Mi?rcoles, 26 de agosto de 2009



En la economía convencional suele hablarse de que todas las sociedades humanas deben afrontar y resolver tres problemas económicos básicos: qué bienes se producen, cómo se producen y para quienes se producen. Estos tres problemas económicos, continuamos con el discurso de la economía convencional, son afrontados y solucionados por el mercado de un modo determinado, y por la economía planificada de otro modo determinado. De manera que la gente termina creyendo que en las economías planificadas las autoridades estatales centrales planifican qué se produce, cómo y para quien. Pero este supuesto no tiene el valor absoluto que aparenta o se presupone. De modo que se hace necesario hablar de cómo en realidad se planifica la economía en un país socialista. Así veremos el grado y el alcance reales de la planificación socialista. Recurriré al caso de China por ser el ejemplo que mejor conozco.

Uno de los grandes defectos del discurso marxista estriba en el predominio de las ideas generales sobre el pensamiento analítico. Sobre todo en el ámbito de la economía, en especial en lo relacionado con la ley del valor y la planificación económica, los marxistas no saben entrar en los detalles y en los aspectos concretos, sólo saben afirmar cuatro ideas generales. Y cuando en el pensamiento predominan las ideas generales, la tendencia a idealizar la realidad está asegurado. Y eso les ocurre a los marxistas: idealizan el socialismo e idealizan la planificación económica. Y contra este idealismo predominante en el discurso marxista está dirigido este trabajo. A Alonso Quijana le sucedía que tomaba su representación del mundo por el propio mundo. A muchos marxistas les ocurre lo mismo: toman su representación conceptual genérica sobre el capitalismo y el socialismo por el propio capitalismo y socialismo existentes.

Se parte de la base que el Estado socialista debe elaborar un plan científico y unificado de la economía nacional. No obstante, esto nunca puede significar que el plan lo abarque todo. Primero, porque hay millones de productos, con gran número de variedades y especificaciones, que no pueden ser abarcados por el plan. Imaginémonos sólo en el campo de la ferretería, con la cantidad de tornillos y variedades que hay, por mencionar sólo uno de los tantos artículos de esa rama de la producción, quién vería al planificador calculando lo que hay que producir. Esto es imposible de realizar. No hay modo de planificar el gran grueso de los productos. En China sólo unos cuantos centenares de productos eran manejados por la Comisión de Planificación Estatal. La cuestión peculiar era que estos centenares de productos representaban un poco más de la mitad del Producto Nacional Bruto. Esto permitía que la economía planificada desempeñara un papel dirigente, pero no por el número de productos que abarcaba el plan, sino por el peso que representaba en el PNB. Pero hay más. Del total de productos a planificar, la Comisión sólo podía calcular con cierta exactitud algunas decenas de productos, para el resto los cálculos sólo eran estimativos. Y en los cálculos de exactitud no se cubrían todas las variedades y las especificaciones. Como además la producción y la demanda de los distintos productos varían, cuanto más meticulosa fuera la planificación mayor desequilibrio se producía entre la oferta y la demanda. Vemos, por lo tanto, que el plan en su realidad y verdad no es tan plan como se piensa: uno, el plan sólo alcanza a un número reducido de productos, dos, sobre los productos que en el plan se hacen cálculos de exactitud, dicha exactitud no llega al nivel de las especificaciones y variaciones, tres, sobre los productos restantes planificados sólo se hacen cálculos estimativos; y cuatro, cuánto más detallado y meticuloso sea el plan, más desequilibrios se generarán entre la oferta y la demanda.

El segundo problema que hacía imposible que en China el plan lo abarcara todo era que el 80 por ciento de la población estaba integrada en las unidades de economía colectiva. Dado que estas unidades económicas eran responsables de sus propias pérdidas y ganancias, ellas debían considerar por sí mismas qué hacer para mejorar sus ingresos. Esto implicaba que el Estado no podía imponer sus planes de producción, sino que debía permitir a las unidades de economía colectiva decidir por sí mismas. El hecho de que el Estado les señalara a las entidades de economía colectiva del campo la extensión de la superficie a cultivar y los métodos de producción, perjudicaba gravemente a estas entidades: les impedía tomar las medidas apropiadas para cada caso en concreto, haciéndoles disminuir los ingresos y les quitaba el entusiasmo a los campesinos. De manera que en este caso el plan del Estado debía ser un plan de referencia, consultivo y sujeto a discusión.

Hay que pensar que en los países de Europa occidental, aunque sus fuerzas productivas están muy desarrolladas, hay muchas pequeñas y medianas empresas. Y en el caso del advenimiento del socialismo la mejor forma de propiedad para estas empresas sería la colectiva y no la estatal. De manera que si se empleara el mecanismo del plan para desarrollar las fuerzas productivas, para las pequeñas y medianas empresas el plan sólo sería de referencia. Resultaría del todo burocrático e ineficaz que las autoridades planificadoras les señalaran a estas empresas los productos que han de producir, la cantidad de los mismos y los precios. Reconocer que ha de dejarse en manos de las empresas de propiedad colectiva la decisión de qué han de producir, cuánto y a qué precios, es reconocer que es el mercado quien determina esa decisión.

La economía de mercado y la economía planificada son concebidas habitualmente como dos economías absolutamente opuestas, entre las cuales no hay transiciones, como si cada una de ellas no tuviera absolutamente nada que ver con la otra. Pero esto no es cierto. En todas las economías planificadas se hacía uso de las relaciones mercantiles monetarias. Aún concibiendo que el Estado, como ente planificador supremo, fuera el único comprador y el único proveedor, se vería obligado a establecer el intercambio de mercancías con las empresas de propiedad colectiva. También se vería obligado a establecer precios a los productos y a los servicios, al igual que se vería obligado a establecer un tipo de interés. De manera que las determinaciones mercantiles forman parte de la economía planificada. Por lo tanto, queda probado que la economía de mercado y la economía planificada no son extremos de una contradicción en oposición absoluta, sino que entre ellas hay transiciones.

Todos los mandatarios de los países socialistas siempre han reconocido la necesidad de respetar la ley del valor. Pero como no aceptaban la economía de mercado, esto es, que los precios los estableciera el mercado en vez de las autoridades estatales, en los países del socialismo real nunca se respetó la ley del valor. Es una incongruencia afirmar que se respeta una ley, la del valor, y negar su manifestación objetiva: el mercado. El valor de una mercancía, de acuerdo con el pensamiento marxista, viene determinado por la cantidad de trabajo social que sea necesario para producirla. Dado que esto es así, debemos preguntarnos: ¿cómo puede saber la autoridad estatal central la cantidad de trabajo que debe emplear la sociedad en la producción de cada bien y servicio? Sólo conociendo las necesidades de las empresas y de las familias. Pero este conocimiento, como es obvio, es imposible de tener, máxime cuando las necesidades cambian de continuo, en intensidad y en calidad. Por lo tanto, la autoridad estatal central no tiene modo alguno de determinar el precio de las mercancías de acuerdo con el valor, pues no tiene medio de saber la cantidad de trabajo social necesario para producir cada bien y servicio. Así que repito: respetar la ley del valor implica aceptar la manifestación de la ley del valor: el mercado.

A modo de conclusión. Hemos visto que no basta con manejarse con los pensamientos de la economía convencional acerca de qué es una economía de mercado y qué es una economía planificada, que la planificación real de la economía socialista tenía muy poca exactitud, abarcaba pocos productos y para las empresas de propiedad colectiva sólo era un plan de referencia, que en la planificación económica estaban presentes las determinaciones mercantiles, y que en los países del socialismo real no se ha respetado la ley del valor porque no se le ha dejado manifestar de modo objetivo. Si a eso sumamos que de acuerdo con la experiencia del capitalismo y el socialismo en el periodo 1920-1980, el mercado se ha manifestado como un mecanismo muy superior al plan para el desarrollo de las fuerzas productivas, se hace evidente que la transformación de la economía planificada en economía mercantil en los países socialista estaba cantada desde sus inicios. La NEP elaborada por Ilích Ulianov fue el primer canto: reclamaba para el socialismo libertades mercantiles y pequeñas y acotadas libertades capitalistas.



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Tags: planificación, Rebelión, idealismo, izquierda, ley del valor, economía, marxistas

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