Mi?rcoles, 29 de julio de 2009

que sería indigno y mal negocio; tercero, que no debemos dejárselas a los filipinos, que no están preparados para auto-gobernarse y pronto sufrirían peor desorden y anarquía que en tiempos de España; y cuarto, que no tenemos más alternativa que recoger a todos los filipinos y educarlos y elevarlos y civilizarlos y cristianizarlos, y por la gracia de Dios hacer todo lo que podamos por ellos, como prójimos por quienes Cristo también murió. Y entonces, volví a la cama y dormí profundamente”.

Además de ser el pueblo elegido de Dios (con permiso de Israel), también cuentan para su gloria con la encomienda del mundo en la garantía de la paz. La defensa del orden internacional y de la paz mundial la llevan a efecto por encima, incluso, de sus defendidos. “Como americanos sabemos que hay veces en que debemos dar un paso al frente y aceptar nuestra responsabilidad de dirigir al mundo, lejos del caos oscuro de los dictadores. Somos la única nación en este planeta capaz de aglutinar a las fuerzas de la paz”. Lo decía George Bush antes de invadir Iraq en los 90.

En relación al terrorismo” Delano Roosevelt sentó cátedra con su definición del problema, cuando periodistas le cuestionaban por los crímenes de Somoza en Nicaragua: “Sí, Somoza es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.

Esa es la razón por la que más de medio siglo después es puesto en libertad en Estados Unidos un terrorista como Posada Carriles, por citar un caso, mientras siguen condenados a cadena perpetua los cinco cubanos acusados de prevenir el terror.

Louis Caldera, secretario técnico de los Estados Unidos, tras verse obligado a cerrar hace diez años la Escuela de las Américas para abrir en su lugar el Instituto del Hemisferio Occidental para la Cooperación de Seguridad, eufemismo con el que se sigue conociendo la factoría de dictadores que Estados Unidos tiene para su “región” y que Robert McNamara, ex ministro de Defensa, recientemente fallecido, aplaudiera en el pasado por su papel como forjadora de los líderes del futuro”, alegó en defensa del cuestionado historial de los graduandos de la escuela que, lamentablemente, entre tantos eméritos combatientes por la causa de la democracia en el mundo… siempre se cuelan algunos granujas”, o lo que es lo mismo, si me atengo a los sinónimos que ofrece el diccionario, que Pinochet fue un pilluelo y el mayor salvadoreño D´Abuisson un pícaro.

Otros ni siquiera se molestaron en buscar adjetivos más discretos. A los mercenarios asesinos que sembraron el terror en la década de los ochenta en el norte y sur de Nicaragua, Ronald Reagan los definía como “paladines de la libertad”.

Y algunos años antes, el secretario de Estado Cordell Hull, interpretando el sentir de su gobierno, se atrevió a decir del dictador dominicano Trujillo que “es uno de los más grandes hombres de América Central y de la mayor parte de Sudamérica”. Es obvio que si no se decidió a catalogarlo como el más grande sólo se debió a la feroz competencia de los Somoza, los Duvalier y otras especies.

Si de semejante manera se han referido siempre a sus “combatientes por la libertad” como George Bush llamaba a los talibanes cuando despanzurraban rusos, nada de particular puede tener su concepto de paz.

George Bush, la anhelaba la víspera de iniciar los bombardeos sobre Iraq: “Como ya he dicho a menudo, nosotros no deseábamos la guerra, pero todos conocemos ese versículo del Eclesiastés que dice que hay un tiempo para la paz y un tiempo para la guerra”. A Bush, naturalmente, le correspondía la gracia de decidir el tiempo.

Entre las muchas citas posibles en relación a la paz y a pesar de los aportes de la familia Bush, me quedo con estas dos: “Ningún triunfo es tan grandioso como el supremo triunfo de la guerra” del premio nóbel de la paz y presidente estadounidense Teddy D.Roosvelt; y la más reciente, del ex secretario de Defensa, Donald Rumsfeld: "Mejor que una palabra es esgrimir una palabra y un revólver.”

Por muy costoso que le resulte al mundo cubrir la demanda de psiquiatras que tienen los Estados Unidos, siempre será preferible donarles ese servicio a tener que estar pagando los honorarios de los tantos traumatólogos y cirujanos que provocan sus imperiales efectos.

Claro que tampoco entonces terminarían las carencias de los Estados Unidos porque, igualmente, precisan economistas que puedan devolver las esperanzas de una vida mejor a millones de ciudadanos que viven miserablemente, sin empleo, salud ni futuro; y de sociólogos que puedan ayudar a la población a identificar sus problemas, a reconocer sus causas, a buscarles solución; y de maestros y educadores que puedan compensar las notables lagunas de su población y sus autoridades; y hasta es posible que, contradiciendo al propio Bill Gates que no parece ser de la opinión de que Estados Unidos necesite gente torpe, bruta, tosca, poco o nada inteligente, también sigan necesitándose inmigrantes que siembren, que construyan, que transporten, que frieguen, que levanten, que laven, que conduzcan, que limpien, que barran, que combatan y mueran por el país en sus múltiples y humanitarias guerras, aunque no por ello se ganen su derecho a ser considerados ciudadanos, menos aún, gente inteligente.

Bibliografía:

- Memorias del Fuergo, E. Galeano.

- Cronopiando, Koldo Campos Sagaseta



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Tags: Rebelión, Bill Gates, guerra mundial, insectos, elecciones, guión, ruta

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