Viernes, 28 de agosto de 2009
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Ante el vaciamiento ideológico de casi la totalidad de las organizaciones políticas que se aprestan para las contiendas electorales del próximo mes de diciembre en Bolivia, es necesario otear el rol que juegan los y las intelectuales en el quehacer político.
Mario Bunge afirma categóricamente que todas las ideologías han sido inventadas, defendidas o criticadas por intelectuales; y todos los gobiernos han sido respaldados o minados por pensadores. Y si esto así, ¿dónde están los y las intelectuales en estos tiempos en los que casi la totalidad de las organizaciones políticas bolivianas carecen de contenido ideológico? ¿Será que este ausentismo se debe a que “la clase intelectual” se apasionó de sobre manera con el sistema neoliberal ahora deshabilitado moral e intelectualmente en la sociedad boliviana? ¿O será que la lucidez y la fuerza de los movimientos indígenas y campesinos, que emergieron contra todo pronóstico intelectual, les ha cambiado las preguntas, por tanto, las respuestas prefabricadas y ensayadas ya no corresponden a estos tiempos? ¡Cómo será!

Lo cierto es que la tarea del intelectual en el quehacer político suscita conflictos morales en los mismos pensadores/as. Preguntas como: ¿tengo que participar en la contienda política? Y si lo hago, ¿será desde una organización política o sólo como un francotirador? Y, al hacerlo, ¿no traiciono mi objetividad científica? Si me comprometo con un programa de gobierno, ¿no será esto el epitafio de mi muerte civil e intelectual de cara a la sociedad? Estas y otras son cuestiones recurrentes en quienes se animan a pensar e intentar explicar la realidad con mediana objetividad. Gramci, Fanon, Foucault, Bourdieu, etc. el compromiso social del intelectual, pero también la tradición aristotélica, que premia la inconmensurable superioridad del pensamiento sobre la acción, continúa teniendo su peso en nuestra realidad.

En cualquiera de los casos, los y las intelectuales participan en política en algunos de estos tres roles: como tecnólogos, como ideólogos o como críticos. El rol del experto es sencillo, no genera dilemas morales, ejecuta la acción. El rol del ideólogo, al abarcar los principios y programas de gobierno, genera dilemas morales porque tiene que priorizar. Pero la labor del intelectual crítico es mucho más difícil, tiene que ver con su compromiso con la objetividad profesional y con sus conciudadanos diversos y heterogéneos. En Bolivia, en el transcurso de las dos últimas décadas, la gran mayoría de los intelectuales fueron absorbidos por el sistema como expertos defensores del neoliberalismo. Sistema que confinó a los críticos, al mundo de los cafés y/u ONGs. Durante dichas décadas, intelectuales ideólogos no eran necesarios, porque la Doctrina del Consenso de Washington establecía hasta los puntos y las comas del ambicioso programa neoliberal. Marcuse ya nos había advertido del reinado del pensamiento único y unidimensional, pero sus consecuencias no fueron previstas ni por los políticos, ni por los propios intelectuales disciplinados del sistema político.

A los y las intelectuales expertos neoliberales no les importó el Juramento Alético que debe asistir a todo pensador: “Buscaré la verdad y la difundiré”. Como funcionarios de los grupos financieros internacionales y consultores de las multinacionales se ocuparon de “convencer” a la ciudadanía sobre las verdades prometidas que nunca llegaron. Quizás ellos también fueron víctimas de sus “mentiras nobles” porque se las creyeron de tanto repetirlas. Y este mal, del disciplinamiento de los y las pensadoras al poder establecido, no es una patología únicamente boliviana. Pensadores como: Platón, Nietzche, Heidegger, L. Strauss, H. Kissinger, F. Hayek, Sartori, Huntington, etc. produjeron, apoyaron y promovieron “las mentiras nobles” en diferentes épocas. Pero también la historia esta hilvanada por intelectuales comprometidos y críticos como: Voltaire, Marx, Dickens, Einstein, Keynes, Bobbio, Chomsky, N. Klein, Dahl, etc. que jamás claudicaron en su compromiso crítico con la suerte de los y las excluidas por el sistema, y casi todos/as vivieron o viven con lo necesario.

El vaciamiento ideológico de las organizaciones políticas que intentan constituirse en “alternativas” al proceso político multiforme encabezado por el Presidente Evo Morales se debe, en buena medida, a que el pensamiento único impuesto desde Washington ha ensamblado “pensadores” expertos en repetir respuestas únicas fabricadas en el exterior. Y lo que ha generado el despertar multitudinario y simultáneo de los movimientos sociales e indígenas en Bolivia es justamente cambiar las cuestiones o preguntas fundamentales en el quehacer político del país. He aquí el por qué ya no sirven las respuestas políticas prefabricadas. He aquí la razón del vaciamiento ideológico de las organizaciones políticas tradicionales que no terminan de aceptar la nueva cartografía sociopolítica del país que ya no admite la política como el negocio lucrativo más rentable y seguro.

Es innegable y envidiable la perseverante militancia participativa de bolivianos y bolivianas en las urnas. Países “paladines” de la democracia ya quisieran contar con un electorado tan activo. Pero lo que es irremediablemente injusto y completamente contraproducente es la ausencia de alternativas políticas que complemente y enriquezcan el proceso político actual en el país. La democracia boliviana, imperfecta como sus actores, necesita enriquecerse en aras de su sostenibilidad. No es responsable dejar este cometido sólo a los y las actuales representantes en función de gobierno, como tampoco es responsable convocar al pueblo a elecciones presidenciales cuando hay un solo candidato elegible moral e intelectualmente hablando. En estos últimos cuatro años ha habido bastante convulsión social en nombre de la defensa de la democracia. ¿Dónde están esas propuestas? ¿O es que la “democracia” también fue una de las “mentiras nobles” a que nos acostumbraron?

Esta estéril y adversa situación debe interpelarnos a todos los bolivianos/as. Porque los intelectuales, como los políticos, no son más que el fiel reflejo del país, y reproducen las virtudes y los vicios que la sociedad practica. Todas y todos estamos llamados a ver, analizar y explicar nuestras realidades cotidianas, y desde allí plantear las posibles soluciones inéditas a las necesidades que identifiquemos. Así es cómo se comienza con la construcción de alternativas políticas complementarias. Es esta tarea la que exige la osadía y el compromiso de los y las intelectuales y académicas. Estos tiempos no admite intelectuales indiferentes, pero sí independientes. No se puede seguir renunciando al quehacer político sólo porque muchos de nuestros representantes la han viciado la política, estigmatizándola con sus irresponsabilidades. De lo contrario la esterilidad y el vaciamiento de contenido de las organizaciones políticas terminarán irremediablemente consumiéndonos a todos y todas.


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Tags: intelectuales, bolivianos, democracia, urnas, Rebelión, Gramsci, movimientos

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