Martes, 04 de mayo de 2010
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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del textoPartir el texto en columnasVer como pdf 03-05-2010



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“Una democracia sustancial -como lo indica Claudio Katz en su obra La democracia socialista del siglo XXI - sólo puede construirse erradicando la dominación capitalista, eliminando la desigualdad y dotando a los ciudadanos de poder efectivo en todas las áreas de la vida social. Estas metas podrán alcanzarse con una democracia socialista diferenciada del fracasado totalitarismo burocrático, que actualice los viejos ideales e implemente nuevas formas de participación popular. Este proyecto exige gestar otra democracia y no radicalizar la existente. Requiere partir de caracterizaciones de clase para comprender el constitucionalismo contemporáneo e introducir transformaciones radicales, que no se reducen a expandir un imaginario de igualdad. También presupone retomar la tradición que opuso a las revoluciones democráticas con las revoluciones burguesas. La regulación de los mercados, el ensanchamiento del espacio público y la acción municipal son temas de controversia con la democracia participativa. En ausencia de perspectivas socialistas, las iniciativas democratizadoras en estos campos no modifican el orden vigente”.

La sucesiva socialización del proceso productivo tiene, por otra parte, que manifestarse necesariamente en todas las estructuras de la vida social, incluso en el aspecto espiritual, ya que la religión -sea cual sea su denominación actual- tendría que sufrir igualmente sus transformaciones internas, a medida que dicho proceso vaya acompañado de una mayor participación y de protagonismo populares. Esto supondría iniciar una revolución de paradigmas o de tipo cultural que contribuya a definir de un modo radicalmente diferente todo lo que se pretende hacer en sustitución del sistema capitalista imperante, puesto que no basta con efectuar algunos cambios de índole económica, sino también de tipo político, afectando el total de estructuras sobre las cuales se levanta el Estado burgués-liberal y, con ello, todo lo que implica la actividad política hasta ahora aceptada en nuestras naciones, dando por descontado su inevitabilidad. Todo esto, estableciendo de antemano, como característica fundamental, la participación social en el desarrollo y la sustentabilidad de la democracia participativa y protagónica como antesala al socialismo revolucionario, algo en lo cual fallan muchos partidos políticos nominalmente revolucionarios, ya que asumen una posición de vanguardia automática y le anteponen a los sectores populares una visión descontextualizada y, a veces, carente de vínculos con la tradición de lucha que ellos han mantenido en contra del orden imperante.

“En todas partes -en palabras de Carlos Marx, en 1844- donde hay partidos políticos, cada uno de ellos halla la razón de cada mal en el hecho de que su adversario ocupa su lugar en la dirección del Estado. Incluso los políticos radicales y revolucionarios encuentran la razón no en la esencia del Estado, sino en una forma determinada de Estado que pretenden reemplazar por otra... Desde el punto de vista político, el Estado y la organización de la sociedad no son dos cosas diferentes. El Estado es la organización de la sociedad. En la medida en que el Estado reconoce la existencia de anomalías sociales, busca la razón de las mismas, ya sea en las leyes naturales que ninguna fuerza humana puede doblegar, o en la vida privada que es independiente del Estado, o bien en una inadaptación de la administración que depende del Estado”.

Desde esta perspectiva, existen algunas limitaciones que es preciso detectar y superar en la sociedad cambiante actual; de lo contrario, cualquier esfuerzo por cambiar la correlación de fuerzas a favor de la revolución resultará un fracaso, quedando todo en un simple reformismo. Por ello mismo, la organización popular es un elemento esencial para que se empiece a diferenciar los objetivos que impulsan a reformistas y revolucionarios, cosa que -aderezada por una adecuada formación teórica revolucionaria- hará posible finalmente la construcción del socialismo, conjugando esfuerzos tendentes a garantizar los cambios revolucionarios en la economía, el Estado y la actividad pública, de manera que en ellos esté enfocada la actividad subversiva del pueblo y, de este modo, acceder a una sociedad de nuevo tipo, distinta en todo a la regida por el capitalismo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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Tags: economía, política, democracia socialista, Estado

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