Viernes, 23 de octubre de 2009
Portada :: Cuba
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del textoPartir el texto en columnasVer como pdf 22-10-2009


Calibán


Concedí al compañero Leandro Estupiñán una entrevista formal y que debió, en consecuencia, ajustarse a temas y términos. Es tal la indignación que me producen ciertos senderos trazados e impuestos que ante este talentoso periodista, presentado con el aval de Graziella Pogolotti, estallé en torrente a veces inconexo, pero siempre retornando a ciertas ideas, concepciones y experiencias. Quedaron así violadas las reglas del juego y la entrevista desbordó su propósito. Releída en bruto decidí revisarla y ordenarla y se produjo este texto no-texto y tampoco entrevista que adelanta seguramente otro texto-memoria que debo redactar con urgencia por razones obvias. No hay que olvidar, pero sólo para ser mejores.

Creo que Leandro Estupiñán es y será un magnífico periodista; me sacó de esas casillas en que algunas personas, y en mi caso temas, quedan abroquelados. Los reservaba para abordarlos a mi manera, frase a frase pensada y pensada. Salió así, pues adelante. El periodista-entrevistador debe, para serlo de veras, respetar al interrogado y sus opciones, pero ser incisivo, provocador y acorralador. Lo grave e inadmisible es cuando la provocación y el acorralamiento resultan de la vulgaridad y la ignorancia o de la muy común falta de gentileza y pobre educación ¡Qué magia desarmadora se produce cuando el interrogado enfrenta inteligencia fina y estilete bien graduado! Esa fue la experiencia. Y la agradezco.

Alfredo Guevara

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Entrevista con Alfredo Guevara

El encuentro con Alfredo Guevara (1925) en mayo de 2007 fue extraño, pero mucho más raro ha sido el resultado de aquella conversación fraccionada, por cuestiones inexplicables, en dos secciones. Una transcurrió en su oficina del Festival de Nuevo Cine Latinoamericano. La otra, en el recibidor de su casa en el Vedado. Entablamos el diálogo entre cuadros de los más notorios artistas (coleccionarlos es una de sus pasiones) que ofrecen un fresco de lo que entendemos por Cuba, la Revolución y estos años que le han convertido en una figura polémica. Aquí transcrito, apenas podríamos llamarlo entrevista. Luce más como un testimonio. Y, por supuesto, lo es. Ambos encuentros, de los cuales nos separan dos años en los que Alfredo Guevara ha tenido tiempo para reflexionar sobre lo dicho allí, y sobre la vida en general, fueron un descenso a la memoria. Quisimos traer de vuelta algunos temas, “romper ciertos silencios”, le llama él. Esos silencios que abrazan la realidad cual animal inhóspito que aquella noche nos acechaba.

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Creo que a mi generación, es decir, la de Fidel —generación que tiene la responsabilidad de haber pensado y echado a andar, con el sacrificio suyo y de otros que han desaparecido- la Revolución, no la ha defendido como debía. Ha habido demasiado silencio, demasiado hablar hacia el exterior y no sé por qué razón, entre nosotros, se ha esquivado la polémica, se ha esquivado la refutación.

Hace una cierta cantidad de años planteé a Fidel que no quería seguir en los cargos, renuncié. No cómo se renuncia en otros lugares, sino que le pedí que me liberara de todo lo que se pudiera menos del Festival —quería seguir en el trabajo latinoamericano—. Quería tener tiempo para escribir y para seleccionar documentos y publicarlos. Me dio esa autorización y es lo que estoy haciendo. En estos últimos tiempos, con esa polémica que tú sabes que se armó, ha quedado muy claro que este pensamiento que tengo es más que correcto. Los protagonistas teníamos que hablar.

Yo me horroricé hace unos años con la muerte de Bilito Castellanos. Me di cuenta que de aquel grupito que nos conocimos en nuestro primer año de la Universidad y que, poquito a poco, incluso turbulentamente, fuimos intimando y acabamos por ser un grupo de amigos para siempre, había desaparecido casi todo el mundo. Pero, Bilito me interesaba mucho, no solo por el cariño, casi amor, que le tenía, sino porque era uno de los que podía escribir. Y dije, bueno, qué es lo que queda…

Creo que de aquellos primerísimos años, los años en que se preparó la Revolución y en que se gestaron otros momentos —momentos decisivos como el Moncada y, después, el Granma, la Sierra…—, los protagonistas que podían reseñar, con conocimiento verdadero, profundo, detallado de las cosas, ya casi no existen. Es por eso por lo que estimulé hasta donde pude —porque en estas cosas Fidel toma sus decisiones él— la entrevista con [Ignacio] Ramonet. En realidad, ya había habido un intento hace muchos años; pero, y sé que no le gustaría esto a quien queda de entonces…, me alegro que no haya sido en la época. Giangiacomo Feltrinelli intentó que se hiciera una entrevista en forma a Fidel, pero era muy temprano. Realmente, esta entrevista de Ramonet ha llegado en el momento oportuno, en el momento en que ya habíamos tenido la experiencia de la Revolución, un proceso que quería construir una sociedad más justa, que ha soñado con ser socialista.

El socialismo, en realidad, nadie sabe qué es hasta ahora, puesto que no hay ninguna experiencia válida de socialismo, ni siquiera la nuestra. En realidad, sigue siendo una utopía. Una utopía en la cual todavía creo, y en la cual ya muchos no creen. Muchos dicen que sí, pero tú, que eres joven, sabes muy bien que hay mucho escepticismo y muchas preguntas que se hace la gente, los que siguen queriendo que exista, pero se hacen preguntas. Entonces, como yo sí creo que vamos a llegar, llegará una generación, no sé si esta u otra, pero llegará…, sigo queriendo hacer una contribución a esta edad ya avanzada que tengo. Y en este caso, aceptar tu entrevista, sin conocerte, sabiendo que me expongo a que me utilices, acepté correr el riesgo. Para mí, lo peor es no correrlo. Por eso, estoy haciendo esta introducción. No sé si tú vienes con preguntas, pero yo quiero hacer una pequeña exposición.

Yo creo que la época a la que tú te quieres referir, puntualmente a Lunes de Revolución, no puede ser comprendida sin un análisis político, que es también histórico. Es decir, de cómo se construyó la Revolución.

Al triunfo de la Revolución, el Movimiento 26 de Julio, al que pertenecía ya en ese momento, no tenía una influencia marcada —sí emocionalmente, pero no estructuralmente desde el punto de vista ideológico— sobre la generación intelectual. No tenía a las capas de la intelectualidad artística. El Partido Socialista Popular había hecho un buen trabajo en esa dirección, porque no había manejado la tesis soviética del realismo socialista. Había sido inteligente su política con los intelectuales. Más bien, se había centrado en la identidad. En lo que a mí me tocó conocer, con la edad que tenía entonces. El PSP fue beneficiado para desarrollar esa influencia por el hecho de que el final de la Guerra Mundial, antes de que empezara le Guerra Fría, que empezó casi enseguida, desarrolló un clima de esperanza en el mundo. La Unión Soviética había jugado un papel muy importante en la derrota del nazi-fascismo y tenía la simpatía mundial. La tenía también de los judíos y de la intelectualidad judía del mundo, que era más que importante. Una parte de ella, la que se salvó, se había refugiado en los Estados Unidos. El viejo Partido, el Partido Socialista Popular que, confeso o no confeso, seguía los lineamientos de los restos más o menos encubiertos de la Internacional —que, en definitiva, era Stalin y el estalinismo—, y que perjudicó su imagen por su alianza con Batista, se benefició en imagen porque la Alianza Mundial Antifascista se creó para apoyar a los países en lucha; pero, en realidad y en particular a la Unión Soviética, y condujo al Partido Comunista Norteamericano, bajo la dirección de Earl Browder, a suavizarse. Y mientras Stalin no cambiaba su política interna respecto a los intelectuales, hacía afuera desarrollaba una forma de apertura, de alianza, de frente único. Por lo tanto, la política del Partido Comunista cubano, con nombre de PSP, fue la del frente único. Y el frente único no se logra nada más que haciendo concesiones. Roosevelt estaba en los Estados Unidos. Earl Browder era el dirigente del Partido y marcó ciertas líneas, esas líneas también se adoptaron aquí. Estas cosas aunque las seguía en la época, era tan joven que no quiere decir que las comprendía bien. Fui comprendiéndolas más tarde, cuando me tocó vivirlas conflictualmente.

Hace dos años, más o menos, alguien hizo un estudio en Francia sobre esa época y las cosas relacionadas con la vida intelectual, basado en correspondencias, etcétera, de las que dispone y de las que no dudo. Casi al mismo tiempo, recibí una llamada extrañísima de una persona que decía —puedes fijar la fecha, pues fue exactamente con la muerte de Guillermito Cabrera Infante— que quería lograr que alguien, al que yo conocí, se reconciliara conmigo. Resulta que ese alguien que quería reconciliarse conmigo era Germán Puig. Él quería reconciliarse conmigo ahora que había muerto Guillermito. Yo me quedé asombrado.

En el año 49, parcialmente, estuve por Europa. El 50 y 51 me lo pasé en Europa, básicamente en París, Praga y Roma. Entonces, para mí era… Había conocido a Germán Puig en Cuba, pero lo reencontré en la Ciudad Universitaria de París y me pareció muy simpático. Entonces, resulta que yo he tenido enemigos que no sabía quiénes eran. No sabía que tenía un enemigo. Un muchacho que había conocido aquí, que me parecía simpático también y que le gustaba mucho el cine. A mí me gustaba mucho el cine también, más nada. Pero, él había tratado de organizar cine-clubs y cinematecas, había tratado de organizar cosas, etcétera, y había tenido un conflicto con Titón [Tomás Gutiérrez Alea], a quien excluye de este conflicto, en este lío del que me enteré yo tarde. Es decir, me he enterado, ahora que tengo ochenta, no antes, de que yo había tenido un enemigo hace cuarenta o cincuenta años, no sé cuantos. Yo no sabía que tenía un enemigo con el que tenía que reconciliarme. Y de las cosas que habla el estudioso de Francia, que me parece una persona honesta, limpia, que está trabajando con papeles… Hago un paréntesis para decirte que por eso estoy haciendo esto, porque sé que a quien trabaja con papeles puede armársele una confusión tremenda. Los papeles dan pistas, pero hay que hablar con los protagonistas, y ya no tienes cómo hablar con casi ningún protagonista. Hay unos cuantos protagonistas aquí con los que tal vez ya hayas hablado, pero no van a decirte lo que yo te voy a decir ahora. Es decir, tengo experiencias extrañísimas de esas cosas. He descubierto que tenía un enemigo, con el cual tenía que reconciliarme. Voy a aceptar, pero necesito tiempo para hacerle una carta diciéndole que vivo asombrado de que hayamos sido enemigos. Esto, para decirte cuán complejas son estas cosas.

Cuando conocí a Fidel teníamos 19 años. Ya yo había empezado a caminar hacia el marxismo rápidamente; pero, yo venía de la anarquía. La imagen del anarquismo es de un tipo loco con cuatro bombas en el bolsillo, sembrando el terror por todas partes. Mi anarquismo y mis ideas no estuvieron exentas de eso, pero eran ante todo libertarias. Fui formado por mis profesores en la Universidad, básicamente, y bajo la influencia también de algunos… Fernando Ortiz no fue mi profesor y María Zambrano fue profesora en la medida en que asistía a sus conferencias… la admiraba mucho. También, por ciertos profesores republicanos. Pertenecía a una organización anarquista del puerto. Nada más que había negros, además, estibadores. Fue una experiencia. Si alguien, algún día cuando yo muera, empieza a indagar en mí, dirá: este es un cambia casaca que no tenía nombre. Porque pertenecí a la Juventud Auténtica, a la Juventud Ortodoxa y pertenecí a la Juventud Socialista. Y mientras era de la Juventud Ortodoxa y de la Juventud Auténtica, pertenecí a la Alianza Revolucionaria, que era la organización anarquista. Pero lo que cualquier investigador tendrá que aprender es que la realidad no es monolítica, ni en las personas ni en la sociedad. Está llena de conflictos y mi caso era el caso de alguien que estaba buscando y que a esa edad eso es lo único que puede hacer alguien: buscar. Estaba buscando un asidero intelectual, ideológico, político. Finalmente lo encontré en el marxismo. Pero, no encontré, salvo raras excepciones, idóneas personalidades del marxismo que representaran el marxismo que empezó a adentrarse en mí.

¿Por qué te digo todas estas cosas que no es lo que te interesa? Llega el triunfo de la Revolución. Yo me he ido del Partido, en medio de la clandestinidad. Lo discutí con el Partido. Me pasaron algunas cosas que me decidieron a romper. Primero, el grupo mío, de amigos, no estaba en el Partido. Eran los que rodeaban a Fidel. Eran Pedrito Miret, Léster Rodríguez, Melba [Hernández], Yeyé [Haydeé Santamaría] menos, aunque estuve bajo el mando de Yeyé después. Y Fidel y Raúl. Fidel y Raúl estaban en las mismas ideas. Pero, como yo era el que estaba más lanzado, nunca en público, pero ellos, en relajo, porque éramos unos jovencitos —no pienses en Fidel el estadista de ahora, ni en la figura histórica, ni en nada de eso—, me decían Guevaroski y Alfredoski; nunca en público, porque entonces se rompía la unidad que teníamos, el papel que jugábamos en la Universidad. Cuando estábamos solos me decían esas cosas, porque yo era el que estaba más lanzado.

Salgo del Partido, porque en una reunión del Partido, que era una reunión de Nuestro Tiempo, donde yo estaba militando, planteé que estaba de acuerdo con la invasión de Hungría, que estaba de acuerdo con la actitud del Partido de Hungría, que había llamado a las tropas soviéticas, pero que no lograba entender cómo al día siguiente, una vez dominada la insurrección, la dirección del Partido no se había suicidado. Yo, si hubiera sido dirigente del Partido húngaro, probablemente hubiera estado de acuerdo en parar la insurrección, pero después me hubiera cuestionado: «he disparado contra el pueblo, no puedo vivir». Me hubiera tenido que pegar un tiro. Entonces, Mirta Aguirre, pidió mi expulsión. Y su hermano, que también estaba allí, Sergio Aguirre, ellos dos, me expulsaron. No te diré los otros que estaban militando allí, porque te quedarías patidifuso si dijera los nombres. Solo que no soy hombre de odios y fueron mis compañeros después hasta que murió cada uno. Creo que se confundieron entonces, y se confundieron más tarde. Allí estaba militando María Antonieta Enríquez, una musicóloga que era la esposa, en ese momento, de Carlos Rafael Rodríguez, que ya se había separado de Edith García Buchaca. María Antonieta, no sé cómo, pudo avisarle a Carlos Rafael. Esto era en plena clandestinidad. Y Carlos Rafael, violando las normas de la clandestinidad, se presentó e impidió mi expulsión. Y además Carlos Rafael se preguntó en público, un público de 15 personas más o menos, un público clandestino, se preguntó cómo yo había aguantado aquella reunión. Acepté que no me expulsaran. Agradecí a Carlos Rafael muchísimo, pero Carlos Rafael tenía sus razones para hacerlo. Yo me había convertido para Carlos Rafael, por todos estos antecedentes míos, en el contacto con [Carlos] Prío, con la Triple A, con Aureliano Sánchez Arango, que estaba clandestino en un yate, y después en un supersótano en lo que es hoy Siboney. Yo era el contacto de él con las organizaciones, con el 26, con los Ortodoxos, pues en la dirección Ortodoxa estaban mis profesores de Filosofía y Letras de la Universidad.

A mi regreso de Europa me tocó vivir otra experiencia. Flavio Bravo, el líder de la Juventud Comunista, me puso a vender el periódico Hoy, voceado por las calles. Lo acepté porque, precisamente, soy tan engreído, tan seguro de mí mismo, que me daba lo mismo vocearlo que hacer otra cosa. Eso no cambiaba nada en mí, pero en un momento dado me sentía viviendo el absurdo. Me encontré con un bedel de la Universidad en el parque Maceo. Yo estaba voceando el periódico y me dijo: «ay, Alfredo, no sabía que estabas tan jodido». Entonces, me dije: «esto es demasiado ridículo», y se acabó la experiencia. Les dije: «si quieren utilizarme, a partir de ahora las condiciones las pongo yo». En la Universidad puse por condición que seguía las líneas de la Juventud, pero se discutía conmigo directamente y no formaba parte de nada. Por eso no milité. En Nuestro Tiempo llegué a militar entre intelectuales, pero ya no milité nunca más.

Algo similar, o peor, sucedió con Carlos Franqui, quien fue expulsado del PSP. Franqui había trabajado en el periódico del PSP antes del triunfo de la Revolución. El PSP había sido con él tan injusto como conmigo. Franqui se confundió conmigo, pensando que tendríamos las mismas reacciones. Es decir, él había salido con odio, pero con razón. Su odio era justo. Había sido maltratado de verdad. Lo menciono porque ese es el origen de muchos problemas futuros, a los cuales me referiré más adelante.

Después encontrarás el nexo de todas estas cosas. Decidí, en mi alma, salir del Partido. Empecé a caminar, para no salir abruptamente, y en la primera oportunidad que pude considerar oportuna, planteé mi desacuerdo con la política del Partido.

La política del Partido seguía siendo el frente único, el movimiento de masas, no la insurrección. En realidad, estaba convencido, desde el Moncada, que después de la sangre del Moncada se había acabado esa política. Pero me era muy difícil, porque yo seguía siendo un marxista. Yo salí del Partido y al día siguiente ya estaba militando junto a Fidel; no digo junto a Fidel persona, sino en la misma línea, en el 26.

El problema es que estaba militando virtualmente desde antes y conocía todo. Estuve en el entrenamiento del Moncada, siempre estuve con ellos. Cuando el asalto al Moncada, quien limpia las casas, porque tenía acceso a ellas, soy yo. Me detienen unos días después, pero alcancé a limpiar las casas, porque allí había textos marxistas. Ellos estaban estudiando el marxismo. No quiere decir que todos los asaltantes al Moncada supieran esto, pero era parte de la evolución intelectual de Fidel, de Raúl, de Pedrito, de Léster...

—… de Abel. En su casa también había libros marxistas.

De Abel [Santamaría] también, pero yo no tenía el acceso para llegar allí y hacer lo que me diera la gana. Pero, en todas las demás casas yo “acabé”. Incluso, en el cuarto en que vivían Raúl y Pedrito, una casa de huésped, entré, me llevé las cosas, llegó el SIM y yo, que ya estaba un poquito lejos, me acordé de que había un travesaño en el que Raúl a veces tenía cosas. Me dije, «ay mi madre». Volví a la casa. Ya se había ido el SIM. Me llevé lo que estaba en el travesaño. Yo logré limpiar todas las casas a las que tenía acceso. Unos días después me detuvieron. Esto, para decir que yo salí del PSP directo para las acciones del 26. Salí del PSP para correr más riesgos todavía. La pasé peor en la clandestinidad urbana que si hubiera estado en el monte. Yo no me veo en el monte. Pertenezco al asfalto. Corrí riesgos en La Habana, pero no vivía en un sótano, vivía en las casas burguesas más ricas de Cuba, aunque igual podían matarme al día siguiente. En otro medio me habrían agarrado a los tres minutos. Tú tienes que ser pez en tu agua y ahí debes actuar hasta donde puedas. Yo me sentía más seguro en la inseguridad de La Habana que en un medio en el que me sintiese un extraño. Al final, me detuvieron y me torturaron.

Me salvó mi padre. Él era Gran Maestro de la masonería. El movimiento estudiantil estaba protestando: yo estaba desaparecido. La palabra desaparecido, como se usa hoy, no existía entonces, pero lo estaba. Me habían detenido Carratalá y Peñate. Carratalá me había entregado a este último. Estuve en la estación de Zapata y C, una estación de policía. Cuando paso por ahí me horrorizo nada más de mirarla, porque fue donde acabaron conmigo. Logré avisar gracias a un policía. Yo era un guiñapo, un hematoma viviente. El policía se pone de espaldas, porque no podía hablarme, y me susurra: «¿tú sabes que te van a matar?» Le digo «sí». Dice: «si me das un teléfono aviso, porque la clave es que te vean». Todo esto sucedió en medio segundo. Se me ocurre la idea salvadora: llamar a un primo mío, que era cónsul en Buenos Aires, y que era de la carrera diplomática formal, porque era premio Sánchez Bustamante en Derecho Internacional en la Universidad, y se logró colar en el Ministerio de Estado desde la época de Prío. Y recordé también a Alicia, su esposa, que todavía vive con noventa y tantos años. Ellos estaban fuera de la lucha y yo no tenía por qué recordar el teléfono, pero me vino a la memoria el número, lo dije y se avisó. Mi familia se comunicó con mis contactos, muchos de ellos bien colocados entre la burguesía habanera que ayudó a la Revolución.

Varias mujeres de esa burguesía se aparecieron en Cadillacs, rodearon la estación de policía con sus chóferes uniformados, y se colaron dentro. Desde luego, a un individuo le podían dar una pateadura, pero con esas mujeres no era lo mismo. A mí no me torturaron exactamente con instrumentos de tortura, si no a culatazos. Todavía tengo problemas, lo que pasa es que ya no tienen importancia. Aquella acción impidió el asesinato inmediato. Después, mi padre, sabiendo lo que pasaba, me salvó con la presión de la masonería, que en la época era archipoderosa.

Como podrás apreciar, hice entonces una clandestinidad de riesgo, no una clandestinidad escondido debajo de una piedra. El tiempo de un combatiente urbano está limitado siempre. O muere o se salva, pero si se salva no puede seguir en la ciudad. Al final, salí clandestino de Cuba. Se decidió la salida clandestina, porque yo estaba condenando los asilos fáciles, y no podía salir asilado.

No voy a contar la historia completa, es sólo para llegar al triunfo de la Revolución.

Llega el triunfo de la Revolución. En aquellos primeros días del 59, Fidel cuando llegó a Matanzas le dijo a Lidia, su hermana mayor, que me localizara. Yo considero que no me lo merecía, él me recordaba como el habanero que sabía de su confianza y que podía hacer cosas. Creo que él, entre la cárcel… nosotros nos vimos después de la cárcel; el exilio en México, donde no nos vimos; el Granma; la Sierra, etcétera, dejó en su memoria algunas personas que le podían ser útiles en los proyectos no confesos que tenía. Creo que por eso enseguida me quiso llamar. Yo, en su memoria, era alguien del grupo, estudioso, preparado, cultivado, de principios, decidido, que no había fallado en nada y que había estado en la clandestinidad, había resistido la cárcel, la tortura y me había mantenido firme.

Acaba de triunfar la Revolución, acaba de llegar Fidel. Me pidió que no me ocupara del cine, sabía que era mi vocación, que tenía que ayudarlo y que me tenía que ocupar de las leyes revolucionarias. Me dijo que tenía trabajar en eso y que coordinara las reuniones… éramos el Che, Vilma [Espín], [Antonio] Núñez Jiménez y también sugirió asesores, que podíamos tener, pero externos. Empezamos a hacer las leyes revolucionarias. Fíjate a quienes escogió. Después se produjo la unión en las ORI [Organizaciones Revolucionarias Integradas] de las tres organizaciones: el PSP, el 26 y el Directorio [Revolucionario]. Las situaciones, más o menos, conflictuales se fueron resolviendo. No voy a desarrollarlas. Pero, uno de los acuerdos fue disolver todas las estructuras internas de esas organizaciones, si las tenían. El que las tenía más elaboradas era el PSP. Entre otras cosas, y es a lo que me voy a referir y por lo que he hecho toda esta historia, tenía una Comisión de Cultura. Una comisión de influencia en plan de frente único sobre la intelectualidad, y que era la mano que estuvo detrás de Nuestro Tiempo. Fui uno de los instrumentos de los que se sirvió el PSP para dominar Nuestro Tiempo, en realidad era el que daba la cara hacia fuera, pero los importantes eran Carlos Rafael y Mirta.

En esa situación de integración de las organizaciones y sus conflictos a inicios de la Revolución, Franqui le teme mucho a la influencia creciente del Partido. Franqui tenía suficientes redes para no ignorar que por todas partes el PSP estaba diciendo que le estaban pasando el poder. Y, si además de eso, se iba produciendo un acercamiento a la Unión Soviética, entiendo su terror. Se han aliado las fuerzas políticas, pero él es un personaje del 26. Voy a decir lo que considero clave para entender la historia de alguna de las polémicas de los años sesenta. Ya dije que el Partido tenía influencia sobre una parte de la capa intelectual. El Movimiento 26 de Julio no tenía intelectuales artistas militantes en sus filas. Entonces, Franqui abre en el periódico la posibilidad de que una capa de jóvenes echen a andar rápidamente, se destaquen en todo, porque tienen el instrumento de la Revolución. Aquí entra Lunes de Revolución. ¿Hace esto «malo» a Lunes? No. No es un juicio sobre la calidad estética de Lunes de Revolución. Es un juicio sobre por qué se producen los conflictos. Se producen, no contra Lunes, se producen alrededor de la voluntad de poder, justa por otra parte, peligrosamente justa, de Carlos Franqui.

En ese momento yo estaba muy cerca del día-día de Fidel. No es que fuéramos de igual a igual, pero éramos dos amigos de la misma edad y desde fecha muy temprana. Estaba al lado de Fidel siempre, manejándolo todo y sabiéndolo todo. ¿Qué es lo que pasa? Que Franqui no cree en el talento y en la habilidad de Fidel. En esencia lo subestima. Carlos Franqui no estaba predestinado por la historia a ser contrarrevolucionario. Fue que se creyó o llegó a la convicción de que el PSP sumergía a Fidel en sus posiciones, y eso no podía aceptarlo. Él se sentía superior o más inteligente y hábil, o más sutil que Fidel. O más previsor. No sé…

En efecto, fue necesario contar con los cuadros del PSP —no estoy hablando de los cuadros intelectuales, sino de los cuadros políticos— en la alianza que habíamos hecho. Ahora, puedo decirte que el PSP, en mi convicción, no fue leal. No disolvió sus Comisiones. Entre ellas, no disolvió la ya mencionada Comisión cultural, manejada por Edith, pero también por Mirta. Después ellas entraron en conflicto.

¿Tú sabías estas cosas?

—Algunas.

No se disolvió la Comisión cultural. Y Raúl, el Che y Ramirito [Ramiro Valdés], y yo trabajando juntos, observábamos —Fidel lo sabía todo desde luego, pero él estaba dedicado a otras cosas—, cómo Franqui avanzaba y se iba apoderando de espacios, de medios. Estos muchachos que se nuclearon en torno a Lunes, que vieron el gran chance, no eran parte del juego de Franqui del que estamos hablando.

—Tampoco eran eso que usted llamó “intelectuales combatientes”.

Ese no es el problema. El problema concreto, para mí… no me gustan los calificativos. 47 años después y los adjetivos no hacen bien. Estábamos en un momento, en aquella época quiero decir, en el que había que definir las opciones de la Revolución. El plan de Fidel es la opción socialista. Simplemente, está ganando tiempo. Me acuerdo que paso por París y la Inteligencia francesa… —yo era amigo de alguien que era de la familia [Valéry] Giscard d'Estaing— y la Inteligencia a través de esa persona me hace la proposición de dejarse robar unos documentos del Estado francés para que le llegaran a Fidel. Esos documentos probaban que los negociadores de la zafra azucarera cubana estaban traicionando a Cuba. Pero los franceses estaban interesados en que se supiera por una razón: hoy Francia no necesita azúcar de caña, porque tiene una producción remolachera, pero en aquella época endulzar el café o cualquier otra cosa dependía de la zafra azucarera cubana. Cuba era el gran abastecedor de Europa, y lo seguía siendo al triunfo de la Revolución. En esa época Julio Lobo seguía secretamente asesorando a Fidel, pero había una fuerza aquí, que estaba en el Banco Nacional, que estaba saboteando. Y Fidel me dice cuando yo llego… Bueno, antes bebo aclararte que yo no acepté los documentos de esa forma, dije: «si me los entregan los tomo, robármelos no». Podía ser una trampa. Pero me los entregaron. Se los entrego a Fidel y él me dice: «no te preocupes, pásaselos al Che, que el Che está manejando este asunto». Estamos hablando del Consejo de Ministros en el que, además, yo participaba; y Fidel me dice: «mira, Fulanito nos traiciona a más tardar en julio; Menganito, no llega a noviembre; Ciclanito, cualquiera sabe si mañana». Ese Consejo de Ministros era por lo tanto un entretenimiento, pero lo necesitábamos. Fidel estaba ganando tiempo.

Este era el clima de la época Un clima muy convulso y muy inseguro porque estaban todas las fuerzas ahí presentes. Acuérdate que ponían bombas, una detrás de la otra… bombitas. Por ejemplo, las bombas que ponían en los cines eran unas cajetillas de cigarros que se llamaban Edén, que tiraban las cajetillas con un petardillo. Después cuando el ICAIC asume los cines, decidí que el único modo de parar las bombas era llamar a todos los bombistas, viejos amigos míos de La Habana, y ponerlos de administradores de todos los cines. En cuanto veían un tipo ya sabían que iba a poner una bomba. Ese era el clima. Acuérdate que hubo atentados… es decir, nosotros en realidad no estábamos en lucha contra Lunes de Revolución, después diré otras cosas. Otro era el combate. Y sigo.

Esta historia está en el silencio, pero no es por culpa de la “ignorancia”. Es toda una voluntad. Una voluntad marcada por intereses de algunos que están afuera, con el silencio cómplice de algunos de adentro, a los que interesa esa imagen, y de otros, ciertos pre-post-castristas. Sin obviar nuestros silencios propios en medio de tanto bregar. Por eso te lo digo de una vez: no me enfrenté a Lunes, sino a Franqui.

Las palabras de Fidel a los intelectuales comienzan por este conflicto. Yo hago mi intervención en la televisión, en la cual tenía el poder que no me pudo quitar Franqui. Todavía existía aquel espacio que hacía [Jorge] Mañach, la Universidad del Aire. Un día en la Universidad del Aire, está Fidel y va Franqui y me denuncia, en mi cara. Y Fidel me pide cuentas, me dice: «¿por qué todo esto?» Y le digo, «Fidel, en este ambiente no quiero contestarte, si me lo permites te hago un resumen de todo para que esto se pueda ver con sosiego». Fidel lo acepta y no por gusto, sino porque se las sabía todas. Yo le hago la carta que ya se ha editado, también dirigida a [Osvaldo] Dorticós, el Presidente. Celia [Sánchez] me llama no sé desde dónde y me dice: «Fidel lo ha leído todo y está de acuerdo contigo, ya hablaremos».

Me quedé entonces tranquilo con aquel mensaje de Fidel. Él empezó a pensar cómo arbitrar entre todos. No eran solo dos grupos, eran muchos y diferenciados incluso en las mismas organizaciones. Fidel comprendió muy bien que tenía que actuar y que tenía que unir porque se había dividido demasiado el ambiente. Después, al no hablarse de estas cosas, y quedarse nada más el discurso de Fidel, y apenas esa sola frase de “con la Revolución todo, contra la Revolución nada”, se ha limitado muchísimo la posibilidad de comprender toda la trama.

Y es que Franqui quería controlar también el ICAIC. Él se apoderó parcialmente de CMQ, pero me le adelanté a su vez con el cine La Rampa. El cine La Rampa lo había construido, casi lo había acabado de construir, en el momento del triunfo de la Revolución, Ventura Dellundé, un diputado, un representante de la Ortodoxia, amigo de [Eduardo] Chibás. Yo era muy amigo de Chibás y de alguien que era el Secretario General de la Juventud Ortodoxa, Max Lesnik. Para mí, incluso, fue duro eso, porque yo había andado con Ventura Dellundé hacia el final ya de la construcción del cine, que era un cine modelo. Cuando Dellundé emigra sorpresivamente y me toca revisar los papeles en su oficina, me corresponde a mí tenerlos en la mano, y resulta que Dellundé era accionista de CMQ. Entonces, me vuelvo accionista de CMQ y por lo tanto, me vuelvo un rival de la ambición de Franqui dentro de esa empresa. —A propósito, tratamos de conservar todo lo que Goar Mestre no pudo llevarse, porque lo que se llevó de grabaciones ese señor no tiene nombre—. Había otra empresa de televisión, la rival, la de [Gaspar] Pumarejo, que estaba en Prado, donde están hoy los Estudios de Sonido del ICAIC, por eso están ahí. Un día me reúno con Raúl, con el Che y con Ramirito y me dicen que hay que apoderarse de eso antes de que Franqui lo agarre. Les dije: «yo lo tomo, pero cómo». Me dieron una tropa, que rompió las puertas de aquello. Yo entré allí y me apoderé de esa Televisión. Por lo tanto, esa Televisión fue por un tiempito parte del ICAIC, acabado de fundar. En fin, íbamos cerrando el camino así.

Estábamos en un momento en el que había que definir las opciones de la Revolución. El plan de Fidel era la opción socialista. Estaba ganando tiempo.

Pero, todas estas batallas que no tienen nada que ver con la vida intelectual afecta el papel que juega Lunes de Revolución. ¿Por qué Lunes de Revolución también entra en el problema de la lucha intelectual? Me imagino que esto que te voy a decir ya lo tienes muy claro.

Antes del triunfo de la Revolución hay un desprendimiento de Orígenes y se funda Ciclón. Y no los que vinieron después, porque muchos de los que están en Lunes de Revolución son muchachos que están en Nueva York, París, fuera…; vienen y ven la oportunidad tremenda. Es justo que hagan lo que hicieron, que se metan ahí. Ellos no saben de estas luchas políticas, ni de cosas parecidas. Pero, no es el caso de los que vienen de Ciclón, que no saben tampoco que hay un conflicto hacia el socialismo, de las opciones, pero sí saben de por qué desde el periódico se le cierra el camino a Alicia Alonso, se le cierra el camino a [Alejo] Carpentier, se le cierra a [José] Lezama [Lima]. Hoy todo el mundo dice soy lezamiano, pero no es verdad. En aquel primer momento cerraron a todo el grupo Orígenes y a todo el grupo católico. Entonces, paradójicamente, la defensa del grupo católico nos toca a nosotros. No debía haber sido así. No tenía lógica, pero fue. Y fue por eso. Porque se había formado una situación verdaderamente de choque entre Ciclón y Orígenes. Hay un pequeño libro olvidado en el que los que salieron en Ciclón analizan sus propias posiciones. Es muy interesante ver cómo ellos veían las cosas. No hablo de Lunes, sino de Ciclón. Eso explica todo aquel instante en que había tanta radicalidad con las viejas figuras. La gente debe comprender que casi cincuenta años después, estamos revisando un proceso. Diez años después somos un poquito mejores o peores; y veinte años más tarde, más mejores o más peores, y así y así, porque así es la vida: un cambio perpetúo. Lo interesante de agarrar un librito como ese…

Cuando estaba en Nuestro Tiempo, por lo tanto era muy joven, no tenía mucha experiencia en el movimiento intelectual. Había vivido experiencias políticas, pero me faltaban experiencias del movimiento intelectual. Aunque, la FEU que yo dirigí fue una FEU volcada también a la vida intelectual, pero éramos animadores culturales, no protagonistas de la creación. Defendíamos a los artistas, hacíamos exposiciones. Una de las más importantes exposiciones de Carlos Enríquez fue en la FEU. Pero, eso no nos hacía intelectuales, éramos luchadores políticos. Hay ciertas cosas que en realidad las veíamos distintas. Al triunfo de la Revolución éramos guerrilleros, simplemente. Yo me acuerdo que cuando empezamos a hacer la Ley de la Reforma Agraria, no hablo de mí sólo, hablo del Che y de Vilma, te aseguro que era la misma situación. Nos vimos mal, porque no sabíamos qué cosa era la Ley de la Reforma Agraria. Sabíamos que estábamos defendiendo uno de los principios fundamentales; sabíamos que había que reformar el régimen de la tierra; sabíamos que había que liberar al campesino; sabíamos que había que liquidar, no a los terratenientes, sino a los latifundios; sabíamos qué era la United Fruit; pero, cómo organizarlo mejor. Rápidamente hubo que estudiar muchísimo y que discutir muchísimo. Puedo decirte que nos pasábamos el día discutiendo y llegaba Fidel, por no variar, a las tres de la mañana, y lo cambiaba todo. Y teníamos que empezar de nuevo. Realmente dirigir un Estado, reorganizar un país, no es ninguna tarea facilita. Fidel un día nos dijo: «a partir de ahora, los jueves al Banco Nacional». Y todos nos preguntamos: «¿y…?» El Che terminó dirigiendo el Banco Nacional. Fidel, cuando vio nuestras caras, dijo: «no podemos dirigir un país sin saber lo que es un Banco Nacional». En el Banco Nacional encontré a uno de los hombres de la Pentarquía, uno de los asesores de Guiteras, por casualidad. Me salió en un pasillo y se puso a disposición nuestra. Misteriosamente el guiterismo entró en nuestro mundo y en nuestra tarea de transformar la estructura jurídica de la sociedad. La prioridad nuestra era qué camino va a tener la Revolución, cómo organizar esto, y no las líneas del trabajo intelectual. Sí detectábamos que Franqui obstaculizaba el camino hacia esa sociedad. No lo obstaculizaba de mala fe, ya lo he dicho en las reuniones internas. Ahora es contrarrevolucionario, pero no lo estaba obstaculizando de mala fe. Es que no podía soportar la idea de que el PSP tuviera… y era lógico que temiera que el PSP tuviera un peso específico excesivo, porque era portador del stalinismo. Esto es un enredo de esos que hay que analizar con mucho cuidado para no ser injustos con nadie, aunque cuando alguien ya está en la contrarrevolución está en la contrarrevolución. Pero para comprender el proceso y la complejidad del proceso… se atravesaron varias cosas en el caso de Lunes de Revolución: ser ellos un instrumento involuntario de la política de Franqui y al mismo tiempo que adentro de Lunes estaba todavía presente la lucha entre Orígenes y Ciclón, y generacional. Todo esto para decirte que es mi opinión —yo tampoco soy el Papa ni cosa por el estilo, aunque el Papa tampoco es infalible—; creo que fue una gran revista, que muchas veces fue injusta, pero que merece ser estudiada como tú lo estás haciendo y, ojalá, que lo hagas con suficiente equilibrio. No es la Biblia, pero merece ser estudiada y reconocida, verse en toda su complejidad y con estos factores. Salió perdiendo en la lucha política, pero lo que la perdió fue una vocación errónea que tuvo de ser papal.

En una reunión que tuvimos hace pocos días en el Instituto Superior de Arte, en la que se estaban viendo otras cosas, pero tangencialmente se habló de esto, me decía hablo o no hablo, pero yo me estoy reservando, hoy estoy rompiendo la reserva. Yo quiero escribir todo esto a mi manera. He dicho ya muchas cosas de la época, pero otras no. Sin volver a Orígenes o a Ciclón no hay modo de entender las actitudes que se manifestaron. En la reunión que se celebró hace unos días, Arturo Arango hizo una intervención en la que recogió las ideas que fueron conformando la Unión de Escritores y Artistas y las revistas Unión y La Gaceta, etcétera. A mí me ha estimulado a profundizar en aquello. Esa fue la solución que dio Fidel. Efectivamente ese grupo que estaba allí estaba siendo utilizado, pero no sabía que estaba siendo utilizado porque no eran políticos, salvo dos o tres. Guillermito sí sabía, sí sabía lo que estaba haciendo.

Guillermito era muy inteligente, era de nuestro grupo originalmente: Titón, Guillermito y yo; ocasionalmente, Lisandro Otero. Cuando éramos jovencitos nos pasábamos la vida en los toques de santo, con los espiritistas, en todas las cosas habidas y por haber. Para Titón y para mí, y para él también, aquello era entrar a un mundo extraño, distinto. Íbamos en busca de algo que nos enriquecía, pero que no sabíamos qué era y que yo creo que está detrás de otras muchas cosas. Después nos separó la vida, las convicciones.

El día en que rompí con Guillermito me quedé aliviado. Fue al principio, antes de todos estos conflictos. Guillermito trabajaba conmigo en el ICAIC. Era asesor mío. Venía y, un día le digo: «oye, que maravilloso tu articulo, qué bueno», qué sé yo... Y me dijo: «me avergüenzo de haberlo escrito». Era un elogio de Fidel, ¿eh? Me dijo: «tu amigo es Mussolini». Ese día nos dimos una fajada tremenda y se acabó la amistad. Él la había escrito… pero yo no soportaba esas cosas. En una ocasión anterior hizo una crítica a una película…, claro que cuando la hizo nos reímos, porque la característica fundamental de Guillermito era en la vida personal la amargura y en la vida intelectual el ingenio. Era una mezcla tremenda, rarísima. Escribió una crítica de una película en Carteles y dice todo lo contrario en Bohemia. Le pregunto: «cómo es posible esto», y me responde, «qué tu crees, que voy a hacer el mismo artículo para dos publicaciones distintas». El problema de él no era el criterio, sino el ingenio: el juego de la frase, la contradicción, desconcertarte con el dato. Su literatura, no sus novelas, su literatura crítica es así. No creo que sea un enorme aporte, pero es un goce leerlo. Es un goce leer la parte de crítica de cine, por ese juego tremendo que hace con el idioma. Ese día que rompimos, yo sentí una sensación extrañísima, cosa que no me ha pasado jamás, y más de una vez he tenido problemas con los amigos. No sentí dolor, sentí alivio, porque él trasmitía amargura. Todo era retorcido… bueno, dije que no quería hablar de psicología.

Lo único que quería, y por lo que acepté la entrevista, es porque temo que no nos dé tiempo de escribir un poco, a mí y a otros, que tal vez lo estén haciendo. No veo a más nadie, salvo lo que hizo Fidel. Lo digo por mí mismo. Ya yo no soy el mismo. Ambos tenemos la misma edad. Aunque pasé un infarto cerebral hace poco, y conservo la lucidez, sigo escribiendo, etcétera, evidentemente hay cosas que ya no puedo hacer. Ojalá que Fidel, que es quien tiene más autoridad, escriba, que se ocupe de la historia de la Revolución, dé testimonio de algunas cosas que hacen falta porque si no se van a quedar en la oscuridad. Yo intentaré todo lo que pueda en lo que me queda de vida; mi autoridad no es poca pero es limitada. La de él es inmensa. Podía influir sobre las generaciones jóvenes de Cuba y de fuera de Cuba, de América latina y más allá. Tiene esa tarea. Lo que se logró con la entrevista a Ramonet es mucho, pero todavía tiene muchísimo por contar. Es lo fundamental que te quería contar. Es bien complejo y no es solo un problema literario, ni un problema de sí y no.

Estas cosas yo las he dicho de algún modo, pero quisiera estructurarlas. Sabes que cuando uno escribe también estructura y mide mejor que cuando habla. Y sobre estos temas quisiera medir cada frase, medir cada palabra.

—No obstante, a mí me queda la duda porque en una entrevista que le hace Fausto Canel y que publica Lunes… en el número 71, usted arremete contra la línea estética de Revolución y Lunes de Revolución.

Y no sólo ahí. En algo que se acaba de publicar que es mi carta a Fidel y Dorticós yo uso la palabra estética, pero no es la estética de la vanguardia. Lo que pasa es que no había aprendido yo a medir el lenguaje. Hoy no me equivocaría en las medidas del lenguaje. No había aprendido yo que en materia de estética cada palabra hay que cuidarla mucho. El enfrentamiento es porque Lunes de Revolución no era justo con algunos escritores y figuras paradigmáticas de la cultura nacional. No era un problema estético era ético.

Si has leído la colección de Cine cubano te darás cuenta que en Cine cubano yo me atreví, y vivo avergonzado de ello, a hacer balance de nuestro trabajo, del ICAIC, lo que hemos logrado y lo que no hemos logrado. Por lo tanto, hacíamos análisis de películas, hasta dónde hemos llegado… claro, el sustento de mi pensamiento entonces era si las películas son válidas culturalmente —entendida la cultura en su sentido muy amplio— o si son banales. Creo que eso no había que hacerlo. No había que hacer balance, ni hacer juicio. Es una de las cosas en las que me siento más liberado desde que dejé el ICAIC… No pensé nunca volver al ICAIC. Fue resultado de las circunstancias. Hacía 10 años que estaba en la UNESCO. Había un conflicto aquí y sabía que yo tenía un nivel de autoridad sobre la gente que me permitía abordar la situación que se había planteado, pero yo nunca pensé volver al cine. Y tuve que volver. Pero, ¿sabes lo más triste que ha pasado en mi vida en ese volver y que cuando salí fue la liberación más grande? No es la del trabajo, es la de decidir sobre los demás. Esa es la responsabilidad más horrible que existe. También es una responsabilidad, no cuando decides si un guión se hace o no se hace, sino cuando emites un juicio estético. Cuando dices esto sí, esto no; esto es mejor que aquello. Creo que todo es válido. Lo que no es válido es golpear a las personas. Lo que yo traté de decir y no dije bien no era una línea u otra. Por eso te dije lo del surrealismo, porque he hablado de eso en otro ensayito. El problema no es una línea u otra, porque para mí todas son válidas. El problema es querer imponerse a las personas. Eso es lo que sí creo que quisieron tener voluntad papal. Una cosa es enfrentarse al realismo socialista, que también lo he hecho. Y también creo que quien quiera hacer realismo socialista que lo haga.

En la reunión del otro día hice un elogio muy grande de [Eduardo] Heras León. Y te quiero decir que él era un poquito realista socialista, él no lo cree. Elogié la calidad de su persona, la calidad de su testimonio, el comportamiento que tuvo frente al abuso, y que haya conservado su espíritu revolucionario. El testimonio que dio el otro día era desgarrador. Pero, cuando él sale de la fábrica esa y escribe, realmente yo dije: «lo amansaron». Me quedé horrorizado. No las primeras cosas, pero esas, Acero. Después de oír el testimonio del otro día, que era desgarrador, escrito de una manera preciosa además. A mí me conmovió. No se puede oír un testimonio así y decir, «ay, qué bien», y doblar la página y dedicarse a otra cosa. Todavía no sé lo que va a producir en mí ese testimonio. Lo que pasa es que todo lo encasillamos. Si no es surrealista, es realista socialista, si no es dadaísta. Todo tiene que tener un nombre. En Acero, que cuando vi que se había metido en ese tema y cómo lo estaba abordando, y con tanta pasión aceptadora, pensé que era realismo socialista. Después del testimonio del otro día pienso que simplemente la experiencia que vivió lo conmovió. Convivir con aquel tipo de trabajador y con aquel tipo de vida lo golpeó a fondo. Yo no sé qué sería de mí si tuviera que vivir en una fragua. Me moriría. No lo hubiera resistido.

—De algún modo hemos hablado de las circunstancias que lo llevaron a escribir “Catedrales de paja”, un texto que sigo creyéndolo agresivo hacía la gente de Lunes. Usted los define como “terroristas intelectuales”.

Es que lo eran. Juzgaban a los demás. Y ésos demás eran demasiado grandes. Era Orígenes, era Carpentier, era Alicia Alonso, eran grandes figuras de nuestra cultura. Yo parto de los paradigmas.

Estoy por abrir el camino a los jóvenes. Incluso en lo que estoy haciendo ahora, “Persona y Pensamiento”, no sé si conoces, nada más que trabajo con jóvenes en ese proyecto. No le propongo a los jóvenes considerarse sabios. Hay que proponerse ser mejor que Carpentier, que Lezama, que Alicia. Hay que proponerse ser mejor que los mejores, que Harold [Gramatges], que Leo [Brouwer]. Hay que ser mejor que ellos; pero, hay que partir de ellos. Ahora mismo, no sé si lo sabes también, porque parece que no vas a las cosas pero las sabes, en la reunión en la que se eligió el Comité Organizador del Congreso [de la UNEAC] se insistió mucho en los jóvenes. Yo estuve en los encuentros donde se prepararon todas estas reuniones. Pero, como en la presentación no se aclararon ciertas cosas, la única intervención mía fue para decir: «estoy de acuerdo con abrirle el camino a los jóvenes, pero a los jóvenes con talento».

Si tú reclutas jóvenes talentosos y los vas empujando a que se ganen el derecho a ser de la juventud o de la Legión de Honor, está bien. El reclutamiento es entre el talento. No entre los que tienen la banderita roja.

—Eso es peligroso.

Eso es suicidio. Franqui lo hizo cuando él era joven todavía, relativamente, porque era un hombre maduro, y lo hizo en circunstancias en que era su salida. Benefició a esos jóvenes que tuvieron un chance a mano y que lo aprovecharon. Pero, por ese clima que había en el país...

Mira, cuando terminó la reunión de la Biblioteca, Edith García Buchaca era la secretaria del Consejo Nacional de Cultura, era la que dominaba y ¿qué hizo? Algunos de los jóvenes que habían estado en medio de todas las discusiones salieron como Consejeros culturales, attaches culturales. Ella fue la culpable. Fíjate que digo culpable, porque los separó de la Revolución. Tenían que haber seguido viviendo la Revolución, con igualdad de derecho, y al hacerse La Gaceta haber ido allí a jugar un papel. Y no los únicos. Yo pienso más… por eso quiero hablar o escribir sobre este mismo tema… creo que en realidad la solución de Fidel fue la posible, pero creo que la mejor solución en otras condiciones ahora, y mañana, y siempre, es que hayan cuatro revistas literarias, o cuantas se puedan, que representen todas las tendencias que puedan surgir. No una. Una sola, no. Ni tampoco avalada por el periódico del Comité Central. Tienen que haber varias. Es más, yo creo que los periódicos… el Granma, por ejemplo, diría: una página editorial y una columna internacional que representen al Partido, lo demás no. Eso de representar al Partido en el plano de la cultura… ni en la cultura, ni el deporte, ni en nada. Esas son otras cosas. Son otros terrenos de la vida.

—Y aquellos ataques que se hacían desde el propio Lunes…, ¿en qué medida afectaban la relación entre la intelectualidad y la Revolución?

No creo que afectaran. Era un período de lucha. Cuando hay turbulencia la gente inteligente sabe que hay que esperar y que un día se liberarán. No creo que los intelectuales que fueron afectados por los ataques de Lunes creyeran que eso era permanente. Sabía que había una lucha. No creo en monolitos, en ninguna época; ni entonces, ni ahora. Creo que siempre hay corrientes, personas, individualidades, grupos, etcétera, que tratan de influir en una dirección u otra, que combaten o simplemente no combaten y tratan de marcar con su impronta una situación. Lo grave es cuando se cristaliza una posición. Es verdad que ha habido momentos en nuestra historia durante estos cuarenta y tantos años en los que ha habido cristalizaciones. Por suerte, son cristales frágiles y al final se rompen. Y hay momentos de discusiones. El libro de Graziella [Pogolotti: Polémicas culturales de los 60] revela una de esas. No sé si has tenido en tus manos el libro del Che, Apuntes críticos de la Economía política. Es muy interesante porque muy tempranamente ya está planteando el problema de los manuales, que después discutieron en Cuba socialista, Teoría y práctica y otras publicaciones, Aurelio Alonso y Leonel Soto y otros. Discutieron sobre los manuales. Te recomiendo que le eches un vistazo para sentir la época. Algunas cosas mías están saliendo ahora porque yo he hecho lo siguiente: en Cuba no existe la ley de que pasado 25 años eres libre de publicar las cosas, como en los Estados Unidos, donde se desclasifican; pero, yo no acepté una sola cosa en el Partido con la que no estuviera de acuerdo. Siempre me expresé. Ahora, no salían publicadas, pero las estoy metiendo en libros.

 


Tags: entrevista, revolución, Juventud comunista, Guevara, Stalin, socialista, cine

Publicado por blasapisguncuevas @ 5:41  | CUBA
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