Martes, 04 de agosto de 2009

REPORTAJE HISTÓRICO 

Fuente: http://www.uce.es/DEVERDAD/ARCHIVO_2001/09_01/24_bahia.html

40 años de la invasión de Bahía de Cochinos

Apenas 48 horas después de fracasada la invasión de Bahía de Cochinos, el embajador norteamericano en la ONU seguía negando reiterada y tajantemente, ante la incredulidad y la irritación del resto del mundo, que su Gobierno hubiera tenido «la más mínima participación» en el intento de invasión. 40 años después, la desclasificación parcial de los informes secretos de la CIA, que documentan paso a paso los preparativos, el desembarco y las reacciones de la Casa Blanca y el alto mando de los servicios secretos norteamericanos, ilustran hasta el más mínimo detalle cómo EE UU organizó, armo, adiestro, financió y adoctrinó a los 1.200 mercenarios anticastristas que participaron en el intento de invasión. Lo que entonces había que negar y ocultar, hoy, 40 años después, se hace público con todo lujo de detalles. E incluso, más allá todavía, es presentado por la mayoría de los medios de comunicación de todo el planeta como algo «normal»: nadie lo denuncia, nadie se escandaliza; se relata como un hecho histórico «habitual» que una superpotencia organice la invasión de un pequeño país de apenas 11 millones de habitantes. ¿Qué grado de sumisión al hegemonismo se necesita para admitir esto como un simple acontencimiento histórico, como el que rememora la primera llegada masiva de turistas a España o la final de una copa del mundo? ¿Se puede hoy, 40 años años después de Bahía de Cochinos, permanecer insensible o relatar con «imparcialidad objetiva» lo que significaron aquellos acontecimientos? ¿Cuántos Bahías de Cochinos no se han perpetrado desde entonces? ¿Cuántos no se estarán tramando y organizando ahora mismo?

La «normalidad» de una invasión

Un simple recorrido por algunos de los detalles del plan orquestado por la CIA para acabar con la revolución cubana y que desembocó en el desembarco de bahía de Cochinos provoca todavía hoy la indignación a cualquier persona dotada de un mínimo de sensibilidad democrática. El objetivo principal establecido por la CIA en el plan era organizar una cabeza de playa en la Ciénaga de Zapata, en la que se establecería un Gobierno provisional que había sido elegido en Miami por la CIA. La única función prevista en el plan para este Gobierno provisional era reclamar «de inmediato la ayuda militar de EE UU para abolir la tiranía comunista de Castro».

Los 1.200 voluntarios reclutados por la CIA entre los anticastristas exilados de Florida habían recibido instrucción en Guantánamo. 25 oficiales norteamericanos se dedicaron a formarlos como artilleros, paracaidistas, infantería ligera, manejo de carros de combate, pilotaje de aviones, creación de la Jefatura de la Brigada 2506,... Un equipo de propagandistas de la CIA se encargaron del adoctrinamiento político e ideológico. Dos destructores norteamericanos acompañaban a la flotilla de barcos (viejos barcos de la US Navy comprados por los cubanos con el dinero que les había dado la CIA y repintados para su camuflaje) donde iban embarcados los mercenarios. Aviones comprados a la US Air Force les acompañaban para cubrir el desembarco, atacar la posible resistencia y bombardear en los instantes previos los aeródromos cubanos cercanos. El Ejército Nacional de Liberación -este era el nombre que le había puesto la CIA a los mercenarios- llevaba en las bodegas de los barcos hasta 7 toneladas de armamento pesado y ligero proporcionado por los americanos y embarcado en la Nicaragua del dictador Somoza.

El lugar elegido por el Pentágono para el desembarco, Playa Larga y Playa Girón, se encuentra al final de una profunda bahía, la Bahía de Cochinos, escasamente poblada y peor defendida por las fuerzas revolucionarias. A los 45 minutos de haberse iniciado el ataque de artillería previo al desembarco, los milicianos se quedan sin municiones y se ven obligados a retirarse. «Nos están atacando y son muchos hombres. Estamos peleando pero no podremos resistir mucho más tiempo. Envíen ayuda pronto. Patria o Muerte», es el último mensaje recibido desde playa Girón.

En aquel entonces, abril de 1961, cuando apenas habían transcurrido 15 meses del triunfo de la revolución, Cuba no disponía tan siquiera de lo que pudiera llamarse propiamente un Ejército. Sin embargo, nada más conocida la noticia del desembarco, la comandancia cubana llama a la movilización general. Hay que derrotar rápidamente a los mercenarios para impedir la proyectada invasión a gran escala de las tropas norteamericanas. En la misma madrugada del 17 de abril, 15 batallones de infantería ligera de las milicias, las columnas 1 y 2 del Ejército rebelde y un batallón de la Policía Nacional Revolucionaria fletan los primeros camiones y autobuses que encuentran hacia bahía de Cochinos. Castro ordena a los 7 pilotos de que dispone el ejército cubano que monten en sus aviones, pero sólo 3 de ellos están en condiciones de ser pilotados. Increiblemente, los 3 aviones cubanos, viejos, sin piezas de repuesto y comandados por pilotos que jamás habían participado en un combate, hunden ese día cuatro barcos y derriban cinco aviones enemigos. Pese a las insistentes presiones del Pentágono para que intervenga la US Navy, portaaviones y destructores yanquis están en el límite de las aguas territoriales cubanas, los bombarderos están listos para partir de sus bases del suroeste de EE UU, las órdenes de la Casa Blanca son las de no autorizar la intervención hasta que «el Gobierno provisional cubano» no la reclame.

Pero el Gobierno provisional no sólo no reclama nada, sino que bastante tiene con evitar que la contraofensiva de las fuerzas revolucionarias los arrojen nuevamente al mar. Pese a la superioridad de su potencia de fuego, son incapaces de impedir que los milicianos, al grito de ‘pa’lante, pa’lante», ganen terreno metro a metro. El segundo día de batalla, el 18 de abril, llegan las baterías antiaéreas del ejército revolucionario a las inmediaciones de Playa Girón. Pese a estar manejadas por jóvenes de entre 14 y 20 años, su efectividad es máxima y consiguen derribar a numerosos aviones invasores. La confianza, tesón, energía y pasión revolucionaria de los milicianos cubanos que están luchando por la justa causa de defender su patria frente a una invasión imperialista suple con creces la deficiencia del armamento. En apenas 48 horas los paracaidistas mercenarios son cercados en San Blas donde se rinden, y el resto del cuerpo invasor ya no tiene otra alternativa que atrincherarse en Playa Girón esperando que los dos destructores yanquis que les han acompañado envíen lanchas y botes de motor para rescatarles. Pero las oleadas de milicianos, guerrilleros y policías revolucionarios que siguen llegando en oleadas de todos los puntos del país, que espontáneamente se ha puesto en estado de movilización general, obliga a los marines norteamericanos a desistir del intento. Los 1080 mercenarios que sobreviven son hechos prisioneros a lo largo del tercer día. El pueblo cubano ha hecho fracasar la invasión del ejército más poderoso del mundo.

Pero las consecuencias más importantes de bahía de Cochinos todavía estaban por llegar. La agresiva y aventurera actuación del Pentágono y la CIA provoca un viraje completo de la política de alianzas del régimen cubano. Castro busca el apoyo militar soviético para disuadir a EE UU de cualquier otra invasión. Jruschev da luz verde a la instalación de misiles nucleares soviéticos apuntando al corazón del imperio a tan sólo 170 kilómetros de Florida. El descubrimiento por parte de los aviones espías norteamericanos U-2 de los hangares donde se están instalando los misiles nucleares soviéticos dan lugar a la mayor cris política a la que se ha visto abocado el planeta en los últimos 50 años. La llamada «crisis de los misiles» es el momento en el que el mundo se ha encontrado, verdaderamente, más cerca de una guerra nuclear entre las dos superpotencias. Una crisis fraguada año y medio antes en la fracasada invasión de bahía de Cochinos.

La ética de «pata quebrada»

La información sobre los acontecimientos en Playa Girón obliga, antes que a un análisis de los hechos, a una reflexión acerca de la moral dominante que se impone desde los medios de la opinión globalizada. La independencia de juicio y casi que la salud mental del lector aconseja detenerse ante la avalancha de datos que, en apariencia, sólo pretenden informarle al detalle de los preparativos del fracasado intento de invasión norteamericana sobre Cuba: cómo infiltraron y organizaron a los supuestos grupos guerrilleros, cómo planificaron los sabotajes, cómo...

La exposición de los datos acerca de cómo EE UU provocó el acontecimiento desencadenante de la posterior «crisis de los misiles» y que colocó al mundo ante el abismo de una posible III Guerra Mundial, llega incluso a ser valorada por algunos como una exquisita muestra de la ejemplar democracia norteamericana, capaz de informar al detalle de sus desmanes; ¡eso sí!, siempre 30 años después y cuando ya se sabían. Sin embargo algo falla; hay algo que no encaja: ¿existe acaso propósito de enmienda? ¿Van los EEUU a rectificar en el futuro? No parece que los signos del Bush junior caminen en esa dirección, más bien, ha empezado a andar en sentido diametralmente opuesto. ¿Qué se persigue entonces con tan detallada y abundante información? Cada uno de los datos facilitados por los reportajes televisivos o periodísticos confirman que los EEUU han utilizado, incluso bajo la presidencia del más demócrata de los presidentes conocidos, cualquier medio disponible a su alcance para sembrar el planeta de invasiones, dictaduras o genocidas de cualquier especie, a fin de preservar su supremacía mundial. Cosa sabida. Más datos que se aportan a lo ya conocido.

Y es que, a lo que en realidad estamos asistiendo es a una labor sistemática de subversión moral consistente en presentar como normal, como socialmente aceptable, el más que conocido hecho de que los EE UU imponen en todo el orbe las decisiones que convienen a sus intereses de dominio mundial sin respetar, por supuesto, la más mínima capacidad de decisión al resto. Se dice: «todo esto es lo que sucede», y al presentarlo como algo tan natural como puede ser una catástrofe atmosférica, se consigue transformarlo en regla de convivencia mundial. Al dosificar la información en pequeñas dosis y pasados 30 años, el efecto es casi el de una vacuna que va generando los anticuerpos necesarios para que la conciencia no se sobresalte, para que el hecho, sea aceptado como inevitable.

Pero en lo que casi nadie repara es en preguntarse: ¿desde dónde se informa? ¿Cuál es la posición moral que hay detrás de la información? ¿Qué ética se está difundiendo? Si la sociedad, que recibe tal avalancha de informaciones no reacciona escandalizada ante la inmoralidad de hechos como éstos, es que quien ha ganado la batalla ética es el criminal. El que organiza las invasiones, los sabotajes, las infiltraciones, los golpes de estado... ha conseguido implantar que sus acciones sean aceptadas como norma. La moral dominante está plagada de ejemplos que pueden ilustrar que jamás lo decisivo a la hora de formar una opinión consiste en conocer los datos, sino en la posición ética o moral que se mantiene ante ellos. Es más, podemos afirmar que en realidad, siempre se conoce desde una posición moral, desde una ética, desde unos principios ideológicos. Un ilustrativo tema actual es el de las agresiones contra las mujeres: ¿acaso no nos es familiar esa inmoral reacción, consistente en afirmar: «algo habrá hecho» o esa otra aun mejor de «se lo merecía por puta»? Muchos ­demasiados­ son todavía los jueces que dictan sentencias en casos de violación e incluso de asesinatos, basándose en que «fue la mujer la que provocó la agresión», por una «minifalda», unos «vaqueros ceñidos», o una «vida disoluta» y el problema no sólo radica en que elementos como éstos puedan dictar sentencias, sino en que sean portavoces de una moral social todavía vigente.

La sociedad ha empezado a reaccionar, pero ¿acaso es porque hoy se dispone de más datos? En absoluto. Información sobre que los hombres maltrataban a las mujeres siempre se ha tenido, el problema es que en una sociedad patriarcal, basada en la opresión del hombre sobre la mujer, esos hechos han sido norma de convivencia social; hasta el refranero popular refrenda: «la mujer honrada con la pata quebrada y en casa». Los hechos se conocen, pero ¿desde dónde se leen? ¿Desde el interés de la víctima o desde los motivos del agresor? Sólo el movimiento organizado que toma partido en favor del derecho de las mujeres ha permitido empezar a arrinconar esa abominable posición ética de la «pata quebrada». Abogar por el conocimiento o la información objetiva e imparcial en una sociedad y un planeta divididos entre opresores y oprimidos, explotados y explotadores, agresores y agredidos... (sean sexos, razas, clases o países), es imposible; ¿acaso es imparcial lo que sucede? Si en el mundo hay víctimas y hay verdugos, el conocimiento de lo que en él sucede siempre estará hecho desde uno de los bandos sin posibilidad de neutralidad. Por eso, lo que demuestra la amplitud de reportajes que sobre el intento de invasión yanqui de Cuba inundó hace unos días los medios de comunicación globalizados es que éstos están, o bien infectados de voceros de los que se han erigido en dueños del mundo, o lo que es casi peor, de inconscientes que siguen la corriente.

Al igual que la mujer minifaldera que suscita suspicacias y desconfianzas, Cuba (o cualquiera que pretenda transgredir las normas del orden mundial dominante) se enfrenta hoy a un trabajo sistemático de acoso informativo: «viven en la pobreza y carecen de democracia». Y parece ser que esto es suficiente para justificar la intervención norteamericana. No importa si Cuba tiene 10 millones de habitantes, mientras que en los EE UU se calcula que más de 30 millones de personas viven en la más absoluta miseria, sin ninguna posibilidad de acceso a la educación, a la vivienda o al sistema de atención sanitaria; por supuesto, careciendo de ningún tipo de libertades políticas. El porcentaje de negros e hispanos sobre la población reclusa supera el 70%; las ejecuciones lo mismo... Todo esto y más, sucede, y se sabe, en el interior de EE UU. Cada vez más datos, y cada vez más sumisión; el descerebramiento avanza a un ritmo vertiginoso. Su objetivo, dotarnos de una conciencia y voluntad quebradas al servicio de una supuesta imparcialidad que nos incapacite a la hora de tomar partido de forma consciente. Así es como trabaja esa inefable moral de la «pata quebrada», para que llegado el caso, la actitud que se adopte sea aquella de: «si los yanquis violaron su independencia es porque ella se lo buscó».

Si esto pasó con Kennedy...

La invasión de Bahía de Cochinos se produce justo tres meses después de que Kennedy, considerado unánimemente como el «no va más» del espíritu democrático norteamericano, tome posesión de su cargo. Se dice que la CIA, engañó, confundió y desorientó a Kennedy con el objetivo de poder llevarlo adelante sin excesivas interferencias del poder político. Y algo hay de cierto, en efecto, en ello. Parece ser que hasta el último momento la Presidencia no tuvo conocimiento de que la operación estaba en marcha. Y no tuvo nunca información clara de los detalles militares de la operación.

Pero también es cierto, por otra parte, que la operación se inició con la autorización de Kennedy. Y no sólo esto. Apenas unos meses después, Kennedy ordenaba la llamada «operación Mangosta». Como consecuencia de este operativo, sólo entre los meses de enero a agosto de 1962, la CIA organizó 5.860 actos de sabotaje en Cuba. Sostuvo y financió hasta 41 bandas armadas de contrarrevolucionarios en las sierras del sur del país. De los 17 atentados contra Fidel Castro que se intentaron en esos meses, hay constancia de que al menos 6 de ellos estaban, no sólo organizados, sino directa y diariamente supervisados por la CIA.

La primera conclusión que aparece evidente al rememorar el 40 aniversario de la invasión de Bahía de Cochinos es que si todas estas acciones de intervención, invasión y terrorismo fueron ejecutados bajo la dirección de un presidente demócrata, ¿qué no se estará tramando hoy en los sótanos de los verdaderos centros de poder del hegemonismo norteamericano con un presidente como Bush y toda su cohorte de hombres del Pentágono y del complejo militar industrial ocupando los puestos claves del gobierno?

Pero, en segundo lugar, se equivoca de medio a medio quien piense que hablar de bahía de Cochinos hoy es sólo rememorar un hecho del pasado. La intervención del hegemonismo es una constante cotidiana, en Iberoamérica y en todo el planeta. Es más, mantener su hegemonía sólo es posible, precisamente, interveniendo de esta manera, una veces más oculta, otras más abierta. En ocasiones con unos métodos más «duros», otras con métodos más «livianos», pero siempre urdiendo intrigas, tramando maquinaciones, infiltrando y subviertiendo, chantajeando y controlando todo aquello que pueda representar, ahora mismo o en el futuro, una amenaza a sus intereses de supremacía mundial. Reconducir la vida política de los países hacia sus designios, controlar los Estados para que permanezcan firmemente amarrados a su órbita de dominio, intervenir virulentamente cuando intentan salirse de ella: en esto consiste, en sustancia, la naturaleza de la política hegemonista. En 1961 y en 2001. No querer verlo, no enfrentarse a ello por mendigar un poco de crecimiento económico a su sombra, de libertad o de autonomía es entregar atados de pies y manos a los pueblos y países a la voracidad hegemonista.

A. Lozano


Tags: Invasión, Bahía de Cochinos, mujer, mercenarios, revolución cubana, adoctrinamiento, ayuda militar

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