Mi?rcoles, 09 de junio de 2010
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Controlar la información sobre su pasado, de la que depende su integridad y su futuro, es una de las tareas más celosamente cumplidas por todos los imperios. Roma cultivaba el más denso secreto alrededor de sus razones de Estado, los llamados arcanos imperiales, con el mismo celo que entrenaba a sus legiones, o ponía a prueba el don de mando de sus generales. Hoy, en los Estados Unidos todo sigue igual, sólo que la tarea de mantener a raya a curiosos, enemigos, y profanos ya no recae sobre el otrora poderoso Colegio de los Augures, sino sobre unos burócratas eficaces e impenetrables que nos reciben con gélidas sonrisas y un “no” en la boca cuando en archivos y bibliotecas se les solicita acceso a ciertos documentos del ayer.

Una de las más refinadas jugadas en este proceso infinito por domesticar la historia y ponerla al servicio del sistema, fue la idea de entregar a cada ex presidente norteamericano la custodia de la mayor parte de los documentos generados por su propia administración Con ese objetivo, desde hace más de 70 años, se otorgan decenas de millones de dólares del presupuesto nacional para mantener activas las llamadas Presidential Libraries. De esta manera, las llaves de los secretos han quedado en manos de los mismos que no tienen el menor interés en que éstos se divulguen, y mucho menos si ponen en evidencia los errores y fracasos de su gestión. ¿Creen ustedes que George W. Bush, por citar el ejemplo más reciente, garantizará el acceso de los historiadores a las fuentes documentales de su desastroso mandato, a las transcripciones de las reuniones donde se conspiró en el estrecho círculo de los visionarios neoconservadores de su equipo para atacar a Iraq y Afganistán, a sabiendas de que no había armas de destrucción masiva que lo justificasen?

Al iniciar su mandato, el presidente Obama y Eric Holder, Fiscal General, enviaron un memorándum a todas las agencias gubernamentales indicándoles mejorar la capacidad de respuesta y apertura a la información solicitada por los ciudadanos, en cumplimiento de la Freedom of Information Act (FOIA), de 1976. Este loable propósito, como tantos otros de la actual administración, ha sido burlado, cuando no olímpicamente ignorado, por la burocracia imperial enquistada en los niveles intermedios del Estado. De hecho, el libre acceso a la información se ha convertido en un nuevo campo de batalla donde se enfrentan los conservadores y los liberales, los partidarios del secreto dictatorial con los que buscan democratizar la sociedad poniendo sobre la mesa la verdad acerca de su pasado.

Una reciente auditoría del National Security Archive, de la Universidad “George Washington”, al cumplimiento del memo presidencial del 2009, realizado a más de 90 agencias gubernamentales, arrojó los siguientes resultados:

- Hay solicitudes de acceso a información con más de 18 años de antigüedad. Las Bibliotecas Presidenciales “Ronald Reagan” y “George H, Bush” son las más atrasadas entre las de su tipo, con una demora de entrega de solicitudes de 186 y 140 meses, respectivamente.

-Sólo 4 de 28 agencias gubernamentales, entre ellas el propio Departamento de Justicia de Holder, muestran mejores indicadores de entrega de documentos y menos denegaciones a partir del memo de 2009.

-Sólo 13 de 90 agencias gubernamentales han implementado cambios concretos en su gestión desde 2009.

-Sólo 14 de 90 agencias han dedicado más recursos al entrenamiento de su personal para atender mejor esta tarea.

-Sólo 11 de 90 agencias han circulado y discutido internamente el memo presidencial.

Entre los documentos históricos pendientes de acceso están:

-En el Archivo Nacional: el reporte independiente sobre el Irán-contra, la información sobre Robert Eral, quien destruyó los récords incriminatorios de Oliver North y las opiniones de Reagan acerca de las nominaciones de jueces al Tribunal Supremo.

-En el Departamento de Defensa: la reacción militar de Estados Unidos, en 1961, al construirse el Muro de Berlín, la política de exportaciones de armamento a Iraq en la década de los 80, y el set completo de los “Papeles del Pentágono”, revelados parcialmente en 1971.

-En las Bibliotecas Presidenciales: la vigilancia del Gobierno de Johnson sobre los grupos de derechos civiles, su política en el Congo y el financiamiento al Gobierno boliviano para luchar contra la guerrilla del Che; la política de Nixon hacia Israel, la invasión ordenada por Reagan a Granada, en 1983, su política hacia el Gobierno del apartheid sudafricano y la de Clinton hacia Haití.

Es interesante constatar que a pesar de tales obstáculos, a veces sutiles y otras brutales, los historiadores norteamericanos, y la ciudadanía en general, no cesan en su lucha por conocer la verdad histórica. Un reciente informe de la CIA, aparecido en su página web, atestigua el enorme interés que sigue despertando el estudio de documentos desclasificados vinculados con Cuba y sus relaciones con los Estados Unidos. De los 25 temas con más documentos a desclasificar solicitados, la isla siempre aparece entre los primeros lugares:

-En enero de 2010, temas relacionados con Cuba habían recibido 684 solicitudes, lo que la ubicaba en el sexto lugar, y relacionados con los sucesos de Playa Girón 417 solicitudes, lo que lo ubicaba en el sitio 16.

-En febrero del 2010, las búsquedas relacionadas con Girón sumaron 932 solicitudes (sexto lugar) y con Cuba 615 solicitudes (undécimo lugar).

-En marzo del 2010, Girón ocupaba el cuarto lugar general, con 1431 solicitudes de acceso, y Cuba el séptimo lugar, con 970 solicitudes.

Pero es sabido que los neoconservadores, amanuenses y empleados imperiales jamás están de brazos cruzados. Acaba de ser publicado por el Hudson Institute, uno de los más importantes tanques pensantes conservadores, un libro titulado “Necessary Secrets: National Security, the Media, and the Rule of Law”, de Gabriel Schoenfeld. Entre las intromisiones de la prensa en los secretos profundos del imperio que con más saña se critican en el libro, precisamente para relacionar el acceso a la información con el incremento de una supuesta vulnerabilidad del país ante sus enemigos, Schoenfeld expone los daños que “The New York Times” “provocó” al revelar la existencia de planes militares contra al-Quaida, las indiscreciones de “renegados de la CIA” como el agente Phillip Agee, o las filtraciones de esos mismos “Papeles del Pentágono” que aún duermen el sueño eterno en las arcas imperiales.

“Como Estados Unidos aún está en guerra -concluye la reseña de Hudson Institute- este es un libro de quemante actualidad“.

Ojalá que el adjetivo usado en este caso no sugiera a los herederos de los Augures la posibilidad de resolver este dilema mediante la radical medida de quemar los documentos. De quienes incineraron la Biblioteca Nacional de Iraq todo puede esperarse.

Fuente: http://www.cubadebate.cu/opinion/2010/06/08/los-arcanos-imperiales/

rCR



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Tags: imperio, Cubadebate, biblioteca, dilema, documentos secretos, guerra

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