Domingo, 14 de marzo de 2010
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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del textoPartir el texto en columnasVer como pdf 14-03-2010



Al margen de la lucha contra el fascismo, la II Guerra Mundial supuso la imposición del liberalismo como ideología y la posterior división del mundo en dos bloques, fruto de acciones como Hiroshima y Nagasaki.

La crueldad desencadenada por la II Guerra Mundial se cobró más de 60 millones de víctimas y no fue patrimonio exclusivo de las fuerzas del Eje: a palabras escalofriantes como Auschwitz (símbolo del holocausto nazi) hay que añadir las no menos terroríficas de Hiroshima (primer ataque nuclear) y Dresde (bombardeos estratégicos aliados contra la clase obrera alemana). El discurso oficial la presenta como una cruzada entre democracia y totalitarismo en la que se demostró la supremacía del liberalismo. Lo que apenas éste plantea es la relación entre el origen del nazifascismo y las consecuencias de un siglo de capitalismo liberal. El primero es presentado como una suerte de efímero e irrepetible delirio colectivo. Y la conclusión lógica sería la huida de los “extremos” y la apuesta por el cosmopolitismo liberal y atlantista.

El relato de la guerra como una cruzada contra el fascismo se basa en hechos reales: la Revolución de Octubre y la crisis capitalista de los años ‘30 habían alimentado una guerra civil europea latente que estallaría abiertamente en septiembre de 1939, tras el prólogo español. Sin embargo, la confrontación con las ‘potencias democráticas’ no se dio hasta que los imperialismos alemán, italiano y japonés amenazaron sus intereses geoestratégicos. El fascismo fue una reacción extrema de las clases dominantes ante el ascenso del movimiento obrero y constituía a la vez una síntesis y un salto cualitativo respecto a las barbaries ya engendradas por el imperialismo liberal.

Lucha por la hegemonía

En realidad, fue el segundo gran pulso violento por el nuevo reparto del mundo entre las viejas potencias coloniales (Gran Bretaña y Francia), las que llegaron tarde a la fiesta (Alemania, Italia y Japón) y las que afirmaban un nuevo papel (EE UU y URSS). La política de apaciguamiento llevada a cabo por las primeras en la cumbre de Munich de 1938 (cuando se entregó Checoslovaquia a Hitler y la República española a Franco) confiaba en que el nazi-fascismo se ocuparía de la clase obrera de sus respectivos países y, sobre todo, de aplastar a la URSS.

Entre 1939 y 1945 se superpusieron varias guerras en una. Fue una guerra interimperialista por la supremacía mundial, en la que Alemania intentó descabalgar al imperialismo anglo-francés y Japón hizo lo propio con EE UU, con el resultado de la consolidación del imperialismo americano como nuevo gendarme mundial (y principal potencia capitalista) y de la URSS como potencia subalterna. A su vez, fue una guerra de liberación nacional: en China y Vietnam contra los invasores japoneses y en la URSS contra los alemanes. Pero también una resistencia antifascista en Grecia, Francia e Italia. A su vez, fue una guerra revolucionaria victoriosa en China y Yugoslavia. En fin, el impulso de la irrupción de las masas en la lucha contra el imperialismo japonés permitió tras la guerra la descolonización en Asia, una dinámica que se extendió posteriormente a África y al mundo árabe.

Tiende a olvidarse que la victoria en Europa se debió fundamentalmente a la lucha de los pueblos de la Unión Soviética, con 20 millones de muertes. La política yanqui y británica fue retrasar al máximo la apertura de un segundo frente, con el fin de que el enemigo principal (Alemania) y su aliado circunstancial –o enemigo secundario– (URSS) se desangraran mutuamente.

Hiroshima y Nagasaki: primer acto de la Guerra Fría

Los progresos de las respectivas fuerzas militares en su avance contra el Eje marcaron las negociaciones sucesivas de Yalta, Teherán y Potsdam, en las que las principales potencias se repartieron el mundo en zonas de influencia. Tras una posición de fuerza de la URSS anterior al Día D, dicha invasión y, sobre todo, los bombardeos nucleares sobre Japón supusieron un fortalecimiento de EE UU. Estos ataques no sólo fueron un modo criminal y bárbaro de acelerar el fin de la guerra en el Pacífico; constituían también una advertencia para la URSS. No sería hasta la victoria de la Revolución china, en 1949, que la contraofensiva norteamericana, iniciada con su intervención en la tercera fase de la Guerra Civil griega (1947-50), se vería dificultada. La China maoísta había equilibrado ya la correlación de fuerzas entre bloques cuando estalló la Guerra de Corea (50-53) y se consumó la división de Europa en general, y de Alemania en particular, durante los primeros compases de la Guerra Fría.

REVOLUCIÓN MAOÍSTA

En 1949, China rompía con el capitalismo e iniciaba profundas transformaciones sociales en el campo y la ciudad. Tuvo una influencia enorme en los países del Sur y rompió el monolitismo que hasta entonces había caracterizado al movimiento comunista oficial, supeditado a los intereses diplomáticos de la URSS. Sin embargo, la matriz estalinista del Partido Comunista chino pesó mucho en la formación del maoísmo a nivel nacional e internacional.

La falta de pluralismo y de democracia interna, la exaltación del líder supremo y la subordinación al país-guía reproducían algunos de los peores rasgos estalinistas. A pesar de todo, el hecho de haber dirigido la primera revolución socialista protagonizada por campesinos tendría un impacto político y teórico enorme. Pero, sus deficits democráticos también están provocados por la burocratización del régimen y la actual restauración capitalista, ambos iniciados a finales de los ‘70

Fuente: https://www.diagonalperiodico.net/Una-guerra-colonial-en-la-vieja.html



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Tags: guerra mundial, hegemonia, Europa, Diagonal

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