Jueves, 27 de mayo de 2010
ARTÍCULOS DE OPINIÓN
  • ANDRÉS VILLENA OLIVER

    27/05/2010




Molestar es lo que cuenta

¿A quién financian los financieros? El antídoto de los impuestos

La ansiedad y el pánico han sido la nota predominante a lo largo de estas últimas semanas en lo que denominamos “por consenso” los mercados financieros. Los índices de la mayoría de las Bolsas europeas han registrado ascensos y descensos espectaculares, en una especie de montaña rusa que en términos agregados no para de ir hacia abajo.

Paralelamente a estas agitadísimas jornadas, las instituciones comunitarias europeas y diversos Estados pertenecientes a estas han tomado decisiones cruciales en los terrenos económicos y financieros, provocando “efectos reales”. Pero sería importante subrayar que han sido los disparatados vaivenes bursátiles, las estrategias especulativas de determinados fondos y lo sucedido en el mercado de la deuda los acontecimientos que han precedido a la implementación de medidas en el terreno de la economía productiva. El caso español representa un ejemplo claramente ilustrativo.

Nada de esto es nuevo, aunque ahora nos estalle con virulencia. El “riesgo sistémico” provocado por la quiebra en el otoño de 2008 del gigante Lehman Brothers sacudió el mundo, cauterizando el crédito y deprimiendo las economías mundiales hasta extremos difícilmente imaginables años antes. Las principales potencias escenificaron la “refundación del capitalismo” en diversos encuentros del G-20, con la principal intención de reducir el pánico –“inspirar confianza”- y evitar, por ejemplo, retiradas masivas de depósitos u otras reacciones descontroladas. Estos encuentros, los planes de salvación de la banca y las políticas fiscales expansivas constituyeron en suma la respuesta inmediata al nuevo estado de las cosas.

Las siguientes etapas de la crisis han venido confirmando los indicios iniciales: lo primero es el sistema financiero. De este modo, sin cuestionar en ningún momento los fundamentos del problema que sufrimos, los Gobiernos están actuando en dos frentes: por un lado, impulsando una tímida reforma financiera que no puede afectar por definición al funcionamiento del sistema con cuyos parámetros se está actuando y, en segundo lugar, acometiendo una serie de medidas presupuestarias y fiscales enormemente restrictivas, que casan como las piezas de un puzzle con lo demandado por las autoridades y medios de comunicación exudados literalmente del mecanismo financiero global.

El mundo al revés
Debería haber, en algún momento, un gobernante inteligente que se atreviera a dejar determinadas cosas claras: el sistema financiero, lejos de ser ese subsector destinado a asignar eficientemente recursos dinerarios para hacer posible la actividad productiva, se ha convertido en el sector, en el fin por antonomasia, en una suerte de Gobierno mundial fantasma: la economía real no viene ya apenas apoyada por una financiación que la impulsa, sino que están siendo los esfuerzos “reales” los destinados al mejor y más eficiente engrasamiento de la máquina de las finanzas. El mundo al revés, o un nuevo paradigma económico, enormemente distópico. ¿Cuál es entonces la economía real y cuál la financiera?

Más contrasentidos: el orden económico mundial, en el que la libertad de capitales es la máxima que las sociedades pueden resistir, no llegó precisamente a través de la aplicación sistemática del “laissez faire”: todo lo contrario, vino como resultado de una serie de decisiones políticas, de una suerte de “planificación liberal” y “regulación de la desregulación”.

En paralelo, lo cultural
No es casualidad que esta “infraestructura” desregulada y aparentemente incontenible tenga un correlato en la cultura, en la forma en que nos relacionamos o en los fenómenos sociales que vivimos cotidianamente. Al dominio de lo financiero sobre lo económico real le corresponde obedientemente una determinada “política de las cosas” (J.C. Milner), un conjunto de valores, actitudes, prácticas y sobre todo símbolos representativos de una nueva época.

En este sentido, la preeminencia de la imagen sobre el razonamiento abstracto –la perversa “una imagen vale más que mil palabras” denunciada en su momento por Ignacio Ramonet, entre otros- es un patente ejemplo. La eliminación de la realidad a manos del simulacro (Jean Baudrillard): un rumor financiero que provoca enormes ventas de activos y dificulta la recuperación económica; o bien, por qué no decirlo, una final de copa europea con victoria española, que nos hace olvidar los recortes de salarios sufridos durante las horas precedentes… El imperio de lo inmediato, la industria de la ansiedad –fondos de pensiones privados, compañías de seguros, instituciones para cubrirnos de todo tipo de “riesgos”…-. Casi todo lo que hoy día se considera razonable, sensato o funcional juega el papel de mero lubricante para que el engranaje neoproductivo siga funcionando.

¿Cómo dar marcha atrás?
Partiendo de este escenario en el que nos encontramos, hemos de plantearnos seriamente un profundo cambio en lo que entendemos por decisiones “soberanas”: la ciudadanía ha de expresarse globalmente, a través de instituciones representativas que fiscalicen, en todos sus sentidos, la realidad económica, financiera y política. Llegados a este punto, los denostados -¿por qué será?- impuestos se han convertido en actos profundamente revolucionarios, en un decir “basta” y lanzar un ancla que nos permita hacer un punto y aparte: tratar el problema desde su raíz. Aunque usemos eufemismos como “tasas”, los impuestos pueden representar un primer punto de partida para cambiar de orden, de funcionamiento, de lenguaje, de razonamientos…

Una política razonablemente impositiva ya no tiene solo una función recaudatoria, redistributiva o equitativa: se convierte en un elemento profundamente contracultural y en un acuerdo para revertir las tendencias económicas y de poder existentes. Que una nueva etapa se abra con éxito dependerá de la altura de los políticos y del interés responsable y activo de los ciudadanos. No es poca tarea.

Andrés Villena Oliver es economista y periodista

Artículo publicado en Fundación Sistema


Tags: impuestos, antídoto, Villena Oliver, Bolsas, economía productiva

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