Martes, 13 de julio de 2010

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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del textoPartir el texto en columnasVer como pdf 12-07-2010

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La esperanza y el cambio se desvanecen, pero la guerra perdura

TomDispatch

Traducido del ingl?s para Rebeli?n por Germ?n Leyens

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Introducci?n del editor de TomDispatch

Algunas palabras tienen una manera de perdurar. Cuando el gobierno de Bush se lanz? contra Iraq en la primavera de 2003, el Pent?gono ya ten?a planes para construir por lo menos cuatro gigantescas bases estadounidenses en ese pa?s y controlarlas a largo plazo. Pero cuando se les preguntaba al respecto, los funcionarios y portavoces del gobierno se mostraban ansiosos de evitar la relaci?n entre la palabra ?permanente? y esas bases a?n no construidas y as?, durante un cierto tiempo, se refirieron ellas como ?campos perdurables?, una frase que ten?a cierto encanto y ninguna de las insinuaciones siniestras de ?base permanente?. Al final, claro est?, m?s de cuatro bases masivas fueron construidas y controladas. En vista de la lenta reducci?n de fuerzas estadounidenses, su destino sigue siendo desconocido ?y t?picamente no discutido en EE.UU.? pero por lo que se sabe siguen ?perdurando? e, inmensas como son, no podr?an parecer m?s permanentes.

Seg?n un acuerdo firmado al final del segundo per?odo de George W. Bush, todas las ?tropas de combate? estadounidenses deben retirarse de Iraq antes de agosto de este a?o, por lo tanto los militares de EE.UU. planifican re-etiquetar todas las ?operaciones de combate? posteriores a agosto como ?operaciones de estabilidad?. Hay que considerarlo como ?perduraci?n? ling??stica. De la misma manera, se supone que todas las tropas de EE.UU. estar?n fuera de Iraq a finales de 2011, pero como se?al? recientemente Tim Arango del New York Times: ?Pocos creen que la participaci?n militar de EE.UU. en Iraq termine entonces. La sabidur?a convencional entre oficiales militares, diplom?ticos y funcionarios iraqu?es es que despu?s de que se forme un nuevo gobierno, comenzar?n conversaciones sobre una presencia de tropas estadounidenses durante un plazo m?s largo. ?Quisiera decir que en Iraq, lo ?nico que los estadounidenses saben con seguridad, es que no sabemos nada que sea seguro?, dijo Brett H. McGurk, ex funcionario del Consejo Nacional de Seguridad en Iraq y actual miembro del Consejo de Relaciones Extranjeras. ?La excepci?n es lo que ocurra una vez que haya un nuevo gobierno: pedir?n que se modifique el Acuerdo de Seguridad y se extienda la fecha de 2011. Deber?amos tomar en serio ese pedido??.

Existe, en otras palabras, una posibilidad con una base s?lida ?o por lo menos un serio sue?o estadounidense? de que nuestras mega-instalaciones en Iraq perduren (incluyendo nuestra embajada-ciudadela de casi 750.000 millones de d?lares en el coraz?n de Bagdad cuyo funcionamiento cuesta m?s de 1.500 millones de d?lares al a?o y que tiene 1.800 guardias privados de seguridad).

Ahora, demos un salto a unos miles de kil?metros a otra guerra, Afganist?n, y un reci?n nombrado comandante de la guerra que testifica ante el Senado en sus audiencias de confirmaci?n. Como respuesta a preguntas sobre la decisi?n previamente anunciada del presidente Obama de iniciar un cierto tipo de reducci?n de fuerzas en ese pa?s en julio de 2011, el general David Petraeus pas? mucho tiempo minimizando la importancia de esa fecha (como lo hizo el presidente). Incluso mencion? la posibilidad de que esa fecha podr?a retrasarse. Al hacerlo, escogiendo con cuidado sus palabras, dijo lo siguiente: ?Es importante que se tome nota de la alusi?n del presidente en los ?ltimos d?as de que julio de 2011 s?lo marcar? el comienzo de un proceso, no una fecha en la cual EE.UU. se dirija hacia las salidas y apague las luces. Como explic? el domingo pasado, en los hechos ?tendremos que proveer ayuda a Afganist?n durante mucho tiempo?? Adem?s, como ha reconocido el presidente Karzai y como se?al? una serie de dirigentes aliados en la reciente Cumbre del G-20, van a pasar muchos a?os antes de que las fuerzas afganas puedan manejar verdaderamente por s? solas las tareas de seguridad en Afganist?n. El compromiso con Afganist?n es necesariamente, por lo tanto, perdurable, y ni los talibanes ni nuestros socios afganos y paquistan?es deber?an dudarlo?. En vista de la historia de las ?ltimas guerras de EE.UU., ese ?perdurable? no podr?a ser una formulaci?n m?s siniestra.

El teniente coronel retirado y colaborador regular de TomDispatch William Astore, echa una mirada al aspecto m?s ?perdurable? de la escena militar estadounidense en nuestra ?poca, nuestras persistentes guerras ?y las preparaciones para la guerra que las acompa?an. Tom.

La esperanza y el cambio se desvanecen, pero la guerra perdura

Siete motivos por los que EE.UU. no puede dejar de hacer la guerra

William Astore

Si una cualidad caracteriza nuestras guerras actuales, es su perdurabilidad. Parecer?a que nunca terminan. Aunque es posible que la guerra en s? no sea una inevitabilidad estadounidense, en estos d?as se combinan numerosos factores para hacer que la guerra constante sea casi algo seguro en EE.UU. Para decirlo con una met?fora, la actividad b?lica de nuestra naci?n aprovecha tantas fuentes de nuestra conducta que un esfuerzo concertado por limitarla har?a parecer peque?os los esfuerzos de BP en el Golfo de M?xico.

Nuestros dirigentes pol?ticos, los medios y los militares, interpretan la perpetuaci?n de la guerra como una medida de nuestra capacidad nacional, nuestro poder global, nuestras agallas ante el peligro eterno y nuestra seriedad. Un deseo de des-escalar y de retirarse, por otra parte, se ve invariablemente como apaciguamiento y salir corriendo, y se descarta como una debilidad. Constantemente las opciones de retirada, en una frase favorita de las elites de Washington, ?no est?n sobre la mesa? cuando est? en juego la pol?tica global, como durante la reconsideraci?n a fondo de la guerra afgana por el gobierno de Obama en el oto?o de 2009. Vista desde este punto de vista, la decisi?n final del presidente de hacer una ?oleada? en Afganist?n no s?lo era previsible, sino el ?nico camino considerado apropiado para un dirigente estadounidense en tiempos de guerra. En lugar de ser la alternativa dif?cil, fue el camino de la menor resistencia.

?Por qu? nuestras elites dan tan r?pida y regularmente una oportunidad a la guerra, y no a la paz? ?Cu?les son exactamente las fuentes de la conducta de Washington (y de EE.UU.) cuando tiene que ver con la guerra y preparativos para m?s de lo mismo?

Consideremos estas siete causas:

  1. Hacemos la guerra porque pensamos que somos buenos en eso ?y porque, a nivel visceral, hemos llegado a creer que las guerras estadounidenses pueden llevar el bien a otros (de ah? los nombres reconfortantes que les damos, como Operaci?n Libertad Duradera y Libertad Iraqu?). La mayor?a de los estadounidenses no s?lo est?n convencidos de que tenemos los mejores soldados, el mejor entrenamiento y las armas m?s avanzadas, sino los motivos m?s puros. A diferencia de los sujetos malos y los b?rbaros que hay por ah? en el mercado global de la muerte, nuestros guerreros se ven como portadores de regalos y de libertad, no como traficantes de la muerte y explotadores de recursos. Nuestras ilusiones sobre los militares que ?apoyamos? sirven como catalizador, y excusa, para las persistentes guerras que excusamos.
  2. Hacemos la guerra porque ya le hemos dedicado una parte tan grande de nuestros recursos. Es para lo que estamos mejor preparados. M?s de la mitad de los gastos federales discrecionales van a financiar a nuestras fuerzas armadas y sus guerras o preparativos para guerras. El complejo militar-industrial es una m?quina bien aceitada, extremadamente rentable, y las fuerzas armadas, nuestro hijo predilecto, al que hemos prodigado la mayor parte de los recursos y de los elogios. Es natural que demos rienda suelta a nuestro hijo predilecto.
  3. Hemos logrado aislar los costes f?sicos y emocionales de la guerra, dej?ndolos sobre los hombros de una ?nfima minor?a de estadounidenses. Al eliminar el servicio militar obligatorio y basarnos m?s en contratistas militares privados con fines de lucro, hemos convertido la guerra en una abstracci?n distante para la mayor?a de los estadounidenses, que pueden preferir consumirla como espect?culo o simplemente dejar de prestarle atenci?n como si fuera s?lo m?sica de fondo.
  4. Aunque se han mantenido ?hasta ahora? las distancias entre la guerra y sus costes, la sociedad estadounidense se ha estado militarizando r?pidamente. Nuestros medios noticiosos, agencias de inteligencia, pol?ticos, el establishment de la pol?tica exterior y la burocracia de la ?seguridad interior? est?n tan interrelacionados con las prioridades y planes militares que llegan a ser parte inseparable con estos ?ltimos. En EE.UU. militarizado se pueden tolerar quejas por t?cticas blanduchas o la franqueza de un cierto general, pero la cr?tica vigorosa a nuestros militares o a nuestras guerras sigue consider?ndose anormal y ?anti-estadounidense?.
  5. Nuestra actitud derrochadora, de alta tecnolog?a, hacia la guerra, incluidos esos drones Predator y Reaper armados con misiles Hellfire, ha servido para reducir las bajas estadounidenses ?y por lo tanto ha limitado la c?lera y la cr?tica acerba de nuestras guerras que podr?an resultar. Aunque EE.UU. ha tenido m?s de 1.000 soldados muertos en Afganist?n, en un per?odo similar en Vietnam perdimos m?s de 58.000. La mejora de la evacuaci?n m?dica y de la atenci?n de traumas, la mayor dependencia de armamento de precisi?n a distancia y de otros ?multiplicadores de fuerza?, un mayor ?nfasis en la ?protecci?n de fuerza? dentro de las unidades militares estadounidenses; han ayudado a acallar los inmensurables y crecientes costes de nuestras guerras.
  6. Mientras desarrollamos incesantemente esas armas de multiplicaci?n de fuerzas para que nos den nuestra ?ventaja? (aunque nunca una ventaja que conduzca a la victoria), no es tan sorprendente que EE.UU. haya llegado a dominar, si no monopolizar, el tr?fico global de armas. En estos a?os, cuando puestos de trabajo estadounidenses fueron exportados al extranjero o simplemente desaparecieron en la Gran Recesi?n, el armamento es una de nuestras pocas industrias en crecimiento. La guerra interminable ha resultado ser interminablemente rentable ?tal vez no para todos nosotros, pero ciertamente para los que est?n en el negocio de la guerra.
  7. Y no olvid?is el poder seductor de los panoramas que van m?s all? del peor de los casos, panoramas apocal?pticos, de las profec?as de eruditos y de los llamados expertos, que nos dicen regularmente que, por malas que puedan ser nuestras guerras, hacer algo por terminarlas ser?a mucho peor. Un panorama t?pico ser?a el siguiente: Si nos retiramos de Afganist?n, el gobierno de Hamid Karzai se derrumbar?, los talibanes obtendr?n la victoria, al-Qaida recurrir? a refugios afganos, Pakist?n se desestabilizar? a?n m?s y sus bombas at?micas caer?n en manos de terroristas que quieren destruir Peoria y Orlando.

Semejantes pesadillas febriles, imposibles de refutar, pueden invocarse en todo momento para asustar a los cr?ticos para que guarden silencio. Son un chivo expiatorio conveniente, que nos deja acobardados mientras enviamos a nuestros superhombres militares a salvarnos (y al mundo), y preservamos nuestro derecho a visitar el centro comercial y a viajar a Disney World sin que nos lancen bombas at?micas.

La verdad es que nadie sabe realmente lo que suceder?a si EE.UU. se retirara de Afganist?n. Pero s? sabemos lo que sucede ahora, cuando estamos totalmente involucrados: seguimos en una guerra que nos cuesta casi 7.000 millones de d?lares al mes, que no estamos ganando (y que seguramente no se puede ganar), una guerra que puede estar aumentando las probabilidades de otro 11-S, en lugar de disminuirlas.

Poniendo un ?tap?n? a las fuentes de la guerra

Cada una de estas siete fuentes que alimentan nuestras guerras perdurables debe ser bloqueada. Por lo tanto, menciono siete sugerencias para el tipo de ?tapones? ?ojal? sean m?s efectivos que las improvisaciones de BP? que tenemos que instalar:

  1. Rechacemos la idea de que la guerra sea admirable o buena ?y al hacerlo, recordemos que otros nos ven a menudo como ?combatientes extranjeros? y derrochadores consumidores de la guerra que matan inocentes (a pesar de nuestros esfuerzos por aplicar la fuerza letal de maneras quir?rgicamente precisas, reflejando ?un comedimiento valeroso?).
  2. Recortemos ahora los gastos de defensa y reduzcamos la ?misi?n? global que va con ellos. Fijemos un objetivo razonable ?una reducci?n anual del 6 a 8% durante los pr?ximos 10 a?os, hasta que los niveles de gastos de defensa hayan bajado por lo menos a donde estaban antes del 11-S, y entonces manteng?moslos a ese nivel.
  3. Dejemos de privatizar la guerra. La creaci?n de incentivos cada vez m?s lucrativos para la guerra fue siempre una idea rid?cula. Es hora de que la guerra sea una actividad sin fines de lucro, de ?ltimo recurso. Y resucitemos el servicio nacional (incluyendo el servicio militar optativo) para todos los adultos j?venes. Lo que necesitamos es un cuerpo de conservaci?n civil resucitado, no una nueva fuerza ?expedicionaria? civil.
  4. Invirtamos el sentido de la militarizaci?n de tantas dimensiones de nuestra sociedad. Para citar un ejemplo, es hora de empoderar a periodistas verdaderamente independientes (no atraillados) para que cubran nuestras guerras, y dejar de basarnos en generales y almirantes en retiro que dirigieron nuestras guerras anteriores para que sean nuestros gu?as medi?ticos. Cuesta confiar, para que sean gu?as cr?ticos y desprejuiciados para los futuros conflictos, en hombres obligados por gratitud a su antigua rama de los servicios o al actual contratista de la defensa que los emplea.
  5. Reconozcamos que costosos sistemas de armas de alta tecnolog?a no ganan las guerras. Nos han mantenidos en el juego sin producir resultados decisivos ?a menos que se midan los ?resultados? en t?rminos de excesos de costes y crecientes d?ficits del presupuesto federal.
  6. Actualicemos nuestra econom?a y reinvirtamos nuestro dinero, sac?ndolo del complejo militar-industrial y coloc?ndolo en el fortalecimiento de nuestro an?mico sistema de transporte masivo, nuestra infraestructura que se desmorona y tecnolog?as de energ?as alternativas. Necesitamos trenes de alta velocidad, carreteras y puentes m?s seguros y m?s turbinas e?licas, no m?s cazabombarderos jet demasiado onerosos.
  7. Finalmente, borremos de nuestras mentes los panoramas de pesadilla. El mundo es suficientemente aterrador sin imaginar eternamente que ca?ones humeantes se transformen en nubes en forma de hongo.

Ah? los ten?is: mis siete ?tapones? para contener la efusi?n de nuestro apoyo a la guerra permanente. Nadie dijo que ser?a f?cil. Basta con preguntar a BP si es f?cil es taponar una efusi?n fuera de control.

A pesar de todo, si nosotros como sociedad no estamos dispuestos a trabajar por un cambio real ?por cierto, a exigirlo? estaremos en una curva militar ascendeente hasta que implotemos.

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William J. Astore es un teniente coronel en retiro (Fuerzas Armadas de EE.UU.), que colabora habitualmente con TomDispatch. Ha dado clases en la Academia de la Fuerza A?rea y en la Escuela de Posgraduados Navales, y en la actualidad ense?a Historia en la Facultad de Tecnolog?a de Pensilvania. Puede contactarse con ?l en: [email protected]

Copyright 2010 William J. Astore

Fuente: http://www.tomdispatch.com/blog/175271/

rCR



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Tags: guerra, militar, carreteras, turbinas, adultos, Vietnam

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