Jueves, 30 de julio de 2009
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El lunes 20 de julio, día del amigo, salió en Página 12 un artículo de Abelardo Vitale y María Esperanza Casullo, bajo el sugerente título “El futuro del kirchnerismo: ni afuera, ni solos“.

El escrito, de notable concisión a la hora de explicar tanto la etapa ascendente del kirchnerismo como su actual encrucijada, perdía, a mi juicio, cierta precisión a la hora de pensar las perspectivas futuras. Como su discusión en profundidad podría alumbrar elementos no dichos, intentaré mostrar a qué me refiero.

Los autores sostienen que el mérito de la articulación política del kirchnerismo residió, esencialmente, en la destreza con que logró “solapar por primera vez desde 1983 partes importantes de los círculos peronistas y progresistas detrás de una agenda de políticas comunes. Orientando al peronismo hacia políticas progresistas por vez primera en décadas y orientando al progresismo hacia la gestión concreta también en décadas.”

Para los autores, “los círculos peronistas y progresistas fueron, desde 1983 hasta 2003, circunferencias absolutamente tangentes. El liderazgo alfonsinista atrajo casi unánimemente al progresismo durante su gobierno, pero enfrentó la resistencia activa del peronismo. Durante el menemismo, todo el arco progresista fraguó en su oposición absoluta al gobierno peronista. Y, a pesar de las raíces peronistas de la mayoría de los líderes del Frepaso, la capacidad de atraer votos peronistas al frustrado gobierno de la Alianza resultó cuasi nula.”

Más allá de alguna disidencia de caracterización, ciertamente comparto esta percepción general, con una salvedad: el kircherismo nunca resolvió el dilema de cómo sostener en el tiempo las identidades convergentes en su etapa de ascenso. En una palabra, nunca construyó “kirchnerismo”: antes bien, se agotó en fórmulas de convivencia que durarían lo mismo que el capital político alcanzado en torno a 2004 – 2005.

El declive del kirchnerismo, explicado por los autores como el resultado de la deriva y creciente oposición entre los actores originarios -peronismo tradicional, progresismo no peronista, y por último, la cuestionable entelequia “kirchnerismo no peronista ni progresista”-, también podría ser comprendido, entonces, como el producto de una imposibilidad, o, si se prefiere, el sonoro fracaso de la voluntad -esto es, asumiendo que existía previamente la voluntad de realizar una construcción política distinta-.

Y aquí comienza un segundo nudo de problemas, relacionados esencialmente con la praxis de gobierno. Pues no era posible sustentar políticamente la experiencia kirchnerista, ajustarla a su relato, sin profundizar en ciertos aspectos de su gestión que permitiesen alumbrar un sujeto social en condiciones fácticas de defenderla, encarnarla y apropiarse de ella. Y esa gestión, como señalan Novaro y Bonvecchi, incluía una agenda de gobierno que nunca fue encarada.

Por eso, si bien coincido con MEC y Mendieta en la necesidad de una nueva agenda que dé cuenta de esa inconsistencia -por ejemplo, a través de políticas sociales universales, algo que hemos reclamado largamente-, me cuesta más imaginar una experiencia política que la encarne en lo inmediato, de fracasar la que está en curso.

Cuando, en un tono didáctico, los autores señalan, refiriéndose a la eventualidad de una fuerza de base peronista y conducción progresista, que “las voces que ahora dicen que “todo lo que toca el peronismo lo contamina” y que, por lo tanto, cualquier coalición debería ser enteramente no peronista están ignorando que, por un lado, en su momento y aún también ahora, hay sectores importantes dentro del peronismo que sienten que una agenda progresista es su propia agenda, que se han jugado por un proyecto político que sentían suyo y que siguen estando disponibles para una coalición orientada por políticas y no por liderazgos personales”, cabe remarcar que esos “sectores” no están “disponibles” -qué germaniano que suena esto- para cualquier agenda o conducción política. Esos “sectores” tienen experiencias concretas, pertenencias sociales y culturales, encuadramientos políticos, y un determinado nivel de conciencia que no necesariamente es compatible en el tiempo con los proyectos progresistas realmente existentes.

Lo mismo vale para la admonición contraria, a saber, que “al mismo tiempo, la renuncia voluntaria a dar una disputa en estos términos terminaría entregando al peronismo institucional a un proyecto liderado por los sectores más identificados con un renovado liderazgo empresario y antipopular. Esto es justamente lo que ellos quieren, ya que esta es la fórmula que tan bien funcionó durante los años noventa.”

De nuevo, no necesariamente es el caso. Ni el peronismo alineado con Kirchner ha de virar necesariamente hacia un poskirchnerismo de tinte progresista, ni la negativa a una confluencia de ese tipo implicaría necesariamente un retorno a los noventa.

Creo que aquí el problema es de orden metodológico: se analiza quirúrgicamente la voluntad de los “sectores” ideológicamente identificados con determinada conducta electoral de orden coyuntural -sobrevalorando, a su vez, la perdurabilidad de lo electoral en el mapa político contemporáneo, algo especialmente problemático en tiempos “líquidos” como los que nos toca vivir-, pero no se caracteriza al sujeto o a los sujetos sociales aludidos en términos estructurales, y por ende, se juzga la conducta del electorado reduciéndola a la perspectiva de los liderazgos institucionales presentes.

No vengo a proponer el mero retorno a un análisis de clase o algo por el estilo, pero es indudable que existe un contenido social en el voto -caso contrario, difícilmente pueda explicarse la diferencia de performance electoral del kirchnerismo en los primeros dos cordones del conurbano respecto del interior de la PBA-. Y ese contenido social se relaciona, a su vez, con las políticas en juego. ¿O es casual que el gobierno, a la vista de su política social, mantenga el apoyo de los trabajadores sindicalizados, pero haya perdido parte del apoyo de los sectores más carenciados, castigados por la inflación, el desempleo o empleo informal y la pobreza? ¿Es casual, también, que el sujeto político saliente de la Argentina posterior al conflicto agropecuario sea uno de tipo rural, con asiento en los interiores de la región pampeana, bastión electoral del kirchnerismo en 2007?

Difícilmente sea el caso. De todos modos, es ya sumamente complejo enunciar estas cuestiones, como para pretender de los autores un desarrollo exhaustivo en un espacio limitado.

Lo cierto es que el kirchnerismo, en tanto gobierno, nunca construyó kirchnerismo en tanto fuerza política, algo que sólo podría haber encarado pensando la dimensión social de su mandato con otra mirada, alejada de las estrechas perspectivas neodesarrollistas que tantas veces le hemos criticado. Del mismo modo, tampoco mostró vocación alguna por fortalecer los mecanismos de participación de los grupos sociales más identificados con su gestión. Porque los sujetos no existen a priori, sino que surgen del magma del devenir histórico. Y el kirchnerismo, en tanto gobierno, no supo o no quiso tomar en cuenta ni la dimensión social de la economía, ni la dimensión política de lo social. Cuando lo hizo, la resolución fue tan mala, que terminó alumbrando el germen de su propia impugnación. Y esa lección, que relaciona las imposibilidades políticas con las restricciones estructurales, económicas, sociales y culturales, me resulta notablemente más relevante.

http://ezequielmeler.wordpress.com/2009/07/21/a-proposito-del-futuro-politico-del-kirchnerismo/



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Tags: Rebelión, Meler, Kirchner, peronistas, etapa, experiencia

Publicado por blasapisguncuevas @ 17:18  | Argentina
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