Martes, 01 de junio de 2010
Richard Levins
Monthly Review Vol. 61, nº 11


Traducido por Esther Perez

Quienes viajan de los Estados Unidos a Cuba atraviesan más de noventa millas de mar: recorren décadas de historia. Puede que se tengan que atener a la restricción de llevar consigo una sola maleta, pero cargan baúles llenos de equipaje ideológico, que incluye prejuicios sobre Cuba, creencias acerca de los comunistas, compromisos contraídos a partir de lo que creen que es una sociedad justa y un conjunto de fórmulas convencionales extraídas de la ciencia política acerca del poder, el gobierno y la conducta humana.


Un comentarista cubano señala:

Al llegar procedente de Norteamérica o Europa a un típico barrio cubano, la primera impresión del visitante puede ser de pobreza: edificios a punto de derrumbarse o faltos de mantenimiento, calles llenas de baches, autos antiquísimos, hogares donde hay pocos extras, etc. Por otro lado, si el viajero procede de la América Latina o de otro país en vías de desarrollo, es posible que llamen su atención otros aspectos de la vida cubana: la ausencia de niños de la calle, de rostros desnutridos y de mendigos; o la casi total carencia de temor de las personas que caminan por las calles de noche. [1]

O puede que al ser fácilmente identificados como extranjeros, los visitantes se vean acosados por anunciantes de pequeñísimos restaurantes privados, ofertas de recorridos turísticos guiados o jineteras (eufemismo cubano para referirse a las prostitutas, por lo general no profesionales).

Los miembros de delegaciones suelen tener itinerarios planificados que incluyen visitas a diversas instituciones y eventos culturales. Reciben información sobre la salud pública, la educación, las instalaciones culturales y deportivas, el compromiso con una vía ecológica al desarrollo, la agricultura urbana, la distribución equitativa mediante el sistema de racionamiento, el pleno empleo, aspectos formales de los sistemas político y judicial, los logros en el terreno de la igualdad de género y raza. Todo ello es real, y es una muestra de cuánto puede lograr un país pobre con muy pocos recursos. Pero es obvio que no se trata de toda la historia. No hay nada siniestro en ello. Son las cosas en las que Cuba ha sido pionera y de las que Cuba se siente más orgullosa y deseosa de mostrar ante el mundo.

Una vez que se conoce mejor a la gente, las descripciones se hacen más matizadas. Dada la plataforma de logros existente, las dificultades e insatisfacciones son las que ocupan su atención en el día a día. La igualdad básica ha sido erosionada, no por el socialismo, sino por las concesiones realizadas al capitalismo. No hay personas sin hogar, pero alrededor de un 16% de las viviendas está clasificada como en mal estado. No hay desempleo, pero sí empleos innecesarios, como los de parqueadores, que sólo han aparecido debido a las desigualdades. Se ha producido una incorporación masiva de maestros para reducir el número de alumnos por aula, pero la enseñanza no es sólo un empleo, sino que constituye una vocación. Hay quienes ingresan a ella llevados por el entusiasmo y después advierten que no les gusta, y ello lleva a que haya una gran movilidad en el magisterio. Y hay quienes se las ingenian para vivir sin trabajar. Hay pocos delitos, comparado con la situación en los Estados Unidos, pero hay que pasarle llave al auto.

Según mi experiencia personal, son los revolucionarios comprometidos los que hacen las críticas más serias, complejas y profundas, mientras que los contrarrevolucionarios por lo general se quejan de dificultades específicas o incidentes desagradables.

Los turistas que andan por su cuenta están menos expuestos a los logros que se muestran con orgullo y más a las insatisfacciones. Los cubanos son un pueblo dado a quejarse. Un viejo chiste habanero decía que, en Cuba, todos los planes económicos se sobrecumplen. Todos los planes se cumplen, pero las tiendas están vacías. Las tiendas están vacías, pero todos tienen lo que necesitan. Todos tienen lo que necesitan, pero todos se quejan. Todos se quejan, pero son fidelistas.

Quienes simpatizan con el proceso cubano, así como algunos anticomunistas de izquierda, en ocasiones portan una tablilla y un formulario para evaluar a Cuba en los terrenos de la salud pública, el sexismo, el racismo, la contaminación, la homofobia, las elecciones, el número de partidos políticos, la libertad de prensa, las huelgas o cualquier otra cosa que se les ocurra. Al final, en dependencia de la calificación promedio acumulada, deciden si Cuba "es" o "no es" socialista (o si el socialismo es o no algo bueno). Después, al volver a casa, escriben sus elogios o sus denuncias. Los temas que aparecen en el formulario pueden ser liberales, una relación de derechos por los que luchamos en el capitalismo y después convertimos en principios universales. O pueden provenir de esquemas apriorísticos acerca de lo que es el socialismo, principios como "de abajo hacia arriba, no de arriba hacia abajo" o "consejos obreros al frente de las fábricas".

En Cuba viven también algunos expatriados que encuentran que la tranquilidad y el sentimiento de colectividad y de propósito compartido bien valen las dificultades de la vida cotidiana. Otros están allí porque se han casado con cubanos, y unos pocos son refugiados políticos. Son especialmente capaces de explicarles Cuba a los norteamericanos y de poner a disposición de los cubanos las observaciones amistosas de los extranjeros. Y los norteamericanos que dividen su tiempo entre los dos países pueden ofrecer una visión singular “desde adentro” y “desde afuera” de ambos.

El abordaje del formulario está sujeto a muchos errores. Quienes evalúan no hablan con una muestra representativa de los cubanos. Sus descripciones están influidas por lo que piensan que sus lectores ya saben o por lo que creen importante que conozcan, lo que les preocupa más en ese momento, las cosas sobre las que quieren convencer a su público. Imagine que lo aborda un marciano en Harvard Square y le hace la siguiente pregunta: "¿Cómo andan las cosas por acá por la Tierra?" Recuerdo que en un ómnibus habanero me abordó una mujer bien vestida que me dijo en inglés y en voz muy alta: "¡Aquí no se puede decir nada!" Su afirmación desató un bullicioso seminario sobre política, Miami y cualquier otro tema en el que participaron todos los viajeros.

Las cosas que ven o sobre las que oyen hablar los visitantes no están ubicadas en un contexto. Una vez asistí a una reunión internacional en la que una delegada estadounidense se paró para preguntar por qué el gobierno cubano no les permitía a los extranjeros ver los mismos canales de televisión que veían los cubanos. Había ido a la habitación de su hotel, sintonizado el canal 6 (Cubavisión), y la pantalla había permanecido en blanco. No podía acceder a la programación nacional cubana, sólo a CNN y el canal turístico. A partir de sus imágenes previas del totalitarismo, asumió que se trataba de un acto de censura. Pero en esa época del Período Especial, debido a la severa escasez de combustible, la televisión cubana sólo transmitía unas pocas horas al día en las mañanas y en las noches, y durante el resto del día la pantalla en blanco era el canal nacional que compartía todo el pueblo cubano. Mi crítica no es que esa delegada estuviera equivocada --es fácil cometer errores en un medio que no nos resulta familiar--, sino que cometiera un tipo específico de error: llenar las lagunas de su información con prejuicios traídos de su propia sociedad.

Otra equivocación proviene de aplicar juicios acertados a la sociedad equivocada. Por ejemplo, los visitantes se enteran por la prensa cubana de que muchos militares ocupan puestos en el gobierno, y de que algunos son delegados a la Asamblea Nacional. En Cuba, eso no significa que “los militares” hayan asumido el poder. En la isla no existen “los militares” como una casta separada, como sí sucede, por ejemplo, en Pakistán. Lo que vemos en realidad es a comunistas designados por la sociedad para asumir la tarea de la defensa. Con los problemas económicos que Cuba enfrenta no tiene sentido tener unas grandes fuerzas armadas dedicadas únicamente a esperar una invasión, aunque el país tiene que estar preparado para esa eventualidad. Parte de la solución ha consistido en emplear a las fuerzas armadas en la actividad económica, en empresas que suelen estar mejor administradas que las demás y que cuentan con oficiales experimentados en temas económicos. Son esos juicios fuera de contexto, derivados de otras situaciones, los que confunden a muchos de los que quisieran ser aliados de la Revolución cubana.

Pero más allá de estos errores simples, el concepto general de calificar la revolución mediante un formulario previamente elaborado es equivocado.

El socialismo no es una cosa, sino un proceso: aquel mediante el cual las clases trabajadoras de la ciudad y el campo, junto a sus aliados, toman en sus manos las riendas de la sociedad para satisfacer sus necesidades compartidas. Con el uso de un telescopio podemos vislumbrar la importancia histórica mundial de los primeros esfuerzos por reemplazar no sólo al capitalismo, sino a toda sociedad de clases, por un modo de vida más generoso, justo y sostenible. En otras palabras, intentamos superar un desvío de diez mil años de duración durante los cuales nuestra especie adoptó la agricultura; deforestó buena parte del planeta; creció en número y aumentó su esperanza de vida, sus conocimientos y su capacidad de destrucción; se dividió en clases de modo que dejamos de ser un “nosotros”; y expandió su capacidad productiva hasta el punto de que pudiéramos librarnos de las clases y volver a ser ese “nosotros”.

Al examinar el primer siglo de innovación socialista lo anterior es más importante que evaluar el éxito de los revolucionarios, las decisiones específicas y los cambios inesperados que ocurren sorpresivamente, e incluso las enormes dificultades y experiencias de esos empeños. Pero al mirar a través del microscopio de la vida cotidiana, todos esos detalles cobran una enorme importancia, y la historia mundial no compensa la falta de proteínas en la dieta. Necesitamos tanto el telescopio como el microscopio.

El socialismo es una senda compleja, zigzagueante y contradictoria, porque quienes participan en él tienen intereses diferentes, responden de maneras diversas a los acontecimientos que se producen a lo largo del camino, difieren en cuanto a conocimientos y objetivos, sentido de la urgencia y perspectivas a largo plazo. Las mismas experiencias pueden producir transformaciones muy diversas de sus aspiraciones, a veces en sentido convergente, y en otras ocasiones divergente.

La expresión “junto a sus aliados” tiene una enorme importancia, porque la lucha por el socialismo es muy heterogénea. Esa heterogeneidad le impone muchas de sus características a la trayectoria. Los individuos se suman a la lucha por el socialismo por muchas razones, pero, por lo general, comienzan porque aborrecen las injusticias más sentidas que perciben en sus sociedades. Esas injusticias son diferentes para los diferentes grupos que componen el bloque revolucionario. Algunos de sus miembros son conservadores que luchan para defender sus derechos consuetudinarios cuando la clase dominante intenta negárselos. En la América Latina, las comunidades indígenas se levantan para defender su derecho a la tierra contra la explotación de las empresas transnacionales y la degradación ambiental. En países cuyas culturas han permanecido más intactas, como Bolivia, Ecuador, Venezuela y el estado mexicano de Chiapas, tradiciones como la toma de decisiones comunitaria, la colectividad, y los esfuerzos para encontrar consensos se trasladan a las formas políticas del socialismo que allí evoluciona. En ocasiones, sectores de las clases medias se suman a la lucha por la independencia nacional.

En China, incluso muchos de los terratenientes se aliaron a los comunistas, porque estos eran los defensores más militantes y coherentes de la independencia china contra la invasión japonesa. Por otro lado, los empresarios chinos deseaban eliminar las restricciones feudales a su libertad para ejercer la explotación. Más tarde se convirtieron en una fuerza que contribuyó a minar los objetivos socialistas a favor del capitalismo. Algunos intelectuales aspiraban al establecimiento de una meritocracia libre de corrupción, pero los campesinos les resultaban indiferentes. Todos contribuyeron a hacer la revolución y presionaron sobre la dirección que esta tomaría.

En el seno del Movimiento 26 de Julio había profesionales indignados por el régimen corrupto y represivo del presidente Batista. Sólo algunos de ellos se oponían a la subordinación del gobierno cubano al imperialismo estadounidense. Entre quienes sí lo hacían, sólo algunos deseaban una mayor justicia social. La clase trabajadora compartía esos objetivos con sus aliados de la clase media, pero también aspiraba a la justicia social. Esa justicia social significaba, en primer lugar, empleos con un salario decoroso, atención médica adecuada, agua potable y educación. Para algunos, la justicia social incluía también la igualdad de géneros, la abolición del racismo e incluso de la homofobia. Unos pocos soñaban con revertir la deforestación y la erosión de Cuba.

Los socialdemócratas suelen favorecer una redistribución del consumo, como se aprecia en las sociedades escandinavas y en Brasil, con un diferencial salarial estrecho y un amplio consumo social, pero sin una redistribución de la propiedad y el poder estatal, aunque sí con una participación de los trabajadores en el gobierno. Los aliados pequeñoburgueses de las clases trabajadoras por lo general son más educados, tienen mayor confianza en sí mismos, formulan mejor sus ideas, hablan y escriben con más soltura, han tenido más experiencias de liderazgo y dirección. Por tanto, a menudo están sobrerrepresentados en los rangos de la dirigencia durante las primeras etapas de los movimientos revolucionarios. A partir de los primeros años del proceso, los componentes del bloque revolucionario se influyen mutuamente. Los individuos, con independencia de su origen de clase, contemplan cómo se despliegan ante su vista las perspectivas de transformación, ven retados sus prejuicios, cambian sus conceptos acerca de cómo debe ser la vida.

En los años sesenta viajé en un avión que iba de La Habana a España con varias mujeres de la alta clase media. Eran desafectas a la revolución, porque para ellas esta significaba sobre todo dificultades y temían por la educación religiosa de sus hijos, mientras que sus esposos veían en la construcción de una nueva sociedad la compensación por las privaciones materiales. En la elaboración de un programa revolucionario pueden converger corrientes políticas muy diversas, y sus orígenes pueden ser visibles en las demandas tempranas de la revolución. Cuando las cosas no resultan como deseaban, los individuos pueden volverse contra el proceso en su conjunto.

Pero las ambiciones y el individualismo de la sociedad capitalista son capaces de adaptarse a nuevas circunstancias. Se puede aspirar a un puesto en busca de influencias, y expresar los prejuicios en nuevas condiciones. Quienes han sufrido privaciones pueden entender la liberación como el acceso a los privilegios de quienes mandaban antes. Quienes trabajaban en exceso pueden imaginar que el socialismo es una liberación del trabajo. Las necesidades urgentes pueden imponerse a los objetivos a largo plazo, y las improvisaciones que resultan útiles en un momento pueden ser desastrosas a la larga. Rosa Luxemburgo advertía que tratamos de construir el futuro con los materiales del pasado, incluidos nosotros mismos. El heroísmo y el sacrificio pueden coexistir en un mismo individuo con la avaricia y la ambición, la solidaridad con el sexismo. (Las mujeres cubanas solían decir en los setenta que sus esposos eran “revolucionarios en la calle y reaccionarios en la casa”. La tasa de divorcios en Cuba es alta. La Federación de Mujeres Cubanas plantea que los hombres sueñan con mujeres que ya no existen, mientras que las mujeres sueñan con hombres que todavía no existen.)

Hay incluso quienes ven los privilegios como la recompensa por años de riesgos y sacrificios, como sucedió en Nicaragua durante la famosa piñata. Un trepador social sudafricano dijo con toda franqueza que no había arriesgado su vida en la clandestinidad para ser pobre. Un dirigente de la juventud comunista en los Estados Unidos me confesó unos años después, cuando ya se había transformado en un liberal en vías de convertirse en un economista conservador, que durante los años de su militancia, cuando la persecución contra los izquierdistas comenzaba a arreciar, esperaba que la revolución triunfara no sólo en el curso de su vida, sino durante su juventud, y que ocuparía en ella un lugar prominente.

Las revoluciones pueden ser derrotadas en el curso de la lucha con sus enemigos de clase externos e internos, y hundirse de nuevo en el capitalismo, de la misma forma que los primeros pasos hacia el desarrollo capitalista se vieron frustrados en la China de la dinastía Sung, las ciudades estados del Renacimiento italiano, Bohemia durante la Reforma y Egipto bajo la conducción de Mohammed Ali en el siglo XIX. El feudalismo polaco experimentó una especie de reavivamiento en fecha tan tardía como el siglo XVI, como consecuencia del capitalismo mercantil de Europa Occidental, sobre todo de la demanda de granos. Las concesiones al capitalismo pueden no ser meramente medidas de emergencia para garantizar la sobrevivencia, sino que también pueden minar la moral y el compromiso.

Debido a los conflictos entre los sectores revolucionario y contrarrevolucionario, debido a los enemigos externos, debido a la heterogeneidad del movimiento, debido a la inexperiencia y debido a los enormes problemas que supone encontrar el camino correcto para superar el atraso, no todo lo que sucede durante un proceso revolucionario es resultado de los deseos de un grupo específico o de los dirigentes. Y no todo cambio de política es resultado de una lucha en el seno del liderazgo, o de una tendencia “reformista”, o del auge o la caída de los dirigentes “de línea dura”.

El léxico de la ciencia política suele apelar con regularidad a falsas dicotomías para explicar los cambios que se observan en las políticas o las prácticas. Entre ellas, algunas de las más frecuentemente invocadas son las dicotomías entre “reformistas” versus “dirigentes de línea dura”, y “pragmáticos” versus “ideólogos”. Se supone que a los pragmáticos no les importan los principios, sino que sólo quieren que “las cosas se hagan”. Por supuesto, esto omite la pregunta: “¿Qué cosas?” Si las “cosas” son indicadores de crecimiento económico, algunas políticas tienen sentido; pero si el objetivo es satisfacer las necesidades de la población o reforzar su capacidad de resistencia, son otras las medidas que resultan prácticas.

De manera similar, el compromiso con la satisfacción de las necesidades del pueblo puede calificarse de “ideológico” por contraste con el compromiso liberal con el mercado, que se califica de “no ideológico”. Si las creencias de alguien son similares a las nuestras, las consideramos apegadas a los principios; si son contrarias, podemos tildarlas de “ideológicas”. Y las medidas que aprobamos son “pragmáticas”, mientras que si no nos gustan, son “oportunistas”.

Otra explicación favorita para los cambios de política, tomada del léxico de la ciencia política burguesa, es la famosa cita de Lord Acton: “El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente.” Su corolario también es muy popular: El objetivo fundamental de quienes detentan el poder es permanecer en el poder. Eso casi nunca es verdad. Ni siquiera el presidente Bush promovería la salud pública universal y gratuita, subsidiaría a Venezuela o renunciaría a Cristo sólo para conservar el poder. Los gobernantes del pasado erigieron monumentos sólo para conmemorar su poder y su éxito militar, y los tributos obtenidos sobre la base del pillaje; pero hoy en día, detrás de cada fachada de ansias de poder se esconde un individuo con principios, incluso si se trata de principios malsanos.

Si Lord Acton hubiera vivido en un país del Tercer Mundo con una clase dominante y un gobierno supeditados a la embajada de los Estados Unidos, quizás habría añadido: “La impotencia corrompe; la impotencia absoluta corrompe absolutamente.” Esa es la tragedia del gobierno puertorriqueño en la actualidad. Tal vez entonces Acton habría entendido mejor la corrupción de las capas gobernantes de una parte tan sustancial de la periferia global, a la que se culpa de la pobreza supuestamente causada por su “falta de responsabilidad”.

Las políticas cambian porque las circunstancias cambian o porque los individuos aprenden. El racionamiento en Cuba ha sido, en los períodos más duros, la garantía de una igualdad al menos mínima en el acceso a los alimentos. En otros momentos, cuando se dispone de una mayor variedad de bienes, puede convertirse en un obstáculo para la distribución y crear un espacio para los “intermediarios”. Los mercados campesinos ofrecen más productos del agro, pero también permiten el enriquecimiento ilícito de algunos. El turismo puede proporcionar la entrada de divisas, pero también convertirse en un foco de corrupción y socavar la igualdad. Las políticas cambian para reconciliar demandas opuestas en un sistema que trabaja bajo una severa presión. Internet puede estar limitada fundamentalmente a los usuarios institucionales cuando el costo en dólares del acceso al satélite es demasiado grande, o puede resultar más accesible cuando se dispone de recursos: ello es expresión de un orden de prioridades y no de una “reforma”.

La política cubana de limitar el acceso a los hoteles fundamentalmente a los extranjeros era muy injusta, pero resultaba necesaria para captar las divisas que se requerían con urgencia. Para contrapesar esa política, se reserva cierto número de habitaciones para cubanos que las ocupan según prioridades socialmente determinadas. Por ejemplo, los recién casados son la primera prioridad (esto ha cambiado en los últimos tiempos a favor de salarios más altos), y también acceden a ellas personas a quienes se premia por un trabajo destacado. Como el trabajo destacado suele significar una combinación de trabajo productivo y contribución social, esta política tiene sentido para los cubanos, pero sería considerada una forma de discriminación política por los críticos de la isla. Un hermoso atlas de Cuba cuesta alrededor de $100 en las tiendas para turistas, lo que obviamente está fuera del alcance de los cubanos. Pero mis amigos cubanos lo compraron por $10, lo que todavía no es barato, pero sí un precio manejable. Ha menudo ha sucedido que medidas muy comentadas que socavan los valores socialistas son contrarrestadas parcialmente por otras medidas menos conocidas cuyo objetivo es mitigar el daño.

Cualquier estudio del socialismo debe examinar esos procesos históricos reales y no comenzar con una serie de imperativos abstractos para evaluar el socialismo de determinado país. En los acápites que siguen me basaré sobre todo en mi experiencia de participante/observador del proceso cubano, pero haré referencia a otros movimientos revolucionarios y quizás le daré un peso excesivo a los temas de la democracia, porque suelen ser los más polémicos.

La “lógica” del desarrollo socialista

Cuando una revolución socialista sobrevive, su desarrollo están regido por una lógica que gradualmente se impone. “Lógica”, en este sentido, no se refiere a un místico espíritu de los tiempos ni a unas leyes universales de la actividad humana. (Un proceso histórico nunca está gobernado por “leyes”. Estas no son más que constructos intelectuales extraídos de los procesos reales y empleados para interpretar las observaciones). La lógica es el conjunto de relaciones sociales, retos, compromisos, categorías de análisis e ideas dominantes que establece las condiciones en cuyo marco los seres humanos toman decisiones. Es el conjunto de los principios que determinan la panoplia de decisiones posibles, aceptables, en ocasiones obvias, y excluye otras. Es el rango de las opciones para enfrentar todas las urgencias a las que se debe dar respuesta para que continúe el proyecto socialista. En ocasiones algunas tienen que posponerse a causa de limitaciones materiales, carencia de personal calificado, ausencia de consenso u hostilidad de los vecinos. Pero si por esas razones se niegan demasiados de esos imperativos durante un tiempo demasiado largo, todo el proceso puede desplomarse y la sociedad puede regresar al capitalismo. La historia no es un avance sin obstáculos del atraso a la modernidad, sino un proceso lleno de encrucijadas, vueltas y revueltas, estructurado por relaciones sociales. Las encrucijadas se ven muy influenciadas por quiénes deciden y cómo lo hacen.

La lógica del socialismo hace que algunas decisiones parezcan necesarias, obvias y atractivas. Entre ellas se encuentran el pleno empleo, la salud pública y la educación universales y gratuitas, y la protección del medio ambiente. Otras pueden parecer objetivos evidente, pero tienen que ser redefinidas. Por ejemplo, considérese la “eficiencia”. La “eficiencia” parece ser un valor positivo obvio y evidente, y las sociedades se esfuerzan por ser más “eficientes”. Pero la eficiencia ha tenido significados muy diferentes en distintos contextos. En la Biblia hebrea, la eficiencia agrícola se mide por el número de granos cosechados por semilla plantada (solía ser de 1 a 3 granos cosechados por semilla plantada; por encima de una proporción de 1:1, hay semilla para la próxima siembra, y por encima de ese nivel, hay alimentos).

En la Europa escasa de tierras de cultivo, una medida razonable de la eficiencia ha sido el rendimiento por hectárea. En los Estados Unidos, donde tradicionalmente ha habido tierras abundantes y escasez de mano de obra, la “eficiencia” se medía en términos de rendimiento por jornada de trabajo, y el país se ufanaba de que un granjero podía alimentar a cuarenta personas. En tiempos más recientes, los ecologistas han introducido los conceptos de eficiencia energética y de calorías cosechadas por calorías invertidas, y han insistido en que se midan los “costos reales” de un proceso, esto es, no sólo los costos de producción, sino también los costos asociados a la eliminación de la contaminación. En un feudo medieval no había una medida general de la eficiencia. Podía ser muy productivo en granos, pero carecer de madera o carne y no tener modo de intercambiar madera por carne; o disponer de mucha mano de obra, pero no de suficiente tierra de buena calidad para emplearla bien. Si empleáramos precios sombra para integrarlo todo, ellos nos mostrarían que, durante trescientos años, el feudo perdía dinero, pero proveía al sostenimiento del señor y los siervos. El koljoz soviético era notoriamente ineficiente en términos de ganancias. Pero entre sus gastos debía incluir el de proporcionarles atención de salud y educación a sus miembros, lo que hacía que su balance financiero fuera desfavorable pero produjera un beneficio social neto.

Como el trabajo es un gasto importante en la producción, en el capitalismo se considera que una compañía es más eficiente si reduce su personal, despide trabajadores y obtiene más plusvalía por trabajador al aumentar la jornada laboral, intensificar el ritmo del trabajo y reducir los salarios. Los trabajadores despedidos desaparecen del balance financiero. Todo ello se describe con el término meliorativo de “flexibilidad”. El gerente recibe una bonificación. A menudo se justifican las fusiones de empresas porque prometen incrementar la eficiencia en este sentido.

Pero en una sociedad socialista, en la que se garantiza que todos coman, despedir trabajadores de sus empleos no constituye un mejoramiento de la eficiencia social. Sencillamente, no es una opción. Hay otras posibilidades. En ocasiones es mejor tener personal excedente y utilizar las horas de trabajo también con fines educativos. Cuando tienen un excedente de trabajadores, las empresas pueden liberar temporalmente a algunos de sus empleados para que participen en una cosecha o construyan viviendas. O pueden eliminarse empleos y darles a los trabajadores otros puestos de trabajo con al menos el mismo salario, o reestrenarlos para que realicen otras labores, o darles un estipendio para estudiar. Cuba ha adoptado el principio de “estudio como trabajo” para los trabajadores desplazados de los centrales azucareros que se han cerrado. Sea cual fuere la decisión, en todos los casos, el criterio de la eficiencia social al nivel del conjunto, y no de la empresa, está presente como un contrapeso a las metas financieras de corto plazo.

Cuando múltiples metas de la sociedad convergen en programas específicos, estos se tornan casi inevitables. Por ejemplo, la agricultura urbana en Cuba satisfizo la necesidad de disponer de alimentos de modo inmediato cuando la economía se vino abajo tras la pérdida del intercambio comercial con la Unión Soviética y Europa Oriental. Fue una fuente de empleo en un momento en que las fábricas cerraron sus puertas por falta de materias primas o energía y por primera vez desde el triunfo de la revolución apareció el desempleo. Simplificó la distribución de los productores a los consumidores en un momento en que se dificultaba el transporte y los frecuentes apagones hacían que el almacenaje refrigerado de los productos no fuera una opción segura. El Ministerio de las Fuerzas Armadas estaba interesado en promover la autosuficiencia de las localidades, para el caso de que los desastres naturales o una agresión militar interrumpieran la coordinación al nivel nacional. La producción urbana de vegetales estaba en consonancia con el objetivo de los nutricionistas de lograr que la dieta de los cubanos se basara más en el consumo de vegetales y menos en el de carne y féculas. Los urbanistas alentaban la preservación de áreas verdes en el interior de las ciudades para mitigar el ruido, absorber la lluvia y reducir las inundaciones, contrarrestar el calentamiento de las ciudades y estimular la interacción social en los barrios. Y como se trataba de una agricultura orgánica, era más saludable para los trabajadores. El Ministerio de Salud Pública no quería pesticidas en las ciudades. Los ecologistas presionaban a favor del policultivo y el manejo biológico de las plagas y la fertilidad del suelo. Distintas organizaciones, ministerios e instituciones se preocupaban específicamente por uno u otro de estos objetivos, pero todos convergían en hacer de la agricultura urbana una opción obvia y, en cierto sentido, inevitable. Había también concepciones ideológicas que tornaban atractiva la agricultura urbana, en especial el objetivo marxista de restaurar el metabolismo entre la ciudad y el campo, y el compromiso de que el desarrollo urbano no estuviera determinado por los mercados inmobiliarios.

Adoptar un punto de vista holístico sobre la agricultura era obvio. Pero lo obvio no siempre se impone. Muchos de los errores cometidos por el gobierno cubano fueron respuestas a urgencias que no tuvieron el cuenta las consecuencias más amplias y a más largo plazo de una decisión.

O considérese la respuesta del sistema educativo a la contracción económica. En los Estados Unidos, las juntas escolares locales enfrentadas a una insuficiencia de recursos optaron por eliminar lo que consideraban lujos innecesarios. Se produjo un movimiento de concentración en las habilidades básicas de la lectura, la escritura y la aritmética a expensas de los estudios sociales, la literatura, las artes y la educación física. Se redujeron los suministros y aumentó el número de alumnos por aula. A los estudiantes universitarios se les comenzaron a cobrar matrículas y cuotas cada vez mayores. Se apoyaron los programas académicos de ciencias y matemáticas y se eliminó la mayoría de los dedicados a las artes. Todo ello tenía sentido en el marco del capitalismo, donde la educación tiene como meta fundamental entrenar a trabajadores competentes y dóciles y sólo a una reducida minoría de dirigentes e innovadores, y donde el estudiante es un cliente que hace una inversión para obtener un empleo mejor remunerado.

Enfrentada a las dificultades económicas del Período Especial, Cuba optó por una expansión de la educación. El número de alumnos por aula se redujo a veinte (con dos maestros) en la escuela primaria, quince en la secundaria y diez en el preuniversitario. La educación artística se amplió, se crearon escuelas para instructores de arte y se organizaron programas especiales para los estudiantes con discapacidades. La educación superior se expandió mediante el establecimiento de sedes universitarias en todos los municipios. El pago de un salario por estudiar se convirtió en una opción para los trabajadores azucareros desplazados por el cierre de algunos de los centrales.

Tanto la decisión capitalista como la socialista tienen sentido en sus sociedades respectivas. Para los cubanos, la educación es algo más que el mero entrenamiento de una fuerza laboral calificada. Su objetivo –que tiene como guía el mandato martiano de “Ser cultos para ser libres”-- es formar ciudadanos. La expansión de la educación era una forma de construir para el futuro, a la vez que una manera de darles empleo a los maestros.

La “lógica” del socialismo hace énfasis en una producción encaminada a satisfacer las necesidades del pueblo y lograr una igualdad básica, una toma de decisiones colectiva y un nivel de vida ascendente. Parte del consumo es individual, y por lo general se adquiere con los ingresos personales. Otra parte es consumo social, y se recibe, por ejemplo, en forma de salud pública y educación. Y otra parte se adquiere de modo individual, pero está subsidiada por los recursos colectivos: ese es el caso de la alimentación básica, el transporte público, los bienes culturales y el acceso a los deportes y la recreación. Aparte del consumo, una parte del producto se reinvierte con fines de desarrollo. Es ahí donde se puede apreciar el impacto del bloqueo. Los costos para Cuba de cincuenta años de hostilidad suman un monto que es varias veces el del ingreso nacional, una fracción significativa de lo que el país necesita invertir para avanzar. Es esa mezcla de distribución gratuita, subsidiada y basada en la oferta y la demanda lo que torna ridículos los cálculos que se hacen de los salarios de los cubanos. Si la mayoría de los habitantes de la isla ganara el equivalente de su salario a la tasa de cambio actual, los tan llevados y traídos $20 mensuales, ya estarían todos muertos.

Consumo

Como todos los pueblos y la mayoría de los gobiernos proclaman como objetivo el incremento de los niveles de vida, una de las preguntas que surge es, ¿Qué bienes son necesarios para ese incremento del nivel de vida sin que constituyan una caída en el “consumismo”? Vale la pena examinar más de cerca el “consumo”. En los países pobres existe una real necesidad de incrementar el consumo de bienes básicos: alimentación, vivienda, salud pública, transporte público, etc. Bill McKibben calcula que hasta un ingreso per capita de unos $10 000 anuales, los aumentos del ingreso mejoran la vida de las personas y se reflejan en las encuestas de los niveles subjetivos de felicidad. Los individuos comen con regularidad, disponen de techo y ropa, y tienen acceso a la salud y a la educación. Ese es aproximadamente el nivel en el que el descenso de la mortalidad infantil deja de correlacionarse estrechamente con el ingreso. [2]

Aparte de ese tipo de consumo, está el que se deriva de relaciones sociales específicas. El automóvil, originalmente un lujo de los ricos, se tornó cada vez más necesario en los Estados Unidos debido a la ausencia de un transporte público barato, el desarrollo de los suburbios y los largos viajes diarios, la distancia entre los lugares de residencia y los lugares de trabajo. Los empleos de oficina exigen cierto tipo de vestuario. Los varones japoneses necesitan varios trajes de color oscuro, no para no sentir frío, sino para parecer respetables y conservar sus empleos. Los códigos de vestuario para las mujeres suelen ser todavía más exigentes.

Parece ser que los gustos y estilos de una clase o una sociedad dominantes adquieren un prestigio que trasciende con mucho su valor intrínseco. En el Medio Oriente de la época bíblica, Babilonia era el centro de la moda. Los israelitas deportados a Babilonia en el año 586 AC quedaron deslumbrados por el esplendor de esa antigua ciudad, tanto que setenta años más tarde, cuando Ciro el Grande les permitió regresar a su tierra natal, muchos decidieron quedarse en el lugar de su exilio. Más tarde, Herodes pasó su juventud en Roma, entre fiestas e intrigas. Y después trató de llevar las costumbres romanas a Jerusalén. Hoy en día, por supuesto, debido a la hegemonía estadounidense, McDonald’s y Coca-Cola han adquirido un valor simbólico que trasciende con mucho su valor nutritivo o las cualidades de su sabor. Para muchos cubanos, su Roma o su Babilonia es Miami.

Por último, en una sociedad que aísla a las personas unas de otras, el remedio para la desesperación es comprar. A quienes han vivido en la pobreza, acumular objetos en ocasiones les produce una sensación de seguridad. Y el imperativo capitalista de expandirse conduce a gigantescos esfuerzos de venta para promover esos sentimientos, al tiempo que se inventan nuevas maneras para que las personas se endeuden. Todas esas dimensiones alimentan el consumismo.

Pero, para el socialismo, el aumento de los niveles de vida no consiste en un consumo ilimitado de energía y materias primas, sino que se centra en el aumento de la calidad de la vida. De ahí que una gran proporción del producto nacional cubano se invierta en el consumo social, la salud, la educación, la cultura, los deportes y el medio ambiente, aunque, en el corto plazo, ello pueda disminuir el ritmo del crecimiento y prolongar escaseces que producen frustración. Alrededor de un 10% del Producto Interno Bruto se invierte en la formación de capital, lo que lleva a una tasa de crecimiento que oscila entre 8 y 12%. (Aun tras la devastación provocada por los tres huracanes del 2008, Cuba logró crecer alrededor de un 4%, pero en la actualidad, debido al impacto de la recesión mundial capitalista, el crecimiento se ha estancado). Mientras existen tantas escaseces y casi cualquier incremento de la producción mejora la calidad de la vida, podría parecer que criticar el consumismo es partir un pelo en dos, pero esa crítica es importante para la formación de los objetivos sociales e individuales.

Quizás el aspecto más complejo y contradictorio del proceso socialista es el que tiene lugar en la psiquis de los individuos. El entusiasmo del triunfo alienta una orientación voluntarista que asume que podemos hacer todo lo que nos propongamos, y lleva a afirmar con entusiasmo que el ”hombre nuevo” (sic), empeñado en el logro de las metas colectivas, es generosos, abierto, dedicado y valiente. Todo ello es real, pero incompleto. Los cínicos citan el descreído adagio de que “todo tiene que cambiar para que siga siendo como siempre”, que olvida los cambios reales y profundos que tienen lugar y subraya lo que no ha cambiado. Recuerdo cuando era un niño en la década de los treinta el inacabable debate sobre si es necesario cambiar la sociedad para que cambien las personas o cambiar a las personas para que cambie la sociedad. Es claro que la respuesta es un proceso de ida y vuelta en el que las nuevas condiciones hacen posibles nuevos comportamientos y los individuos transformados impulsan los cambios sociales que tienen como objetivo un mundo en el que tiene sentido ser bueno. Pero a lo largo de ese camino, los individuos son muy disímiles.

En tiempos difíciles, algunos retornan a hacer individualmente lo que el colectivo ya no puede lograr, mientras que otros asumen las dificultades como un reto que exige más cooperación y esfuerzos. Esas contradicciones distinguen a las personas unas de otras, pero también se dan al interior de los individuos. Parecería que el típico error de los marxistas consiste en exagerar los cambios en la psicología colectiva, de modo que nos sorprende la persistencia del racismo o el sexismo, el esnobismo clasista, el oportunismo y otras virtudes burguesas. Los comentaristas y periodistas hostiles aprovechan cualquier señal de ellos para burlarse y descartar cualquier posibilidad de transformación y toda esperanza de progreso. Lo que les resulta importante es lo que no ha cambiado o lo que incluso ha retrocedido. Pero lo que pone en evidencia las posibilidades y despierta el entusiasmo es lo nuevo, mientras que lo viejo nos advierte acerca de los obstáculos y las dificultades, y sobre todo lo que queda por hacer.

Una orientación filosófica marxista subraya la totalidad, la interconexión y el contexto histórico, lo que facilita entender cómo afecta una esfera de la vida a las demás. Esa perspectiva no determina el futuro, sino que proporciona las herramientas para pensar acerca de lo que sucede y decidir qué hacer. Es un contrapeso parcial a las inevitables urgencias que alientan la adopción de medidas cortoplacistas que socavan los objetivos a largo plazo.

Este concepto de “lógica” de una sociedad resuelve la contradicción entre el hecho de que lo que sucede depende de las decisiones de millones de individuos y la percepción de que hay “leyes” de la sociedad. No implica inevitabilidad, sino sólo contingencia: mientras más se aparta una sociedad de los imperativos de su “lógica”, más tendencias que amenazan socavar todo el proyecto se acumulan. Pero en un proyecto socialista siempre operan tendencias contrarrestantes.

La brecha

En todas las sociedades e instituciones hay una brecha entre los ideales proclamados y la práctica real. Los sacerdotes pecan, los policías cometen delitos, los generales budistas comandan guerras. En las sociedades, esa brecha es inevitable y necesaria. Su inexistencia, un funcionamiento exacto al que se pretende, sería evidencia de una terrible ausencia de imaginación y aspiraciones. Obviamente, no se trata de mantener la brecha empeorando las prácticas, sino elevando las aspiraciones.

En el capitalismo, la clase dominante debe proclamar ideales para el consumo público y convencer a los individuos de que esos ideales se cumplen, aunque sea de manera incompleta. Por tanto, la brecha se construye con fines de control social.

El concepto brezhneviano de “socialismo realmente existente” pretendía eliminar esa brecha al plantear: “Esto es todo, no hay nada más. Pedir más es idealismo. Así que cállense.” En el seno del cristianismo, una corriente reconoce esa brecha al considerar que los ideales emanan de Dios y la incapacidad de vivir de acuerdo con ellos se deriva de la imperfección humana o del pecado original. Incluso cuando la propia Iglesia o sus líderes no se muestran a la altura de esos ideales, se considera que ello evidencia la necesidad de la Iglesia.

Una anécdota personal: una mañana de domingo cuando, recién iniciada la adolescencia, le dije a mi padre que iba en busca de mi primera organización comunista, su respuesta fue: “Muy bien. Pero no esperes que una organización comunista sea idéntica a una sociedad comunista. Si lo fuera, no haría falta una revolución.”

Esa es una de las contradicciones inevitables que enfrentan los revolucionarios. La construcción del socialismo es mucho más complicada y a veces más dolorosa de lo que imaginábamos, y el proceso a menudo produce frustración además de ser fuente de inspiración. El asunto consiste en reconocer que los defectos del socialismo son, al mismo tiempo, inevitables e inaceptables, analizar sus causas y descubrir maneras de luchar contra ellos como parte del proceso revolucionario, en vez de emplearlos como excusa para abandonar la lucha. Una manera de circunscribir la contradicción es ver no sólo los “errores”, sino incluso los crímenes del socialismo, de una manera dual: no son el socialismo, sino distorsiones del socialismo. Pero son también distorsiones del socialismo. Se puede establecer una analogía con las enfermedades de las plantas: el tizón del maíz no es maíz, sino una enfermedad del maíz. Pero es una enfermedad del maíz, y no una calabaza.

Tomada de manera independiente, la primera afirmación podría conducir a descartar a la ligera un montón de cosas terribles ocurridas bajo las banderas del socialismo por ajenas al socialismo y, por tanto, no verdaderamente relevantes. ¿Pol Pot? ¿Beria? ¿Cayetano? Nunca fueron de los nuestros. Esa variante también lleva a la racionalización de lo inaceptable tildándolo de “necesario”. El conocido argumento de que “no se puede hacer una tortilla sin cascar huevos” se transforma en la falsa idea de que cascando huevos se hace una tortilla, y, por tanto, a la de que romper huevos es una señal de militancia. Salimos limpios del problema y no aprendemos nada. La “objetividad” y la “necesidad” se convierten en los disfraces del instrumentalismo más cínico. [3]

La segunda afirmación, tomada también por sí sola, puede conducir a apartarse, a la conclusión de que el socialismo es una quimera ingenua que inevitablemente desemboca en hechos horrorosos, así que es mejor cuidar de uno mismo. O al descubrimiento de que como el socialismo no tiene el aspecto que se esperaba, es normal sentirse traicionado y desilusionado, y se justifica sumarse al bando contrario. Muchos de quienes han renegado del socialismo han recorrido este camino. Ambas interpretaciones, tomadas por separado, conducen al cinismo.

Democracia

La democracia es un tema central para los socialistas. Vale la pena examinar la cuestión de la democracia en los socialismos emergentes, no sólo para corregir algunas interpretaciones obviamente erróneas, sino, lo que es más importante, para ampliar nuestra propia comprensión de la democracia. Los liberales que critican a Cuba por su desempeño en el terreno de los derechos humanos son muy selectivos en lo tocante a los artículos de la Declaración Universal a los que hacen referencia. Suelen reconocer de una rápida pasada cosas tales como los derechos a la satisfacción de las necesidades básicas, como la alimentación, el agua, la educación, la salud pública, la igualdad de géneros, el acceso masivo a la cultura, los deportes y la seguridad social en la vejez, pero los consideran carentes de importancia comparados con los derechos políticos. Y su crítica sobre la ausencia de derechos políticos asume que nuestros derechos formales son la única medida legítima de la democracia. Para sustentar el modelo antidemocrático de Cuba que trazan, dicen cosas como “Fidel le entregó el poder a su hermano Raúl”, cuando lo que ocurrió en realidad fue la sucesión legal del presidente del Consejo de Estado por el primer vicepresidente, debido a razones de enfermedad del primero.

Los críticos de Cuba, profundamente sumidos en la ignorancia, lamentan constantemente la ausencia de elecciones en el país. Por supuesto que hay elecciones en Cuba, mediante el voto secreto y directo, con urnas custodiadas por escolares e inmunes al depósito de votos fraudulentos. Peter Roman ha hecho el mejor estudio de esos procesos eleccionarios, que difieren mucho de los nuestros: no se elige entre miembros de distintos partidos, pero tampoco son unipartidistas (el Partido Comunista no postula candidatos, aunque muchos candidatos son comunistas). Las nominaciones de candidatos a delegados a las asambleas municipales se hacen en reuniones abiertas en los barrios, y se vota por uno de entre dos a ocho propuestos. En alrededor del 10% de los casos, ninguno obtiene más del 50% de los votos, así que se va a una segunda vuelta entre los dos contendientes que obtuvieron más sufragios en la primera. No hay campañas electorales, anuncios en la televisión ni entrevistas, sino sólo una biografía de una página de cada candidato. Los cubanos se ufanan de que no hay que ser rico ni tener amigos ricos para ser candidato en sus elecciones.

En los niveles superiores (provincial y nacional), los candidatos son propuestos por comités de nominación. El propósito expreso es garantizar una amplia representación de cada sector de la población y contar con personas capacitadas que alimenten los debates. Los cubanos quieren que su Asamblea Nacional sea lo más representativa posible de todos los sectores. Pero “sectores” significa ocupaciones, capacidades, edades, etc., no ideologías políticas. En las pasadas elecciones se consideró un logro importante que aumentó la representación de las mujeres, los afrocubanos y los jóvenes. Todo el proceso se asemeja más a las elecciones de las sociedades de profesionales, o de nuestras cooperativas locales para la producción de alimentos que a unas elecciones políticas a nivel nacional en el capitalismo. Si se entienden las elecciones como un proceso de selección de un grupo diverso bien informado y con un alto grado de compromiso, el sistema parece funcionar bien. Pero si se entienden como un campo de batalla de ideologías diversas, es terriblemente deficiente. Aunque no hay ningún obstáculo legal a que un disidente se postule e incluso sea elegido, todos sabemos que no sucedería. Las elecciones son dentro del socialismo, no sobre el socialismo, excepto en el sentido de que la participación y la votación constituyen una especie de referendo. Los cubanos evalúan el porcentaje de participación y consideran los votos en blanco o nulos como muestras de desafección. Según esa medición, la oposición cuenta con menos de un 10% de los electores, aunque algunos amigos que son miembros del Partido me han dicho que estiman que la cifra se acerca más al 20%.

La Asamblea Nacional por lo general analiza muy pocos proyectos de ley en sus dos sesiones anuales. No hay proyectos que sean favores políticos, o presentados para poner en evidencia al gobierno, o tan vastos que los representantes votan sin haber leído sus contenidos. Cuando un proyecto de ley importante se lleva a votación, ha pasado previamente por las comisiones de la Asamblea Nacional, reuniones con los votantes y consultas con las organizaciones implicadas. Los diputados reciben un borrador al menos veinte días antes de que se ponga a votación. Las leyes suelen aprobarse por unanimidad. Al observador suspicaz, ello le parece una mera ratificación ceremonial, por parte de una asamblea dócil, de decisiones ya adoptadas por otros (¿Por el Partido? ¿Por el jefe de estado?). No obstante, el proceso legislativo es mucho más complejo. Peter Roman estudió el funcionamiento de la Asamblea Nacional siguiendo el desarrollo de la Ley Agraria del 2006. La iniciativa procedía de la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP). En el 2008, una nueva ley de Seguridad Social que incrementó la edad de la jubilación de sesenta a sesenta y cinco años para los hombres y de cincuenta y cinco a sesenta para las mujeres, se debatió en 85 301 asambleas organizadas por los sindicatos, a las cuales asistieron 3 085 798 participantes. De ellos, noventa asambleas y 28 596 miembros votaron contra la ley. La Federación de Mujeres Cubanas, por intermedio del Centro de Educación Sexual, trabaja en la actualización del código de familia para que se reconozca legalmente la existencia de distintos tipos de familias y para reforzar los derechos de lesbianas, homosexuales, bisexuales y transgéneros. La diputada Mariela Castro planea presentar la legislación en una próxima sesión de la Asamblea.

Las estructuras del gobierno cubano han venido evolucionando desde mediados de los años setenta y lo siguen haciendo. La invención de la democracia socialista es un proceso complejo. Sus deficiencias y problemas no resueltos son los suyos propios --y se miden por sus objetivos--, y no desviaciones de la democracia capitalista. Entre esos problemas no resueltos están los siguientes:

a) Liderazgo político y productores asociados. La membresía en la Asamblea Nacional no es un empleo de tiempo completo. Los delegados tienen empleos regulares, y, dado que fueron nominados, es probable que participen también en cierto número de organizaciones locales. Están muy presionados por el tiempo y no tienen asesores que los ayuden. En una sociedad en la que la división sexista del trabajo sobrevive en muchos hogares, este es un problema especialmente agudo para las mujeres. El cargo no conlleva ningún privilegio. Exige mucho de quien lo desempeña y a menudo es fuente de frustración, cuando todo lo que puede hacer el delegado es explicar por qué un problema no puede solucionarse por el momento. La tasa de renovación es alta, tanto porque las personas deciden no volver a ser candidatos como porque los votantes son muy exigentes y críticos.

Es deseable contar en la Asamblea Nacional con miembros provenientes de las comunidades, que mantienen fuertes vínculos con sus vecinos, y con expertos en los diversos temas que la Asamblea debe considerar. No siempre las mismas personas cumplen ambas condiciones. Los expertos sueles ser dirigentes nacionales en sus esferas. En una sociedad en la que la educación masiva es un fenómeno nuevo en términos históricos, se le concede un gran valor al conocimiento, lo que puede implicar que se nomine a los jefes de las organizaciones. De ahí que el parlamento del pueblo no esté compuesto fundamentalmente por obreros, sino por líderes de obreros (Un poco menos de la mitad de los diputados, fundamentalmente los que también son delegados en sus municipios, son obreros).

Al visitante norteamericano que considera que la dirigencia es antagónica con la membresía de fila, y que están en una relación de “ellos y nosotros”, esto le resulta sospechoso. Puede considerarse que una brecha en las condiciones de vida y la ideología entre los dirigentes y los miembros de fila podría socavar la naturaleza democrática del proceso. Durante el Período Especial, las desigualdades aumentaron en Cuba, aunque no entre los dirigentes y el resto de la población. Los nuevos ricos son más bien quienes reciben dinero de sus parientes de Miami, o quienes trabajan en los hoteles o compañías extranjeras, donde tienen acceso a los dólares, o los dueños de los pequeños negocios que se han legalizado, o quienes operan en la economía informal (mercado negro).

Pero si los dirigentes a nivel nacional que cuentan con los conocimientos necesarios no siempre están vinculados a sus distritos y a la población, puede que no sean conocidos por la mayoría de los votantes ni tengan una relación con ellos. He oído a algunos comunistas leales declarar que no votarían por personas que no conocen. Por tanto, como ocurre en muchas elecciones europeas, a los votantes se les insta a votar por la candidatura completa y no por candidatos individuales. Estos han sido propuestos por los comités de nominación por sus conocimientos, pero es muy probable que se elimine a quienes se considera demasiado críticos.

La ideología cubana entiende que la sociedad se torna cada vez más democrática mediante una amplia participación y el esfuerzo por lograr consensos. Desde los primeros grados, los niños eligen representantes de aula, y en todas las organizaciones


Sigue en el siguiente enlace: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=106870

Tags: socialista, Cuba, prejuicios, magisterio, ciencia, barrio

Publicado por blasapisguncuevas @ 2:24  | CUBA
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