Mi?rcoles, 16 de septiembre de 2009
Por: Nelson González Leal
Fecha de publicación: 16/09/09
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En el proceso de construcción del sistema democrático de gobierno no han dejado de colarse prácticas vetustas, derivadas de las costumbres impuestas durante el largo período oscurantista de la humanidad, como el uso de la fuerza para imponer verdades y bienes particulares para acallar a quienes piensan con criterios distintos.

Esta fuerza, que antes fue militar y religiosa, hoy muda sus ropajes y métodos y se convierte en fuerza política, social, económica y cultural. Continua, no obstante, siendo violenta en esencia y modos.

Es una fuerza de cónclaves, de grupos de intereses, de partidos políticos desideologizados, de elites sociales y culturales, alejados de cualquier manifestación de honradez y de todo respeto humano.

Es grave la desarticulación del pensamiento esencial que experimenta el mundo actual, donde ética y moral no representan fundamentos suficientes para conducir los intereses de las sociedades. Más grave aún es el quiebre entre los vínculos orgánicos de estas sociedades y aquellos a quienes ésta ha elegido como sus representantes ante el Estado, o como los administradores de sus bienes ante el Estado.

La democracia necesita hoy, más que nunca, iniciar una ardua batalla para el rescate de los derechos fundamentales que llegó a consagrar como justos según su naturaleza. No quiere decir esto que se desconozca la condición mutable y perfectible de estos derechos, precisamente según la capacidad dinámica de la propia naturaleza humana, que suele ser implacable con quienes la ignoran.

No. Esto quiere decir que para evitar el fundamentalismo ciego deben revolucionarse los principios fundamentales de la democracia, retornándolos a su esencia humanística, en un mundo donde la humanidad ha sido convertida en sujeto de Mercado, en número porcentual, en simple registro estadístico, sumatorio generalmente hacia el mal.

Tal vez, como ya lo dijo una célebre atea, ”tenemos que comportarnos como si Dios existiera” –Oriana Fallaci. Y ese comportarnos como si Dios existiera se traduce simplemente en devolverle su razón a la humanidad y a sus sistemas, en retornarlos a su esencialidad, que no es más que la profunda creencia en la naturaleza solidaria del ser humano, de lo que deriva toda honradez, toda ética, todo respeto.

El derecho a la vida, a la libertad de creencia, a la participación en las decisiones sobre el destino social, a la educación, a la salud, acompañado de una convicción ética-social que impulse el combate a los procesos exclusivistas y a la inadecuada distribución de las riquezas, los bienes y los servicios, constituyen parte de esa naturaleza justa que es la base de la democracia real.

En un mundo donde los fundamentos esenciales de la ética y la moral social parecen haber sido enviados al exilio, junto a la fe en la humanidad y a las creencias razonables, no resulta extraño encontrarnos con la suplantación del propio Dios.

Hoy el lugar de las creencias en la buena voluntad del hombre, en el humanismo incontestable, en la fe y en la democracia, ha sido ocupado por la veneración de un nuvo Dios. En realidad ya desde el siglo XIX esos híbridos sociales entre el avaro tradicional y el especulador contemporáneo, llamados burgueses en la Francia de la época, lo habían expresado en palabras del tío Grandet, bien seguidas por todos los Goriot y los Du Bousquier contemporáneos a éste, y por quienes en la actualidad emulan sus actitudes sin mucha conciencia de ello: "El único Dios moderno en el que se tiene fe es el Dinero Omnipotente" –Honoré De Balzac.

Por fortuna, la humanidad consagró derechos naturales anteriores a su promulgación, que dieron base sólida al sistema democrático de gobierno y que se constituyen en la mejor herramienta para rescatar a Dios del exilio, a su feligresía –el pueblo- de su sometimiento al exclusivismo de elite, a su mejor sistema de gobierno, la democracia participativa, de su confusión política e ideológica. Basta que actuemos con la dimensión humana que nos constituye. Basta que coloquemos en su justo lugar a los falsos dioses.


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Tags: Nelson, costumbres, democracia, Balzac, ética, batalla, esencia

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