S?bado, 10 de julio de 2010

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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del textoPartir el texto en columnasVer como pdf 10-07-2010

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Cubarte


Conocer el origen, los andares y los filos de las palabras no debe ser coto de ling?istas, pues en general ayuda a impedir que la inercia del uso vele la realidad que ellas nombran. Malversar pertenece a una familia numerosa, entre cuyos miembros figuran conversar y diversi?n,?y diversionismo, ideol?gica y militarmente relevante, aunque falte, al igual que en otros, en el lexic?n de la Real Academia Espa?ola. Los diccionarios no registran todas las derivaciones que podemos considerar naturales ?prevenible, llamable, querible y muchas m?s?, aunque incluyan, as? el de la Academia, infumable y sufrible. Los estudios lexicogr?ficos no son textos sagrados, pero resulta provechoso visitarlos, aun cuando s?lo sea para saborear mejor las palabras, y recordar la relaci?n entre pensamiento y lenguaje.

La malversaci?n, acci?n de no atenerse a un plan presupuestario y aplicar una versi?n il?cita de ?l, es una figura jur?dica asociada en especial con los caudales p?blicos. Cometida en beneficio propio, constituye un delito enmascarable hasta con el escamoteo de otro vocablo que lo identifica: robar. La luz y la sombra de las palabras se proyectan en todo, y aqu? solamente se ha llamado la atenci?n sobre el primer vocablo del t?tulo. De modo somero, pensando en t?rminos de funcionamiento y sin abundar en su etimolog?a ni en su historia, saltemos hasta el ?ltimo, derivado de status. El Estado, expresi?n concentrada del poder, administra bienes, regula su empleo, o se encarga de hacer que sean administrados.

Tal prop?sito, maldito para el neoliberalismo, es principal en el empe?o de construir un socialismo verdadero, no algo similar al llamado modo de producci?n asi?tico, que no acaba en el gentilicio ni en la ?poca de su origen. Sin entrar en disquisiciones te?ricas, el socialismo tampoco debe confundirse con el capitalismo de Estado, sistema que, visto a veces como etapa de la construcci?n socialista, estar?a regido por un leviat?n poseedor capaz de frenar la creatividad popular, que necesita de la colectividad y de sus individuos.

Una forma de capitalismo de Estado pudiera ser el ?socialismo? que tendenciosamente Herbert Spencer defini? como ?la futura esclavitud? en un ensayo del cual, al conocerlo en 1884, Jos? Mart? discrep? con una perspectiva democr?tica raigal: tan distante del sentido aristocr?tico del pensador ingl?s como del exceso de centralizaci?n y burocracia, nocivo para el movimiento social y para la individualidad, que no debe meterse en el mismo saco que el individualismo.

??Mal va un pueblo de gente oficinista!?, exclam? Mart? en defensa del trabajo productivo, y en contra de que la vida se trazara o se decidiera oficinescamente, porque ello menguar?a la fertilidad del funcionamiento social f?rtil. Ser?a err?neo suponer que quien hab?a hecho y har?a tareas de oficina ?incluida una parte de su labor pol?tica? condenaba en bloque ocupaciones que tambi?n son necesarias y requieren esfuerzo. Y mienten, pero han logrado crear confusiones, los antisocialistas que le atribuyen los juicios de Spencer, a quien refut? en su m?dula. El revolucionario cubano pensaba y actuaba guiado por su identificaci?n con los pobres de la tierra y por su voluntad de servir a los afanes justicieros, llam?ranse ?con este nombre o aquel?, como escribi? diez a?os despu?s en una carta donde se refiri? a peligros que ten?a ?la idea socialista, como tantas otras?.

Para los fines del socialismo la expresi?n malversar bienes del Estado exige una valoraci?n que rebase imprecisiones. Una, y no la m?s grave quiz?s, ser?a confundir Gobierno, que aplica la pol?tica, y Estado, que la traza con el fin de encauzar en lo interno y en lo internacional los prop?sitos rectores del pa?s. Tal parcelaci?n de funciones, esbozadas aqu? de modo harto esquem?tico, es aplicable a la generalidad de las naciones, particularmente a las consideradas modernas. Pero ciertas claridades conceptuales y de funcionamiento revisten una importancia de vital inter?s para el pensamiento y la pr?ctica socialistas.

Preocuparse por el papel del Estado y la manera como debemos ver sus funciones, no es derecho ni deber exclusivo de estadistas, polit?logos y otros profesionales especializados o llamados a serlo. Esas funciones tienen mucho que ver con la ciudadan?a en general para que esta las considere patrimonio de un gremio y las deje en manos de funcionarios que, por muy sabios e irreprochables que sean, son seres humanos, no dioses. Y desde tiempos remotos el reino celestial ha sido sucesiones de im?genes sublimadas de la realidad terrena, incluyendo intereses econ?micos y sociales, y el ejercicio (o pasi?n) del mando.

Mientras el Estado ?seg?n la previsi?n marxista? no pase a ser una antigualla de museo, individual y colectivamente la poblaci?n tiene deberes cardinales en su relaci?n con ?l. La claridad en algo tan importante para la defensa y el logro de las metas planteadas, y para satisfacer necesidades b?sicas, no es mero asunto de categor?as m?s o menos atendibles. La idea, por ejemplo, de ?malversar bienes del Estado? le atribuye a este la propiedad de los bienes, y deja en sus manos, as? como en los l?mites de sus prerrogativas, la tarea de administrarlos y darles el uso correcto. ?No entra por ah? uno de los peligros subjetivos, pero tremendos, que da?an a la propiedad social: creer que lo de todos no es de nadie?

El sentido de propiedad, facultades y responsabilidad no cae del cielo: se cultiva desde la relaci?n efectiva que se tenga con lo que a uno o a la colectividad le pertenezca. La ciudadan?a debe cuidar sus propiedades: conocer y vigilar en sus distintos ?mbitos ?el centro de trabajo, el municipio, la provincia, ?la naci?n!?, los recursos sociales y las fuentes de servicios con que se cuenta, el caudal para ponerlos a producir, las deudas contra?das, los fines planeados y la marcha del trabajo hecho para conseguirlos.

La intervenci?n activa de la ciudadan?a en los rumbos y el destino del pa?s se halla entre los requerimientos b?sicos para fundar un socialismo plenamente participativo: un socialismo pleno. La idea, aberrante y ofensiva, seg?n la cual el pueblo podr?a verse como avecilla neonata que abre la boca para que el Estado le regurgite en ella el alimento con que vivir, es una imagen de p?simo gusto y, para no decir m?s, una de las mayores evidencias de inexactitud a la hora de valorar las responsabilidades de la poblaci?n y las del Estado.

Empecemos por decir que los directivos y funcionarios estatales son parte de la ciudadan?a, no vienen de otro planeta; y, a diferencia de los animales, la sociedad no halla los alimentos por obra y gracia de la naturaleza, o puestos en el establo por sus due?os. En la sociedad los alimentos los producen los trabajadores y las trabajadoras, o son adquiridos con recursos que salen de su labor. Hasta los bienes donados o recibidos por la v?a de la colaboraci?n se ubican tambi?n en un sistema que el Estado representa y estimula, pero que el pueblo mantiene vivo: lo edifica y lo defiende, incluso heroicamente.

No es una obra caritativa del Estado administrar bien los recursos para una mejor calidad de vida de la poblaci?n: es una responsabilidad esencial que asume junto con la decisi?n de edificar el socialismo, inviable sin la participaci?n consciente de la ciudadan?a. Si, como parece ser, una parte del pueblo cubano carece de buenos h?bitos de trabajo, ?no habr?a que pensar en factores organizativos, salariales y otros? Entre estos, ?no estar?an asimismo las bondades de un sistema en el cual pueden sufrirse penurias materiales y econ?micas, pero nadie se muere de hambre, y tienen tan asegurados los servicios fundamentales ?salud, educaci?n? los hijos de vagos y delincuentes como los de trabajadores honrados?

Tampoco olvidemos los condicionamientos hist?ricos, como la existencia de la esclavitud hasta fecha relativamente cercana (1886), dentro de un corruptor r?gimen colonial. La esclavitud es un sistema en el que las clases sociales se colorean a conveniencia de los intereses dominantes, pero no es cuesti?n de razas: lo mina todo, y se ha dicho que en ciertos rescoldos de la conciencia su abolici?n puede asociarse con el deseo de erradicar tambi?n el trabajo. En 1831, cuando a la nacionalidad cubana le faltaban casi cuatro d?cadas para pasar la fragua de su primera guerra independentista, Jos? Antonio Saco gan? un premio de la Real Sociedad Econ?mica de La Habana por su Memoria sobre la vagancia en la isla de Cuba. A?os despu?s del triunfo revolucionario de 1959 se dict? una ley contra la vagancia, y no tard? mucho tiempo en que se dejara de mencionarla.

Pero colectiva y mayoritariamente el pueblo cubano ha dado rotundas muestras de resistencia y de heroicidad, y en gran parte sobresale tambi?n por su capacidad de esfuerzo productivo. No merece el insulto de que se le suponga inhabilitado para desarrollar una verdadera cultura laboral, que no excluye la dignidad del ocio necesario y bien empleado. Con suficientes recursos y contenido que lo muevan a aplicarse a fondo en sus puestos de trabajo, la laboriosidad de cubanas y cubanos prosperar? a base de conciencia y de normas que se hagan cumplir. As?, adem?s de ser necesario, el trabajo le proporcionar? el est?mulo salarial necesario para vivir de s?. Se ver? entonces, si no se ve ya, que su tenacidad no es virtud minoritaria ni vale solamente para eventualidades.

Los recursos que se inviertan para que el trabajo crezca y tenga la remuneraci?n debida, son parte del patrimonio del pueblo. No se habr? repetido lo bastante que el Estado, con el auxilio de los ?rganos de gobierno, debe lograr que el conjunto de ese patrimonio se administre con eficiencia. Por lo dem?s, calificar de paternalista a un Estado es calificarlo tambi?n de autoritario. Para serlo no es indispensable que logre imponer plenamente su autoridad: basta que trate de aplicar sus bondades como lo hace el padre salvador que, con buenas intenciones, neutraliza la capacidad de acci?n de los dem?s integrantes de la familia, y propicia que acepten sus decisiones. La jerga administrativa y de distribuci?n de alimentos normados ha establecido en el ?mbito familiar el t?tulo de jefe de n?cleo.

Ninguna confusi?n terminol?gica o conceptual borra una realidad: quien sustrae recursos de la naci?n se burla del Estado y le roba al pueblo, que es el propietario de los bienes sociales. No basta que el Estado los administre para que se cumpla en plenitud su funci?n. Cuando los empleados o las administraciones de bienes p?blicos no aseguran un buen servicio a los ciudadanos y, m?s que vivir del salario, medran con el uso de locales, energ?a, piezas y utensilios que paga el pueblo trabajador, ?esos medios no funcionan como propiedad privada, sin los gastos ?entre ellos los impuestos? ni los riesgos que ella acarrea? Semejantes problemas pueden parecer ?peque?os? comparados con otros que el pa?s debe igualmente resolver, pero los virus son microsc?picos y matan a elefantes.

Hace poco circul? en medios digitales un art?culo en el cual Guillermo Rodr?guez Rivera valora ? algunos de los males? que, seg?n ?l, trajo la Ofensiva Revolucionaria desatada en 1968. Desde el sentido com?n, el profesor y escritor propone medidas con las que, a su juicio, disminuir?an las plantillas infladas y aumentar?an los puestos de trabajo, y el Estado podr?a concentrarse m?s eficientemente en los medios fundamentales de producci?n y en los servicios decisivos y emblem?ticos de nuestro socialismo. Algunas medidas como esas asomaban ya, principalmente en la agricultura. Bien aplicadas, y fiscalizadas para que funcionen y den buenos frutos, podr?an favorecer un mejor funcionamiento del pa?s en diversas ?reas, al descentralizarse la actividad en diferentes servicios menores.

Pero ser?a fat?dico reproducir en las peque?as empresas ?ya sean de propiedad individual o cooperativa? vicios burocr?ticos y antiproductivos que hoy est?n da?ando a la econom?a nacional, o mantener ante ellas la resignaci?n con que el pueblo ha soportado deficiencias administrativas del Estado que le asegura al pa?s la educaci?n, la salud, la defensa y la soberan?a. Esa actitud no debe perdurar, por ejemplo, ante cafeter?as cuyos due?os no compren los productos necesarios para mantener la higiene, o donde se maltrate al cliente.

Sin espacio para ahondar m?s en el tema, apuntemos que, as? como no debe depender de dirigentes que salten de las aulas a oficinas y cargos que otorguen prerrogativas prematuras, al pa?s le har?a bien que sus dirigentes y funcionarios hayan vivido los rigores y la experiencia de mantener una casa, una familia, c?lula b?sica tambi?n para aprender c?mo administrar recursos sociales. Pero no olvidemos lo que dijo Guerrita, no el periodista cubano, sino el torero cordob?s: ?Ca uno es ca uno, y hace su caun?.

Tambi?n por eso, sin morbo ni escamoteos, con decencia, autocr?ticamente si es menester, los medios deben informar sobre la realidad, alabar aciertos y virtudes, se?alar deficiencias, proponer v?as para el mejoramiento, refutar falsedades, denunciar delitos. La prensa, hasta para cuidar prestigios que lo merezcan, necesita ser audaz y cre?ble. Aunque a veces resulte necesario, el silencio no funda: puede ser c?mplice de incertidumbres y rumores nocivos.

Rebeli?n ha publicado este art?culo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.



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Tags: bienes, Estado, malversación, impuestos, guerra, esclavitud

Publicado por blasapisguncuevas @ 14:57  | CUBA
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