “veteranos” gastaban a los novatos entre risas del profesorado, que vio –en tiempos en que por no levantarte del asiento cuando entraba el maestro te arriesgabas a perder los dientes- como le metían una serpiente de dos metros en el cajón de las tizas a una profesora cascarrabias y buena, que vivió, impávido, el abuso de los fuertes sobre los que no lo parecían, el escarnio continuado y cruel, que guerreó a pedrada limpia con sus compañeros, que rompió cristales y bombillas con un tirachinas de palo, no por rebeldía sino porque era lo que hacían los machos, lo que divertía.

Sí, el espejo devuelve imágenes. Unos padres castrados por el régimen dedicados a trabajar y callar. Temas, palabras, gestos prohibidos, algunas hostias. Miedo a nombrar lo que todos sabían, a recordar, a educar, a mantener, siquiera en el seno familiar, la memoria de la infamia. Imitando para ser hombres, bebíamos y fumábamos desde los 11 o 12 años. También a la droga llegamos. Muchos la dejamos a tiempo: Más de quince amigos y conocidos murieron por su culpa entre 1976 y 1984, ¡y era un pueblo, un pueblo agrícola! Harto de palos, he visto a un alumno rezagado de metro setenta abofetear al profesor que rompía ramas de olivo, hasta cansarse, en las espaldas de los que no sabían. Rallar coches sin dejar rastro del color primitivo, abandonar en grupo el aula, pese a los gritos y amenazas del tutor, para ir a jugar al “chinche monete”. ¿Expulsados? Por supuesto, ¿y qué? Más prestigio. Ignorantes de casi todo, fuimos los encargados de educar a quienes hoy van a la escuela o al instituto.

He visto, contemplado, oído y sentido como fue mi generación a los trece, quince, veinte –la que hoy tiene en torno a cuarenta y cinco años-, en algunas cosas participé, de otras me abstuve, en casi todas estuve presente. Niñas pocas, no se podía, estaban en otra galaxia, distantes. Ya se encargaban los curas de alejarnos del pecado. ¿Estudiantes sobresalientes? Muchos menos que hoy. No era “masculino”. En aulas con cincuenta chavales ni la represión feroz funcionaba, siempre quedaba la esperanza de no volver o de que te echaran para siempre. ¿Había maldad? Ninguna, la risa era la rebeldía.

Hoy, parece que todos fuimos niñitos encantadores entregados a la obediencia y al estudio, nadie quiere recordar lo que fue ni lo que hizo. Pero el pasado no se borra ignorándolo. Los adolescentes, los jóvenes de hoy –generalizar, que cosa más odiosa- serán apolíticos, gamberros, indisciplinados, hedonistas o ligeros de cascos, nunca más que lo fuimos los de mi generación o los de la anterior a la mía. Basta ya de estigmatizar, sólo una parte de quienes han sido mimados enfermizamente o de quienes se han criado en la marginación, cuestiones muy diferentes, son conflictivos y deberán –ellos, sus padres y sus educadores- recibir el tratamiento pedagógico adecuado para su recuperación, el resto, que son la mayoría, forman parte de la mejor generación de jóvenes capitalistas de nuestra historia. No podemos olvidar que el sistema en que vivimos, o sea el capitalismo, tiene mecanismos de embrutecimiento de tal calibre –en primer lugar, mucho más que internet, la televisión- que es casi imposible que las nuevas generaciones puedan salir libres de sus garras. Individualismo salvaje, sálvese quién pueda, resignación, abulia, desinterés por lo del común, incluso rechazo, falta de espíritu crítico, insolidaridad y mansedumbre son los valores que difunden impunemente los grandes medios de comunicación capitalista desde hace décadas: Que nadie espere milagros, querían tener jóvenes que sirvieran eficazmente al sistema, jóvenes preparados dispuestos a llegar a lo más alto como fuese y por encima de quien fuese o lo que fuese. Ahí los tienen, dispuestos a ocupar los puestos de gestión más importantes, a expulsar a miles de trabajadores, a hacer cada día más difícil la vida a sus semejantes, a crear campos de marginación cada día más extensos. ¿Por qué? Porque se lo han ganado con su esfuerzo, porque han cumplido a rajatabla con el catecismo del mercado, porque el mercado, como no podía ser de otra forma, si paga a traidores, porque el capitalismo no podría vivir sin ellos.

Hemos montado una gigantesca fábrica de cretinos -cretinos ingenieros, cretinos médicos, cretinos economistas, cretinos informáticos, cretinos periodistas, cretinos intelectuales, cretinos obreros, pobres cretinos- y los hemos encumbrado a la dirección general de la cosa pública y privada. Son jóvenes en su mayoría, con pocos escrúpulos como exige el canon, pero ándense con cuidado, cada vez llega menos gente a la cima y a los niveles medios de la montaña, dentro de poco esos campos cada vez más poblados de marginados que están creando, tendrán que convertirlos en campos de concentración, con sus alambradas, sus focos y sus barridos de ametralladora. No, los jóvenes de hoy no son, ni mucho menos, los peores de nuestra historia, de entre los jóvenes de hoy, como antaño pero con más especialización y medios, salen los mejores servidores que el capitalismo ha tenido nunca, los excelentes. Mientras, el resto, la masa, los más, se humillan y se venden por 600 euros al mes y dando las gracias. ¿Se puede pedir más?

Cualquier parecido con el siguiente escrito de Ricardo Mella Cea debe ser mera coincidencia.

Los que imperan.



A medida que adquiere el burguesismo su pleno desenvolvimiento, se acrecienta el imperio de los mediocres.

En todos los órdenes de cosas triunfan las medias tintas, lo indefinido, lo anodino. En el de las ideas, las mayores

probabilidades de éxito corresponden a los que carecen de ellas. En el de los negocios y el trabajo, a los que,

ignorándolo todo, parecen saber todo. El fenómeno es fácilmente explicable.



La burguesía se ha dado buenas trazas para que todas las actividades y capacidades sociales concurran a la caza

de la peseta. Ha sentado como axioma que para ser buen comerciante es un estorbo la abundancia de conocimientos. Ha reducido a máquinas de trabajo a los productores. Ha convertido en sirvientes a los artistas y a los hombres de ciencia. Ha suprimido al hombre y sustituido por el muñeco automatíco. El resultado ha sido fatalmente la multiplicación de las nulidades con dinero. Dentro de poco gobernaran los imbéciles.

El triunfo es totalmente suyo. La fatuidad de estos horrendos burgueses que llenan la via pública con su prosopopeya y su abultado vientre, la soberbia de estos burdos mercachifles que apestan a grasas y flatulencias; el ridículo orgullo de estos sapos repugnantes que graznan con tono enfático, son las tres firmes columnas de la mediocridad vencedora.

Por donde quiera, el hombre inteligente, el artista, el estudioso, el sabio, el inventor, el laborioso, tropiezan

indefectiblemente esas moles de carne de cerdo con atavio de persona. Son la valla que cierra el paso a toda labor creadora, a toda empresa de progreso, a todo intento de innovación. Para la burguesía es pecaminoso pensar alto, sentir hondo y hablar recio. No hay derecho a ser persona.

Serviles de nacimiento, no transigen con quien no se someta a su servidumbre. Poco a poco van poniendo a todo el mundo bajo el rasero de su misera mentalidad y así dirigen la industria gentes ineptas; gobiernan el trabajo hombres inhábiles; está en manos de los más incapaces la función distributiva de las riquezas; de los torpes, la administración de los intereses. Sobre todo esto se levanta la categoría privilegiada de los holgazanes avisado que maneja el cotarro público.

Si algún hombre de verdadero valor alcanza la cumbre, allá arriba se degrada, se envilece y claudica. Prontamente va a engrosas el numeroso ejército de la mediocridad triunfante.

No se pregunta a nadie cuánto sabe y para qué sirve cuanto tiene en dinero o en flexibilidad de espinazo.

Poseer o doblarse bastante para poseer; he ahí todo. Con semejante moral los resultados son, en absoluto,

contrarios al desarrollo de la inteligencia y de la actividad.

Por debajo de la aparatosa fachada del progreso y de la civilización, bulle la ignorancia osada, dueña y señora de los destinos del mundo.

Con semejante moral se convierten en estridencias de pésimo gusto, las más sencillas verdades proclamadas en alta voz. Cualesguiera idealismos, aspiraciones o generosas demandas, son traducidas por la turba adinerada como delirios insanos cuando no como criminales intentos.

. La locura y la delincuencia empiezan donde acaba la vulgaridad y la remploneria del burgues endiosado.

El imperio de los mediocres acabará con el vencimiento de la burguesía. Entre tanto será inútil disputarse el domino del mundo.

(«EL LIBERTARIO», núm. 20. Gijón, 21 Diciembre 1912

Tags: Angosto, Rebelión, religión, adolescente, memoria, imperio, Ricardo Mella

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