Viernes, 14 de agosto de 2009
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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del textoPartir el texto en columnasVer como pdf 13-08-2009



La narrativa de ciencia ficción posee unas características intrínsecas, al presentar mundos posibles que parten de especulaciones sobre los conocimientos contemporáneos (científicos, culturales, económicos o políticos), ideales para explorar sociedades utópicas. Las utopías de corte socialista y colectivizador han sido especialmente objeto de ello.

Francia e Inglaterra eran, a finales del XIX y principios del siglo XX, los referentes de esta narrativa de anticipación, que tuvo muestras en multitud de países, incluido España. Sin retroceder hasta las manifestaciones anteriores al siglo XIX de la literatura utópica, la agitación obrera de la segunda mitad del siglo fue tan efervescente que muchos autores se hicieron eco de las inquietudes proletarias y de los abusos de la sociedad industrial y convirtieron a la novela como vehículo explícito ideológico de oposición a su probable cumbre. Ellos vieron en el género el molde ideal en el que verter sus ideas y aspiraciones. Estamos hablando de obras como las inglesas La raza futura (1871) de Edward Bulwer Lytton, Dentro de trescientos años (1881) de W.D. Hay, La era de cristal (1887) de W.H. Hudson, El año 2000, una visión retrospectiva (1888) del norteamericano Edward Bellamy, y Noticias de ninguna parte (1890) de William Morris; además de las francófonas La ciudad futura (1890) de Alain Le Drimeur o Cartas de Malasia (1898) de Paul Adam. En el nuevo siglo, la aparición de utopías se ralentiza significativamente, y comienzan a cobrar mayor protagonismo las distopías (de las que hablamos ya en DIAGONAL nº 14, y cuyo texto puede consultarse en la web del periódico), las utopías negativas, con su profunda crítica del capitalismo imperante y su moral.

En el punto de mira de todos estos volúmenes utópicos está, como elemento negativo, la industrialización y, por otro lado, como elemento positivo, el socialismo. Las sociedades socialistas plasmadas se rigen por los principios básicos, comunes a todas las tendencias, y se suelen diferenciar por matices de aplicaciones u observaciones del comportamiento humano, antes que por grandes discrepancias en los postulados económicos y éticos, y por la procedencia burguesa de sus autores. Por otro lado, el antimecanicismo es muy notorio en esas sociedades, tanto por su incidencia en el medio ambiente como por su destrucción del individuo, más allá de planteamientos luddistas (movimiento que se opone a toda clase de tecnología). Se las interpreta como símbolo del avance del capitalismo y del lucro; tal es el caso de las citadas Noticias de ninguna parte y La era de cristal. Es más, existía el temor a que la máquina se adueñara del hombre. En una visión más burda de la dominación maquinista retratada posteriormente, en Erewhon (1872) de Samuel Butler –que juega con el propio término de ‘utopos’ en inglés, ‘nowhere’–, podemos ver cómo las máquinas, a pesar de su perfección técnica, han sido destruidas por ese miedo. Estas narraciones utópicas parten, como ha señalado Agustín Jauregízar (quien ha estudiado también las utopías anarquistas españolas de entreguerras), de que “el hombre es naturalmente bueno y son la educación que recibe y la sociedad en que se integra las que le hacen insolidario e infeliz. Esta insolidaridad y esta infelicidad se inician con el establecimiento de la propiedad privada y siguen con la creación de la autoridad y las leyes, esto es, con el sometimiento del individuo al poder de otros individuos sobre él”. A ese entorno similar utópico accede un personaje ajeno, que es el protagonista, quien llega sorprendido a la nueva sociedad y la contempla y desentraña con admiración y progresivo convencimiento. Así visitamos “un lugar completo y aislado, articulado con ayuda de una visión panorámica que permite ver su organización social como un contrasistema formal y ordenado”, según Darko Suvin. Se trata de un espacio fraternal, donde el trabajo no es una obligación sino una participación en el desarrollo de la comunidad, en donde la propiedad privada está abolida. Una sociedad sin clases, autárquica, atea, perfectamente regulada y equilibrada en la cual la armonía y la felicidad son desbordantes. Los autores, con una exhaustividad inusitada, recorren junto a unos pocos personajes ese mundo desgranando todos los detalles de la sociedad, todas las soluciones que propone y desbaratando toda posible duda de su viabilidad. De hecho, Raymond Trousson, en Historia de la literatura utópica, considera que “a la obra utópica misma, género híbrido, nadie la tomará en serio en definitiva: el historiador de la literatura considerará esas novelas demasiado didácticas, el economista y el sociólogo las juzgará demasiado poéticas y demasiado fantásticas”. Y así es. En un análisis literario, el discurso ideológico condiciona tanto el artefacto literario que llega a arruinar el libro como novela. Por ello las tramas desaparecen y se reducen a una exposición exhaustiva de las virtudes de las utopías a cargo de personajes planos. De ahí su conflictivo lugar en los estudios literarios. Sin embargo, cabe preguntarse si esta simplificación por el afán de difusión produjo resultados; si el pueblo trabajador, destinatario de las historias, accedió a ellas, las entendió y asimiló esas ideas. No podemos sino ser muy escépticos al respecto. La clase obrera era en su práctica totalidad analfabeta y, aunque sí tenemos constancia de la repercusión entre otros burgueses progresistas de estos libros (como ocurrió con la obra de Bellamy o las ideas de Morris), debemos cuestionarnos la incidencia entre los trabajadores. A día de hoy, tristemente, estas narraciones continúan siendo ficciones no reales, aunque constituyen referentes hacia los que poder avanzar, antes que meros testimonios.

Fuente: http://www.diagonalperiodico.net/Utopias-el-socialismo-que-puede.html



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Tags: diagonal, utopía, socialismo

Publicado por blasapisguncuevas @ 0:59  | Socialismos
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